Música en las aguas

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El grupo, exhausto, después de cinco días de viaje a toda prisa por Alemania navegaba, ahora, por el Rin a bordo de un barco panorámico. Habían embarcado en Boppard rumbo a Oberwesel donde tenían previsto alojarse. Era la hora de comer y tenían hambre: les sirvieron unos espárragos, la inevitables salchichas y un vino blanco de la casa o, para ser más exactos, de la zona. Sin dejar de masticar, admiraban los márgenes frondosos y esplendorosos del imponente río, los pueblos pintorescos y aquellos castillos de ensueño romántico. El guía, otra vez, tomó el micrófono para espanto de todos que estaban ya hartos de tantos pormenores sobre cada ciudad con encanto, sobre cada paraje insólito. «A vuestra izquierda, podéis contemplar el legendario castillo de Katz; ahora es privado y se ha acondicionado como un hotel aunque desgraciadamente no está abierto para el público en general. Y justo ahora, fijaos bien, estamos circunnavegando la Roca de la Lorelei. Este promontorio tiene 132 metros de alto y aquí el Rin alcanza los 25 metros de profundidad y solo 113 metros de anchura. Como esta zona es tan profunda y estrecha, es uno de los lugares mas peligrosos del río. Durante la Edad Media, los barcos de mercancías que surcaban estas aguas solían chocar contra la base, naufragaban y la tripulación terminaba ahogándose…

 

La desaparición en extrañas circunstancias de Lorena Wassermann con tan solo veintinueve años de edad a pocos kilómetros de la localidad de Bacharach, a orillas del Rin, donde era originaria, ha representado una conmoción en el mundo de la música clásica. Su última pareja, un multimillonario japonés, cuyo nombre no ha transcendido, explicó a la policía durante el interrogatorio que no había percibido nada raro en el comportamiento de la joven. Estaban pasando unos días de descanso en castillo de Katz, de su propiedad, antes de que empezara la temporada de conciertos. Después de cenar, Lorena Wassermann dijo que no se sentía bien y que se iba a la cama. Una cámara ha registrado que salió del castillo a eso de la  media noche vestida tan solo con un camisón. Entre las hipótesis barajadas por la policía la que cobra mayor fuerza es la de suicidio y se ha descartado prácticamente el secuestro o el asesinato, por lo que ha comenzado la búsqueda con perros adiestrados por los alrededores del castillo mientras que los buzos se han sumergido en las aguas del Rin en el trayecto que va de St Goar hasta Kaub pero sin resultado alguno todavía.

 

»…con el transcurrir del tiempo la cantidad de accidentes que provocaba este peñasco creció de tal manera que surgió una leyenda. Se empezó a fabular que en lo alto de esta roca aparecía una ninfa de una belleza y cualidades vocales tan impresionantes que en cuanto comenzaba a entonar sus hipnóticas canciones los navegantes se sentían atraídos irremediablemente hacia ella. De esta manera, la Lorelei, que así se llamaba esta ondina, lograba que barco se dirigiera hacia la parte más peligrosa del río con el propósito de que la embarcación se estrellara contra la roca. Cuenta la leyenda que mientras los desventurados tripulantes se ahogaban, la ninfa vestida de blanco se regodeaba peinando con delectación su larga melena rubia mientras esbozaba una sonrisa, como si disfrutara de aquel espectáculo. Una bella historia». Por fin, dejó el micrófono; dejó de hablar y se dejó de cuentos. Poco después, menos mal, desembarcaban en Oberwesel y se dirigían al hotel. El guía hizo el check-in del grupo y distribuyó las llaves. «Bueno ahora, de acuerdo al programa, tenéis tiempo libre. Para cenar, os recomiendo el restaurante Historische Weinwirtschaft que está a cuatro pasos de aquí. Mañana nos vemos a las ocho para tomar el desayuno. Sed puntuales porque la jornada va a ser intensa y tenemos que ver muchas cosas.

 

El hecho que quizás marcó para siempre no solo la carrera musical sino el periplo vital de Lorena Wassermann fue su relación con  Louis Martinon. Se conocieron en el Festival de Salzburgo donde el pianista francés  había programado obras de Franz Liszt y Alban Berg.  La víspera de su concierto, recibió una invitación para asistir a un recital consagrado en exclusiva a canciones de Schubert interpretadas por la nueva diva internacional del bel canto: la jovencísima Lorena Wassermann, a la que no conocía. La voz pura, cristalina, llena de voluptuosidad y la multitud de registros y los matices fascinadores con los que fue desgranando cada una de las canciones del compositor austríaco le volvió fuera de sí; loco de amor, de repente, por aquella joven soprano alemana de una belleza  irresistible y subyugante. Les presentaron esa misma noche durante una cena en el hotel Sacher donde no se cansaba de oírla, tal era el encanto de aquella voz, incluso en alemán. Pronto, se convirtieron en una pareja de moda. Durante un año, Louis Martinon le acompañó al piano en numerosos recitales de canciones por toda Europa. Eran jóvenes, carismáticos, tenían talento, y parecían felices de verdad; sin embargo, nunca se supieron muy bien las causas, se insinuó una infidelidad, anunciaron la ruptura del idilio. A Louis Martinon se le había relacionado con una noble francesa, Marie de Vigny. En un reportaje de la revista Paris Match la pareja confirmó el rumor, se habían prometido y la boda, prevista para el año siguiente, tendría lugar en un castillo que la familia de la novia poseía en las riberas del Loira.

 

El autobús esperaba en la puerta del hotel Agustin’s; faltaba uno, sí, aquel joven raro y silencioso que no hablaba mucho, siempre con un lápiz y su cuaderno en el que dibujaba  o hacía garabatos. No había bajado a desayunar y nadie le había visto desde la tarde anterior. Le llamaron al móvil: fuera de cobertura. El guía habló con el director del hotel. Se dirigieron a su habitación, tocaron a la puerta: nadie respondió. La gobernanta subió con las llaves: cama y maleta sin deshacer. El guía se puso de muy mal humor. Llamaron a la agencia de Madrid para que se pusieran en contacto con su familia. Su madre, presa de un ataque de nervios, dijo que le había llamado la noche anterior,  le comentó que ya había cenado y que se iba a dar una vuelta. El grupo aguardaba impaciente en el vestíbulo, ya llevaban  casi dos horas de retraso, llegarían a Frankfurt a las tantas. Avisaron a la policía. En la central de la mayorista turística que organizaba el circuito decidieron que el grupo continuara su trayecto y que se encargara Hans, el guía local, de encontrar al chico  y de llevarle directo a Frankfurt tan pronto como apareciera.  A las diez  y media, por fin, emprendieron su ruta.

 

La carrera musical y personal de Lorena Wasserman sufrió demasiados altibajos desde el momento mismo que supo de estos esponsales.  Las críticas de  sus  discos y recitales que la ensalzaban como la heredera de las grandes sopranos alemanas de postguerra se iban alternando  con  artículos sobre oscuras adicciones que los diarios sensacionalistas difundieron sin reparos y que, admitamos, tenían bastante de cierto: como que las cada vez más frecuentes cancelaciones de sus recitales o sus sustituciones por la soprano sustituta en las representaciones operísticas no se debían a  motivos de salud sino que estaba encerrada en su suite con resaca o durmiéndola; que llevaba una vida personal bastante agitada  pero no tan promiscua como me comentó sin una copa de más John Stew del Daily Mirror en un entreacto de un concierto de los Proms. Lo único cierto, y lo que a mi de verdad me importa como crítico y  amante de la música, es que tan pronto como Lorena Wassermann aparecía en el escenario y se ponía a cantar, el público salía con la impresión de haber presenciado un acontecimiento inolvidable y maravilloso de magia sobrenatural.

 

Al mediodía Hans, el guía local, llamó a Madrid. Habían hallado al joven cerca de St. Goar: empapado, inerte, con signos evidentes de hipotermia profunda. Había sido trasladado de inmediato a la unidad de cuidados intensivos del hospital de Colonia donde permaneció tres días inconsciente debatiéndose entre la vida y la muerte. El chico, milagrosamente, se recuperó aunque  le han quedado  graves secuelas mentales pues manifiesta una extraña demencia obsesiva: no deja de repetir, de jurar, de gritar que ha visto con sus propios ojos a la Lorelei, encaramada a la roca, con la melena rubia y suelta, vestida de blanco; que la oyó cantar con  aquella voz susurrante  e hipnótica; que luego, de pronto, contempló como la ninfa se tiró al río desde lo alto de la roca y entonces, él, arrastrado por una voluntad ajena y preso de un encantamiento, se lanzó al río y nadó hacia ella. Aún dice sentir la  fuerte corriente helada en sus huesos y como sus brazos se iban entumeciendo sin poder avanzar a través de aquellas aguas heladas; que sacando fuerzas de no sabe dónde siguió nadando; no se acuerda de nada más y desconoce cómo acabó en esa orilla. En el hospital psiquiátrico de las afueras de Palencia donde permanece internado tiene un comportamiento apacible, no habla con nadie, se pasa las horas muertas dibujando figuras de una sirena en las hojas de un cuaderno. A veces, le da por llorar. Dice que si está vivo fue porque le salvó la Lorelei. Nadie le hace caso. Nadie le cree. «La Lorelei no existe, nunca existió, es una leyenda» se aventura a veces a comentarle su psiquiatra.

«Eso lo dices porque nunca la has oído»,  le responde sin levantar la mirada de su cuaderno y sigue dibujando.

Comentarios

  1. Mabel

    30 enero, 2015

    Muy buen Cuento, te felicito. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Patxi-Hinojosa

    30 enero, 2015

    Fábula y realidad se alternan en este apasionante y magnífico relato, amigo Juan Carlos. Enhorabuena. Mi voto y un fuerte abrazo.

  3. Charlotte

    30 enero, 2015

    Me ha encantado tu relato con esa prosa tan limpia que tiene. Se nota que está muy trabajado. Saludos

    • Esta-es-mi-versión

      31 enero, 2015

      Hola Ana,

      Gracias por tu amable comentario por este relato que me ha costado bastante esfuerzo.

      Saludos

  4. Laura

    3 febrero, 2015

    Me gusta mucho tu forma de guiar la historia. Mi voto, saludos.

  5. Manger

    25 febrero, 2015

    Estupendo relato, amigo Juan Carlos. Un cordial saludo.

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