Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. De arriba abajo, y de abajo hacia arriba, la señora Ampuero puso patas arribas la casa buscando ese calcetín. “Donde rayos estará” pensaba desesperada mientras revisaba bajo la mesa del televisor habiendo ya revisado en todo su cuarto, en su closet, en los cuartos externos, en el sótano, en la cocina, en la biblioteca, en el salón, en el estudio, en el jardín, y hasta en sus propios pies, pero el dichoso calcetín no aparecía.
Doña Sofía toco en ese momento la puerta, inquieta y presurosa por entrar a la casa de su vecina. “Pase” grito doña Ampuero, imaginando quien tocaba la puerta con tanta insistencia. Doña Sofía entro casi corriendo, y pregunto de forma casi inmediata:
— ¿Encontraste el calcetín?
— Nada, ese maldito calcetín está más perdido que la botella de leche de hace una semana.
— Ya te dije que esa botella se la llevo ese muchacho que cuida el jardín. Te he dicho que no confíes en el.
Con gesto de desesperación y tirándose en el sofá del salón, la señora Ampuero continuo con su delirio:
— ¡Maldito calcetín que no apareces!
— Pero ¿Qué es lo que tiene esa vágatela de especial? ¿Es que acaso no puedes comprarte otro?
Doña Ampuero miro de forma sosegada a su vecina, y con resignación, replico:
— No entiendes para nada. Ese calcetín tenía algo muy valioso.
— ¿Qué cosa?
— Algo que me confió Ernesto.
— ¿Y qué te confió Ernestico?
— Algo, solo debes saber eso; más bien ayúdame a buscarlo.
Levantándose nuevamente, y con ayuda de Doña Sofía, la señora Ampuero busco con desesperación el calcetín rojo que hace poco tiempo, en una visita sorpresiva, le diera su hijo Ernesto, con la única consigna de “guardarlo con su vida”, promesa cumplida a cabalidad hasta esa mañana de domingo cuando al buscar en el cajón una peinilla, no encontrara el calcetín que puso allí junto con su pequeño cofre de joyas.
Volvieron a buscar en el sótano, en los cuartos, en el closet, en los cajones, pero no había resultado. Fue cuando las dos señoras bajaron las escaleras, cuando a la señora Ampuero se le ilumino la mente:
— ¡Teresita! ¡No le he preguntado a ella!
— ¿La empleada? Pero si no está aquí
— Trabajo ayer hasta tarde y limpio mi cuarto, es el último que se pone a organizar. Debo llamarla y preguntarle
Con sus piernas rollizas y llenas de estrías, la señora Ampuero corrió hasta el teléfono del salón. Marco, y espero un momento. Al otro lado de la línea una voz suave y lenta le comunicaba todo lo que necesitaba saber. Doña Sofía mientras tanto, se había quedado parada en la puerta viendo como el rostro de su vecina pasaba de una gran preocupación a una relajación total; “parece que Teresita lo puso en otro lugar”, pensó.
La señora Ampuero colgó el teléfono, y se dirigió a una pequeño armario del salón. Abrió uno de los cajones, busco debajo de unas ropas y allí, tenuemente colocado, estaba un calcetín mediano y de color rojizo que parecía muy nuevo, aunque también parecía tener algo grueso en su interior.
Doña Ampuero tomo el calcetín, lo apretó con fuerza en su pecho y con un gesto, expreso la tranquilidad que la embargaba. De ese calcetín dependía todo.
La señora Sofía, cuya curiosidad estaba exacerbada dado el estado de animo de su vecina y su preocupación, se acercó lentamente hacia la señora Ampuero, y como mujer chismosa, atrevida, y sabiendo que su vecina no le dejaría saber de su “tesoro”, lo tomo rápidamente de sus manos y corrió hasta la puerta de la casa.
La señora Ampuero la siguió y la rodeo en la estancia. Sofía con tono de burla exclamo:
— ¿Qué tienes allí? ¿Billetes? ¿Barras de oro? Vamos Amanda, sabes que no te robare, solo quiero saber. Tú me conoces.
— Sofía, devuelve eso. No tienes el derecho de quitarme lo que es mío.
— No te lo voy a quitar, solo quiero saber que es.
Metió la mano dentro del calcetín con esperanzas de sentir el oro, o la tersa sensación de los billetes. Pero no sintió nada de eso; en cambio, sintió algo rasposo; de pronto, toco algo sólido y al parecer afilado. Rápidamente tomo el objeto y lo saco: era un cuchillo mediano pero afilado, lleno de algo que parecía pegajoso y solido: sangre.
La señora Sofía abrió los ojos de forma exorbitante de par en par y mirando a su vecina exclamo:
— ¿Qué rayos es esto? ¿Qué clase de tesoro es un cuchillo?
— De eso depende todo — respondió la señora Ampuero de forma sollozante.
— ¿Depende que?
— Su libertad.
En ese momento, sintió que alguien tocaba su hombro. Lo único que pudo ver antes de caer desplomada, fue la cara de un hombre que parecía realmente enojado y con una especie de herramienta en la mano.
La sangre de la señora Sofía corrió por la alfombra gris de la antesala y se esparció hasta llegar al salón. Su cabeza había sido destrozada. El hombre acerco su rostro al de la moribunda…era el que ella había tomado en sus brazos, que había cargado durante un tiempo, al que había cuidado…la cara de “Ernestico” fue lo último que vio.





Mabel
¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
David_Vega
Mabel, gracias por tus buenos deseos. Siempre siguiendo lo que escribo. Un gran abrazo.
Lorena Rioseco Palacios
Buenísimo,felicitaciones,mi voto y un fraternal abrazo!!
David_Vega
Gracias por el comentario. Apenas he podido ponerme al corriente con todo. Un abrazo.
Sue
Me has hecho sentir la misma curiosidad que Sofia. Me estaba temiendo que al final no hubiera nada en el calcetín. Me ha sorprendido lo que contenía.
Como apunte: se te ha colado una v en bagatela.
Un saludico y mi voto.
David_Vega
Aprecio que te haya hecho experimentar lo que los personajes vivian. Un saludo.
hater
tonto