Travestis al poder – Parte II
El travesti es claramente un ser superior: lo mejor del hombre y lo mejor de la mujer en un solo y maravilloso espécimen, la evolución natural e indiscutible de nuestra especie. ¿O acaso queremos perecer víctimas del estancamiento evolutivo, victimas de nuestra propia ignorancia y nuestros más hondos prejuicios? ¿O preferimos adaptarnos al futuro y vivirlo con natural adaptación, disfrutando de todas las ventajas de ser una especie que ha evolucionado y se ha adaptado así a todos los cambios que se nos imponen?
No es una empresa fácil. Los sectores de poder temen a la verdad, nuestra debilidad es su negocio y si nosotros no evolucionamos, su industria del miedo prosperará aceleradamente, pero si evolucionamos como es debido, el orden establecido carecerá de valor y entraremos en una nueva era: la era de la felicidad humana, la era del bienestar general. Entonces el verdadero progreso será posible y la realidad será un lugar hermoso en el cual habitar. No podrán manipularnos, alcanzaremos la felicidad a través de la verdad.
¿Cómo lograr la mencionada evolución? ¿Cómo lograr avanzar en línea recta hacia la prosperidad de la especie? Existe una única respuesta para esas dos preguntas: las mujeres deberían implantarse penes, los hombres deberían ponerse tetas; recién ahí seremos todos verdaderamente iguales y nuestra sociedad se volverá inevitablemente justa, equitativa y la felicidad pasará a ser una meta conseguible para todo ser humano que lo desee. Sólo así conseguiremos progresar en este mundo y abrirnos paso hacia el futuro más promisorio posible. Las ventajas son obvias: eliminaríamos así, entre otras cosas, el terrible flagelo del embarazo, porque los niños se fabricarían en laboratorios (ya vendrían con pene y tetas, obviamente) y se comprarían en farmacias y kioscos a precios muy accesibles, y se podrá elegir: “deme uno rubiecito y otro negrito”, “deme uno con buenas tetas”. Piénsenlo, elegir siempre es mejor, uno va, elige, lo paga, se lo lleva, y si no le gusta: lo devuelve. Porque la vida tiene que ser así, algo mucho más fácil, algo mucho más simple, con la posibilidad de cometer errores, sí, pero también con la posibilidad de arreglar esos errores diciéndole al farmacéutico: “Señor, este bepi que me vendió es una mierda, devuélvame la guita” y listo. Asunto arreglado. ¡Qué fácil! ¡Qué práctico! ¡Qué justo! La vida debe ser algo simple, el camino a la felicidad y al bienestar general no puede estar minado de todo tipo de dificultades, sino que debe ser lo más sencillo y llano posible.
Todo lo que acabo de compartir con ustedes (en este número y en el 36) no es ni más ni menos que la introducción de mi libro: “Por qué me hice las tetas”. Nos veremos en próximas entregas de Flores Negras, donde seguiremos compartiendo interesantísimas reflexiones como estas y donde contestaré a sus consultas sexuales, ya que me han estado llegando muchas en las últimas semanas.




Mabel
Muy buen texto. Un abrazo y mi voto desde Andalucía