—Marcia, dime por favor que si vas a ir conmigo— escuché la voz de Laura, mi mejor amiga a través del celular que sostenía trabajosamente en mi hombro—mañana por la noche, en el Palacio de las Bellas Artes—continuó hablando, mientras yo me afanaba por terminar de empacar los almuerzos para la escuela de mis hijos. — ¡Franco Giannetti dirige la orquesta! , tocarán “Las cuatro estaciones “y más tarde habrá un coctel—hablaba sin parar. — ¿Si? ¿Sí? Por favor Marcia—insistió.
—De acuerdo —dije —iré, en un rato te llamo para que me des los detalles, ahora tengo que llevar a los niños a la escuela—me despedí y colgué el teléfono.
Mientras manejaba de regreso de la escuela pensaba ¡cuán diferente es mi vida en relación a la de Laura! Ella trabaja como publirrelacionista en una revista. Así que viaja con frecuencia y todo el tiempo recibe invitaciones para asistir a eventos e inauguraciones. Conoce lugares y personas muy interesantes. Gana mucho dinero, siempre va vestida y arreglada a la última. Su cuerpo luce perfectamente en forma y se ha hecho uno que otro retoque quirúrgico.
Esos turgentes y amplios senos que ella orgullosamente despliega ¡no nacieron ahí! Y vaya si lo sabré yo que la conozco desde el jardín de infantes. Con tres ex maridos en su haber y una larga hilera de novios; tiene mucha experiencia en el amor.
Yo, por otro lado paso la mayor parte de mis días, con jeans y zapatos bajos. Me casé con el novio de la Preparatoria. Y los gastos relacionados con cuatro hijos no dejan mucho presupuesto libre para prendas de ropa y cirugías. “Tendré que pedirle a mi marido que llegue a casa temprano para que cuide a los niños” pensaba” y usaré el vestido negro de terciopelo con las perlas de la abuela”.
Llegué a casa, estacioné la camioneta y entré. Una miríada de objetos de todo tipo cubría la alfombra. Dejé mi bolso sobre la mesa; con una mano tomé una canastilla de plástico, mientras que con la otra iba recogiendo juguetes y prendas de ropa. “Si me pongo lista, mañana por la tarde, puedo ir a que me arreglen el pelo y las uñas, mientras los chicos están en el karate y las niñas en el ballet” en el pensamiento completaba mis planes.
El día del concierto, el teatro estaba completamente lleno. Los músicos afinaban sus instrumentos y un rumor de conversaciones cubría todo el recinto. De repente se hizo el silencio y unos segundos después resonaron aplausos atronadores mientras un hombre alto y moreno, vestido de frac entraba al escenario. Subió a la plataforma y empuñó la batuta. E inició su labor de encantamiento.
Cinco mil personas nos sincronizamos a los movimientos de sus manos. Los corazones seguían su guía al igual que los ritmos de la respiración. Yo comencé a sentirme como hipnotizada, quería cerrar los ojos y al mismo tiempo lo evitaba. No deseaba perderme ni uno solo de sus movimientos. Estaba yo sentada a la orilla del asiento, casi sin respirar, siguiendo sus ademanes con mi cuerpo, como una cobra ante el encantador.
Sus manos danzaban con la música. Conforme avanzó el concierto, su pelo que llevaba cuidadosamente cepillado hacia atrás, fue despojándose de su prisión de gel y empezó a formar ondas que se fueron acomodando alrededor de su cabeza. Al llegar al “Otoño” se quitó la corbata y abrió los botones superiores de su camisa mostrando un vello oscuro y poblado. Me fijé en sus hombros anchos. En lo esbelto de su cintura, en sus largas piernas, en la elegancia de su cuello…
Al término del programa y de una ovación de pie, la mayor parte del público se retiró. Un pequeño grupo, con invitación en mano, nos dirigimos al foyer del primer piso. Ahí nos entregaron sendas copas de champagne y comenzaron a circular los bocadillos y las conversaciones.
Yo, observaba los grupos y pude notar que algunos hombres me miraban. Uno de ellos con el cabello plateado casi en su totalidad, me miró con insistencia; luego sonrió y levantó su copa. Sentí las mejillas calientes. Y en la piel del escote aparecieron manchitas rojas. Las mismas que desde la adolescencia delataban mi nerviosismo.
A pesar de mis nervios y de mi vestido pasado de moda, ¡me sentí admirada y guapa! Los labios color carmín, el cabello rubio, largo brillaba sobre mi espalda, mi piel sonrosada; todo contrastaba con lo negro de mi atuendo.
Laura se me acercó con brusquedad y me dijo —Marcia, creo que vas a tener que conseguir un taxi para regresar a casa. Ya me salió “plan”, tú me entiendes ¿no?—añadió guiñándome el ojo.
—No te preocupes —respondí —tú diviértete y muchas gracias por esta maravillosa velada—completé.
El sonido de una voz masculina nos interrumpió—Laura, cara mía, ¿no vas a presentarme a tu amiga?—Franco caminó hacia nosotras.
—Franco, ella es mi amiga Marcia—dijo Laura, él se inclinó y tomó mi mano entre las suyas y estampó un sonoro beso—Piacere bellísima—añadió sin soltar mi mano. Miré su rostro y me encontré con unos ojos de color café muy claro, con destellos verdes que al mirarme me hicieron ruborizar como una quinceañera y comenzar a temblar de pies a cabeza. Yo sólo pude decir – Encantada Señor Giannetti-.
-Para ti Franco, por favor-.
En ese momento, Laura miró a un hombre que le hacía señas con un brazo y se alejó sin despedirse.
—Marcia—dijo con una voz grave—ahora que te he encontrado, deseo conocerte más, no te dejaré escapar tan fácilmente—metió la mano al bolsillo interior y sacó una tarjeta que puso en mi mano , cubriéndola de miradas indiscretas con la suya—St. Regis suite 509 en una hora—depositó otro beso en mi mano y me miró largamente—te veo ahí, ahora si me disculpas mi público me espera— tomó otra copa de champagne de la charola de un mesero y me la entregó , luego se fue caminando con porte de modelo y actitud de político ; repartía sonrisas y saludos a su paso.
Sintiéndome súbitamente acalorada apuré mi copa de un trago. La verdad es que ya comenzaba a sentirme un poco mareada. “Virgen de la Macarena” pensé “lo suyo no es la sutileza”. Caminé hacia un extremo del salón y con lentitud abrí mi mano y observé la tarjeta-llave que Franco me había entregado.
“Marcia” me dije “este hombre te invita a su habitación “. Más luego me corregí. “Este hombre guapísimo, famoso, triunfador, encantador y sexy te invita a su habitación”. Hacerme esta corrección no hizo sino incrementar mi nerviosismo. Un hombre así se había fijado en mí. Y para ser honesta el tono de su voz y el toque de sus manos había hecho que se me pusiera la piel chinita. Con tan poco logró despertar mis sentidos.
Estaba próxima a cumplir los cuarenta y había recibido mi primera propuesta indecorosa. “¡Oh rayos!” pensé “cada vez es más frecuente que yo abra la boca y de ahí salga mi mamá”.
En mi vida sólo había tenido una pareja sexual, Jorge mi marido. Él fue mi único novio. Nunca puse mis ojos en nadie más. Y Los años pasados en el Colegio de monjas, los valores aprendidos en casa y que habían sido tatuados en mi mente guiaban mis pasos. La tentación era fuerte. Me sentía muy atraída a Franco pero estoy casada, aunque hace mucho que no siento deseo por Jorge. Y pensar en él, me hizo recordar lo que me había dicho el sábado anterior: “Me gustabas hasta hace cinco kilos”, ¡qué humillada me sentí!
Al verme llorar, Jorge me miró con furia y me dijo: “Tus lágrimas de mártir, acaban con el deseo de cualquiera”. Se giró en la cama dándome la espalda.
Recordé lo sola que me sentí.
También las múltiples ocasiones que tuvo sexo conmigo sin que yo sintiera nada. Las horas y minutos que he pasado mirando el techo, mientras él se ocupaba de lo suyo, deseando que terminara pronto; deseando sentir algo.
Vinieron a mi mente sus crueles palabras, su desprecio al decirme: ”Estás vieja, gorda, eres frígida”. “Mira a esas mujeres de las películas pornográficas que traigo, ¡esas si son mujeres! Son hermosas y saben qué hacer para satisfacer a un hombre, no que el sexo contigo es como hacerlo con una muerta”.
Recordar todo eso me ayudó a decidir. Me encontraría con Franco. Su presencia y su roce me habían inquietado. Él se sentía atraído por mí. Él, que podía tener a quien quisiera. Ahora se me presentaba la oportunidad de estar con otro hombre, de darme cuenta si mi cuerpo y mi piel reaccionarían.
Con paso decidido me encaminé hacia el bar y tomé otra copa de valor líquido. Salí del lugar y tomé un taxi para que me llevara al hotel. Entré sintiéndome mundana y glamorosa; caminé con la cabeza levantada y moviendo la cadera hasta el elevador.
Una vez en la habitación, retoqué mi maquillaje y las dudas comenzaron a atacarme: “Como que ya estás muy grandecita para que te entre lo piruja”. “¿Cómo vas a volver a mirar a tu marido a la cara?”. “Franco te va a encontrar fea y gorda, además, ¿qué pensará de ti?” y “¿Cómo vas a poder vivir con esto?”
Cuando estaba a punto de salir corriendo, la puerta se abrió y entró Franco. Usaba un hermoso abrigo blanco sobre su frac y un foulard de seda, que se quitó en cuanto entró. Luego lo colocó alrededor de mis hombros atrayéndome hacia sí. Una fragancia mezclada con su olor masculino me envolvió :
—-Marcia, bella, estás aquí— puso sus labios sobre los míos y comenzó a besarme—ponte cómoda Cara—me dijo, al tiempo que se despojaba de sus zapatos, del abrigo y el saco y se inclinaba para quitarme las zapatillas. Enseguida me quitó el bolso de las manos, caminó hacia las ventanas y corrió las cortinas una a una.
Luego caminó hacia mí y volvió a besarme. Sentí que la chispa se encendía entre los dos. Me abrazó estrechamente y me levantó en brazos, dio unos pasos y me colocó en el lecho. Se acomodó junto a mí y seguimos besándonos y acariciándonos. Él encontró acomodo perfecto sobre mí… Los besos continuaron y cada vez eran más largos, más sensuales. Nunca me habían besado así, no sabía que una lengua pudiera producir tantas sensaciones. Giramos y yo quedé encima, con impaciencia y decisión de las cuales no me creía capaz hicieron que me separara. Me quité el vestido, lo lancé sobre mi cabeza. —Hermosa—dijo suspirando. Él se quitó la camisa y llevó sus manos hacia el cinturón.
—Deja, yo te ayudo—con una sonrisa traviesa llevé mis manos al cinturón y lo desabroché. Después le abrí el pantalón y Franco se lo quitó de un tirón. Al verlo en ropa interior percibí su erección “Válgame Dios, le llega hasta el ombligo” me dije.
Sin pudor se quitó los boxers de seda negra y pude ver su pene erecto, “es hermoso” cerré los ojos y suspiré.
” ¡Ay Dios mío! ¿Lo dije o lo pensé?” me dije y hasta el día de hoy no lo sé con certeza.
—Amor, ¿te ayudo?— murmuró. Con gran habilidad zafó los broches de la espalda de mi sostén con una sola mano. Enseguida puso su rostro en la hendidura entre mis senos y aspiró su aroma
—Dulce—dijo. Con una mano hizo suaves movimientos sobre uno de mis senos, mientras besaba el otro. Mientras el besaba y chupaba mis senos, corrientes eléctricas recorrían mi cuerpo. Y me llenaba de ansiedad, de un hambre que no conocía.
Recorrí con besos su pecho, su abdomen y el camino descendente hasta su pene. Lo besé—Hola amiguito— lo saludé. Fue apenas un beso suavecito aunque él se estremeció ante mi caricia.
—Marcia, amor, no te detengas—su voz grave casi suplicó.
Lo empujé hacia la cama y tomé entre mis manos su miembro y seguí besándolo cada vez con mayor intensidad. Lo besé, succioné, mordí suavemente. Levanté la mirada para verlo con sus ojos cerrados gimiendo de placer. Con una mano acariciaba mi espalda y con la otra acercaba mi rostro a su cuerpo para aumentar la presión.
La humedad inundaba mis genitales y sin pensar llevé mi mano hasta ahí. Comencé a tocarme. Estaba húmeda y palpitante, Exploré con un dedo tímido al principio, los pliegues de mi sexo. Deseo y placer se mezclaban, mientras mi boca se deleitaba en el pene de Franco que ya gritaba mi nombre y mi mano me arrancaba oleadas de placer.
Él se incorporó y me hizo girar sobre la cama hasta quedar acostada. Acomodó mis piernas y empezó a acariciarlas y besarlas lentamente. De pronto acercó su rostro a mi sexo e inhaló profundamente. Levantó su rostro y me miró—eres bellísima, quiero probarte—y comenzó a besarme, a succionar, a morder con suavidad mis genitales. Por vez primera sentí que podría morir de placer o volverme loca.
Cuando pensé que no podía sentir más, la necesidad creció —Quiero tenerte dentro Franco— me escuché decir con firmeza. Él se movió y se colocó sobre mí— ¡aaahh!—dijimos al unísono.
Hicimos el amor apasionadamente, tuve varios orgasmos. Al terminar me abrazó y me acarició en cabello diciéndome dulces palabras en italiano.
Después de un rato su cuerpo me hizo saber que de nueva cuenta estaba listo. Entonces fui yo la que tomó la iniciativa. Había conocido la magia del sexo. Pronto estaba sentada sobre su rostro y su lengua, sus labios y sus dedos recorrieron mi cuerpo haciéndome suspirar, gemir, aullar de placer.
Hice con Franco todas aquellas cosas que había visto hacer en la pantalla a las estrellas porno. Más ni él ni yo fingimos. Nos corrimos muchas veces. El alba nos sorprendió haciendo el amor.




Mabel
Muy buen Cuento, un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida
Luz Garrido
Me gusta tu relato. Te voto.
Txentxo
Muy bueno, “me gusta” y te sigo
mayorca
me gusto, tenes mi voto, si podes pasate por el mio.
http://www.falsaria.com/2014/11/casi-propuesta/
Lucrezia_Bobb
Estupendo relato. Excitante, que quita la respiración…hasta casi dejar sin aliento al italianito de manos exitosas. Me gusta mucho que el siendo un hombre que pudiera tener a cualquier mujer con un chasquido de dedos, tuviera la sensibilidad de apreciar la verdadera belleza de Marcia. Y dejara claro que en realidad el marido al ninguniarla dejarla al descubierto que su realidad era ser un pésimo amante. Que Marcia tenía derecho a ser amada y explotar en deseo con alguien como Franco. Excelente título muy acorde a la trama y los personajes. Me encantó.