Una conversación escabrosa

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Por una vez había sido él, Luis, quien había llamado para quedar a tomar algo aquella misma tarde y llegó, eso sí, con su acostumbrada y característica puntualidad, es decir, quince minutos tarde: una de sus manías, hacerse esperar un cuarto de hora. Lucas perdonaba a Luis eso y casi todo. No era solo un gran amigo sino una buena persona, el típico filósofo ensimismado con la mirada en las alturas, la pipa en la boca, excelente memoria para sacar a colación una máxima de Kant y pésima para recordar dónde había puesto las llaves. Lucas, que lo divisó a lo lejos entre la algarabía de niños ilusionados, alzó el brazo y le hizo un gesto desde la terraza de la plaza.

—Hola Lucas, perdona por llegar tarde

—No pasa nada— dijo Lucas incorporándose para estrecharle la mano. ¿Qué tal todo?

— Bien, bien. Menos mal que hasta después de Reyes se han acabado las clases, una semana más de hormonas adolescentes y me tiro al río.

— ¿Qué tomas?

— Un Johny Walker doble con hielo, por favor, si es que el camarero nos ve y se toma la molestia de salir antes de que me quede pasmado. Mira que me fastidia esto de tener que beber a la intemperie para poder fumar.

— Pareces un existencialista parisino de los cincuenta: ese aire de intelectual, el abrigo negro, el pelo revuelto, las gafas de pasta, por no hablar de la pipa — se la había vuelto a apagar otra vez la cuarta o quinta cerilla larga de madera— Oye, no es eso un poco engorroso, no te sirve un mechero

— Tu qué sabrás. Encender una pipa con un mechero. Si quieres la prendo con un zippo. Oye, antes de que se me olvide ¿qué tal va Adela?[1]

—Como siempre: sin asumirlo, echándose la culpa… He perdido toda esperanza.

—Bueno bueno, poco a poco

— Va para casi dos años, Luis

— Sí, ya lo sé. Pero en cualquier momento la vida, siquiera una vez, te da una buena mano al barajar las cartas o se da un azar nimio, en sí mismo banal, que se transforma inopinadamente en un destino y cobra un significado fundamental; que algunos lo achaquen a una casualidad, otros a una reacción esencialmente química, los creyentes a un favor divino o aquel loco a una conjunción de Marte con Venus en la fantasiosa carta astral ¿qué mas da? Suceden cosas extrañas en esta vida… todos los días.

Ambos dieron un  largo trago de sus vasos. Las palabras de Luis se le antojaron a Lucas extrañas y desusadas: el azar, el destino, las cartas, conjunción de planetas. Lo acostumbrado hubiera sido un aforismo de algún alemán de nombre impronunciable.

— ¿Es qué ha pasado algo?

Luis miró a la plaza iluminada por el alumbrado navideño como si no le escuchara, ajeno y distante.

— ¿Pero qué pasa? ¿Es un secreto o qué?

— Es una larga historia, Lucas; una historia extraña, cuanto menos singular, un asunto escabroso.

—Que ahora mismo me vas a contar.

Luis dio un trago largo a su whisky y una honda calada a su pipa cuyo humo se desvaneció a un grado bajo cero.

—Pues mira, hace cosa de un mes estaba dando clase, estaría disertando  acerca de alguna peregrina elucubración de no recuerdo quién cuando percibo, mientras estoy escribiendo en la pizarra, un conato de risa femenina que, de inmediato, se contagia por todo el aula y desemboca en una marea de irreprimibles carcajadas. «¿Pero qué pasa? ¿ He dicho algo gracioso?» les digo. Me miré a la bragueta, pues muchas veces me suele ocurrir que la llevo abierta. Pero no. Toda la clase muerta de risa y nadie decía esta boca es mía. No me quedó más remedio que dar por finalizada la clase. ¿Sabes qué les hacía tanta gracia? Pues que se había descosido la parte trasera del pantalón y se me veían los calzones, y yo sin darme cuenta. Fue Carmen, la profesora de historia, quien tuvo la gentileza de señalarme este desgraciado accidente. Por cierto, que la muy osada se atrevió a decirme, sin que nadie la hubiera pedido su opinión al respecto, que hacía siglos que no veía esos calzoncillos tipo mantel de restaurante de menú del día.

De la ropa de Luis, y eso era indiscutible, nadie sabría fijar en qué año o década estuvo de moda. Camisas con cuellos raídos y puños deshilachados; pantalones que no se recuerda de qué color eran; zapatos para el que no hay betún que los haga relucir de nuevo después de tantos años y calles recorridos.

— Es que eres un dejado, tienes que cuidarte, a veces vas como un harapiento. Pero  no me cuentes más. Una cosa llevó a otra y aprovechando el tema la profe te ha quitado los calzones ¿no?

— ¿Esa? Anda calla. Sin embargo, tuve la idea clara y distinta de que tenía que afrontar la ominosa realidad y me resolví a hacer algo que detesto y que me enerva a partes iguales: comprar ropa.

— ¡Al fin!

—Bueno, el caso es que aproveché para acercarme al centro un lunes a media mañana aprovechando que solo tenía la clase de las nueve; tal como me imaginé no había casi nadie, unos pocos turistas con caras de sueño desdibujados por la niebla. Me encaminé hacia la calle A…y fui a la sastrería donde me he vestido toda la vida. Pero ni rastro de la sastrería Gómez; en su lugar, habían puesto una especie de boutique, de esas modernas con música estridente.

— ¿Cómo se llama..?

—No lo recuerdo, espera. Lo tengo en la punta de la lengua. Se encuentra en el medio de la calle, cómo se llama…

— Déjalo, da igual, no tienes remedio.

—Ya sabes que no me fijo en esas cosas, ni que me acabaras de conocer, Lucas. Como te iba diciendo, a todas luces, era algo más que un cambio de propiedad o nombre porque en el escaparate había unos maniquís sin rostro con la cabeza ovalada de color blanco a lo Chirico, que, aunque gastaban pantalones, los habían puesto jerséis con escote de mujer y un bolso al hombro…Lucas, deja de reírte. Ya no cuento más.

— Continúa, continúa

— Me decidí a entrar no fuera más que para informarme del paradero de la sastrería. En aquel momento, solo atendían dos chicas jóvenes no mucho más mayores que mis alumnas: una se hallaba junto a la caja, morena, bajita, un tanto regordeta que solo me dijo bienvenido a… joder cómo era, bueno da igual; y otra rubia, melena larga y rizada, ojos castaños, esbelta, y que colocaba en las perchas camisas extravagantes apropiadas para mascaradas carnavalescas Ante semejante panorama, me disponía a marcharme cuando la rubia lozana me pregunta que si me puede ayudar y le respondo que andaba buscando un par de pantalones y que si sabía qué había sucedido con la sastrería Gómez. Según me dijo, hace año y medio que liquidó por cese de negocio. «Vaya inconveniente», dije para mí.

—¿Y qué talla usa?— me pregunta.

— Pero ¿aquí venden ropa para caballeros?

—Pues claro. Creo que usa la 44, pero no estoy muy segura. Voy a por la cinta métrica.

»Me pareció raro que para medir mi cintura fuera preciso que circunvalara con tanta parsimonia mi cintura con el metro entre sus acariciantes manos blancas ni que aproximará su cuerpo tanto al mío. Llevaba un perfume embriagador.

—Pues sí, tenía yo razón— afirma convencida—. La 44. Mire ahora se llevan mucho estos pantalones— dijo mientras extendía unos pantalones bermellones chillones, otros de un verde que hacía daño a la vista.

—Pero cree usted que yo puedo ir por la calle como si fuera un cabezudo en las fiestas patronales ¿No tienen algo más discreto?

—Claro que sí pero me parecía usted un hombre a la moda y atrevido ¿Qué le parecen estos? —me pregunta enseñándome unos pantalones grises claros.

— El color está bien pero me parece que la pernera es un tanto estrecha.

—Pruébeselos que le van a sentar de maravilla. Todos se lo llevan, créame. Ande, pase al probador— dice toda convencida y me coge del brazo animándome a meterme en una especie de estrecho camarote.

»¿De maravilla? Cuando me vi reflejado en el espejo de luna  de ese  chiscón me vi como un bailarín del Bolshoi entrado en años, y  esas perneras ceñidas como taleguillas de matador de toros de corrida goyesca. Haría el paripé, decir que me lo tenía que pensar y largarme de allí para no volver. De pronto, oigo su voz melosa al otro lado de la cortina.

—¿Ya? A ver enséñemelos. Pero que atractivo está. Le sientan de maravilla. Espere que voy a cogerle el bajo.

»¿Qué podría hacer? No tenía escapatoria; bueno me los compraría, esos y solo esos, y los donaría ipso facto a Caritas. No sé decir que no: ese es mi problema. Apareció al instante con un acerico lleno de alfileres y se arrodilló arremangando poco a poco el bajo del pantalón hasta que quedaron posados sobre el zapato. Y de pronto, me di cuenta de dos cosas, a saber: que la chica debería tener calor pues se había desabrochado dos o tres botones de su blusa con lo cual podía deleitarme la vista con su libidinoso canalillo que separaba dos voluminosos pechos realzados por un sostén color burdeos y que como es habitual en mí se me había olvidado subirme la bragueta; me dio no sé qué subirla delante de ella y eso me puso extremadamente nervioso:  no solo tuve conciencia de que me había ruborizado —advertí un aumento significativo de temperatura en mis orejas— sino que algo allí abajo parecía querer desperezarse. De seguro, se había dado cuenta, de todo; saltaba a la vista y más en semejante prenda. Acto seguido, y una vez que había prendido los alfileres  comenzó a estirar la pernera a ver que tal quedaba el tiro y sin solución de continuidad siento como su mano va ascendiendo desde el tobillo por la pantorrilla  a través de mi muslo hasta que  la pone en mi entrepierna y comienza a masajearla al tiempo que con la otra en un segundo y sin que pudiera hacer nada desabrocha el botón del pantalón.

»Estaba como un flan, imagínate; me sentí preso de una alucinación. Y sin qué ni para qué ahí estaba yo, con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta el suelo y sintiendo y sintiendo y sin dejar de sentir. Ella, de rodillas me la había comenzado a menear  con la mano izquierda, era zurda; al principio, con suavidad; luego a mayor ritmo. Con los dedos de la mano derecha sostenía mis testículos, los tanteaba, los masajeaba o los cubría acariciándolos con la palma de la mano. Luego sentí como su lengua mojada iba lamiendo toda mi verga; vi como paladeaba perversa la punta, hasta que se la metió en la boca y comenzó a succionarla como si fuera uno de esos cola jet que comprábamos de niños en el kiosco de helados de Tarsicio. Todo mi cuerpo era un álamo temblón; apenas me podía sostener de pie,  con el cuerpo vencido hacia delante metía mis dedos entre los tirabuzones de su melena y la  agarraba por la cabeza y la apretaba cada vez más y más contra mí, al tiempo que la  metía mi mano. En uno de esos espasmos, ahogando mis jadeos, contemplé en el espejo —que más a propósito no podía estar— una escena de película muda y obscena en  la que una actriz salaz en primer plano y en  cuclillas llevaba a cabo su lúbrica y apasionada tarea. Alguna vez que otra, la chica alzaba la mirada de ojos entornados y lascivos lo que me enardecía aún más, a punto estaba de llegar al éxtasis, cuando se interrumpe la música y oigo:

»Señorita Elisa, por favor acuda  caja; señorita Elisa, por favor acuda a caja…

La chica salió corriendo, despavorida. Como no volvía, no tardé mucho en venirme abajo, ya sabes, y como aquello, en el fondo, no tenía  ningún sentido me quité los pantalones en ese estado de tembladera y punzante dolor abdominal. Me cambié, me miré al espejo, me sentí mayor, ridículo e inexplicablemente, vivo, qué cosas, ¿no? Me dirigí a la caja y ella, indiferente y recatada, me cobró los pantalones diciéndome que el arreglo estaría listo en dos días. Pagué sin atreverme a mirarla y estaba ya enfilando el camino de salida, estupefacto por lo ocurrido y lo no culminado, cuando la chica se me acerca para abrirme la puerta.

— Se le olvida el ticket para cuando venga a recogerlos; a no ser—añadió en voz baja apenas audible con una sonrisa— que quiera que yo misma se los lleve a casa. Le he puesto mi número.

Lucas da un trago a su gin tonic y enciende un cigarrillo.

— ¿Y en qué acabo la cosa o, mejor dicho, acabó la cosa?

—Pues la verdad es que sí. Le llamé esa misma tarde y a los dos días se presentó en casa con los pantalones. ¡Cómo folla! No te puedes ni hacer una idea, y sobre todo, tío, vaya mamadas. Ayer mismo estuvo en casa otra vez. Como ella ninguna otra.

— Tampoco es que hayas estado con muchas.

—No, no tantas como tú, desde luego. Pero también tengo mi hoja de servicios. Bueno Lucas, a ver ¿qué te pasa? ¿por qué me miras así? ¿crees que yo no puedo gustar a una chica joven; que solo tú vuelves locas a las mujeres; que tengo que vivir como un eremita. Para una vez que me pasa un acontecimiento extraordinario y pones cara de funeral.

—No estoy insinuando nada de eso, aun menos lo pienso. Me alegro por ti. Siempre te he dicho que uno necesita cuerpos y no metafísica para vivir. Solo que preferiría que te buscaras a una mujer de tu edad, culta, normal, que te quiera y que te haga feliz.

— Elisa me hace inmensamente feliz, ¿no te lo acabo de decir?

— No digas memeces. Pareces un adolescente enchochado. Me parecería  genial si te lo tomases con frivolidad; pero te conozco, sé que no solo no lo das importancia, sino transcendencia.  De todas formas, es increíble las cosas que pasan en esta pequeña ciudad. Es inaudito.

— Puede que lo sea. Pero sabes, aunque no te lo creas, a Elisa le gusto, nos lo pasamos muy bien juntos. Mira, Lucas, quizás no sea muy normal,  ciertamente así no se suele conocer la gente pero qué quieres, soy un ser humano, un hombre,  y la razón siempre será esclava de las pasiones, como bien dice Hume.

— O dos tetas pueden más que dos carretas, para que nos entendamos. De todas formas, no te lo tomes muy en serio, ¿vale? Todo esto me parece pero que bien raro, no te hagas demasiadas ilusiones,  ya sabes lo que pasó con Amalia.

—Ni se te ocurra mencionar más ese nombre, por favor, si no quieres que aquí se acabe nuestra amistad. Creí que te alegraría lo que me ha pasado pero ya veo que no. Lo que pasa es que te mueres de envidia: una chica atractiva, joven, mientras que tú a saber cuánto tiempo que … bueno me voy a callar… por respeto a…

—Lo malo es que todos los días tiene que coger bajos

—Cabrón…

Los dos quedaron callados por unos minutos. Ambos parecían absortos en  sus pensamientos, pensamientos seguramente parecidos, quizás los mismos.

—Bueno, Lucas, se me ha hecho tarde…

—Sí. Yo también me tengo que ir.

Lucas pidió la cuenta al camarero que esta vez llego raudo. Se levantaron de la mesa y estrecharon sus manos con frialdad.

— Feliz Navidad y saludos para Adela, un día de estos iré a veros.

—Claro. Pásate un día. Le alegrará verte. Cuídate.

Se miraron durante unos instantes, separados por unos pasos como si fueran a batirse en duelo. Comenzaron a reírse sin poder contenerse.

— Venga Luis, un abrazo, después de tanto tiempo no nos vamos a enfadar por una nadería como esta. ¡Feliz Navidad!

—   No sé cómo no te he dado una hostia, que te conste.

Se fueron cada uno en direcciones opuestas. Eran casi las nueve de la noche y había comenzado a llover. Lucas abrió el paraguas. En vez de ir directo a casa,  dio una vuelta y  tras diez minutos enfiló la calle A…y se detuvo frente al escaparate de V…. Estaba llena, vaya trajín.  Había varias chicas pero no reconoció  a la que hacía tan dichoso a su amigo.  Bueno, a fin de cuentas, todo el mundo tenía derecho, y Luis más que nadie, a creerse querido y deseado, aunque fuera por un mes, un fin de semana, unas horas. No abordaría una conversación escabrosa como  aquella que hace años tuvo que entablar acerca de Amalia. Al final, la divisó,  era ella, no le  cabía duda. Había surgido desde el fondo de la tienda y al reparar  en ese hombre que le miraba desde la calle se le dibujó en el rostro cierta sorpresa y una sonrisa. Daba igual, de alguna manera, ya se había vuelto a entrometer: poco después de la inauguración, Elisa también le había cogido el bajo a él.

 

 

[1] Luis alude a un episodio descrito en El Fin del Mundo

Comentarios

  1. Mabel

    3 diciembre, 2014

    Muy buen Cuento, un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Marco-Antón

    17 diciembre, 2014

    Lo del «cola jet» lo he visualizado, ja ja, hay metáforas y METÁFORAS.

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