Horario partido

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Afuera, el sol abrasador resecando  la hierba del parque; sus rayos incendiarios, que apenas filtraban las copas lacias de olmos  y castaños, asfixiaban por igual a transeúntes con prisa y a pensionistas sin pájaros. Dentro, en una alcoba por horas, tercero izquierda, balcón a la calle, dotada de inodoro, ducha y ventilador, yacían adheridos y, en apariencia, inertes Yovanka y Valentín, como si sus cuerpos se hubieran soldado por efecto de la transpiración. Las pieles, relucientes y untuosas, estaban impregnadas por doquier del trasiego de huellas dactilares de placer y aún rezumaba el orgasmo de sobremesa. Ella dijo percibir los latidos del corazón de yogurcito, él extraviaba su mano en las guedejas de  la abundante negra melena rizada de yogurcita, tan suave, le decía. Implícitamente y de acuerdo ambos en repetir besos, reiterar caricias, posar desnudos, apostar al no va más en ciertos juegos y seguir dándose citas subrepticias hasta que un voluble destino decidiera mirar para  para otro lado y les ordenara —por favor— que se vistieran. Desconocían  el plazo: si era corto, medio, largo o a punto de vencer; sabedores que estos encuentros clandestinos se habían originado por una circunstancia azarosa que bien podría concluir por el  capricho de los anónimos mandamases de la central con potestad de no renovar el contrato a Yovanka o de trasladarla otro barrio para hacer una sustitución; por lo que con una persistencia abonada por el deseo recién estrenado, aquel que siempre agota pero jamás cansa, fondeaban en aquel colchón saqueado por sus marejadas, abrazados en un todo lo más cerca que puedas sobre la  sábana bajera empapada por  la mezcla de íntimos excesos.

 

¿Quiénes eran?  Cualquiera que puedes cruzarte en un transbordo o pedir fuego en la calle; cualquier hombre o mujer con sus cosas o su déficit de cosas que cruza cada mañana  el mismo paso de cebra, se toma un café en silencio y smartphone en mano y mirada hacia la lluvia que repiquetea contra la ventana espera una  respuesta. Yovanka era  una cuzqueña de veintiocho años,  sin más cometido que  pasar códigos de barras, preguntar si  en efectivo o con tarjeta y cuidar de un  niño que cada vez pregunta más por su padre;  Valentín, un hombre de cuarenta y cinco años, siempre con nómina de la misma empresa, encargado de  anotar la diferencia  de haberes y deberes en el programa contable, agachar la cabeza y decir a todo que sí: a sus jefes, a sus amigos, a su mujer. Dos personas honestas, que piensan que no han tenido suerte en la vida y que no les da reparo echar toda la calderilla a la tragaperras de las pasiones y jugar todos los avances por si alguna vez  tienen suerte y toca; dos seres humanos que llevan gafas de sol en verano, ojeras en invierno, sacan la basura por la noche y no recuerdan sus sueños por la mañana. Ahora se les había hecho tarde aunque les parezca demasiado pronto (el transcurrir de las horas es tan cansino con corbata y uniforme y tan veloz en cueros) y tuvieron que  desasirse, darse una ducha, separarse en el portal para guardar las apariencias, fingir que no eran más que dos personas sin nada que hacer a causa del horario partido, otros más que daban una vuelta durante esas dos horas y media de a lo largo de  la calle comercial con  sus escaparates  de paseo marítimo en rebajas.

 

Valentín llegó veinte minutos tarde  y fue abroncado por el gerente, un  viejo al que no le apetecía de momento dar  de comer a las palomas, de carácter  montaraz y hosco, que  no encontró disculpable las excusas de un reloj de marca falsificada  made in China de ínfima calidad  y proclive en exceso a retrasarse. Valentín se encontraba  tan aturdido ante semejantes reconvenciones que  se dirigió a su despacho en recogido silencio como monje camino de la celda al claustro. Allí, encendió el ordenador, comenzó a  revisar los correos electrónicos de las delegaciones, clasificar archivos, cotejar facturas, desestimar reclamaciones. No sabía por dónde comenzar. Aquellos  informes repletos de conceptos  abstrusos  le parecían  no solo  inescrutables sino inútiles: palabras de un idioma bárbaro tan diferente  al de su amor.  No, no se podía concentrar. Ella o el calor, ella y la soflama. Rememoraba sus pechos  exuberantes y atezados que coronaban aquellos pezones endurecidos todo fruición; evocaba sus curvas subversivas, esas maneras  nunca vistas de hacer  y ese modo de dejar hacerse; entreoía alucinado esa voz  criolla que acentuaba  de tal manera sus quejas íntimas cuando él se abrevaba en el humedal que secretaba la vereda rasurada de su monte bajo; revivía ese movimiento perpetuo que disuelve y aniquila dentro de otro cuerpo: arriba, abajo, de lado. Y cómo se corrían y  chorreaban ambos enloquecidos, altisonantes gemidos. Todo daba vueltas como en un vals frenético en torno a ella. Imposible concentrarse, desempeñar su labor con la acostumbrada minuciosidad; qué le importaban a él albaranes y descuentos. La llamó. No le podía atender, el súper estaba lleno pero estaba de acuerdo en volver, mañana no podía, entonces pasado mañana en la misma alcoba, en la misma cama  y a la misma hora. Sí. Hacía tanto tiempo que no le oía a alguien y  tan a menudo ese sí… Desde la primera comunión que no oía la invocación a voz en grito de Dios…

 

Cuando acabó su jornada laboral, se despidió dedicando la mejor de sus irónicas sonrisas al gerente que le respondió con  una mirada malevolente; canturreó una letra de una canción  de finales de los ochenta— haz conmigo lo que quieras, nena, sabes que te pertenezco, nena, cada poro de mi piel es tuyo…— y se fue a tomar una caña con Lucas antes de volver a casa. Jamás pensó que aquella tarde hace dos semanas cuando su mujer le telefoneó para que no se le olvidara comprar los yogures al salir del trabajo encontraría a Yovanka; que una conversación anodina y  tan poco interesante sobre  los  diversos sabores,  texturas, componentes y caducidades de estos productos lácteos pudiera llevar de la sección de refrigerados a esa calurosa alcoba por horas; que el horario partido no está tan mal si encuentras a alguien con quien hacer algo para matar el tiempo; que  por una vez el destino es a ti a quien mira.

Comentarios

  1. Mabel

    17 diciembre, 2014

    Muy buen Cuento, me encanta. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Marco-Antón

    18 diciembre, 2014

    Lucas como nexo de unión entre relatos.
    Me gustó mucho el detalle de hacer referencia a Mas y mas, de La unión.
    Un apunte. La palabra guedeja, me sorprendió, no sabía que existiese en castellano, yo la utilizo mucho, pero en gallego «guedellas» normalmente para insultar, estas hecho un guedellas o eres un guedelloso. Algo asi como melenudo sucio.

    • Esta-es-mi-versión

      18 diciembre, 2014

      Hola Marco-Antón,
      Gracias por leerme y tu comentario. En castellano guedejas no tiene ese matiz peyorativo que al parecer tiene en gallego. Es un sinónimo de mechón.
      Saludos.

  3. Patxi-Hinojosa

    19 diciembre, 2014

    Solo se me ocurre un adjetivo: ¡impresionante! Me ha cautivado la trabajada prosa que, por contra, proporciona una fácil lectura. Enhorabuena, amigo Juan Carlos. Mi voto y un fuerte abrazo.

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