El sudor del sol

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En aquel instante en el que su mejilla derecha había quedado pegada a la pared, era incapaz de reprimir en la mente, la imagen de su hijo de veintiocho años desayunando antes de encaminarse a la entrevista de trabajo para la que había sido citado. El hombre que la embestía una y otra vez, tres años menor que él, era el culpable de ello.

No…mamá, es que es imposible. He hablado con mis colegas, y están todos igual, y sé que no. Esto…esto de hoy, es un teatrillo más, la persona que va a ocupar ese puesto lo sabe, y probablemente ni siquiera tenga que hacer entrevista, y si la hace fijo que la hace como trámite.

No puedes ir pensando eso. Así no te van a coger nunca. ¿No ves que eso en una entrevista se nota?

Claro…A ver si te crees que voy a ir allí a llorar como un niñato.

No, ya sé que no vas a hacer eso, pero aunque no llores, el desánimo se nota en otras cosas, ¿Sabes? Tienes que ir relajado, confiado, seguro de ti mismo…

Ya… ¿Tengo que ser yo mismo, no?

En ese momento un pájaro pio en la cocina. “Claudia, teníamos reunión para el proyecto de migración de Dumble 3.0 a las diez, ¿Recuerdas?

Mamá…

“Si, ¿Por? ¿Hay novedades?”

Mamá…¿Hola?

¿Qué…? ¿qué quieres?

“Si, se ha adelantado a las nueve y media”

Que me hagas caso, dame un buen consejo, uno como el que le diste a papá para que le cogieran a él.

“Mierda… ¿Y eso?”

¿Qué? ¿Cómo? Perdona…me están hablando por el móvil, ¿Qué decías?

Que me des un buen consejo…uno serio.

“Pues nada, que ahora dicen los de desarrollo que han surgido problemas y que hay que solucionarlos, y claro…vamos cortos de tiempo y si queremos presentarlo este mes”

Lo siento cariño, tengo que moverme, voy a ducharme.

Ya…ya…yo me voy ya, si…

Mucha suerte, ¿Vale?- dijo ella. El, encogiéndose de hombros se limitó a asentir.

 

Cuando entró en el baño, su marido, que estaba afeitándose sonrió, dibujando en su rostro aquella consonancia gestual que después de veinte años de matrimonio era incapaz de esconder la pretensión que la inducía.

-¿Se ha ido?

-Si…pero tengo prisa. ¿Por qué no te afeitas en el otro baño?

-¿Qué vas a ducharte?

-si…

-Podemos ducharnos juntos. – dijo él tomándola de la cintura con ambas manos.

-Ya te dije que voy con prisas.

Mostrando una dureza que horas más tarde se volvería flexible bajo un calor tan húmedo, bufó, y cruzándose de brazos fulminó al marido con la mirada.

-Vale vale…ya voy.

Cuando se quedó sola en el baño, se quitó el batín frente al espejo tan rápido como pudo, y al quitarse el pijama observó su cuerpo reflejado. Sus grandes senos ligeramente desparramados con los pezones erectos por el frío, la vagina recientemente rasurada que miró con displicencia. Se echó la rubia melena hacia atrás, y se miró unos segundos más con sus enormes ojos color avellana, luego chasqueando la lengua entró en la ducha. De manera profética, al encender el grifo el agua ardía, y al principio se quemó, luego, adaptándose, comenzó a enjabonarse.

Cuando cogió el tren eran las ocho y cuarto y quedaban tres paradas. De la estación al edificio donde trabajaba había poca distancia, menos de diez minutos, no obstante sabía que por lo menos llegaría diez minutos tarde. Al entrar en el vagón del cercanías bufó, lo vio atestado de gente, como siempre, ¿Qué esperaba? Así que se agarró con su mano derecha al pasa manos del techo y se quedó de pie. Había quedado rodeada de gente pero bueno, estaba acostumbrada.

Mirando en derredor encontró un rostro familiar, estaba justamente a su lado, pero al principio fue incapaz de reconocerle. El, que la había visto entrar, se acariciaba los pelillos de la barba situados en el mentón, tenía la mirada perdida, parecía pensativo; cuando sus ojos negros la miraron repentinamente ella desvió la mirada enseguida. Tal vez era aquella melena negra que llevaba ahora, la que hacía que Claudia no pudiera reconocerle El tren traqueteaba lentamente y ella sentía como de forma nerviosa había empezado a morderse las uñas de la mano izquierda. Mirando el paisaje volvió a sobresaltarse de nuevo cuando al entrar en un túnel, vio reflejado en el cristal de la ventana que el chico continuaba observándola.

Era un joven atractivo, debía tener la misma edad de su hijo pero parecía haber alcanzado la madurez de forma más notable. Era más alto que él, más robusto, y su mirada era tan profunda que parecía no tener fin. Ella, que había bajado la cabeza, le miró de reojo y vio que éste sonreía de forma presuntuosa. Al poco, notó como algo presionaba suavemente su nalga derecha sobre el vestido negro ceñido. Se giró con rapidez pero nadie parecía tener nada que ver, la sonrisa del chico se había ensanchado, y su mirada ahora repasaba obsesivamente su cuerpo de arriba a abajo.

El pitido de las puertas la sacó del ensimismamiento en el que se encontraba. Algunos viajeros bajaron, los pocos asientos que se quedaron vacíos tardaron apenas segundos en volver a estar ocupados. El chico no se movió de su posición. Las puertas volvieron a cerrarse y el tren reanudó su marcha. No habían pasado ni dos minutos cuando la presión que había notado antes se repitió, esta vez, provocada por algo que ella no consideró una mano. De pronto sintió como las rodillas temblaban. Esta vez se giró más despacio, el la miró y le sacó la lengua, ella, entrecerrando los ojos, quiso parecer furiosa, pero al morderse el labio inferior se descubrió de pronto profundamente excitada. Por primera vez repasó con su mirada el cuerpo del chico, su alta figura, sus anchos hombros, a la altura de la tripa el abrigo se arqueaba, y más abajo en los vaqueros, descubrió sin querer unas curvas que la hicieron soltarse inconscientemente del pasamanos. En ese instante el tren frenó, ella perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer pero él, el chico, la sostuvo entre sus brazos.

-¿No sabías cómo disimular para abrazarme, eh?- le susurró al oído.

Ella tosió, y precipitadamente quiso desasirse de él, pero él, empujó su cabeza por la nuca hasta su hombro , y le murmuró con sorna:

-No tienes por qué disimular para abrazarme, ¿Sabes?

Al oír esto, ella notó unos centímetros bajo su ombligo, la misma presión que había notado antes en el trasero. Volvió a morderse el labio inferior. La fuerza de la mano derecha pareció perderse de forma misteriosa, el portapapeles que llevaba en ella calló sobre el suelo de forma estruendosa. Torpemente, ella se agachó a recogerlo, y al hacerlo no pudo evitar levantar la mirada sintiendo más cerca que nunca la entrepierna del chico. El tren, que parecía confabulado para unirlos, tomó una curva, y ella se abalanzó hacia adelante notando con vergüenza como su rostro impactaba con fuerza sobre aquella protuberancia. Las carcajadas de él resonaron en el vagón.

Ella, se puso en pie sintiéndose ridícula y con el portapapeles ya en su poder se dirigió al baño tan rápido como pudo. Suspiró al encontrarlo vacío, entró, cerró, echó el seguro y ocultó el rostro entre las manos. ¿Qué le pasaba? Nunca le había pasado aquello y menos en público…Intentaba reprimir el llanto con todas sus fuerzas pero su respiración se había alterado y parecía a punto de gimotear, cuando alguien golpeó la puerta.

-Ahora salgo- dijo ella.

Los golpes de nudillo, que eran suaves, casi delicados, se repitieron.

-Está ocupado, salgo enseguida.

La tercera vez que los nudillos golpearon en la puerta, ella, enrabietada, quitó el seguro y abrió la puerta, cuando se disponía a liberar toda su rabia contra el impaciente, el chico que la había sacado antes de sus casillas, entró en el baño entrándola a ella también y tapándole la boca con la mano. Cerró la puerta, echó el cerrojo, y acercando su rostro al de ella le dijo:

-No grites, ¿Vale? No quiero hacerte daño…

Ella entrecerró los ojos, ¿Qué quería? ¿qué quería aquel tipo? ¿Y qué producía en ella? ¿Por qué le temblaban las piernas? ¿Por qué se le doblaban las rodillas? ¿Por qué se le bajaban los hombros? ¿Por qué estaba sudando si se moría de frío? ¿Y quién era? ¿Por qué le resultaba tan familiar aquella mirada?

Te quiero comer…- le dijo él al oído. Le lamió el lóbulo de la oreja, luego se lo besó- Te quiero comer…- repitió.

Ella posó las manos en su pecho como si quisiera separarlo de ella, pero no imprimió fuerza alguna.

Recogió toda la melena de ella en su mano derecha, descubriéndole la oreja, y empezó a besarla una y otra vez sin parar, bajando por el cuello, llegando después a su boca. Las manos de ella, se habían desplazado hacia abajo, entre el placer y el pudor divagaban sin saber lo que debían hacer. Cuando las lenguas de ambos se conocieron, fue como si las manos encontrasen de pronto el camino a seguir. Bajaron la cremallera del abrigo de él, desabrocharon el cinturón, bajaron la cremallera del pantalón. La lengua de ella parecía desencadenada, su boca se abría tanto como podía, sus lenguas se entrelazaban, jugueteaban. Luego durante una pausa de gloria, ella se mordió el labio inferior y se desabrochó el abrigo. El le dio la vuelta, le quitó el abrigo por detrás, lo tiró sobre el suelo del baño, ella no aguantaba más, entre sus piernas un volcán parecía a punto de entrar en erupción, sintió su ropa interior escurrirse prácticamente sola por sus muslos hacia los tobillos.

La penetración fue suave al principio, menos suave la segunda vez, progresivamente más dentro, gradualmente más rápido, más fuerte, más feroz. Fuera empezó a sonar una versión dubitativa a guitarra de una antigua canción de Nino bravo. El la tomaba por la estrecha cintura, la empujaba contra él, le mordía el cuello, la raíz del cabello alrededor de la oreja, sus dientes se hincaban en la carne, suaves pero incisivos, ella gemía. Cuando él la tomó de los hombros, para empujarla contra él, soltó un grito asfixiado y se asustó, ¿Y si entraba alguien? Entonces el empujó su antebrazo contra la boca de ella, ella mordiéndolo silenció todos los gritos que su boca ansiaba liberar. Las penetraciones eran abruptas ahora, profundas y rápidamente reiterativas. La imagen de su hijo desayunando venía a su mente. Sus ojos desalentados, sus hombros caídos, una juventud tan decadente, ¿Qué le había dicho? ¿Qué le había dicho mientras ella miraba el móvil?

Los dedos de él empezaron a jugar, andando como si tuvieran vida propia por su ombligo, bajaron a la pelvis y toparon con su vagina. Con un suave movimiento empezaron a acariciarla mientras las penetraciones incesantes empezaban a hacer un ruido verdaderamente escandaloso. Mientras tanto los pitidos del tren anunciaban que habían parado, que las puertas habían vuelto a abrirse, y que el universo parecía obsesionado con la libre y constante afluencia de elementos orgánicos. El pene erecto de él, duro como una piedra, chapoteaba en un jardín embarrado, y ella babeaba mordiendo aquel peludo antebrazo, sintiendo de pronto un escalofrío, un trueno en la tripa, una tormenta que bajaba por su cuerpo y desataba una verdadera tempestad sobre el suelo. Una y otra vez, tronaba y llovía, y las piernas le temblaban, y no sabía si la sangre del antebrazo era suya o de él. Pero aunque él había salido de ella, los dedos no paraban, y ella se escurría, se había vuelto esencialmente líquida, y se desparramaba en el baño del tren que cogía cada mañana.

Cuando la tempestad cesó, le dio un beso atronador en la oreja, y salió. Claudia echó el seguro, y se sentó en el suelo. Su cuerpo vibraba todavía, se sentía agotada. Apoyó la cabeza sobre la pared y suspiró con los ojos cerrados. Aquel rostro le había resultado familiar, pero no le conocía, si le conociera se acordaría…

 

Comentarios

  1. Profile photo of Mabel

    Mabel

    23 diciembre, 2014

    Un buen Cuento, un abrazo y mi voto desde Andalucía

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