Homenaje a las tetas

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Son las tetas las que conservan el secreto absurdo que nos convierte en dóciles a los hombres, las tetas tienen el poder de hacernos olvidar las preguntas que llevamos puestas y que constantemente nos martillan en la cabeza, esto no es fortuito y sé que le ocurre a la mayoría de los hombres, cuando vamos por ahí con la cabeza agachada o demasiado arriba, preguntándonos que hemos hecho o que hacer de la vida, porque se tomó tal decisión o cual decisión tomar, porque la suerte esquiva no sonríe o sonríe demasiado, porque no se pudo ser en la tierra un brillante dictador y organizar la cosa en favor de los críos tercos que se siguen muriendo cuando les cae en la cabeza una bomba de napalm que no era un regalo para ellos, o porque no se puede estar en las mesas de negociación repartiendo calvazos por igual contra las cabezas que creen que la solución es seguir partiéndonos el cogote a balazos y contra los inútiles que toda la vida se han pagado viáticos con el dinero de la gente que paga impuestos (yo aún no soy bueno pagando impuestos, no me he acabado de consagrar en ninguna cosa y ya debo casi toda la vida que me he de ganar cuando me paguen por hacer algo). En ultimas, cuando la tristeza nos ha invadido de tal manera que nos convierte en la personificación viva de la desolación o cuando la rabia nos libera al señor Hyde que todos los Jekyll tenemos dentro o cuando el exceso de alegría nos transforma en imbéciles amorfos de ojos grandes con sonrisa. Solo hay un puñado de cosas que nos sacan de esos excesos de sentimentalismos y nos ubican de nuevo en nuestro lugar en la tierra, y no faltaba más, quiero rescatar de dentro de esas cosas, a las tetas. Son ellas las que aparecen como redentoras, ángeles de guarda que nos rescatan de nuestra miseria o idiotez y nos sumen en el embeleso de no querer dejar de mirarlas, ese par de protuberancias con poderes sobrenaturales tienen la culpa y la asumen, de hacernos olvidar de nosotros mismos y de nuestro propio egocéntrico e infundado monologo interior, tal vez la fémina que advierta en estas letras la absurdidad de sacar a un hombre de un estado mental irrelevante y sumirlo en otro, repruebe lo que aquí está escrito, pero se le olvida a quien critica que el nuevo estado mental es mucho más vivo, mucho más placentero, mucho más desquiciante y eso solo se logra porque el nuevo estado, la nueva interiorización subjetiva, la nueva fantasía tiene tetas en su hilo conductor, tetas recién encontradas por demás.

El escéptico varón que aun lee con desconfianza, haga el experimento, arranque a caminar por una acera y llévese en la testa una idiotez de esas en las que suele ocupar el encéfalo, camine mientras medita su propio asunto, mientras lo disuelve y lo cose tratando de encontrarle el mejor sentido de realidad, dese cuenta que su voraz instinto de pensador se frenará en seco cuando por el camino se encuentre de frente a un buen par de tetas, notará el experimentador que el hilo conductor del pensamiento que traía se pierde mientras el imaginario se roba para sí la imagen que tiene en frente, y continuará por un rato sin poderse zafar de ese par de mamas frescas, atrevidas o censuradas que se dejaron adivinar dentro del atuendo de una señorita o señora y entonces notará como el asunto que antes llevaba dentro, si es que regresa a él, se vuelve más dócil, menos relevante, se torna masticable. Podría llegar a pensar entonces el experimentador, si es que es amante de cuestionarse sus propios pensamientos, que cómo es posible que un par de protuberancias con pezón puedan sacarle de tajo de asuntos tan importantes como planificar la reunión de la paz mundial o el discurso a dar cuando se reciba el premio nobel de física. Yo tengo una respuesta, si acaso somera, que aparece en mí como aparecen muchas otras que no suelo mencionar, como le aparecen al resto que las disfruta y las desecha porque deciden que no pueden estar en el mundo para irse con ideas tan simples, tan banales o sencillamente las dejan de lado porque no le encuentran o no se encuentran el valor para enunciarlas, pero ya que estamos en este embrollo de las verdades superfluas, de consideraciones absurdas de monólogos propios, siento la necesidad de enunciar mi propia conclusión tan irrelevante como necia; las tetas nos alegran la vida porque queremos ir colgados de ellas como bebitos recién nacidos, como niños malcriados que no se acostumbran al mundo y vuelven al pezón amoroso de la madre. ¿Que no diéramos los hombres por amarrar una hamaca, un extremo al pezón izquierdo, el otro al pezón derecho de unas tetas monumentales y extasiarnos con la visión que semejante encuentro nos regala?, y aun mas, levantarnos de cuando en cuando a abrazar ya sea a una teta o la otra. Si el paraíso existe, el descanso eterno de los hombres debería estar matizado por un cambuche similar, en el que ángeles féminas en toples nos ventilen la cara extasiada con abanicos gigantes.

También me atrevo a pensar que una posible solución para que el común de los hombres desista de ser tan hijo de la gran puta, reside en las tetas de las mujeres, yo no sé cómo no se han inventado un juguete portable con forma de teta que le sirva por igual a políticos, críticos, ingenieros, publicistas, violadores, asesinos, escritores, y en ultimas a toda esa sarta de desgraciados que hace del mundo un lugar peor, para que mamando el redondo artefacto evoque la caricia en la testa que prodigaba la amorosa madre mientras el mentado, aun crio, se pega del pezón cual vampiro vegetariano. Este sí, que sería un invento estupendo, no más aparece un asomo de rabia con un vecino cansón, con el motociclista imprudente que se pasa el semáforo, con el busetero que acumula gente como arrumando bultos de plátano en el corto espacio del vehículo en el que el pasajero promedio ya tiene tres penes en el recto, o se vislumbra una lagrima de tristeza en el rostro varonil o aparecen de la nada las ganas de sacar monedas para sí mismo del monto de monedas que es del pueblo, y sacar del bolsillo o guantera o morral o maletín, la teta fresquesita, rebosante de evocación tierna y ponerse a mamar como dios manda, como posesos, que todos los líos y artimañas se irán al carajo, y si la rabia o desgano persiste en el sujeto que primero injurio, ¿qué más da?, en medio del estupor y la felicidad que da mamar teta ¿porque no convidarlo? Él, como representante digno de la situación que nos ha puesto mamar, sabrá entender, que es sincero cuando se le brinda del botín propio, del propio fragmento de mana. Y así en medio de mamadas y lengüetazos tan sucios como sinceros lograr olvidarse de los alegatos, de irse a puños, de arrojar la próxima bomba o contribuir al siguiente desfalco. Que va de religiones y dioses y creencias y marchas ridículas y de posteos de paz y amor en Facebook, twitter y youtube. Lo que necesitamos los hombres, es un par de tetas que estén ahí, dispuestas siempre para nosotros o en su defecto el artefacto mencionado que ayude a sobrellevar a mamadas esta máscara de hombres con la que nunca hemos podido y tal vez nunca podremos.

El asunto, se vuelve difícil cuando las dueñas del conflicto son las mujeres, pero dejémoslas ser a ellas, han tenido que subyugarse muchos siglos ante nosotros, aguantarnos en nuestra nefasta sed de tetas mientras que camuflando el deseo partimos en búsqueda de tierras y tesoros que hasta ahora no nos han logrado llenar. A lo mejor si hacemos esto y después de tener que aguantarnos por un rato los matriarcados y la venganza de las damas, comprendan estas, al vernos tan felices con una teta en la boca, que también ellas pueden llegar a vencer el soberano orgullo y a lo mejor sean las mujeres las que den el próximo paso, y se consigan algo digno de ser mamado.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    17 enero, 2015

    Me uno al homenaje y a tus excelentes elucubraciones. Mi voto y un saludo.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    17 enero, 2015

    Me ha gustado el texto. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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