Madre era una mujer rolliza, de buen carácter y rostro bonachón. Nunca sacaba las cosas de quicio y adoraba jugar a las damas. Ella era viuda con siete hijos a su cargo. Nunca se quejaba de lo trabajoso que era sacar adelante tantos niños.
Cada mañana, a las cinco de la mañana muy puntual, se despertaba, se ponía el único vestido que tenía, uno muy usado llena de manchas de aceite con flores multicolores estampados en él; preparaba la gran mesa del comedor con un gran bizcocho y siete tazones de leche caliente. Despertaba a los más pequeños primero y a los grandes después, ya que estos eran los más responsables y no pretendían dormirse. Cada uno con su habitual quejido pasando de largo la hora en la que se despertaba su buena madre.
Después de esto, los críos se vestían entre las viejas literas de hierro, los más mayores: Alberto y Julio; ayudaban a abotonarse la camisa a los más pequeños: Javier y Álvaro.
Más tarde se sentaban como reyes en la mesa del comedor, como bestias zampaban el bizcocho y luego se limpiaban para que luego recibir cada uno un beso de Madre.
Después de trabajar, Madre, se encaminaba de vuelta a su hogar donde limpiaba la cocinita y los dormitorios, lavaba y cosía la ropa. Después, ya bastante cansada, empezaba a cocinar la comida. A esa hora los niños ya estaban en casa. Los más pequeños alborotaban en la salita, los más grandes jugaban a los policías y los medianos se pegaban.
Madre, con mucha paciencia, cogía con sus robustos brazos, a los pequeños de dos en dos y los sentaban en la mesa de comer. A los grandes bastaba con dar varias órdenes para que se sentaran.
La siesta era la mejor hora de Madre, invitaba a la vecina de enfrente y charlaban desde las cuatro hasta las seis y tomaban grandes cantidades de té y galletitas.
Madre sacó a los siete niños adelante, yendo allí y allá, buscando becas para los críos, ayudas y trabajaba en el supermercado de la esquina de la calle polvorienta.
Pasaban los años y poco a poco se hicieron mayores y se fueron de casa con la ayuda de Madre, Alberto se hizo marinero; Julio, bombero: Roberto, enfermero; Santiago, abogado; Daniel, profesor; Javier no estudió mucho pero empezó a trabajar en panadero; y Álvaro escritor.
El último se fue al extranjero y Madre no lo volvió a ver.
Pasó el tiempo, el pelo de Madre se volvió blanco, su voz temblaba y su fuerza menguó. Sus demás hijos intentaron cuidarla pero tenían demasiado trabajo además, tenían a sus propios hijos que tampoco los cuidaban ellos, sino alguna niñera. La ingresaron en una residencia donde pasaba las horas mirando el paisaje a través de la ventana. Muchas ancianas tristonas y con ganas de morir decían: “Después de todo al final nos olvidan.” Pero Madre decía: “Tienen mucho trabajo.” Y ellas respondían: “ya ya…”
Madre en el fondo no quería creer que sus hijos a los que tanto había ayudado, la habían olvidado. Pero en su mente algunas veces pasaba: “Quizás estas viejas chochas tienen razón, aunque yo los cuidé y aunque éramos bastante pobres, yo los mimé, en verano les compraba un helado cada domingo después de misa, en invierno les tejía todas las noches jerséis, bufandas y guantes. Les preparaba el desayuno: un gran bizcocho algunas veces de chocolate, además…”
Una noche, Madre se sentía extraña, tenía un vacío en el estómago y sus ojos se cerraban sin querer. Se tumbó en la cama que le habían asignado meses atrás e intentó conciliar el sueño. Pronto se durmió.
Ella, que había sido una buena mujer, ella que nunca había pegado a ninguno de sus hijos y los había defendido con su vida, ella que preparaba el desayuno, ella que limpiaba la casa antes de comer, ella que sacó adelante a todos sus hijos… había sido olvidada.
Su cabello blanco como la piel se confundía con las sábanas del mismo color, sus manos frías por naturaleza se tornaron duras y sin vida… sus pestañas ya nunca volvieron a abrirse.
La enterraron un día de invierno, cuando años atrás Madre, tejía todas las noches antes de acostarse un jersey a cada uno de sus hijos.
El cementerio estaba oscuro, hacía frío y estaba cubierto de nieve. Alrededor de la tumba estaban los hijos de la difunta pero faltaba uno: Álvaro. Todos ellos se llevaban un pañuelo a la nariz y se dejaban abrazar por sus esposas.
Al cabo del tiempo los hijos desaparecieron poco a poco del cementerio, tenían cosas que hacer, trabajar, reuniones y fiestas.
Madre fue olvidada.
La tumba se cubrió de nieve y también fue olvidada.




Orfeo
Yo creo que los hijos nunca se olvidan de sus madres. Pueden extraviarse, eso sí, como decía Serrat en su canción: “No es que no vuelva porque me he olvidado, es que perdí el camino de regreso”.
María
Yo he visto como mucha gente dejaba al cuidado de sus hijos a sus padres, pero en cuanto los abuelos ya estaban demasiado débiles como para aguantar a niños los abandonan en residencias y adiós. Gracias por tu comentario, un beso.
STRIKE
Lo has clavado, yo he trabajado en un geriatrico y es como lo describes. Perfecto. Ahí va mi voto.
María
Gracias por tu comentario, me alegra saber que haya podido reflejar una realidad. Un beso.
Manger
Triste, y cruelmente cierto en muchos casos. Buen relato, María. Un afectuoso saludo.
Mabel
Algunas veces los hijos se despreocupan de las madres porque estas les molestan, una madre da la vida por 100 hijos pero 100 hijos no son para una madre. Ahí estamos para cuidarlos y protegerlos para que después nos olviden. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
María
Muchísimas gracias por tu comentario. Hay que intentar evitarlo.
DavidRubio
Triste relato, narrado con mucha sensibilidad. Un abrazo
María
Muchísimas gracias por tu comentario. Un beso.
Alberto
Un triste relato sin duda. Saludos.
Gusadro
Oh María, oh María, eres progresiva María, eres un proyecto en buen rumbo, María. Me gustó muchísimo la historia, honestamente me sentí identificado porque siento que estaba dejando de lado a mi madre inmerecidamente. La narración fluida, buen uso de palabras, tristemente realista. El salir del nido y ser independiente no es algo negativo, es el ciclo natural de la vida y la senectud no siempre es feliz, depende de como uno quiera vivirla. Madre se sacrificó muchísimo por sus hijos y dependía de ellos retribuirle o no, es muy lamentable que no, pero el personaje de Madre logra ese clímax concerniente a su desarrollo psicológico como personaje cuando se desengaña. Podría seguir comentando, muy bueno. Un fuerte abrazo y mi voto.
Manoli.Vicente.Fernández
Es un tema complejo, María. Las cosas a veces no son blancas o negras, hay matices y matices por en medio. Hay hijos e hijos y madres y madres, pero una cosa es cierta: en la rueda de la vida los padres dan y los hijos reciben y vuelven a dar a través de sus propios hijos. Probablemente estos hijos que olvidan serán olvidados por los suyos que estarán ocupados criando otros hijos. En las mejores ocasiones los hijos pueden devolver un poco del cariño recibido, pero el amor de madre es inigualable, porque es incondicional. Me ha gustado tu texto ( corregiría algunas discordancias de género y verbo) Gracias por dar pie a reflexionar sobre este tema.
Cyrano de bergerac
Hola María independientemente de las opiniones aquí formuladas, me ha parecido un gran relato potente y duro como la vida. Hay muchas personas que pudiendo cuidar a sus padres, prefieren que los hagan otros.
Como hay otros que no pueden ni cuidarse a si mismos, incluidos los perdidos como he podido leer en uno de los comentarios.
Es un gran tema social que aquí has plasmado con gran valentía, tienes todo mi apoyo.
Un saludo cordial y mi voto.
Kate
Me ha gustado mucho. Ya tienes mi voto. ¡Mucho éxito para ti!
Espana
Buen relato, con una gran carga emotiva, y una visión muy acertada de la realidad en la que vivimos. Enhorabuena.
Evidentemente, te voto. Un cordial saludo.