Nota en el buró

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     Existen en mi interior las más asquerosas bestias que necesitan ser exorcizadas, operan de formas sutiles convirtiendo mis entrañas en repugnantes y lastimeros antros. Necesitan arder, necesito arder en lo profundo… me hago daño. Hago daño.

     He pasado una vela encendida en las tinieblas de mi ser y les he visto: se retuercen como parásitos en el fango inmundo. Me habitan, consumen mis pensamientos, se roban mis sentimientos. Pero no, no ¡No! Eso no es lo que soy.

     No hablo de esto con nadie. Todos me ven como uno más. Una persona “normal” ante el mundo. Soy normal. Soy invisible. Por eso me siento apático hacia el exterior; por eso hace mucho no salgo a ningún lugar, ni fiesta, ni reunión social de cualquier tipo; las personas me parecen densas e incompresibles, como si tuviera que embarrarme en excremento cada vez que tengo que mezclarme entre ellos. Nos somos iguales. Me aburren las conversaciones banales, me fastidia la superficialidad de esas mascaras sonrientes y estúpidas.

     No deseo parecer soberbio ni nada por el estilo, por el contrario, acabo siempre siendo yo el tipo raro y sosegado. En la escuela estoy terrible, según los demás me he vuelto perezoso e irresponsable; y no lo niego, tienen razón. Es que me parece un juego tan cargante, fastidioso y arcaico que prefiero quedarme en la seguridad de mi cuarto y ausentarme de toda responsabilidad. En el trabajo es la misma historia.

     Es en esos momentos cuando soy inmensamente feliz, cuando no tengo que hablar con nadie ni cumplir ningún rol dentro de la sociedad. No quiero ser algo, no me interesa representar ningún papel, ¡qué fastidio! Prefiero la nada, ser nada, ser el vacío cósmico, o lo que sea que eso signifique. Esta carne me estorba, me obliga a estar aquí contra mi voluntad.
   No se supone que debiera ser así. Pero, a pesar de todo, hay algo que me impulsa a no desaparecer, aunque no sepa por qué, ni qué hacer. Pero es como un fuego que se extingue poco a poco. Una melodía que escucho cada vez más distante. No se cuanto más podrá aguantar.
     Hace 30 días que no salgo del departamento, he sellado puertas y ventanas. He destruido el teléfono, ya no tengo electricidad. La luz templada de las velas me sienta bien. Las provisiones casi se han terminado. El tipo que cobra la renta ha venido ya un par de veces mientras yo, con el cuchillo de cocina en la mano, miro su sombra bajo la puerta. La próxima ocasión que venga estoy seguro que abrirá. Mientras tanto, me siento en la mecedora de la sala, con la vista en ningún lugar, intentando escuchar la música interior una vez más.

     Pero sólo escucho voces, voces guturales, gritos dantescos, risas burlescas. Susurros, susurros, susurros.

     No puede uno nunca comprobar si realmente existe el infierno hasta que el propio corazón se detiene y la conciencia se esfuma hacia horizontes nunca explorados, o al menos no relatados por nadie. Pero ¿y si el infierno existiera ya en la propia vida, en la insolencia y la amargura de un alma derrotada? ¿y si uno pudiera ser tan infeliz en la vida que en verdad deseara que viniera el mismísimo demonio a tomar el alma para torturarla en fuegos terribles?

     ¿Qué es lo que pasa dentro de un ser humano cuando ya no hay vida, cuando se es un fantasma vivo, un despojo andante?

     Cuando no existe ningún consuelo, la sangre cálida brotándome del cuello… ¡Oh bálsamo liberador.

     Por favor, a quien esté leyendo esto: sellen bien mi tumba. ¡Qué no escapen! ¡Qué ardan! ¡Qué perezcan conmigo por toda la eternidad!

 

Comentarios

  1. Moebius

    13 mayo, 2015

    Genial….me encantó. Sórdido al mejor estilo Bukowski. Muy bien escrito, Néstor, un vocabulario muy bueno. No por nada se dice que en tu tierra se habla el mejor castellano.
    Un saludo y mi voto.

    • ElNómada

      14 mayo, 2015

      Gracias, genial que te haya gustado. Un saludo grande.

  2. Mabel

    14 mayo, 2015

    ¡Excelente! Un abrazo Néstor y mi voto desde Andalucía

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