Abedul

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La muerte no existe. Ya sé, suena tonto, pero lo he comprobado, no existe.
Empezó a contarme su historia en un bar de Mar de Plata. Estaba tan triste que solo podía decir la verdad. Aunque todos sus amigos se rieran de ella o no le prestaban mayor interés, ella siguió hablando. Se dirigía a mí precisamente, no sé si por mi cara de ingenua, o porque nadie más en su mesa escuchaba lo que decía. Y yo, que soy una mujer que aparenta educación, hasta la miraba a los ojos y asentía. Entonces terminamos saliendo de ese bar y nos fuimos a otro más pequeño, con más temática para hablar de asuntos que no se suelen hablar todos los días. En una mesa, casi al rincón del bar me contó que trabaja en una agencia de publicidad, estudió marketing de joven y ahora hacía lo que podía. Una manera de afirmar que no estaba encantada con su vida. Era una mujer bella, tenía el cabello despeinado, busto grande y ojos despiertos. De verdad necesitaba hablar con alguien. Pedimos dos tequilas más.

Contó que hace poco había conocido a un chico en una fiesta de alguien que ni si quiera era su conocido, si no, que había ido por esas cosas que uno no termina de explicarse bien. Le tocaron el hombro y era un chico atractivo, tenía la piel tersa como ella, los ojos miel, también como ella, y su sonrisa muy parecida a la de ella. Él le dijo “¿Tú eres Jimena?”, ella solo asintió. Él respondió: “Qué suerte de que seas tú”.
Nunca entendí bien esta parte, ni le quise preguntar el porqué de la suerte.

Se las ingenió para mirarlo durante toda la fiesta sin que él se dé cuenta y descubrió que se parecía mucho a ella. Tenía la misma forma de agarrar la copa, la sonrisa despreocupada, la manera altiva de caminar. Lo dejó de mirar cuando pensó que él tal vez también tenía el don de ingeniárselas para mirarla durante toda la fiesta sin que ella se dé cuenta. Le causó tanta curiosidad el parecido que hasta echó a reír. Y cuando este chico salió de la fiesta, ella también se fue y dejó plantado al hombre con el que iba a pasar la noche. No buscó pretextos para hablarle, le pidió que la acompañe a su piso, mintió sobre no conocer bien Mar de Plata y hasta fingió estar asustada por andar sola a esas horas. Él hizo una especie de mueca en vez de sonrisa y ella se sonrojó. Fui una estúpida, cómo no se iba a dar cuenta de que una mujer como yo rara vez siente miedo, me dijo. Yo solo asentí y la seguía mirando fijamente a los ojos, la verdad, me había empezado a interesar la historia. El chico se dirigía hacia la misma calle donde ella vivía, caminaron relativamente juntos. A ese punto de la noche, llegó a su vida una especie de revelación. No me lo pudo explicar, pero es algo que se debe entender sin explicaciones, porque de otro modo, resultaría bastante estúpido.

Nos interrumpió el mozo, que si ya queríamos la cuenta. Para ser breves, ella se las ingenió para conocerlo más a fondo. Conoció su casa, su familia, un hogar convencional, apariencias, lujos, una madre de cabello rubio teñido, un padre serio, una hermana adolescente y dos perros. Luego del embrollo de conocer a toda la familia no le costó mucho que la madre le encomendara al hijo. Desde ahí ellos se hicieron amigos. Empezaron a frecuentarse seguido, tal vez muy seguido. Su madre la recibía con tostadas y café pasado, hablaban de música, de sus trabajos, también de Gustavo. Para ella todo había tomado forma y no debía pensar más, aunque fuese fatal pensar en ello. Sin embargo, me lo planteó de la manera más común:
-Gustavo era yo otra vez, no existe la muerte, todos somos eternos.
¿Puedes creerlo? Todos somos eternos. Nadie puede comprobar si hay vida después de la muerte o incluso cómo empezó la vida del universo y vengo yo a darme cuenta. ¡Yo! Que vivo encerrada en mi piso o en mi oficina de publicidad. Justo me toca a mí descubrirlo, en una fiesta a la que ni pensaba ir. Tal vez fue un error del tiempo, o un error de esos a los que algunos les gusta llamar destino. Si la reencarnación existiese, Gustavo hubiese tenido que nacer después de mi muerte. Y no, se sucede la fabulosa casualidad de encontrarlo entre gente estúpida y narcisista. ¿Qué cosas no? No sé si te lo dije pero nunca antes había estado tan segura de algo, fue instantáneo, incluso es inefable. No hay razones para poner mi teoría en duda. A Gustavo lo he conocido tanto. Le gusta el blues como a mí, toca guitarra como yo, canta antes de dormir, toma duchas por horas con agua casi hirviendo, pero por favor, no pongas esa cara de imbécil que ponen todos cuando se me ocurre contarles de Gustavo. Es un chico increíble, hasta su madre nos ha dicho que nos parecemos tanto, que soy como el retrato de él pero en mujer.

La manera que tiene él de sonrojarse como la mía, como se le achinan los ojos cuando se ríe, la voz ronca, en fin. De pronto conocí a su tío, me contó anécdotas de Gustavo cuando era pequeño, sus primeros dibujos, sus primeros poemas, yo ya era como de la familia, me tenían tan presente. Como ves, no me costaba nada de trabajo llegar al fondo del asunto conociendo el pasado de Gus. Pero por favor, entiéndeme mientras te pido otra copa, no te lo imagines como si fuera mi clon. Imagínalo como una fuerza análoga del universo. O sea, cuando cumplí siete años me fracturé el tobillo en el colegio, Gustavo se fracturó la clavícula a la misma edad. Cuando cumplí diez me dio rubeola ¡Y a Gustavo le dio Sarampión a la misma edad! Aunque él demoró en curarse dos semanas y yo cuatro días, pero ya sabes, las mujeres somos más valientes. Todo es una analogía y por eso no me sorprende que mañana el panadero esté en la misma fila de la leche con Shakespeare. ¿Lo imaginas? Pero él no sabría, porque su orden sigue la línea de tiempo. Porque él no podrá encontrarse a Shakespeare en una fiesta, Sin embargo, si lo descubriese y supiera que está repitiendo a Shakespeare y sin embargo puede que en vez de escribir Hamlet, amasa pan, sería muy triste, por eso es mejor que no se dé cuenta. Lo mío es distinto ¿Sabes? Porque Gustavo y yo hemos coincidido y nada me puede hacer dudar porque lo conozco en alma y cuerpo. Sí, de más está decirlo, por supuesto que me enamoré de Gustavo. Tenemos obviamente, todo en común, y aunque suene completamente vanidoso, era como enamorarme de mí misma. Yo lo adoro, y era tan mutuo.  Claro que Gustavo nunca se dio cuenta de la revelación y tampoco se lo quise decir, es que no quería que se alejara de mí al saber la verdad. Aunque él repitiese cada día “eres tan afín a mí” yo solo sonreía y me quedaba muda. Y yo, que soy una simple publicista trabajando mecánicamente había pasado a solo pensar en él.

En fin, pasaron tantas cosas durante esos años con Gustavo. Nunca pensé ser feliz y lo fui. ¡Por supuesto que lo fui! Claro que ahora ya no estamos juntos, dicen que uno no se soporta a sí mismo mucho tiempo. Y no me empieces a mirar con cara de que todo esto ha sido por las puras. Porque Gustavo me hizo comprender lo incomprensible y explicar lo inexplicable. Gracias a él conozco mis defectos más a fondo, mis virtudes, y hasta me enfoco más en lo que más me gusta hacer: el arte. A pesar de ser una publicista mecánica y amargada. Al menos voy a museos y participo en algunos certámenes de literatura. Es curioso, a veces Gustavo y yo quedamos finalistas en certámenes de los cuales ninguno de los dos estábamos enterados íbamos a participar, pero no me sorprende, él debe pensar que lo persigo y es que no entiende la revelación.

Ahora ya no me duele, pero cuando cortamos todo tipo de comunicación yo lloré, lloré mucho. Entonces me fui de viaje. Una tarde como cualquiera caminaba con las manos metidas en los bolsillos y vi un abedul, estos árboles me han llamado la atención desde niña, solo porque Eguren los menciona en uno de sus poemas. No tenía nada que hacer y me quedé a mirarlo, era tan bello. Parecía que también me mirase, esa conexión, no sé si me entiendes, pero deberías envidiarme. Una sensibilidad de conexión única, esa que se siente con la admiración de la belleza. Y te deseo capacidad de admiración porque la belleza, aunque sea en cosas pequeñas, siempre está. Era un abedul hermoso  y siempre existirán abedules  para todos los hombres. Entonces lo entendí, eso que yo había creído felicidad, paz y armonía, se acabó. Yo iba a morir y Gustavo ya no estaba, nunca más habrá un abedul tan bello para nosotros. No habría nada, ni el abedul, ni la conexión, ni el amor, nada. Definitivamente nada, y la nada era eso, que nunca más hubiera un abedul. Saqué las manos de mis bolsillos y me quemé con el frío. Más tarde fui a una fiesta, rodeada como siempre de estúpidos y narcisistas. Miraba a mi alrededor para ver si alguien podía ser yo otra vez y dejarlo ir estúpidamente, como a Gustavo, para que pudiera irse con su tonta vida y esa tonta vida, hacia otra más tonta, y esta otra más tonta, hacia otra tontísima y encima fracasada. Alguien tocó mi hombro, era mi acompañante, se quería ir.

Comentarios

  1. dajo

    29 mayo, 2015

    Lo obsesivo de Jimena ¿parece una mala suerte?. Todo ese enredo de Jimena me gusto.

  2. VIMON

    30 mayo, 2015

    Muy buen relato, Karo. Va mi voto con un saludo.

  3. Mabel

    30 mayo, 2015

    ¡Me encanta! Un abrazo Karo y mi voto desde Andalucía

  4. Gusadro

    1 junio, 2015

    Esto es un cuento de Cortázar o de MauPassant, juro haber leído un cuento con éste tema de fondo… No sé si fue incluso Borges. Me has hecho realizar una excavación en mi biblioteca jajaja. Saludos, buen cuento, y mi voto.

  5. La oveja negra

    29 junio, 2015

    Apasionado hasta los sesos. Extasiado con su prosa, mi señora.

  6. Elfico

    29 enero, 2016

    El hecho que exista más de un yo en un mismo tiempo, no necesariamente comprobaría la inmortalidad del alma sino mas bien una dualidad de la misma, una humilde reflexión a una buena lectura
    Un abrazo

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