- Alguien se acerca.
La niña aguzó el oído y oyó pasos aproximándose a la habitación. Se pegó a la pared y agachándose abrazó a Tallo con fuerza, sus delgados brazos alrededor del suave cuello del perro, los ojos cerrados con fuerza. Trató de contener la respiración pero el miedo no se lo permitía, trató de controlar sus jadeos y el tembleque de su pequeño cuerpo. Más sabía que todo era en vano. La habían descubierto. En el fondo de su corazón siempre supo que ese momento llegaría.
La puerta de la habitación se abrió con un leve crujido y la niña sintió como alguien se adentraba y cerraba la puerta tras de sí con suavidad. Se preparó para un pellizco en el brazo, un tirón en la oreja o un grito en el oído, pues eran para ella bien conocidos los métodos de la Madre Superiora, sin embargo, nada de aquello ocurrió. Sintió cómo la otra persona se acercaba hacia donde ella estaba con Tallo, con pasos cortos y arrastrados. Llegó a su nariz el olor de la canela en rama y fue entonces cuando identificó a aquella.
El alivio que sintió fue grande pues sabía que la Hermana Martina nunca le haría daño, pero seguía sintiéndose inquieta y asustada, ya que existía la posibilidad de que la Hermana Martina la llevase con la Madre Superiora y entonces ella infligiría el castigo o quizás haría algo mucho peor… no podía quitarse de la mente la idea de que aquella vez era distinta, sabía que las monjas habían descubierto lo que ella sabía o estaban muy cerca de dar con ello.
Esperó en silencio a que la monja dijese algo. En aquellos minutos, que a ella le parecieron interminables, no dejó de abrazar a Tallo en ningún momento. Se sintió tan orgullosa de él por no abandonarla en aquel instante que su amor creció aún más, si aquello era posible. El perro se mantuvo firme junto a ella, parecía que incluso trataba de contener la respiración como hacía la niña, ambos expectantes a lo que estaba a punto de ocurrir. Finalmente la Hermana Martina habló, con su voz dulce y algo temblorosa.
- ¿No deberías estar en la cama, niña? Llevo rato buscándote y estas piernas mías no están para muchos paseos con este frío.
La niña se relajó un poco ante el tono amable que empleó la monja. Separó su cara del perro y, sin ver, miró hacia donde se encontraba la anciana mujer, de pie ante ella.
- ¿Lo saben las demás?- dijo apenas susurrando.
- ¿Qué han de saber?- contestó la Hermana.
- Todo… todo lo que sé.
La monja guardó silencio unos instantes y luego se arrodilló y se sentó junto a la niña en el suelo. La niña se sintió mal pues el suelo de piedra estaba frío y ella sabía que la Hermana Martina era mayor y le dolían los huesos, aun así no dijo nada y se mantuvo a la espera de que aquella hablase.
- Ellas… sospechan.- dijo finalmente la monja.
- Y usted… ¿usted también?
- Nada tienes que temer de mí.
- ¿No?
La anciana suspiró y acercó su pequeña y arrugada mano a la cara de la pequeña. Le otorgó una caricia tan dulce que la niña sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas. Tallo también debió sentir su tristeza, pues se pegó a ella y lamió sus manitas.
- Pensabas escapar esta noche, ¿no es así?- dijo la Hermana Martina. La niña no sabía qué decir, ¿debía confiar en ella y desvelarle su plan? – Te ayudaré a salir de aquí, será más fácil para ti.
La niña abrió los ojos con asombro.
- ¿Usted haría eso? ¿Por qué?
- Porque yo sé todo lo que sabes tú… desde hace mucho tiempo, desde que era tan pequeña como tú lo eres ahora.
Aquello dejó a la niña sin habla. Meditó las palabras de la monja en silencio. Sintió una llamarada de esperanza pero se apagó rápidamente en cuanto advirtió algo.
- Eso no puede ser.- dijo la niña.- Usted ve, sé que puede hacerlo.
- Yo tampoco podía ver, niña.- contestó la monja-. No lo hice hasta que llegué allí… hace tantos años ya… aún lo recuerdo como si fuese ayer.- La Hermana Martina guardó silencio mientras parecía recordar, luego habló susurrando, como si estuviese en una ensoñación. La niña la escuchaba con los ojos abiertos como platos, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía querer salir corriendo de su cuerpo.- Es tan hermoso… tan puro y tan verdadero… El primer instante en que abrí los ojos fue mágico. La luz, los colores… lloré durante horas.- Hizo una pausa.- Pude sentirlo en todo mi ser, mi hogar… la verdad, por fin los había encontrado.
- ¿Y por qué ahora está aquí? No lo entiendo… yo…- la niña se sentía maravillada y confusa. Las dudas llenando su cabeza.
- Estoy aquí para ayudarte.- contestó la anciana.- Llevo años aquí buscando a los nuestros, ayudándoles a despertar, poniéndolos en camino.- La Hermana Martina tomó la cara de la niña entre sus manos.- La oscuridad es tan densa que cada vez es más difícil… pero tú despertaste, llevas años despierta y yo… yo no lo advertí hasta hace pocos días.- La anciana suspiró pesadamente. Parecía triste y apesadumbrada.- Pero no es tarde, te he estado observando y sé que podrás hacerlo. No más… mis poderes se apagan inevitablemente, tendrás que apañártelas sola. Estoy vieja niña… este mundo oscuro y lúgubre pesa sobre mis hombros.
La niña se puso de pie y ayudó a la Hermana a levantarse. Dio un paso a atrás y, sin ver, la miró a los ojos que ella sabía de alguna manera que eran más azules que el cielo con el que soñaba. Se acercó y abrazó a la anciana por la cintura y lloró en silencio. La mujer, no mucho más alta que ella, le devolvió el abrazo con ternura. Después de un momento la niña se apartó y se limpió las lágrimas con sus pequeñas manos.
- Tengo mucho miedo.- musitó en voz baja.
- Es natural, solo tienes ocho años.- dijo la Hermana Martina.- Pero si me escuchas atentamente, lo lograrás.- La niña asintió, sorbió por la nariz y esperó instrucciones.- ¿Dónde has escondido tus cosas?
La niña señaló un hueco entre la pared y un gran armario, ambas se dirigieron hacia allí y, moviendo dos piedras sueltas, sacaron una serie de cosas. La anciana la ayudó a vestirse. Noviembre era un mes frío así que le colocó unos gruesos leotardos de lana y dos pares de calcetines, un cómodo pantalón de pana y un jersey de lana verde, bastante nuevo, encima de otro par de camisetas. Para finalizar, guantes y bufanda, un abrigo de paño color canela y unas calientes botas que, aunque viejas, no tenían ningún agujero. En la mochila, metieron agua y algo de comida, ropa interior, una muda y algunos objetos que la niña consideraba valiosos a pesar de no poder darles el uso correcto. Un pequeño caleidoscopio, una brújula rota, un reloj de bolsillo, un pequeño trozo de piedra pizarra, un lápiz y un cuaderno de notas del tamaño de la mano de un niño y un ejemplar de Peter Pan que la niña podía leer. Todo aquello hacía que la mochila pesase bastante pero a la niña no le importó. Se la colocó en los hombros y esperó más instrucciones. La anciana se acercó a ella y puso algo en sus manos. La niña lo reconoció, dinero. Mucho dinero, por lo que pudo apreciar.
- Con eso podréis manteneros el perro y tú, de momento. Luego… tendrás que conseguirlo sola.- dijo la monja.
La niña frunció el entrecejo, extrañada.
- Esto es mucho dinero para toda la vida.- le dijo a la Hermana-. Tendré bastante para siempre.- La anciana soltó una suave carcajada.
- No es tanto, créeme – respondió-.Te darás cuenta de ello. Tienes que administrarlo bien. Piensa mucho las cosas antes de hacerlas. Conseguir dinero no será fácil.- La niña asintió sin estar muy segura, aunque si la Hermana Martina se lo decía por algo debía ser. Pensaba seguir al pie de la letra sus instrucciones.- Debes ser discreta.- Siguió la monja.- Vas a tener que comportarte como ellos, relacionarte con ellos. Puede llevarte bastante tiempo llegar allí…- La monja le retiró el pelo tras la oreja y prosiguió.- Pero nunca dejes que te pueda el desánimo, yo sé que podrás conseguirlo. Es posible que te encuentres con alguno de los nuestros, lo sabrás en tu corazón cuando los conozcas. Ten mucho cuidado niña, pues para algunos de los otros es muy fácil disfrazarse… la mentira es el centro de su alma, ellos no ven pero pueden hacer ver a los demás cosas que no son… Piensa bien antes de actuar y cree en tu propósito. No te separes del perro, nunca. Y por último….
Algo cambió en el ambiente y un segundo después la niña sintió como la anciana le colocaba un sombrero en la cabeza. Levantó las manos y lo tocó, tratando de imaginarlo, era alto y de un material suave. Le quedaba grande y se le quedaba encajado hasta el tabique de la nariz.
- No salgas a la calle sin él, será mejor así. No dejes ver tus ojos… trata de evitarlo todo lo que puedas ¿de acuerdo?- La niña volvió a asentir y dejó el sombrero tal cual estaba. No le molestaba en absoluto, al contrario, se sentía por primera vez más ella que nunca, haciendo por fin lo que estaba destinada a hacer. Lo sabía con todo su ser.
- ¿De dónde ha sacado el sombrero?- Preguntó la niña con curiosidad.
- Lo acabo de crear, para ti.- dijo la monja.
- ¿Con sus poderes?
- Así es.
- ¿Es un sombrero mágico?
- Es mágico, especial…te ayudará.
- Oh… ¿Y yo tendré poderes algún día?- La monja rio bajito y mientras retiraba el largo cabello de la niña tras sus hombros le dijo.
- No lo sé. Descubrirás allí cuál es tu cometido. Todos tenemos uno, y el de cada uno es distinto. Lo sabrás a su debido momento. Ten paciencia.
Y con estas últimas palabras, colocaron el arnés a Tallo y salieron los tres en silencio de aquella fría y húmeda habitación. Recorrieron los pasillos despacio, sin hacer ruido y sin levantar sospechas, como sombras en la noche. Llegaron a una puerta trasera que la niña no sabía que existía, y que estaba en la alacena, debajo de la cocina. La Hermana Martina la abrió, la niña oyó el chasquido de la llave al girar en la cerradura. Deseó con todas sus fuerzas que nadie hubiese escuchado nada y que la anciana no se metiese en líos por ayudarla, que nadie descubriera quien era ella en realidad.
La noche de noviembre era fría. La niña pudo sentirlo en su cuerpo a pesar de todas las prendas de abrigo. Tallo fue el primero en salir, firme y silencioso, sin dudar. La niña cruzó el umbral y antes de echar a caminar se giró hacia la monja y extendió su manita hasta que la Hermana Martina la tomó entre las suyas con fuerza.
- Una cosa más, niña.- dijo la monja-. Mi nombre, el de verdad, es Adanne.- Y tras una pausa siguió-. Los nombres son importantes, has de saber cuándo usarlos y cuándo compartirlos. No importa que tengas cientos de nombres, ni que los uses cuando sea necesario.- La anciana volvió a callar. Luego se acercó a la niña sin soltarle aún las manos y, acercando su rostro y bajando la voz hasta apenas hacerse oír por encima de la fría brisa preguntó.- ¿Sabes tu nombre? ¿El de verdad?- La niña cerró los ojos y después de una pausa y sonriendo por primera vez aquella noche, contestó en un susurro.
- Mingus.





Manger
Bonito cuento-espejo, amiga Mingus. Un afectuoso saludo.
mingus
Muchas gracias, como siempre
Un saludo Manger!
Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
mingus
Gracias Mabel!!
VIMON
Excelente relato, Mingus, pleno de imaginación y fantasía. Felicitaciones y mi voto con un saludo.
Patxi-Hinojosa
Entrañable cuento lleno de magia que ha hecho disfrutar a mi imaginación, amiga Noelia. Mi voto y un muy cordial saludo.