Enrico el Matamoros - Cómo Enrico administra el capital. - Lit Hondurena

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Cómo Enrico administra el capital, aspira a la presidencia de la Cámara de Comercio y vuelve al cadalso.

Empezaré este capítulo con una técnica que no es recomendable para ningún escribidor, según nos sugiere nuestro escritor y embajador en Nueva York, Roberto Quesada, y es la de iniciar el relato con una pregunta. Mas como Akbal Kan es un indio que los tiene bien puestos, voy a hacerla de todos modos: ¿Cómo se comportaría nuestro Enrico ahora que finalmente se había transformado en el gran hombre que juró habría de convertirse años atrás, mientras renegaba de la vida en aquella su asfixiante y miserable casita campesina del barrio Tepeaca? Pues yo no puedo sino que sentir una ligera sensación de vergüenza ante los razonamientos que le expuso a don Abudiya y a su padre adoptivo don Ibrahim Jarach, que luchaban por arrebatarle los documentos, y que, como he dicho, considero terrible y reprochable, pues hacerse pasar por malvado con los que, luego de haber tramado un plan laborioso y perfecto, veían ahora con suma rabia que éste acabó siendo muy, pero muy imperfecto.

–Devolvéme esas acciones –le reclamaba el avaro turco–. Vos sabés que yo las pagué con el pisto de mi bolsillo.

–Dáselas –lo azuzó don Ibrahim–. No son tuyas.

–Es cierto –le respondió Enrico, sereno–. No obstante, tampoco son suyas, don Abudiya, sino de don Javier, a quien usted desplumó con la venta de Conrepre. Pobre viejo –siguió–, hasta vendió la fábrica de pimientos por invertir en esa empresa de represas fantasma.

–Vos no te metás a ese pedo –le contestó don Abudiya–. Negocios son negocios. ¿Y quién lo manda a andar de maje, pues?

–Pues la misma le aplico yo a usted –le contestó Enrico riendo–. Negocios son negocios. Y con su permiso, me voy a la casa, por un traguito. ¿Me sigue, don Ibrahim?

Don Ibrahim, que había hipotecado la mansión valiéndose de Equicons como fiador, pronto supo que nuestro amado lo tenía bien cogido de los blanquillos. Salió Enrico del edificio rumbo al auto, en tanto que el arábigo se quedó un momento con don Abudiya, al que le dijo:

–Dejámelo, que ya va a saber este pendejo lo que es meterse a la boca del león.

Don Abudiya, encolerizado, cogió un chilillo de cuero que guardaba en el escritorio y salió en busca de Sorayda, que había corrido bajando, a medio vestirse, por las gradas del edificio. Don Ibrahim arrancó con Enrico hacia el barrio Los Andes. En el trayecto le decía:

–Yo siempre te tuve confianza, hijo, siempre. ¿Verdad que no sos indio al cien por ciento? ¿Tu gotita de sangre semita haz de tener? Ja, ja, ja. ¡Porque sos perro para caer bien parado! Ja, ja… ¿Y qué vas a hacer con tanto pisto?

Enrico callaba.

–Mirá que son millones los que llevás en la mano.

–Voy a trabajarlos –dijo Enrico.

–Te voy a ayudar un poco, aunque como estoy afinando la empresa de don Javier, sólo va a ser de vez en cuando.

–No importa –le dijo nuestro héroe–. Tengo experiencia en gerenciar.

–Mirá que a mí me llevaba putas con esa constructora, más que todo por estar peleando con esos dormidos del Gobierno. A propósito –continuaba–. Ahí te dejé una buena cartera.

»Tenés reatas de proyectos de pavimentación: el de la carretera que va hacia Yoro, el otro del tramo en la Guama para el Canal Seco y el del edificio del Seguro Social aquí en San Pedro. Ah, y no se te olvide cobrarle al culero ministrito este de Soptravi, ¿cómo se llama este gordo que no se sabe si va o viene?, ¡Banano!: le alquilé unas grúas y aplanadoras. Es bastante pisto el que me debe, pero no te preocupés, sólo decíle que sos hijo mío y ya vas a ver cómo pareciera que le meten un tizón de ocote en el culo, ja, ja, ¡corre, corre! –finalizaba ministrándolo–. Mañana vamos a ir a la empresa, ¿oíste? ¡Hoy vamos a celebrar que te cogiste al chuco de Abudiya? Ja, ja…

Habían subido por la Primera Calle y justo antes de llegar a Novaprisa, cerca de la Estatua de Francisco Morazán, vio don Ibrahim a una gigantesca multitud de gentes circular vía abajo, obstaculizándole el paso.

–¡Mierda! –exclamó y detuvo el auto.

–¿Qué pasa? –preguntó Enrico.

–Allí están jodiendo otra vez esos majes de la Resistencia.

–¿Resistencia?

–Sí, hombre –le dijo don Ibrahim–. Ésos que están a favor de Mel.

Entonces se le nubló el rostro a Enrico, no por lo de la Resistencia, sino por el recuerdo que le traía el presidente a la memoria. Más aún, el de Mirta, quien se había pasado toda una noche explicándole lo que sucedía allá, cuando cabalgaban perdidos en los bosques de Olancho. Por un momento, meses atrás, creyó haberla visto caminar por el mercado Dandy… y sin embargo él sabía que estaba muerta. ¿Por qué se sentía tan triste al remembrarla? ¿Sería ella su verdadero amor? Por ninguna mujer habría hecho lo que hizo por su náyade, y en ninguna otra había encontrado aquella inocencia, esa su candidez tan tierna, pero igualmente firme y templada, que manifestaba en cada acto del alma. Enseguida volvió la imagen de Betty a su cerebro: ¿Podría él decir lo mismo de ésta? ¿No era acaso una mujer casada que se desvivía por él? No obstante, ella había guardado las distancias. Sí, sí podía declarar con certeza que ambas poseían un corazón puro e inmaculado por la decencia y la honorabilidad, a pesar de haber nacido en cunas diametralmente opuestas y distintas.

–¡Estos hijos de puta todo quieren que les arregle el Gobierno! –volvió a exclamar don Ibrahim–. ¡Qué echen pija mejor y no que anden gritando en la calle!

–¿Y qué es lo reclaman ahora? –preguntó nuestro despistado Enrico.

–¡Ah, pendejadas! –le contestó el turco–. Dicen que hubo un golpe de Estado. ¡Están locos!

–¿Pero en verdad hubo uno? –irrumpió Enrico–. Una amiga mía me dijo que sí.

–¿India ha de ser, va’? –le contestó don Ibrahim en forma mecánica.

No obstante, Enrico sintió que le hervía la sangre por el menosprecio que vio en los labios del viejo turco. Sí, le dolió, sobre todo porque Mirta, antes de caer asesinada por Babalija, se había enojado con él precisamente por este motivo. De algún modo, tendría que cobrarse la afrenta, aunque razonándolo fríamente, ya le había ganado la partida.

–Y de las más bellas –respondió Enrico–. Lo que según me dijo esta amiga mía –continuó–, es que la gente lucha para que le mejoren las condiciones de vida; al parecer, viven una de perro.

–Pues te pajeó esa loca –le dijo don Ibrahim–. ¿Decíme vos quién en este país se muere de hambre? ¿Lo has leído alguna vez en las noticias, digamos en el periódico de la “Tranza”? ¡No, hombre! Lo que pasa es que estos indios son haraganes y no les gusta trabajar. ¿Cómo van a tener pisto si son la verga para agarrar una herramienta? Es lógico, ¿no?

–Muy cierto –siguió Enrico–. Aunque otro amigo mío, de Olancho, me dijo también que esta gente no gana siquiera para sobrevivir.

–¡Un comunista! ¡Palabras de un comunista! –lo rebatió don Ibrahim–. ¿Sabés vos lo qué es el comunismo?

Enrico, que no sabía ni en qué mundo vivía, le respondió con una negativa.

–El comunismo es el reinado del Diablo –le dijo el turco–, porque allí, en ese sistema, no va a ver gente como vos o yo, ¿me entendés?, personas que honradamente se enriquecen en esta vida y que dan trabajo a otros con sus empresas, así como la que ya tenés vos ahorita. Decíme algo: ¿No hay en el reino de Dios ángeles que viven mejor o que mandan más que otros?

–Sí –le respondió Enrico–. Existen desde querubines, los más bajos en la escala del cielo, hasta arcángeles, seres poderosos creados para conducir hueste tras hueste, así como usted en la Tierra.

–¿Te das cuenta, Quico? –rió el viejo león–: Hasta Dios está de nuestro lado. ¡Y estos comunistas quieren destruir no sólo las leyes de la Tierra sino que los estatutos del Cielo! ¡Eso no lo vamos a permitir! Por eso el indio de Mel fue removido por medio de la sucesión presidencial, que es algo muy distinto a un golpe de Estado. ¿Por qué creés que los bendecidos ministros de Dios, como el Cardenal Rodiles y tu mentor el apóstol Ardemal, se unieron a la causa, una destinada por el mismísimo Señor Jesucristo? ¡Amén! –exclamó de presto–. Porque el Señor está con nosotros….

»¡Y es lo que no entienden estos “vagos” hijos de puta! ¿Qué quieren que todos seamos iguales social y económicamente! Je, je, je… ¡Qué no jodan! ¡Hasta se la van a pelar! Lo que quieren es quitarnos las fábricas para quedárselas, quedarse con todo, y por eso es que los ves allí gritando en las calles con la paja de que viven mal y muriéndose de hambre. ¡No, hombre! ¡Si este país es lindo, lindo, lindo! ¿Vos qué pensás?

–Que es cierto –dijo Enrico.

–Te voy a dar un secreto de liderazgo, Enrico: Sé duro con la gente, porque si no, ¡mirá!, te va a llevar la bruja cuando la tengás encima del lomo. Está bueno, fijáte, el trato que les da el Cabeza de Ajo: los balacea, les mete gas hasta por el culo y los garrotea con palos de metal y tachuela. Este pueblo hijueputa sólo así aprende a respetar y de paso se le borran esas ideas diabólicas de igualdad y justicia. ¿Dónde has visto eso vos en la Historia? ¡Nunca, miráme, jamás ha existido tal cosa! Bueno, si vos mismo lo dijiste: hasta en el Cielo hay jerarquías y que Dios mismo estaba por encima de todos. Por tanto, en la Tierra es lo mismo. Estamos nosotros, los empresarios ricos, y están ellos, los empleados de oficina y obreros pobres. Y así va a hacer toda la vida… Lo fue en el pasado y lo será en el futuro, ¿va’?

–Certísimo –le respondió Enrico.

–¿Ves lo que te digo? Contra Dios no puede nadie…

Ni bien acababa de expresar esto don Ibrahim cuando por atrás del auto pasaron dos tanquetas y varios camiones cargados con militares. Se bajaron los armados, se colocaron en formación romana, y tres de sus compañeros empezaron a disparar bombas de gas mostaza. ¡Bum, bum!, se escuchaba. Los manifestantes, por su lado, guardaban la línea, pero alguno que otro se internaba para insultar a los efectivos, quienes, sin previo aviso, desenvainaron sus macanas y dieron rienda suelta a todas sus frustraciones.

El espectáculo, por supuesto, era atroz, cavernario. Los elementos armados no tuvieron compasión de nadie, y podían verse escenas tales como las de atacar salvajemente a ancianos vencidos y a niños que acompañaban a sus madres. Los gritos de ira se dejaban oír de ambos bandos. Hubo incluso balas de plomo disparadas por el Ejército, que se veía impotente en disolver la colosal manifestación.

«¡No matés a tu hermano, soldado!»

«Luchamos por una vida digna.»

«Ya no aguantamos esta miseria.»

«¡Abajo con los turcos que nos roban la riqueza, arriba con la Democracia y la Libertad!»

«Queremos un buen futuro para nuestros hijos que viven hundidos en la más triste y dura de las pobrezas.»

Eran las únicas armas con que contaban los de la Resistencia, la voz, una que era impelida por una realidad, ¿para qué recalcarlo?, miserable. ¿Qué podría decir yo al respecto o vos, mi querido lector? Únicamente, basándome en los hechos, que estas pobres gentes tenían una grande y justificada razón, mucho más real y certera que la manejada por el turco Ibrahim, cuya riqueza, hay que decirlo, le había sido creada, y todavía se la crean, por las manos de los desesperados que precisamente andaban allí exigiendo, menos que sus derechos básicos, mejores condiciones de vida.

Enrico, por su lado, seguía sin entender, o se hacía el desatendido, del porqué de tan sangrientas jornadas de colisión. Y como para curarse en salud, se dijo: «Yo no me meto en cuestiones de política».

¡Un hipócrita y cobarde!, dirás vos, mi querido lector, mas yo estoy de acuerdo con él, en parte. ¿Por qué? Pues si bien es cierto que estas gentes, el pueblo llano en su conjunto, reclamaba sus derechos con buen juicio, ¿qué hicieron los sindicatos de las empresas privadas, es decir, los obreros a quien tanto ayudó Mel subiéndoles el salario, que de uno famélico de 100 dólares al mes se los aumentó a 275? ¿Por qué no apoyaron a sus hermanos del pueblo, apuntarás vos, lector apreciado, cuando eran ellos precisamente los llamados a producir las huelgas, ésas que hubieran paralizado las empresas de los turcos, los mismos que habían ejecutado el golpe de Estado y sostenían a la Dictadura gringuera, la que, como toda Honduras vio, estaba ya al borde del colapso? Vos, mi leedor, deducirás ciertamente que cumplieron el siguiente voto, y yo no puedo negarlo: Fieles de Judas Iscariote, igual que en los años 80’s, los grandes dirigentes sindicales agarraron sus treinta monedas de plata, y en una exclamación apologética grabaron en hielo estas bellas palabras que quedarán registradas en la Historia de nuestra empobrecida nación: «Yo no me meto en política».

Por ello no culpo a nuestro héroe de ser un ignorante político ya que dicha ignorancia tiene sus raíces en lo económico, es decir, en su ego mercantil. Lo dijo magistralmente don Ibrahim, aunque lo matizó con la idea de Dios. Asimismo Enrico se convenció de sus palabras y siguió con su vida de capitalista, aun cuando tenía a sus padres viviendo en la más oscura de las ruindades. Pero esto no le importaba, recordemos que era todavía un joven, uno formado por una cultura mediática bien orquestada para que no pudiera pensar siquiera por un segundo. Y si había de pensar, sería de esta forma: «Primero soy yo, el mejor y fuerte, y después, si quedan sobras, los demás».

Y con esta bien pensada reflexión, se apartó de aquel bullicioso enfrentamiento que a él no le atañía en lo más mínimo, y quizá lo que más lo aturdió fue la voz de menosprecio que don Ibrahim le dejó ir en labios contra su amada Mirta y que juró resarcir algún día.

Llegó el primer día de operaciones con Equicons, su nueva empresa, de la mano de don Ibrahim. Aparcaron el auto afuera de un edificio en construcción, un proyecto cercano a los juzgados sampedranos. Lo llevó su mentor y presentó a los ingenieros de la obra. Anduvo nuestro héroe con sus gerentes, que le daban todo tipo de informaciones acerca del volumen del concreto, el peso de la estructura, los ángulos de distorsión de las columnas, etcétera, etcétera.

Ya volvía al auto, para dirigirse a las oficinas centrales, cuando vio a un nutrido grupo de obreros rodear a un señor muy dinámico.

–¿Qué ocurre? –le preguntó a uno de sus ingenieros.

–Es don Raimundo Cruz –le contestó el otro–, dirigente del sindicato de obreros; seguramente estará instruyendo a los muchachos.

–¿En qué? –preguntó de nuevo Enrico, curioso.

–No lo sé –le dijo el ingeniero–. ¿Quiere que se lo traiga?

–Tráigamelo pues.

En verdad que le había intrigado a Enrico la presencia de este anciano, que, quiérase o no, dejaba traslucir una especie de nobleza, una que, debo decirlo, no le fue nada gratuita, pues don Raimundo, como lo llamaban con respeto los obreros, había sido un hombre de mundo, viajado bastante por él, estudiado en la Unión Soviética y graduado allí como economista laboral, título licenciado por una potencia mundial que, por cierto, como estamos en el país de las Mil Maravillas, no le fue reconocido en Honduras. Luego este noble anciano, en su juventud, fue un notable revolucionario, temido y respetado por sus enemigos. Había fundado él mismo el sindicato de obreros de la construcción y gastado la vida en pro de una vida mejor, pero casi en vano, pues el sistema capitalista lo había empobrecido todavía más. Sin embargo, para orgullo y consuelo suyo, había logrado sendas conquistas laborales a nivel nacional para sus obreros. Él y sus muchachos luchaban junto al Frente de Resistencia. Al llegar a Enrico, lo saludó muy alegre, despreocupado, con esa sabia serenidad que dan los años.

–¿Cómo le va? Soy Raimundo Cruz

–Pues a mí muy bien –le dijo Enrico–, ¿y a usted? Mi nombre es Enrico Prados, dueño de la compañía.

–No mejor que a usted, pero ahí le vamos, je, je. Dígame, ¿para qué soy bueno?

–¿No me anda alborotando a los trabajadores, verdad don Cruz?

–Ja, ja… No, hombre, cómo cree. Les estoy dando la normal orientación laboral.

–¿Y eso?

–No, pues, cada trabajador tiene el deber de conocer qué derechos le son innatos y cuáles las obligaciones adquiridas.

–¿Pero no hay nada de comunismo por ahí? –le dijo Enrico, que ignoraba la trayectoria de este dignificado personaje del país.

–Ja, ja… ¡No, hombre! Aquí es que han satanizado a ese sistema, ja, ja… Ya mis tiempos de guerrillero han pasado, don Enrico, despreocúpese. Mire –siguió y le señaló al grupo de obreros–, ya que lo tengo a usted enfrente, me gustaría pedirle que les diera cascos y cables de enganche a los muchachos… No ve que ya van dos que se me caen y, como ni seguro social tienen, ahí andan inválidos y sin trabajo. ¡Están bien jodidos!

Enrico se sintió intimidado por esta solicitud. Al momento apareció don Ibrahim, que alcanzó a escuchar el diálogo.

–¡Puta! –exclamó–. ¡Ya anda jodiendo don Raimundo por aquí! ¿Y ahora por qué llora?

–Ah, don Ibrahim –dijo el viejo dirigente–, pues ya lo jodieron a usted también porque veo caras nuevas a cargo del negocio.

–Mirá, Raimundo –le dijo el turco–, cuídame a este cipote mejor y no me lo fregués mucho. ¿Por lo de los cascos es? Ya te dije que el otro mes me los traen…

–Eso me lo dijo usted el año pasado, ¡y nada!

–No se preocupe, don Raimundo –irrumpió Enrico–, yo me haré cargo de ese pedido suyo. Mucho gusto, hombre, y espero verlo más seguido –acabó extendiéndole la mano.

Y ahí estaba nuestro hombre transformado en un elemento productivo, algo muy digno, he de anotar. Mas esto me aburre a mí, querido lector, e imagino que a vos también, demos vuelta a esta hoja y pasemos en cambio a las ardides que el viejo Ibrahim urdía en su calva cabeza.

Claro que don Abudiya no dejaría partir al ratón con el queso, no. Junto con don Ibrahim habían maquinado un plan para recuperar lo perdido. Era uno largo, lento, penoso, pero efectivo.

Existe en todas las ciudades una Cámara de Comercio que se supone agrupa a todos los comerciantes e industriales del lugar, a los que les da capacitaciones y ayuda económica. Esa es la visión, mas no la misión. En la de San Pedro, como vos lo sabés, mi lector, se da prioridad y atención a los negocios de los turcos, ya que son ellos los que la manejan. A veces suelen ponerse ellos mismos al frente o colocan a algún reyezuelo de su confianza. La importancia de estas cámaras reside en que poseen autoridad local y estatal, o sea, están aprobadas para manejar fondos municipales y gubernamentales, cosa que no podían dejar escapar nuestros nobilísimos árabes. De vez en cuando levantan una feria internacional para argumentar y ocultar su verdadera finalidad, la de hacer negocios con el Gobierno a favor de sus verdaderos patrones: los gringos.

Don Ibrahim había pensado lanzar a nuestro héroe para la presidencia de la Cámara de Comercio e Industrias del Valle de Sula. Enrico mismo, cuando fue avisado, se asombró.

–¿Por qué yo?

–Porque vos sos muy inteligente –le dijo don Ibrahim.

Y como creía que Dios estaba con él, se regocijó cuando advirtió que el año en que se le ocurría proponer a Enrico había sido el de la «Gran Recesión Económica Mundial». Sabía bien que, luego del golpe de Estado, sus golpistas habían saqueado cerca de mil millones de dólares, de los dos mil quinientos de las reservas internacionales del país, y montado además una campaña a nivel global que argüía que ésta nos había afectado muchísimo. Incluso, y esto es lo más perverso del asunto, se despidió a miles de personas de las fábricas para justificar el evento. Así, las potencias que congeniaban con ellos, comenzarían a enviar ayuda financiera «para reactivar la economía del país», es decir, que ese dinero tendría que ser acaparados indefectiblemente por ellos.

Y la presidencia de la cámara de comercio sampedrana de pronto llegó a ser importantísima, tanto que otro árabe, Mikael Aljarach, primo de don Ibrahim, se había empeñado por alcanzarla.

«He allí», se dijo, «que mi acción está avalada por el Divino».

Montaría, pues, el astuto de Ibrahim una campaña de difusión costosísima, para que Enrico gastara los fondos de la constructora en una empresa de publicidad propiedad, vayás vos a saber, mi lector, de mi estimado Mikael Aljarach. Viéndolo de esta manera, hipotecaría Equicons con un banco de la familia Kakati y al mismo tiempo haría ganar dinero a Aljarach gracias a los spots. La jugada, se decía, era genial.

Demasiado, dirás vos, lector mío, y yo mismo no dejo de admirarla. ¡Pobre Enrico!, seguirás lamentándote, mas veo que no has sopesado con calibrada medida las cosas, como tampoco lo hubo hecho don Ibrahim ni Aljarach, su nuevo socio.

El día en que ambos contendores se conocieron, Aljarach se hizo acompañar por su educada y elegante esposa, doña Lilieth, mujer ricamente ataviada por las más excelsas probidades y gerente de Hello, la agencia publicitaria de nuestro querido candidato.

–¿Cómo se llama su movimiento presidencial? –le preguntó ella.

–PPIJA –le dijo Enrico–. Pensamiento Para la Inversión de la Juventud Activa.

–Ah –le contestó–, el de mi marido se llama CUULO, Centro Ultra de Unidad Legítima Organizativa.

¡Oh Hado, Hado que tirás la piedra y escondés la mano! ¿Por qué tiendes a nuestro Enrico las más viles trampas? Doña Lilieth, como dije, era una mujer muy proba y dedicada a su arte. Ya en plena campaña presidencial, diré con honestidad que nuestra señora actuó con el más sagrado profesionalismo posible, tanto que Enrico llegó a estar arriba en las encuestas. Tal era así que se había ganado, a puro tesón, a los afiliados más bajos de la cámara, o sea, a los comerciantes del Centro. Sin embargo, don Aljarach tenía a su favor a los industriales y políticos, por lo que estaba a un paso de la presidencia.

La lucha era dura, y a nuestro héroe, imbuido y excitado por el empuje de don Ibrahim, ni le temblaba la mano a la hora de firmar aquellos jugosos cheques. Era popular.

Cierto día se necesitó hacer un spot donde saldría Enrico ante las cámaras pronunciando un discurso que haría moverse hasta las piedras del Río Blanco. Pasó doña Lilieth por él y lo sentó en su auto.

Necesario es que diga que Enrico respetaba a nuestra publicista; jamás se le cruzó por la mente hacerse de las carnes de aquella hembra deliciosamente configurada, como tampoco a ella insinuársele.

La locación elegida fue, precisamente, un río, el que llaman Piedras. Como se trataba simplemente de que Enrico se lanzara un discurso en primer plano, no había por qué llevar un gran equipo de cámaras y video, se dijo ella. «Basta con que vaya yo sola». Y yo, ¿por qué no?, la secundo.

–Por aquí, don Enrico –le dijo Lilieth–. Bajo la fresca sombra de los árboles.

–¿Con esta ropa? –le preguntó éste, que amargamente encontró que la chaqueta no daba con la camisa–. Yo creo que sería bueno hacerlo sin la chaqueta –acabó.

–Como quiera.

–Eso es lo malo de ser soltero uno –le dijo Enrico–, que no hay quién le diga cómo andar bien vestido.

Doña Lilieth sonrió.

–¿Y usted de qué familia es? –volvió a preguntar Enrico.

–De los Mussad.

Nuestro héroe, por supuesto, inquirió con la única intención de socializar, pues, habiendo pasado por tantas aventuras, la vida le había enseñado que no todo es sexo.

–¿La conoce usted? –le preguntó ella.

–No.

–Qué raro –dijo ella.

–¿Por qué?

–Por la fama que tiene usted…

–¿Qué fama?

–Olvídelo. Empecemos con el trabajo –se contuvo–. Mire, don Enrico, allá arriba de esas grandes piedras.

–¿Allí? ¿No será muy peligroso? Hay una corriente debajo.

–Qué miedoso –le dijo ella–. Apúrese, no ve que el sol le pega de frente en esa ubicación, además tiene un fondo bonito.

–Pero lo hago por usted –le respondió–. Ahora, que si me caigo al agua, usted me va a tener que rescatar.

–Ja, ja, ja… ¡Tanto así no! Apúrese, apúrese. Sí, allí, encima de la roca. De un pasito para atrás, otro pasito, otro pasito. ¡Cuidado!

¡Ah, la dulzura de los juegos infantiles! ¡Cómo no agradecer a la vida por tales momentos de alegría! Veamos ahora lo que le ocurrió a nuestro Enrico.

Nuestra profesional amiga había estado dándole indicaciones para que se cuadrara como es debido ante la cámara; entre pasito y pasito, Enrico había caído al agua. Salió de ella enteramente empapado y no tuvo más remedio que desvestirse.

Yo le hubiera dicho que no, por pudor, mas era mucha la humedad y había peligro de que cogiera una neumonía, como muy acertadamente le advirtió doña Lilieth.

No obstante, te equivocarías vos al pensar, mi querido leedor, de que habría un signo de seducción en esta escena. ¡Nada más errado!

Decentemente, Enrico corrió hacia la parte trasera del auto y se desnudó, lejos de las miradas de doña Lilieth, que no bajó nunca la cámara, sino que lo apuntaba con ella.

¿Una trampa vil para denostar a nuestro héroe?, me preguntarás. Te contestaría que sí.

Ya seco y vuelto a vestir, Enrico decidió parar el rodaje y le pidió a doña Lilieth que lo condujera a la casa, para cambiarse. Ésta, aunque parecía no obedecerle, accedió. Tal se ve, no hubo ningún tipo de acercamiento entre ellos.

Pero no por esto puedo dejar de decir que, en los días siguientes, Enrico sufrió uno de los acosos más enconados que pudo haber vivido. Sin embargo, ya a las puertas de las elecciones, pasaron estos actos como desapercibidos.

–Ya no hay dinero –le dijo don Ibrahim a una semana de la votación.

–¿Qué hacer? –preguntó un desanimado Enrico.

–Hipotecar Equicons.

–¿Hipotecarla? –se dijo, nervioso–. Don Ibrahim –siguió–. Yo me salgo de esta mierda.

–No, muchacho –trataba de convencerlo el viejo–, si esto de hipotecar es algo común. ¿Cómo creés que trabajan los bancos?

–¿Y después para pagar la amortización?

–Eso dejámelo a mí –le dijo riendo el sagaz Ibrahim–. Vos no te preocupés.

–Hipoteque esa papada, pues –le dijo Enrico.

Dos días después.

–Firmá aquí, Enrico.

–¿No es esto un traspaso de acciones? –le preguntó.

–Sí, hombre, pero sólo es para trámite.

Ya iba a estampar la rúbrica nuestro héroe cuando lo asaltó una duda. Vio a don Ibrahim a los ojos.

–¿No me está pongueando[1], verdad?

–¡No, ’ombe, firmá!

Oh Enrico, mi dulce Enrico. Apuntaré con mediana observación que prácticamente firmaría su sentencia de muerte.

–¿Por qué no me los deja para pensar un rato? –le dijo.

–Mirá que el banco lo cierran a las cuatro de la tarde. ¡No seas cobarde, ’ombe! ¡Arriesgáte! ¿Qué podés perder?

Enrico alzó la cabeza y posó la mirada en el techo.

–¡Bahhh! –exclamó–. ¡Si yo desnudo nací y desnudo me voy a morir!

Y firmó los papeles.

Debo manifestar que ni el propio don Ibrahim se creía lo certeras que le habían salido sus maniobras. Echado Enrico a la bolsa, lamiéndose los filosos dientes, se le acercó para decirle:

–Bien hecho, muchacho, bien hecho. Ahora alistáte porque el viernes celebramos tu gane.

No obstante, nada puede ser tan blanco que no alcancé a llegar a negro algún día, y ya en el de las elecciones, se sentaron en la mesa principal de la Cámara don Jarach, Aljarach y un sonriente Abudiya. Enrico, al encontrarse con su ex mentor financiero, percibió la fatalidad de un mal presentimiento.

«Ya me llevó putas», se dijo. «Perdido. Estos turcos me la hicieron».

Se desmoralizó más cuando Aljarach de repente salió diciendo que en la moción del domingo anterior se le había dado facultades para votar a personas que no eran miembros acreditados de la Cámara.

Se levantó de la mesa Enrico, francamente derrotado, y buscó refugio en un salón adyacente, el de las proyecciones visuales. Como el cuarto estaba oscuro, no distinguió al operador y solamente le dijo que se estaría allí unos minutos. El otro le contestó con una seña.

Siguió pues el cómputo de los votos y, vía internet, nuestro operador actualizaba los datos y los enviaba a una pantalla gigante a la vez que pronunciaba a quién favorecía el sufragio. Al primer conteo, escuchó a la voz decir:

«PPIJA»

Luego el siguiente.

«CUULO»

Emergió nuestro héroe de su ensimismamiento pues había reconocido ese timbre vocal, y ¡he allí a doña Lilieth que hacía de operadora! Se le acercó, y vio funcionando un video en el reproductor de la computadora, justamente uno en el que salía él escurriéndose sus proverbiales dotes atrás del vehículo. Ella, al saber que éste la había descubierto gozándose de su hombría y sacándose los dedos de en medio de las piernas, le dijo:

«Oh Enrico, Enrico de mis amores».

A lo que nuestro siempre amado batallador, dejando a un lado la caballerosidad y el profesionalismo, no tardó en bajar su bragueta. He de decir que, para los votantes allí presentes, no fue poco el atolondramiento que los embargó al dar oídos a una palabra que el operador, locamente, insistía en repetir:

«PPIJA»

«PPIJA»

«PPIJA»

«¡PPIJA, PPIJA, PPIJA, PPIJA, PPIJA…!»

Cosa que desagradó a nuestros señores de CUULO. Airados, se alzaron de sus asientos y corrieron a la sala de proyecciones en el momento que Enrico, acomodándose en la pared, cogía a doña Lilieth de las nalgas, y ésta que no cesaba de emitir los datos del conteo con un adolorido y enardecido tono:

«CUULO»

«CUULO»

«CUULO»

«¡CUULO, CUULO, CUULO, CUULO…!»

Se abrió la puerta, y el calgueño de don Aljarach, tapada la cara por un diestro molinete de Enrico y sostenido por los saeteados de don Ibrahim y don Abudiya, articuló:

–¡Ay, Dios mío, ya me clavó la vara el picador!

¿Qué agregar a este lance de nuestro matador? Pues yo sólo puedo decir que, si de mí dependiera, no sólo hubiera colgado a nuestro Campeador de los huevos, por pendejo, sino que enseñado con maestría el arte de la seducción y decente toreo. Por ahora, vistas las cosas con desapego, lo que se avizora es que Enrico vuelve a las calles a recibir una buena lección, no de sexualidad, pero sí de hambre por no haber sabido administrar su capital. ¿Y qué hay de las elecciones de la cámara de comercio? Dejemos que nuestro héroe nos refiera lo que sucedió con éstas y otra aventura en el siguiente capítulo.

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[1] Modismo hondureño: hacer la trampa.

Comentarios

  1. Valentino

    13 febrero, 2015

    Volvi a publicar este capitulo a petizion d’ un amigo mio. Me cuenta c’ es justo lo c’ ocurre en l’ Espana actual. Saludos.

  2. Profile photo of Mabel

    Mabel

    14 febrero, 2015

    Muy bueno Valentino. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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