La rebelión de las balas

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El Rey del Norte y las Ciudades del Sur tenían tensas relaciones. Desde el inicio de los tiempos el Norte codiciaba el oro de las naciones que creía debajo de él, naciones que colocó debajo en el mapa por el puro capricho ideológico de sentirse por encima de muchos pueblos.

Con el paso de los años la ocupación de las Tierras del Sur fue un hecho. Todas y cada una de las aldeas, ciudades y pueblos del Sur estaban ocupadas militar y políticamente. Hasta que ocurrió la Gran Caída, la Lluvia de Justicia: el Día en que las balas se rebelaron.

Años antes de la ocupación total, el Rey del Norte decretó el avance de un poderoso ejército hacia las Tierras del Sur. Los militares, muy bien armados, marcharon como lo que eran: una Línea de Muerte. Paso tras paso la desolación y la sangre manchaban la tierra: sangre de mujeres, de niños, de ancianos. La sangre de los hombres casi nunca se derramaba, el ejército del Norte los forzaba a combatir de su lado, con drogas y demás artimañas sucias.

Los hombres del Sur que fueron obligados a marchar y a matar a sus propios hermanos, fueron convertidos en zombies combatientes que lloraban lágrimas de sangre por aquellos a quienes sus balas les arrebataban la vida.

De entre esos hombres, los destinos de dos hermanos se cruzaron fatídicamente en el campo de batalla. Alfonso fue convertido en uno de los soldados zombies del Norte y obligado a matar sin piedad hasta llegar a su pueblo natal. Por otro lado Eduardo, esperaba hace ya varias semanas la llegada de su hermano.

Eduardo, sacerdote de la secta marcial de Los Indomables, había protegido virtuosamente a su pueblo de los saqueadores y demás alimañas humanas que surgen de la guerra, él los llamaba Los Bastardos de la Guerra. Sin embargo, sabía que no podía protegerlo de las cobardes armas de fuego del ejército del Norte. Por esa razón, una semana antes de la pronosticada llegada de la Línea de Muerte, Eduardo preparó su cuerpo y su alma para completar un poderoso ritual.

Eduardo llamó a su ritual “La rebelión de las balas”. El sacerdote Indomable decidió que el fin de su pueblo había llegado, por lo que ordenó, a todos aquellos que no quisieran morir, a que se marchen del pueblo y busquen refugio en cualquier lugar muy al Sur, huyendo así del avance de la Línea de Muerte. Sin embargo, le encomendó a cada uno de sus compatriotas una tarea: que pinten un símbolo con sangre en cada uno de los pueblos que visiten en su peregrinaje hasta la Punta Sur del continente.

Eduardo se quedó solo en el pueblo, tal como lo esperaba, y empezó a pintar runas en el suelo con la sangre de aquellos Bastardos de la Guerra que ajustició con sus propias manos. Cuando hubo terminado de pintar los símbolos, empezó una profunda meditación dentro de un círculo formado por veintiún balas de oro alrededor de él.

Una vez terminada la meditación del círculo de balas, procedió a enterrar cada de ellas alrededor del pueblo. Cada bala fue enterrada con una gota de sangre de cada uno de los veinte dedos de sus manos y pies, formando un círculo alrededor del pueblo. Con la bala número veintiuno, hizo un collar que colgó a la altura de su corazón. Pasó un tiempo, hasta que llegó el día esperado.

La Línea de Muerte había llegado al pueblo de Eduardo, y junto a ellos Alfonso, su hermano. Eduardo, sentado en el centro del círculo de runas y balas, preguntó a los soldados que llegaron:

-Ustedes, ¿que desean en este humilde y luchador pueblo?

A lo cual los soldados, los que no eran zombies, contestaron:

-El Rey del Norte nos ha enviado a ocupar las Tierras del Sur.

Eduardo esperaba aquella respuesta, a lo cuál volvió a replicarle a los soldados:

-El Rey del Norte come y bebe cómodamente en su mansión, mientras ustedes salen a matar y a morir por él. Si él fuese un Rey que ama a su pueblo y creyera en su lucha: pelearía junto a ustedes. ¿Por qué deberían prestarse a morir por un Rey tan codicioso y cobarde como el suyo?

Los soldados de la Línea de Muerte no pudieron soportar aquel cuestionamiento, por lo que abrieron fuego sin piedad. Sin embargo, aquellos que iniciaron el fuego y que estaban parados sobre las runas de sangre, murieron en el acto, presas de un extraño fulgor rojo. Las balas, por supuesto, no alcanzaron al mágicamente protegido Eduardo, quien dijo:

-No tengo intenciones de librar una lucha ridícula, les pido, por favor: ¡Márchense de mi pueblo, y levántense contra el verdadero enemigo: El Rey del Norte!

Dicho aquello, los soldados zombies empezaron a abrazar a los soldados de la Línea de Muerte y a llorar sangre sobre ellos, gimiendo casi en coro: “¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente!”. A lo cual Eduardo respondía con voz de canto ritual: “¡Malditas sean! ¡Malditas sean!”

Muchos de los soldados murieron asfixiados por los inmisericordes abrazos de los soldados zombies. Otros seguían muriendo por el fulgor rojo de las runas de sangre. Finalmente ocurrió el momento predicho por Eduardo, su hermano Alfonso se acercó a él para abrazarlo. Eduardo bajó toda su defensa sobrenatural y empezó a llorar sangre, al igual que su hermano, y juntos de nuevo, se abrazaron. Eduardo empezó a gritar: “¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente!”. A lo cual su hermano y el resto de zombies gritaban en coro ritual: “¡Malditas sean! ¡Malditas sean!”.

Eduardo sabía que había llegado el momento. Habiendo acabado con más de una centena de soldados de la Línea de la Muerte, y sabiendo que no podría contener a los refuerzos que estaban por venir: decidió completar su ritual.

Las veinte balas enterradas y bañadas con sangre salieron de debajo de la tierra y acabaron con los soldados que rodeaban el abrazo de Eduardo y su hermano. Eduardo volvió a gritar, ahora por última vez: “¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente!”. Grito ante el cual nadie respondió. Entonces la bala que tenía en su collar empezó a volar alrededor de Eduardo y Alfonso y, para sorpresa de los soldados que intentaban matarlo, el sacerdote indomable gritó: “La sangre de mi hermano, manchada por los muchos que mató, pero expiada por haber sido forzado, la doy como ofrenda a los dioses de la guerra, para que beban, se embriaguen y se duerman. Para que dejen de torturar a mi gente.”

Dicha aquella impactante frase, la bala del collar de Eduardo atravesó el corazón de Alfonso, que murió gritando: “¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente! ¡Bendita sea la rebelión de las balas!”. Eduardo, llorando amargamente por el crudo e inevitable fin de su hermano, gritó: “Mi sangre, la ofrezco a los dioses de la paz, para que beban y se acuerden de los inocentes que mueren por no poder empuñar un arma ante el opresor.” Dicho esto, la misma bala del collar salió violentamente de dentro del corazón de Alfonso y acribilló sin piedad el corazón de Eduardo. El sacerdote, abatido, con su último aliento grita: “¡Bendita, bendita, bendita sea la rebelión de las balas!” Acto seguido, muere.

Los zombies sobrevivientes dejan de abrazar y de llorar sangre y, en coro ritual, empezaron a gritar: “¡Malditos sean los que lanzan balas sobre los inocentes! ¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente! ¡Bendita sea la rebelión de las balas!”

Los soldados que llegaron al pueblo de Eduardo y Alfonso murieron todos. Los refuerzos llegaron eventualmente y vieron, despavoridos, los restos del sangriento ritual. Pero, como buenos soldados del Norte, no informaron nada y avanzaron sin cuestionarse lo ocurrido. La cantidad de soldados que murieron durante el ritual del sacerdote Indomable fue insignificante si se comparaba con el total de soldados de la Línea de Muerte.

Los que lograron huir del avance de los soldados del Norte, formaron un asentamiento en la Punta Sur. La gente quedó convencida de los poderes sobrenaturales de Eduardo debido a que llegaron a oír que los soldados del Norte morían, bajo extrañas circunstancias, cada vez que pasaban por los pueblos donde Eduardo les encomendó dejar las marcas. Por esa razón, bautizaron al asentamiento como Los Indomables

La Línea de Muerte seguía avanzando sin piedad, hacia abajo en el continente y, eventualmente, alcanzaron la Punta Sur. Los soldados del Norte celebraban su victoria inminente y organizaron un fusilamiento en masa de los miles de sobrevivientes de los pueblos del Sur. Los ordenaron uno al lado de otro, a lo largo de la punta sur del continente, de cara hacia el mar, con un soldado armado detrás de cada uno de ellos. Luego de varias horas y habiendo puesto en fila a todos los habitantes del asentamiento: se ordenó el fuego.

Se escucharon los miles de disparos al unísono y Los Indomables se creyeron muertos. Sin embargo, las balas se detuvieron justo en el momento exacto antes de penetrar la piel de los inocentes. Una voz estruendosa, procedente del lugar donde Eduardo sacrificó la sangre de su hermano y la suya, gritó: “¡Malditos sean los que lanzan balas sobre los inocentes! ¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente!”. Los soldados estaban aterrados, pero guardaron la compostura ante el evento sobrenatural que presenciaban.

Los Indomables, con las balas aún tocando sus pieles, poseídos por una fuerza sobrenatural, gritaron: “¡Que inicie la rebelión de las balas!”. Dicho esto, cada una de las balas que amenazaban su vida se regresó a quien la disparó, matando así, instantáneamente, a miles de soldados de la Línea de Muerte. Los Indomables, sintiéndose respaldados por alguna especie de ser protector, se limitaron a gritar una y otra vez: “¡Malditos sean los que lanzan balas sobre los inocentes! ¡Malditas sean las balas que se lancen sobre un inocente! ¡Bendita sea la rebelión de las balas!”. Mientras el coro siguiera, las balas rebeldes seguirían matando a los malditos opresores, impulsadas por la sangre de Eduardo y su hermano.

El coro continuó, y las balas acabaron con todos y cada uno de los que conformaban la Línea de Muerte. Cuando no hubo más soldados que matar, las balas empezaron a dar vueltas alrededor de la mansión del Rey del Norte. El Rey estaba alarmado, sin embargo se creía invencible dentro de su fortaleza blindada. Las balas, animadas por el imparable coro de Los Indomables, golpeaban las ventanas blindadas de la mansión del Rey. Eventualmente, a la hora veintiuno de iniciado el coro, una bala logró entrar, por debajo de la tierra, y se dirigió al corazón del Rey del Norte. Antes de atravesar su corazón, de la bala se oyó la voz de Eduardo, preguntando: “¿Te arrepientes de tu codicia y tu cobardía?”. El Rey respondió: “¡Jamás!”. Entonces, todas las balas entraron en la mansión, como si el nulo arrepentimiento del Rey del Norte hubiese convertido en papel al blindaje, y una lluvia de balas indicó el inicio de la libertad para los pueblos del Sur, que ahora, más que nunca: eran indomables.


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Comentarios

  1. Profile photo of Mabel

    Mabel

    23 diciembre, 2014

    Muy buen Cuento, felicidades. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Profile photo of Patxi-Hinojosa

    Patxi-Hinojosa

    23 diciembre, 2014

    Espléndido relato, amigo Donovan, al que doy mi voto. Te envío un fuerte abrazo.

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