Capítulo VII
Kadistu
La tienda del anciano era pequeña y estrecha y Darían, con aquella gran armadura, parecía ya romper sus entramados de lana. Entró casi de rodillas.
-¿Qué planeta es éste? –preguntó Darían.
-¿Planeta? –respondió el anciano sorprendido-. ¿Qué es un planeta?
-¿Realmente no sabe lo qué es un planeta?
-No lo sé –respondió éste con los ojos abiertos, incrédulo.
-¿Cómo llaman a este lugar?
–Kengi, es decir, Tierra Seca.
-Entiendo.
-Somos hijos de An y Ki, Señores Mul Mul, como usted, Sab-Gal.
-¿Cómo yo?
-Sí, los Señores de las Estrellas.
-¿Puede conducirme hacia ellos, anciano?
-La gente del pueblo me llama Kadistu, y estoy para servirle, mi señor –dijo el anciano mientras preparaba una bebida de hierbas. Se la ofreció a Darían.
-Amarga –exclamó Darían, arrugando el rostro.
-La llamamos cerveza –dijo el anciano-. Muy buena para la salud. Aquí tiene unas semillas y dátiles.
El anciano tomó unos sorbos del recipiente que Darían le alcanzó. Luego se sentó con las piernas cruzadas y, mientras masticaba, dijo:
-Sab-Gal, ¿por qué nos ha escogido a nosotros, los sag-giga, para ejercer su Venida?
Darían quedó pensativo ante aquella pregunta. “ ¿No había sido obvio que el mismo Darían era un perseguido por parte del Imperio, por qué el anciano era incapaz de verlo o sospecharlo?”. Comprendió entonces que este planeta se encontraba aislado de cualquier tipo de intriga galáctica, incluso, no aparecía en los mapas estelares, cosa que le disgustaba, pues él mismo había mandado a cartografiar cada rincón de los bordes espirales, pensando que en momentos como éste uno de ellos le salvaría la vida. Y, sin embargo, su equipo científico le había fallado con la encomienda, puesto que este planeta existía y su gente y su civilización le eran desconocidos tanto a la Hermandad como al Imperio. ¡Y cuánto atraso y penuria se había encontrado con este mundo que los nativos llamaban Kengi! Era imperdonable, la luz de la Hermandad debía hacer algo. Y pronto.
-Mi señor, ¿puedo preguntar algo?
-Adelante –dijo Darían.
-¿Están enojados los Señores de las Estrellas con nosotros, los sag-giga?
-¿Por qué me pregunta eso, Kadistu?
-Perdón por mi osadía, señor, y por traer viejas narraciones al paso. Pero decían mis ancestros que nosotros habíamos sido despreciados por los Mul Mul debido a nuestra desobediencia. Incluso los pueblos del norte, cercanos a los pueblos de Nina y Ur, fueron destruidos con un fuego terrible que bajó del cielo.
“Es decir”, pensó Darían, “que este planeta ha sido visitado por ciudadanos del Imperio. Eso me da aunque sea una mínima posibilidad de volver a los planetas bajo la égida de la Hermandad. Debo hallar a estos Señores”.
-¿Y puedo saber qué había de malo con estos pueblos para que hayan merecido tal calamidad, anciano?
-Su desobediencia –se apresuró a decir-. Ellos conspiraban contra los Señores; se unieron a Enlil, Guardián de la Puerta de Kengi, quien rige la Magia y el Tiempo.
-¿Enlil? –prorrumpió Darían, extrañado-. No lo entiendo, sus palabras me son incognoscibles. Pero espere, ha dicho que “antes de mí” su pueblo ha sufrido destrucción, ¿cierto, Kadistu? Ahora, dígame, ¿de dónde vienen estos Señores? ¿Puede señalarme alguna estrella?
-Vienen de su lugar, mi señor. Su enojo fue grandísimo, tanto que castigaron con fuego asolador a los poblados del Lago de Sal. No es que justifique su caída, pero ellos, aunque eran grandes magos, se habían desviado de la presencia de los Señores y apoyado al Señor Enlil, como le dije antes.
-¿Y de dónde vengo yo, Kadistu, si puedo saberlo?
-De los Cielos de Mul Mul.
-¿Mul Mul?
-De arriba, mi señor: cada una de las siete estrellas es el hogar de los Mul Mul.
“¿Las Pléyades?”, se dijo Darían. “¿Pero por qué la violencia contra este planeta? ¿Cómo lo conocen? Y lo más importante, ¿por qué ocultarlo de la Hermandad? ¿Con qué fin? ¿Y por qué peleaban entre sí?”
-Perdone mi ignorancia, Sab-Gal, pero quisiera…
-Llámeme Darían, Kadistu –le pidió éste, recomponiéndose y al momento se irguió para salir de la tienda. Kadistu se volvió hacia él, sin acabar lo que tenía que decir, abochornado.
-El Sol está alto, mi Señor, muy caliente. Descanse.
-Dígame algo, Kadistu –preguntó Darían-: ¿puede usted llevarme al lugar de los Mul Mul?
El anciano pareció llorar al son de aquella pregunta. Calló. Darían, en cambio, sintió que un halo de esperanza le insuflaba ánimos.
-¿Puede? –volvió a preguntar Darían, viendo hacia los ojos caídos y angustiosos del anciano.
-Me temo que no –le respondió.
-¿Por qué no? –lo azuzó Darían.
-Porque hace muchísimos años, diría cientos de años, que se fueron –sentenció el viejo con gran reverencia-. Pero dicen las gentes del norte y algunas del sur que éstos suelen venir de vez en cuando, en ocasiones para imponer respeto o para favorecer a los pueblos que ellos consideran encarecidos.
Aquella declaración le sustrajo las últimas esperanzas de encontrar tecnología galáctica. Al final de cuentas, lo que el anciano le había relatado adquiría proporciones imaginarias, ya que ningún pueblo que entrara en contacto con el Imperio o la Hermandad estaría condenado a tan paupérrimas condiciones. Aquella triste realidad se lo revelaba palpablemente.
-Su presencia hoy aquí, Señor, prueba cuán benévolos son sus Hermanos y da fe de que nos han escogido como su pueblo. Hemos sido reivindicados. No les fallaremos –y con estas palabras el anciano abandonó la tienda en compañía de Darían.




Mabel
¡Qué hermosa historia! Un abrazo Valentino y mi voto desde Andalucía
Valentino
Grazias, Mabel. Mui amable, aunce solamente´s un borrador… Saludos i abrazos.
Loremac
Me encanto de principio a fin, mi voto y un fraternal abrazo!!
Valentino
Grazias Loremac, m’encanta ce t’aya gustado. Saludos…