Javert y Gavroche. Una revisión de Los Miserables, 4

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Javert no entendía por qué se había despertado ese sentimiento en él. Su vida era hacer cumplir la ley y ese mocoso era un pequeño delincuente en acto.

Gavroche era un pilluelo de los bajos fondos parisinos, un pícaro de cara sucia y modales discutibles. Sus días transcurrían correteando por las calles, seguido de otros pilluelos e ignorado por los adultos, con excepción de sus revolucionarios amigos del Café A&B.

Javert había seguido sus movimientos desde que aún no levantaba dos palmos del suelo. Admiraba a Gavroche por su valentía y su forma de enfrentar las cosas. No tenía miedo y vivía la vida como le venía. Encaraba de frente todas las situaciones y actuaba de padre protector de otros pequeños pícaros, les proveía de alimento y de techo.

La idea que tenía el oficial acerca de la ley estaba muy lejana de las artimañas del pilluelo para sobrevivir, pero aunque Javert era muy estricto en su labor no era capaz de castigarlo como se merecería. Cuando miraba a Gavroche veía a un luchador nato, a un animalillo que sólo pretendía la supervivencia de su especie, a un niño-hombre que ya sabía que quería hacer la revolución y traer una nueva prosperidad a Francia, derrocando a los reyes y devolviendo el país a los parias.

Durante la revolución muchos jóvenes regaron con su sangre las calles de París, y el pilluelo Gavroche no se separó de ellos en ningún momento. Luchó como uno más y miró, en varias ocasiones, a los ojos de la muerte.

Tras la revolución perdida volvió a las calles, soñando con una nueva revolución. Porque habían perdido una batalla pero no la guerra. Mientras mirase al cielo y las estrellas brillasen sobre su cabeza, habría esperanza; porque su abuelo, al que apenas recordaba, le contó que el fuego que arde en las estrellas es la esperanza dormida de los hombres.

Javert lo buscó en todos los huecos oscuros de París hasta dar con él y le hizo una propuesta. Llevárselo a su casa, darle una educación, un hogar y conseguir hacer de él un hombre con conocimientos suficientes para cambiar el mundo.

Gavroche lo sopesó. No era una decisión fácil de tomar. Abandonar las calles y a sus camaradas. Convertirse en un burgués… No era lo que había soñado, pero a Eponine no le había ido mal con Marius… Pero Marius era diferente…

Además, ¿qué ocurriría con su libertad? Comer lo que hubiese donde lo encontrase, dormir en verano mirando las estrellas, y otras tantas cosas. Pero, por otro lado, se le iba a dar la oportunidad de estudiar, como habían hecho sus amigos, ahora caídos del A&B, de saber y luchar.

Gavroche aceptó. Su abandono de la calle sería la raíz, el germen de una nueva futura revolución. Por la libertad, por la igualdad, por la fraternidad, por sus camaradas. Por Francia.

Comentarios

  1. Mabel

    29 agosto, 2015

    ¡Me encanta! Un abrazo Esther y mi voto desde Andalucía

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