Thury von Thurybrugg

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Era la cuarta semana consecutiva en la que visitaba aquella tumba. Cada día había llevado flores o velas y pasaba unas horas junto a él, escribiendo o leyendo. No se había saltado ningún día y, al parecer, nadie más venía a cuidar de aquel lugar, por lo que supuso que nadie de los descendientes seguía vivo o vivía en aquella ciudad. No podía explicarse el por qué había tomado la decisión de venir a visitar la tumba de un desconocido, pero desde que la había visto, junto a la estatua de aquel caballero, sintió algo despertar dentro de ella. Sentía que conocía a aquella persona, porque la nostalgia se había anidado en su corazón. Aquella estatua mostraba un hombre joven de fuentes facciones masculinas, de pelo largo, arrodillado en un rezo eterno junto a su espada. Le atraía, la llamaba y aquel día decidió rendirse ante el profundo deseo que se había apoderado de ella desde el primer momento que le había visto. Miró hacia ambos lados del enorme cementerio y se acercó a la tumba con cuidado hasta situarse enfrente de él. Estiró su mano para acariciar aquel rostro duro, sintiendo la fría piedra. Su corazón, no, todo su ser se encogió por una repentina tristeza. Repasó con dulzura sus rasgos faciales, terminando por sus labios. Nuevamente verificó que estaba sola y se acercó un paso más, para juntar sus labios sobre los labios inertes. La dureza y el frío de aquel beso unilateral terminó por destrozarla por entero hasta que retrocedió unos pasos, temblando, sin explicarse las cálidas lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, secándolas mientras su vista no se apartaba de la estatua.

-¿Quién eres…?-

Temblaba en cada milímetro de su cuerpo hasta no poder sostenerse más, cayendo de rodillas mientras se apoyaba contra la estatua. No sabía por qué sentía aquel vacío repentino en su interior, como si acabara de perder lo más importante de su vida, como si alguien se hubiera marchado para siempre de su lado.

De reojo observó por milésima vez la inscripción apenas legible, repasándola con los dedos antes de apoyarse para levantarse. Nada había cambiado en aquel lugar, sin embargo, una cierta intranquilidad comenzaba a apoderarse de ella. Caminó hacia a su mochila, guardando el libro que había estado leyendo y, tras echar un último vistazo a la estatua, corrió hacia la salida, de vuelta a su hogar.

Pasaron dos días desde la última vez que había ido. Nunca antes había permitido saltarse un día, pero las extrañas sensaciones de su cuerpo y alma la habían obligado a permanecer en casa, hasta ahora. Sentía que, si no volvía a ir, lo último vivo que quedaba dentro de ella moriría.

Apenas prestó atención a la trayectoria, observando la enorme entrada del cementerio, adentrándose con pasos lentos por el camino ya interiorizado y, sin darse cuenta, llegó hacia aquel lugar apartado donde estaba su tumba. O al menos eso pensaba. Corrió hacia el centro del pequeño bosque, buscando entre las lápidas. Era imposible, no podía haberse imaginado todo aquello, pero la estatua había desaparecido. Tan solo quedaba un espacio vacío entre las plantas y las velas y flores que siempre había traído con ella. Miró a su alrededor, no se había equivocado, estaba en el lugar correcto, pero su caballero no estaba.

Decidida se adentró aún más en el cementerio, mirando a su alrededor con la esperanza de encontrar a uno de los trabajadores que solía rondar por aquella zona y preguntarle sobre lo sucedido con aquella tumba. El graznido de los cuervos acompañaba la silenciosa búsqueda inquietándola aún más al no encontrar ningún alma humana por ningún lado. Aún peor, a causa de avanzar sin mirar por donde iba había perdido la orientación dentro de aquel infinito cementerio y no encontraba el camino de vuelta.

-¿¡Hay alguien!?-

La única respuesta fue un soplo de viento que resonaba entre las hojas y acariciaban su piel como si intentara tranquilizarla, aunque el efecto resultó completamente contrario. Presa del pánico comenzó a correr con la esperanza de alcanzar alguna de las doce salidas que tenía aquel sitio sin notar siquiera la tibia lluvia otoñal que comenzaba a cubrirla.

Corría durante varios minutos en una dirección y en otra, escapando del viento que parecía perseguirla y del canto de los cuervos, viendo incontables tumbas y mausoleos pasar por ambos lados hasta estamparse, agotada, contra algo duro. Retrocedió confusa y algo mareada a causa del golpe para mirar contra qué había corrido, sintiendo como la sangre de su cuerpo se congelaba al instante al instante al ver quien la miraba justo de enfrente. Comenzó a sonreír hasta estallar en una carcajada, cerrando sus ojos y apartando la vista con la esperanza de que el golpe demasiado fuerte contra su cabeza la estaba haciendo alucinar, pero una mano que examinaba la pequeña herida de su frente la distrajo de su ilusión de que se tratara de su imaginación. Contuvo el aliento mientras sentía la preocupación en aquella examinación sin abrir aún los ojos hasta pocos minutos después. A su lado, vendiendo con un trozo de tela su cabeza, se encontraba el hombre que conocía tan bien a causa de la estatua de su tumba. Su cuerpo, a pesar de estar empapado por la lluvia como ella, la protegía del viento que iba cesando poco a poco, al igual que el canto de los cuervos.

-Te conozco…- la voz masculina terminó de sacarla por completo del estupor en el que se encontraba sumida, terminando por obligarse a mirarle al rostro. Tenía las mismas facciones y sus ojos oscuros eran justo como ella se los había imaginado. Se llevó con fuerza las manos al pecho que comenzaba a doler de forma incomprensible a causa de sentirse tan completo como nunca jamás. –Eres la chica que venía a traer flores y velas, con esa voz tan juguetona cuando leía y que hablaba conmigo cuando escribía…-

La chica tragó el nudo en su garganta mientras asentía, abriendo la boca incapaz de decir siquiera una palabra. Sus manos se aferraron aún más junto a su pecho mientras volvía a comenzar a temblar, sacando solo dos palabras apenas comprensibles.

-¿Por qué…?-

¿Por qué estaba vivo? ¿Por qué le dolía tanto el pecho? ¿Por qué se sentía tan completa y feliz? ¿Por qué no salía corriendo? ¿Por qué no gritaba por ayuda? Porque visiblemente se estaba volviendo loca, ¿por qué le resultaba tan familiar?

Aquel hombre no paraba de mirarla como si entendiera mejor que ella el qué le estaba sucediendo y se acercó unos pocos pasos más para abrazarla. Sentía como casi desaparecía en aquel enorme y cálido cuerpo que la envolvía, estallando en el llanto que tanto había esperado salir. Aferrándose a aquellas prendas fuera de lugar y tiempo, sollozando a voz alta contra su pecho bajo el cual latía un fuerte y vivo corazón.

-Me has encontrado, volvemos a estar juntos…-

Permitió que la chica descargara todo aquel revuelto incompresible de su interior antes de apartarse un poco, tomándola del rostro con cuidado, acariciándola como ella lo había hecho con él hace unos pocos días, acercándose para unir sus labios, ahora tan cálidos como los de ella, sobre los suyos.

La chica se tensó por unos instantes entre sus brazos antes de sentir como se relajaba por completo, deteniéndose el flujo de sus lágrimas, alzando sus brazos para rodear al hombre y fundirse en aquel beso por el que parecía haber esperado años, no, siglos.

Y luego volvieron. Los recuerdos. Imágenes de guerras y mundos que había olvidado, recuerdos que habían sido sellados hace tanto tiempo que ni en los más antiguos libros de historia aparecían. Guerras que habían cubierto el planeta entero, guerras en los que su reino y el de su amado había sucumbido bajo la magia negra. Una magia quienes los había separado para mermar el poder que juntos poseían.

A él, su amado, lo habían enterrado con vida frente a sus ojos, a ella le habían arrancado uno por uno los recuerdos antes de asesinarla con brutalidad para que jamás recordara quien era, a quien amaba.

-Alexion…-

Cuando sus labios se separaron volvieron a ser quienes eran, volvieron al hogar que habían tomado como perdido. Volvían a ser Alexion y Katherina.

-Hemos vencido, amada mía. A través del tiempo nuestro amor ha sobrevivido hasta que el destino hizo reencontrarnos…-

La joven, ahora volviendo a ser la mujer que había sido antaño asentía, tomando con fuerza la mano de su esposo al ver la retirada del ejército enemigo, habiendo podido salvar el reino y con ello lo que habría sido un destino maldito. El profundo amor los había, a través de los milenios, protegido y reunido…

©Tasukra

Comentarios

  1. Profile photo of Mabel

    Mabel

    22 diciembre, 2014

    ¡Qué buen Cuento! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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