En casa, en plena noche y con corte de energía. Negrura y silencio. Manejarme a tientas es una tarea difícil. Me trasladaba hacia la cocina en búsqueda de algunas velas pero era dar dos pasos para chocarme torpemente con algún mueble. Así que opté por ir bordeando la sala hasta finalmente llegar a la pared azulejada y fría.
Me puse a revisar gabinetes y alacenas buscando las velas que me sacaran de mi eventual ceguera. Donde las tenía… estaba seguro de haberlas comprado hacía poco. Palpando la mesada de mármol pude dar con el encendedor y al encederlo se iluminó un reducido entorno. El reloj de pared daba las once y media, pero ni siquiera se escuchaba el rítmico tic tac. La máquina parecía haberse detenido. Cosa rara ya que se alimentaba a baterías. No tendrían que verse afectadas por un corte de la red eléctrica. El segundero se veía clavado exactamente en el número tres. Revisando el último cajón logré dar con las malditas velas, encendí un par y con la propia cera derretida las acomodé en sendos platitos de café.
Yo estaba solo en casa. Esa antigua e inmensa casa de donde no pude mudarme tras la muerte de mis padres. No pude o no quise. No sé. Últimamente hacía permanentes planes de salir de ahí pero finalmente no lograba hacerlo. Esa casa me tenía atrapado. Y ahí, esa noche, sentado en la cocina iluminado por unas tristes velas, la sensación de no escape parecía confirmarse.
Sin demasiado para hacer rebusqué en los estantes altos hasta dar con la botella de brandy. Lo único decente que podía hacer en ese momento era tomar. Miré el reloj de pared que tercamente seguía marcando las once y media y en ese momento sucedió algo extraño. El segundero comenzó a funcionar nuevamente con su tic tac, pero en verdad era más bien un tac tic. Giraba en sentido contrario. O los vapores de mi licor me estaban haciendo efecto o algo pasaba. El hecho es que el segundero siguió su marcha inversa comenzando a tomar cada vez más velocidad. Por cada vuelta arrastraba al minutero y este a su vez forzaba las horas. Todas las agujas estaban girando en dirección contraria a un ritmo alocado.
Entonces fue que la bombilla de la cocina comenzó a parpadear. Prendía y apagaba en forma intermitente. Luces que venían y luces que iban proyectando mi sombra sobre la blancura de la pared. De pronto una música de viejo disco de pasta comenzó a sonar desde la sala.
Un foxtrot ligero con una melodía dulzona y melancólica sonorizaba la loca escena. Mi brandy, el reloj retrocediendo, la indecisa bombilla, la música.
Finalmente todo se detuvo devolviéndome a mi inquietante penumbra. Las lánguidas llamas de las velas daban tenues movimientos.
Me serví otro trago. Transitando el apagón y esperando a que esta casa se decidiera a echarme de una vez por todas.





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Maxriel
Mabel, gracias por el comentario. Un saludo desde Parque Leloir, Argentina.
gus-fito
bien contado mucha imaginacion,
me gusto fulllllllllllllllllllllll-
estamos leyendonos-
gustavo
Maxriel
Gus-fito, se agradece el comentario. Nos leemos!
Saludos!