Me levanté con el alba, cogí mis cuatro cosas, las pocas pertenencias que me atan a lo único que me queda: mi pasado. Una fotografía ajada, una carta, una pequeña maleta y una antigua llave era todo cuanto quedaba de lo que alguna vez fui.
Antes que el sol se diera cuenta, había partido. Resuelto dirigí mis pasos a un incierto futuro o tal vez hacia el ayer. Al principio fueron trémulos, inseguros, pero conforme me alejaba del punto de partida, mis pies se deslizaban con determinación y el desánimo se esfumaba. No miré hacia atrás. No suelo hacerlo, de ese modo no dejo opción a la duda. Las decisiones deben ser tomadas sin prisas, pero una vez meditadas, es menester pasar a la acción. ¿Qué buscaba? Todo y al mismo tiempo nada. Quizás encontrar ese rincón donde no tuviera que volver a empezar, que tan solo me acogiera, me diera la seguridad de estar “en casa”. Pero sobre todas las cosas, debía acabar historias inconclusas, cicatrizar viejas heridas. Cerrar puertas que nunca debieron abrirse.
Un billete de avión, un largo viaje. El segundo de mi vida y el último. Nadie notará mi ausencia. No hubo despedidas ni quien me aguarde al final de mi viaje. El reloj de arena, como mi tiempo se estaba agotando. Un tiempo empecinado en marcar mis huesos con el fuego del dolor del desarraigo, de la pérdida. Implacables recuerdos eran mi bagaje más tirano. Amargos, algunos. Breves pero intensos otros. La soledad fue la única amiga fiel, esa que jamás te abandona. Los demás, ellos partieron demasiado pronto. Sin adioses, sin lágrimas. Había llegado el momento de darle una tregua a esa fiel compañera, de concluir mi libro, de plasmar el epílogo y la firma.
Después de muchas horas de carretera en un autocar destartalado por unos senderos perdidos entre montes y malezales, llegué a un pequeño poblado. Allí me dejó el chófer, con mi magro equipaje y mi cansado presente. Ya me encontraba a un paso de donde todo comenzó. ¿Cómo no completar mi travesía?
Desandando los pasos de antaño llegué a una cabaña abandonada a orillas de un riacho, rodeada por sauces y castaños. Poco quedaba del techo a dos aguas de la planta superior. Tras sus muros de piedra me aguardaban los ecos enmudecidos de una vida en familia, risas de niños, nacimientos y tragedias. El musgo y la hiedra ocultaban su fachada, dejando entrever una agrietada puerta de madera. Introduje en la cerradura la vieja llave de hierro y después de girarla hacia ambos lados reiteradamente, hasta que cedió el mecanismo oxidado, abriéndose por fin, con un lastimero quejido de sus goznes. Entré en una pequeña estancia amoblada con algunas antiguallas. Un armario desvencijado, un catre con eones de polvo, una mesa rústica y un par de taburetes y al final junto a un ventanal tapiado, una estufa de hierro, con algunos enceres herrumbrosos. “Lo justo y necesario”, pensé.
La primavera se abría paso con las primeras flores del prado y el sitio resultaba agradable a pesar del lamentable estado de la vivienda. ¡Mi casa! Hogar paterno que siendo aún pequeño tuve que dejar por causa de la guerra y la miseria. A pocos metros del solar se erigía la vieja iglesia en cuyo camposanto yacían enterradas mis raíces, mi gente y que esperaba a por mí.
Coloqué con ternura el ajado retrato sobre la mesa. Me invadió una profunda nostalgia. Allí estaba yo en brazos de mi madre siendo muy pequeño. Posando la familia en pleno junto a los parientes que me llevarían a Buenos Aires para jamás regresar. Ese fue el último abrazo materno. Después de mucho deambular por fin me encontraba respirando el aroma de mis recuerdos, de esa infancia trunca de amor filial, de mi querida tierra. En casa, ese hogar que jamás debió dejarme partir. Acomodé la carta junto al retrato. Era mi despedida y obituario. Si un visitante casual me encontraba, conocería mi historia y mi última voluntad.
Según los médicos, mi enfermedad había tocado fondo. Posiblemente me quedaban semanas, días…, horas tal vez, aunque ya no importaba. Había llegado con el tiempo justo para saludar a mis viejos árboles, llorar ante la tumba de mis muertos y al fin darle reposo a mi cuerpo cansado en ese camastro, esperando culminar este viaje, que no es otra cosa que la vida misma.
Al fin yacería en mi terruño, como siempre supe que debía ser.





Manger
La añoranza a veces nos mata sin querer, sin necesidad de enfermedades… Un relato muy sentido y muy bien escrito, amiga Zeltia. Un afectuoso saludo.
Zeltia G.
Gracias Manger! Cierto es que la tristeza nos derrumba más allá de lo debido, si a eso le sumamos un final inminente se transforma en algo diferente: una necesidad de replegarte a tus orígenes, como los elefantes. Una cuestión de instinto, la llamada ancestral. Un placer saludarte y mi gratitud por tu paso por mis letras.
A
Gracias por la invitación a comer suricatos! jaja. Muy buen texto Zeltia, tocas muchos temas en poco espacio. Me interesa espcialmente el trato que haces de la soledad, que nunca nos abandona, como bien dices. Además evocas la migración, que a veces es buscada y elegida pero, otras veces, no hay más remedio. Un abrazo grande y a seguir así!
Zeltia G.
Miranda, la invitación está! jjejeje En cuanto al relato, sí como bien dices, la migración obligada o no, con el tiempo trae sus “morriñas” y los gallegos no son inmunes a ellas. Está basado en una historia muy cercana a mí y era algo que no podía dejar pasar. Mil gracias por tu presencia y comentario. Un abrazo desde La Compostela.
MIRKO VILCA
Me encanta las descripciones que realizas. Buena historia. Al leerla me he sentido como su personaje princiapal. Amo este tipo de textos. Saludos y mi Voto.
Zeltia G.
Mirko, gracias por pasarte y dejar tu gratificante comentario. Me alegra saber que fue de tu agrado. Un abrazo!
Mabel
Los recuerdos que siempre están ahí esperando. Un abrazo Zeltia y mi voto desde Andalucía
Zeltia G.
Mabel te doy la razón, la nostalgia, la morriña, los recuerdos son ese bagaje que siempre está ahí preparado para cuando llega el momento de echar mano de ellos. Un gustazo verte por mis letras, te mando un abrazo!
VIMON
El regreso a los orígenes, siempre esperado. Gran relato amiga. Un abrazo con mi voto.
Zeltia G.
Gustosa de saludarte Vimon! Me alegra que haya sido de tu agrado, un abrazo!
La_femme (mari freire )
Muy sentido relato, me ha gustado tu estilo para describir, felicidades. Mi voto y un cordial abrazo
Manoli.Vicente.Fernández
¡Vaya! Un denso relato, Zeltia, que casi viene a ser una alegoría interior. Bien narrado. Un abrazo.
Zeltia G.
Manoli, gracias por desentrañar mi relato que por supuesto, cada lector descubre trasfondos y material entre líneas porque parte de sus vivencias, experiencias, etc. Me complace saber que te ha gustado! Un abrazo.
Zeltia G.
Mari, me honran tus palabras, gracias por dejar tu huella en mis letras! Un abrazo.
jon
Estados del cuerpo que la mente devuelve al alma una vez experimentada la compañía y soledad. Me he sentido muy cómodo con la narración. Todos debemos todo a la tierra. Enhorabuena. Mi respeto y un saludo.
Zeltia G.
Gracias Jon por tu paso por mis letras, me da gusto que lo hayas disfrutado. Un abrazo desde Galicia.
gonzalez
Excelente! Me gustó mucho! Mi voto y saludos!
Zeltia G.
Un placer saludarte Gonzalez, mi gratitud por tu lectura y tu voto!
Nana
Un texto fantástico, Zeltia. Me estoy volviendo adicta a tus textos. No recuerdo quién fue el que dijo que las raíces de los gallegos son muy elásticas, da igual a dónde vayamos, tenemos claro el lugar al cual pertenecemos. Un fuerte abrazo
Zeltia G.
Wow Nana! Me encanta que te guste! Y con respecto a los gallegos es cierto, no importa dónde se van, allí se quedaban y echaban raíces, sin embargo, el Terruño siempre esta con ellos. Como le pasaba a mi viejo hablaba de su Galicia con la lágrima colgando del ojo. Y eso pega fuerte, tanto que creo me pasó su morriña y aquí estoy! Como él muchos vivían así. Este relato lo hice por su mejor amigo, ambos migraron muy jovencitos, él sobrevivió a mi padre y cuando supo que se moría vendió todo se quedó casi con lo puesto y se vino a la vieja casa que lo esperaba, no llegó a vivir ni medio año, pero cerró su periplo, descansa en su tierra con sus afectos. Ya ves, cada persona encierra una historia y cuántas hay! Un abrazo grande gallegita!