La travesía

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EL PASADO

 

Casi siempre un recuerdo no significa nada sino el adjetivo que le ponemos detrás, la sensación que despierta. Nunca recordamos de igual forma un mismo hecho porque nunca somos los mismos.

El abrazo en aquel momento quería significar el cuenta conmigo más sincero de cualquiera de mis otros recuerdos. Espero que él lo percibiera así. En un solo gesto quise concentrar veinticuatro millones de ideas, entre deseos, miedos y verdades, y que traspasaran para entrar en él. ¿Fue ese el final? Fue la parte de un final, eso seguro. Todo dentro de mí me hacía sentirlo así. Le advertí que era un privilegio recibir ese abrazo y él respondió como si eso fuera un hecho obvio. Luego cada uno se fue por donde había venido.

Así es como yo lo recuerdo. Unas veces tranquila, otras furiosa. Pero aún se clava como un cuchillo, y llama a otros recuerdos mucho más atrasados en el tiempo, que vienen afilados acompañados por la nostalgia. Los días pasan, pero mi cabeza marcó una línea en aquel día. De ahí para atrás todo duele la mayor parte del tiempo y, lo que más duele del pasado, es precisamente eso, que ya pasó. Nada de lo que hagamos podrá ya cambiarlo, pero él sí nos ha cambiado a nosotros. Todo se centra ahora en intentar que un hecho doloroso no condicione un futuro feliz. Me levanté como un domingo más, pero no lo recuerdo como un domingo más. Las sensaciones latían fuerte en mi cabeza, sobre todo la de abandono y una amiga suya la acompañaba, la decepción.

Lo peor no es acabar una relación que no está acabada, es poder aceptar que es así cuando no se comprende. No tuve miedo de estar sola, ni de estar sin él. Tuve miedo de no volver a querer esforzarme, de abandonarme, de solo pensar, de una vida estática sin más acciones por mi parte. Al día siguiente de la ruptura no quieres pensar, solo continuar. Es imposible. Cada espacio de mi tiempo se iba sin permiso al análisis minucioso de los posibles errores cometidos, de los culpables, de cómo poder arreglarlos aún, de la ilusión de una esperanza, de buscar una salida. Giraba en círculos en torno a mi tristeza, ella era mi centro ahora y los días que siguieron. ¿Cómo conseguir recordar lo pasado con cariño? Cuando te han herido, lo que menos despierta en ti el agresor es cariño. Y aun así, era mucho más que eso lo que yo todavía sentía por él. El pasado me perseguía sin piedad. El domingo pasó lento.

LA SOLEDAD

Necesitaba urgente todas y cada una de esas opiniones. Oí una vez decir que cuando estés perdido, solo rodeado de alguien que te quiera volverás a encontrarte. Así fue. Mi mejor amiga acudió rápida a mi llamada. Se presentó en casa sin hacer preguntas, dispuesta a ayudar. La historia la sorprendió verdaderamente. “Nunca lo hubiera imaginado”, me dijo.  Esperaba que le contara las razones por las que habíamos terminado nuestra relación, pero solo pude repetir lo que él había dicho: “Solo puedo ser tu amigo ahora. No estoy bien”.

Creo que esperaba que ella me diera la clave, lo que yo, centrada en mi tristeza, no había sido capaz de descifrar. Pero solo alcanzó a susurrar un no lo entiendo desolador. No dejaba de pensar: “Yo no lo entiendo, pero tú tienes que decir algo”. Ahí fue donde me di cuenta de que nunca estuve sola. Puede que no estuviera él, y si no me quería quizás fuera mejor así, pero había otra gente. Entonces tuve miedo de quedarme sola un segundo y volver al pasado, a ese que me hacía recordar con rencor. Solo quería estar con alguien que me quisiera para volver a encontrarme. descubrí que tenía muy buenos amigos que siempre estuvieron dispuestos a escuchar mis nuevas sensaciones. Esas horas en compañía me sirvieron para muchas cosas, sobre todo para crear vínculos más fuertes, pero no para olvidar.

La soledad es silenciosa. Estaba escondida, esperando el momento más frágil para saltar sobre mí. En el fondo yo sabía que ese momento iba a llegar. Lo inundó todo de tal forma que no pude hacer otra cosa. Ella me hizo darme cuenta de que estaba sola ante los acontecimientos. Las decisiones y sus consecuencias eran solo mías, y las demás solamente me acompañaban. Los días pasaron mientras yo analizaba cada pequeño hecho que tenía que ver con él, buscando lo que en ese momento me habría gustado encontrar. Pero solo nos veíamos en el trabajo y las conversaciones eran frías, como si fuera una desconocida. Creí que en su soledad, pensaría en mí y tendría miedo de perderme, pero en vez de eso, su presencia se hacía más invisible y su amistad más distante. Se alejaba y todo me daba dolor de cabeza. La presión que yo misma me ejercía, no me permitía ser yo y la realidad se veía nublada. La soledad y yo empezamos a respetarnos.

LA INCERTIDUMBRE

¿Ahora qué?

Cuando el cerebro no encuentra más teorías ni opciones sobre cómo hemos llegado al momento en el que estamos, solo le queda el ¿ahora qué?; y esa pregunta encierra mil interrogantes más que tuvieron a mi cabeza pensando muchos días.

El capítulo todavía no estaba cerrado para mí, aún esperaba el milagro de que él se diera cuenta de que todo había sido un error, que su forma de solucionar las cosas no fue justa y que me quería, para siempre y esta vez de verdad. Las ganas de que esto ocurriera fueron las que hicieron presentarse. Esa sensación de no saber que ahoga, como si el oxígeno no pudiera entrar, claustrofóbica y agobiante. La incertidumbre se apoderó de mí y de mi estómago y estuve días sin comer nada. No dejaba de buscar señales donde fuera que me dijeran que todo iría bien, y bien en ese instante significaba como a mi me gustaría. Quería escuchar una y otra vez los consejos y los buenos deseos que los demás me regalaban, quizás por repetirlos se hicieran realidad. Quería a mi seguridad de vuelta. Esa que hace que cuando te dicen que todo irá bien, tú te lo creas, desde dentro, con el corazón. Pero mi mente no estaba pendiente de nada de eso, prefería buscar el sentido de cada frase que él pronunciaba, de cada gesto, de cada acción, por si podía deducirse alguna buena intención, y así continuar en la incertidumbre de la espera, o por el contrario abandonar toda esperanza y con ella dar la bienvenida a la libertad.

Me resistía a pensar que no hubiera solución posible y que todo lo que creímos sólido y fuerte pudiera derrumbarse en un solo día. ¿Había sido en un solo día o fue tan silencioso que no lo vimos venir? Lo cierto era que ningún sentimiento es malo o bueno, es lo que hagamos con él. El pasado me mostró el presente, la soledad me reconcilió conmigo y la incertidumbre me enseñó a tener fe. Porque cuando todo es incierto, no tenemos más remedio que creer con ganas que todo irá bien, sin preguntarnos por qué debe ser así, simplemente creyendo que así será.

Y una vez que con el corazón miramos al futuro y con fe pensamos en él en positivo, recuperando algo del pasado o abriéndonos a nuevos caminos, tendremos que hacer frente a un nuevo reto, más difícil para unos que para otros, ese reto es la espera.

Yo estaba entre esos para los que iba a ser complicado.

LA PACIENCIA

Jamás esperar fue una de mis virtudes, pero la paciencia no es algo innato. Todo el mundo cree que es así, pero se equivoca. La paciencia se aprende, a la fuerza y por las malas, como cuando tu madre te advierte que es por tu bien; y ay de aquellos que no aprendan la lección a la primera porque si la paciencia presume de algo es de tener todo el tiempo del mundo para enseñarnos. Incluso con la rebeldía del adolescente que se salta las clases, a mí también me tocó pasar la prueba. Si un proceso doloroso no nos deja por lo menos una lección habrá sido la pérdida de tiempo más dolorosa de nuestra vida. Eso era lo que la paciencia no sabía de mí, o quizás sí, que no me gustaba jugar a perder, que a mí nadie me retaba sin que yo no recogiera el guante. Una parte estaba hecha. Mi orgullo no me permitía abandonar y se negaba a darse por vencido. Ahora tenía que convencer a la otra parte; la melancólica que prefería tumbarse en el sofá delante de la tele a compadecerse de sí misma.

Iba a ser complicado convencerla, pues se entretenía con el primer hueso que le lanzase mi memoria. Pero fue precisamente esa capacidad de distracción la que me permitió hacer el truco. Me llené las horas de clases, hobbies, libros, canciones, amigos viejos y conocidos. Cualquier cosa servía para mantener a mis neuronas distraídas e ignorando a la melancolía, que seguía acechando, agazapada en un rincón. El tiempo pasó sin querer y cuanto más metía en mi cerebro menos oxígeno tenía la melancolía para respirar. Un día me desperté y dejé mi trabajo. Sin pensarlo, y lo que es mejor, sin miedo. Por primera vez en mucho tiempo, supe en qué dirección quería ir. Tomé aire y puse un pie delante del otro. La sensación de estar en un bucle de eterna espera desapareció en cuanto tomé acción. La paciencia y yo aún no somos muy amigas, pero, y esto prefiero que ella nunca lo sepa, siempre tiene razón. A veces creo que la creó el mismo que inventó a las madres. Aún me persigue a veces; yo me desespero y entonces me vuelve a retar. Ya sabemos cómo acaba eso…

EL TIEMPO

Una vez que das el primer paso, el segundo cuesta menos; el tercero es más fácil y, cuando te das cuenta, has caminado toda la calle abajo. Con la despedida de mis compañeros de trabajo atrás y las maletas casi hechas, me senté en la cama y observé mi billete de avión. ¿Cómo llegué hasta aquí?, me pregunté. ¿De dónde saqué yo la idea de dejarlo todo y marcharme lejos? Entonces recorrí el camino hacia atrás, esta vez con ventaja, pues ya conocía los recovecos. Ya no dolía pasar por las heridas, ahora convertidas en cicatrices. Fue ahí donde me di cuenta que hacía casi un año que no había vuelto a pensar en él, en dónde estaría y con quién. Lo mejor de todo era que no lo había hecho porque ya no me importaba. ¿Estaba curada? Lo dudo. El pasado no es una enfermedad, es una prueba para pasar al siguiente nivel. Fuera lo que fuera, aquello me había preparado para lo siguiente; era parte del proceso; como el dolor de huesos cuando estás creciendo. Ahora mi nueva aventura se había asentado con fuerza, atractiva, misteriosa e interesante, y tenía a todas mis emociones tan expectantes en mi cabeza que ninguna podía dejar de mirarla embelesada. Incluso el miedo que tanto imponía al resto, tenía mariposas en el estómago.

Terminé de guardarlo todo y subí al taxi, camino del aeropuerto, llena de esperanza, pero no de esa que espera que todo salga bien, de esa que participa con ganas para que así sea.

Un paso delante, y otro más.

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Gracias por leer mi relato. Solo quería comentaros que mi primera novela «Póker Kingdom» ya está publicada en Amazon. Si os gusta la fantasía, os invito a leerla 🙂

Comentarios

  1. Mabel

    19 septiembre, 2015

    ¡Excelente! Un abrazo Verónica y mi voto desde Andalucía

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