Compañeros de piso

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Al poco de nacer, me adoptó una familia humilde que vivía en un pueblo a las afueras de Madrid. Ellos no podían tener hijos, y como yo buscaba desesperadamente cariño, me crié feliz. Mi infancia transcurrió en contacto con la naturaleza y cada día que pasaba, daba gracias de haberles conocido.

Sin embargo, antes de incluso de conocer la adolescencia, recibieron la noticia de que el acogimiento temporal se había terminado, por lo que debía volver inmediatamente en la Escuela. A mí se me partió el alma, pero a ellos también. Al principio iban a verme todos los fines de semana y me traían cosas. Pero conforme la realidad se iba haciendo evidente, las visitas se fueron espaciando, hasta que sólo quedó un leve recuerdo de la que yo creía la etapa más feliz de mi vida.

La Organización pronto se hizo con todo: mis actividades, mis metas, mis compañías… hasta mi tiempo libre. Fueron tiempos duros, pero afortunadamente tuve un buen entrenamiento y superé las pruebas finales. Incluso las más complicadas. Pero me faltaba una: ponerlo realmente en práctica.

Y tuve suerte, porque mi primer destino fue directamente Madrid. Una ciudad que gracias a mi entrenamiento, me conocía muy bien. La Organización se hizo cargo de todo, incluida vivienda. Pero es que además, desde que me presentaron a mi compañero de piso, congeniamos desde el primer momento. Toni es un muchacho alegre y divertido, aunque también despistado y algo trasto. Suele ir dejándose puertas abiertas y cosas por medio, que luego no encuentra. Pero es buena gente. Con las chicas es gracioso, porque aunque tiene bastante éxito, cuando se trata de pasar a la acción, es un completo desastre. Se trastabilla o balbucea y no se le entiende nada. Menos mal que yo le echo una mano cuando puedo, y de hecho, ya casi tiene a punto a Laura para algo más. Ya se verá.

Vivimos en un segundo piso, en pleno centro. La verdad es que es bastante cómodo y está muy cerca de todo. Eso nos facilita mucho las cosas. Uno de los supermercados donde hacemos la compra de la semana está a tan sólo dos calles, aunque muchas veces, Toni se empeña en ir al otro que es más pequeño y está algo más lejos, pero yo sé que es porque ahí es donde compra Laura. A mí no me engaña. Aunque tampoco me importa, porque cuando se encuentra con ella, le noto más alegre, cambia hasta su tono de voz, y en casa termina con mil cosas nuevas que había comprado sin darse cuenta, mientras iba hablando con ella.

Aún con sus cosas, yo le quiero mucho. Ya no sólo somos dos compañeros de piso, sino mejores amigos. Hemos llegado a ese punto donde casi nos comunicamos con la mirada, y nos comprendemos sin darnos explicaciones. Cuando le acompaño al quiosco, con un mero gesto me muestra el encanto que tiene cada parada de metro: ,Tribunal, en un azul ruidoso y ambiente más agrio, propio de interminables resacas; Gran Vía y sus frenéticos andenes de los que se desprende un tufillo alimonado artificial, procedente de alguna mopa ya harta de vivir; y ya la última, Sol, siempre atestada de gente, con sus escaleras mecánicas envueltas en un ambiente dulzón, como a palomitas de caramelo vendiéndose solas…

Y Toni también me echa algún cable cuando puede. La semana pasada sin ir más lejos, recibí una visita de trabajo. Uno de los inspectores de la Organización. Se presentó sin avisar para comprobar si iba cumpliendo mis objetivos en mi nuevo destino. Cuando abrí la puerta, se me cayó el alma a los pies, pues era el más exigente de todos, y de su opinión, dependía seguir o no en mi trabajo. Toni se dio cuenta de la situación rápidamente y, con su simpatía y algo de torpeza exagerada, distendió mucho el ambiente y el instructor se marchó satisfecho, con una tortita de maíz al microondas, rellena de frijoles en lata, (de esas cosas que aparecen en nuestra bolsa de la compra cuando se encuentra con Laura), y que tan amablemente le  preparó Toni “para el camino”. Jajaja. A ver si así no vuelve.

Una de las mejores experiencias que me regaló mi compañero de piso, fue por mi cumpleaños, hace un par de semana. Mi plan era más o menos el de siempre, estar vagueando cada uno en un sofá escuchando horas y horas de música y, si acaso, dar una vuelta ya caída la tarde, por si casualmente nos tropezábamos con Laura y su amiga. Sin embargo, bien temprano, Laura nos esperaba abajo, en su Fiat rojo con un brillo en los ojos y una sonrisa fuera de lo normal, y con su amiga, que esperaba en los asientos traseros del coche. Toni se subió de copiloto y sacó un papel, que el GPS de Laura pareció comprender, y nos encaminamos dirección norte.

Llegamos a un pequeño pueblo de la sierra y, tras aparcar cerca de una especie de granja, el dueño salió a recibirnos. Era un señor de unos 60 años que había dedicado toda su vida a las labores del campo. Como era la hora de almorzar y parecía que estábamos invitados, al poco llegó uno de sus hijos, con un tal Teo, que resultó ser… ¡mi hermano!. ¡Qué bueno!, ¡No recordaba ni a mis padres, y Toni y Laura me habían encontrado un hermano mayor. Pasamos toda la tarde con ellos, disfrutando de la sierra de Madrid. Recordaron a mis padres, a mis otros hermanos, y mientras se apagaba la tarde, prometieron que nos veríamos más a menudo.

Y es que Teo trabaja con ellos, es un pastor ovejero. Parece ser que fue siempre muy activo, y llevó menos bien eso de obedecer y mucho menos, lo de llevar un arnés. Por eso a mí si me eligieron de perro-guía. Y me encanta. Acompañar a Toni al quiosco de la ONCE es muy divertido, las escaleras mecánicas tienen el truco de ponerse en el lado derecho, sino quieres que la corriente de gente estresada adelantando te barra. Y lo demás, pues sale solo. Hay que dejar salir antes de entrar a los vagones, claro. Aunque a nosotros nos hacen siempre hueco, es decir, la gente se va apartando cuando nos ven llegar y nos miran con cariño. Suelen ser gente amable que nos ayuda mucho. A mí muchos ya me conocen, pues hago el mismo recorrido miles de veces. Los vigilantes me saludan con la cabeza y sólo algún que otro niño, se me queda mirando con los ojos muy abiertos, pero antes de decidirse a tocarme, alguna madre le paraliza muy seria, indicándole que estoy trabajando. Entonces yo le devuelvo el guiño, inclinando la cabeza y sacando alegre la lengua.

El fin de semana que viene volvemos a la sierra, a ver a Teo. Parece que Laura y Toni se quedarán a dormir en el pueblo… Yo creo que estos ya van algo más en serio y, bueno, la amiga de Laura, Lana una setter espectacular, parece que también tiene algo más de interés en conocerme, aunque menos de lo que me gustaría… ¡Ya veremos!

Fuente: http://perrosguia.once.es/

Comentarios

  1. VIMON

    25 septiembre, 2015

    Muy buen relato. Tierno y simpático. Saludos con mi voto.

  2. Mabel

    26 septiembre, 2015

    ¡Excelente! Un abrazo María y mi voto desde Andalucía

  3. Paqui

    5 octubre, 2015

    Muy bueno…consigues que le coja cariño a tus personajes!! Sigues asi …queremos leer mas!!!

    • María Mateo

      5 octubre, 2015

      Gracias Paquita! Tu siempre tan llena de energía, a ver si te hago caso 🙂

  4. Llamas.J.M.

    6 enero, 2016

    Muy bueno! Me lo he pasado muy bien leyéndolo, y el final es una grata sorpresa. ¡Un saludo!

  5. JR

    1 junio, 2018

    Que lindo el relato. El final sorprendente. Con esta oracion me mantuviste despistado hasta el final: «Hemos llegado a ese punto donde casi nos comunicamos con la mirada, y nos comprendemos sin darnos explicaciones. «

  6. Tancor Cial

    15 julio, 2018

    Muy bueno. Excelente. Hasta última hora mantuviste escondido el enigma. Sludos cordiales

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