La habitación oscura

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Claudia recuperó el conocimiento. Sin saber dónde estaba, fue abriendo lentamente sus doloridos ojos. La oscuridad era casi absoluta. De inmediato notó que se encontraba atada de pies y manos por unas frías cadenas y que su cuerpo yacía desnudo sobre un terreno húmedo. La atmósfera en aquel lugar era nauseabunda. Sentía el frío anclado en lo más profundo de sus huesos. Con gran lentitud incorporó su debilitado cuerpo y se apoyó sobre la pared que tenía detrás. La cabeza le daba vueltas y tuvo que flexionar sus rodillas hacia el pecho e inclinar su cabeza entre las mismas para no perder el conocimiento. Trató de recordar qué había pasado y donde podía encontrarse, pero el esfuerzo fue en vano. Con sus frágiles dedos examinó los grilletes que aprisionaban manos y pies con la esperanza de desprenderse de ellos. Aquello estaba colocado a conciencia. Levantó la cabeza y examinó la estancia con la esperanza de encontrar alguna pista que indicara donde se encontraba. Pudo observar un minúsculo punto de luz en lo alto de la pared de delante. Cuando sus ojos se acomodaron a la casi completa oscuridad, distinguió a su izquierda un gran charco. Vio cómo del techo caían gotas y rebotaban contra el mismo. En ese preciso momento se dio cuenta de algo: ¡no oía nada! Instintivamente se llevó las manos a los oídos en un intento desesperado por comprobar qué ocurría. Sus dedos palparon un líquido espeso que brotaba de sus orejas y desesperada por la impotencia de la situación gritó fuertemente. Pero no escuchó nada. Inmediatamente después de sus gritos, la tenue luz que iluminaba el cuarto se tapó. Claudia se quedó quieta, completamente a oscuras y en silencio. No podía ver nada a su alrededor. Al rato, la estancia se volvió a iluminar tenuemente. Entonces comprendió que aquel minúsculo agujero por el que penetraba la luz servía para espiar sus acciones. Casi desfallecida, se recostó de nuevo sobre el suelo. De pronto, un tremendo haz de luz inundó toda la estancia. Como pudo se volvió a apoyar en la pared tapándose los ojos con las manos para evitar que la luz le hiciera daño. Temblorosa, fue apartando poco a poco los dedos para que sus pupilas pudieran observar qué ocurría. En el fondo de aquel sucio lugar se encontraba un hombre alto en el umbral de una puerta. Éste se fue acercando lentamente mientras arrastraba una gran barra de hierro en su mano derecha. Claudia, temblorosa, se puso a llorar. Bajo sus húmedos ojos observó que el hombre se encontraba delante de ella. Éste alzó la barra de hierro. Cuando parecía que iba a golpearla, tendió su mano izquierda y le entregó una nota. Difícilmente Claudia leyó:

“Veinte años privado de libertad. Tus sucias tretas me han condenado. Veinte años en completa oscuridad. Mi dulce momento ha llegado…”

Comentarios

  1. Mabel

    1 septiembre, 2015

    ¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. JulSanc

    2 septiembre, 2015

    Oh! Mentiría si dijera que no sentí escalosfríos. Sabes como llevar este tema e impactar al lector. Muy bueno. Saludos.

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