El callejón del diablo

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El callejón del diablo

Por: Gabriel Ramos

Octubre de 2015

Después de más de 25 años de no ver al güero, ese día me lo encontré en una comida que Ángela organizó para reunir a los amigos y compañeros de la escuela secundaria. Aunque él era un poco menor que yo vivimos una amistad muy padre cuando éramos niños y empezábamos a ser adolescentes. Como el tiempo había hecho su trabajo y todos habíamos cambiado, me acerque a él y tuve que recordarle que yo era Luis Felipe. Una vez que me recordó, los dos decidimos irnos al final de la larga mesa para poder platicar a placer y sin interrupciones de los demás. Nos pusimos al corriente desde dónde habíamos estudiado, a que nos dedicábamos ahora y hasta hablamos un poco de las familias. En la plática irremediablemente surgieron los días de nuestra juventud. El güero se reía y volvía a reír sin ningún motivo, hasta que me  dijo: tú eras muy valiente para todo, para enfrentar a cualquiera, para jugar, para el pleito callejero, pero en cuanto se hablaba de terror te ponías a temblar como la vez que subiste por última ocasión a la azotea del Memo.

No pude detener mis pensamientos que se amontonaban en mi cabeza uno tras otro y recordé que realmente así había sido toda mi vida, si se trataba de pelear o defender a los demás, mi rival podría ser más grande y fuerte que yo y eso no me daba miedo, sin embargo, los temas de terror me producía una angustia desmedida.

Después de aquel rencuentro amistoso, ya en la noche y en la calma de mi estudio recordé muchas cosas más, sobre todo el día a que se refería el famoso güero: por la mañana me levanté muy temprano, desayune muy rápidamente y en cuanto pude salí a buscar a mis amigos de la cuadra, estábamos de vacaciones y nuestra mejor distracción era jugar beisbol con pelotas de esponja usando nuestras manos como bates o iniciar un encuentro de futbol con pelotas de plástico y porterías simuladas con piedras y/o palos. En esas actividades descargábamos toda nuestra energía, competíamos y en ocasiones nos enfrentábamos a la responsabilidad de pagar los vidrios rotos o la irresponsabilidad de correr a todo lo que dábamos para escondernos después de los desperfectos.

Recordé como la calle estaba saturada de casas, con solo un edificio, que ahí podíamos encontrar de todo: tendajones mixtos en las esquinas, tortillería, tlapalería, una accesoria con el zapatero remendón, etc., pero solo había una casa grande con jardín que pertenecía a Chava y Emilio, quienes muy pocas veces jugaban con nosotros.

El tiempo pasaba precipitadamente, sin detenerse y solo parábamos el juego para ir a comer, lo cual hacíamos con enorme rapidez ya que la meta era terminar pronto para regresar al juego hasta que se acabara el día.

Ya por la tarde jugábamos ocasionalmente pero con desconfianza, ya que esa era la hora que pasaba la “Julia” y si nos atrapaban nos podían levantar y remitir a la Delegación por jugar en la calle, así que recuerdo que más de una vez tuvimos que correr para salvarnos. La casa de Mario y Checho era la más segura ya que su puerta siempre estaba abierta y casi todos utilizábamos ese lugar como una isla en el mar.

Muchas veces cuando ya no había luz suficiente nos reuníamos en la casa de alguno de los que tenían tele para ver aquellos programas en blanco y negro. Otras veces íbamos a la casa de Memo León y Alma y alguien ideaba algo que hacer, aunque lo más común era contar historias de terror. Ese era mi auténtico “coco”, siempre que oía la propuesta mi cuerpo y mi mente de manera inmediata empezaban a transformarse, los ruidos y las visiones inexistentes para los demás eran comunes en mi en la oscuridad.

Pero como no quería quedar mal con  nadie, menos con Alma que me gustaba tanto, siempre terminaba asistiendo. Memo propuso ir a la azotea de su casa y ahí vamos todos como corderitos. Recuerdo que esa vez estaban además León, Mario, Checho, Andrés, el güero y por supuesto Alma. Los siete subimos por aquella escalera vieja e insegura, que hasta le faltaban peldaños. Ya arriba, no había nada en aquel lugar, solo el techo de la casa de un solo piso, las coladeras de desagüe y unos cuantos ladrillos que a nosotros nos servían de asientos. Eran más de las nueve de la noche y el poste de alumbrado más cercano estaba como a 60 metros de aquella casa por lo que todo estaba prácticamente sin luz.

La sesión dio inicio y yo hice mi mejor esfuerzo por evitar mis síntomas característicos. Contaron dos historias breves y las soporté, pero cuando llegó el relato de Alma empecé a sentir frío en todo mi cuerpo, mi corazón empezó a trabajar más de la cuenta, mi cerebro dejo de funcionar y una ansiedad generalizada se apoderó de mí. Alma contó lentamente la historia del Callejón del Diablo. Empezó por la ubicación del lugar y comentó que para llegar hay que entrar por la calle de Campana, que se encuentra justo en el cruce de Revolución y Molinos. Yo conocía bien ese lugar porque cerca hay una tienda de herramientas a la que algunas veces me llevó papá para acompañarlo. Esa para mí ya era una pésima señal. Continuó diciendo que ahí se aparecía “el Julio”, un criminal chaparro y extremadamente feo que se aprovechaba de todos los incautos que se encontraba en ese callejón, qué la fama de ese sujeto se había extendido por todo el barrio de Mixcoac, por lo que ya casi nadie pasaba por ese lugar para evitar ser golpeado y asaltado. Terminó diciendo que el tal Julio no pudo quedar impune de sus pecados y una mañana encontraron su cuerpo horriblemente mutilado y aseguró había sido castigado en vida por el Diablo, quien lo hizo pagar por todos sus pecados arrastrándolo desde ese callejón hasta el infierno, que fue dejando en la calle empedrada largas manchas de sangre y partes de su cuerpo.

Para mí eso era suficiente, conforme Alma avanzaba con el relato mi temor crecía y en cada sonido y sombra me imaginaba a aquella bestia vengativa y a su víctima “el Julio”. Así que yo dije casi gritando: creó que ya es muy tarde, yo he estado todo el día fuera de mi casa, ¿por que no le paramos aquí y seguimos otro día? ¿Va?

Todos rieron y se burlaron de mí hasta que se cansaron, fui el chiste de la noche o de la semana, pero por ventura, también fueron condescendientes y decidieron dar por terminada la sesión. Bajamos las escaleras uno a uno con gran miedo, sobre todo yo, por lo que le dije al güero: ¿Te parece si nos vamos juntos güerito?

Caminamos tres largas cuadras hasta llegar en la esquina en la que él daba vuelta a su casa. Después los 60 o 70 metros que me faltaban para llegar a la mía se me hicieron kilómetros, a cada metro, a cada paso me cuidaba de las sombras, de los ruidos y sobre todo de la posibilidad de que algo o alguien se me apareciera fuera aquello real o del otro mundo. Caminé de prisa y luego cambie a correr impulsivamente hasta que por fin llegué. Tuve que tocar, pues ya todos estaban dormidos y la puerta cerrada con doble chapa. Como no me abrían golpeé desesperado la única ventana que tenia la casa y que daba a la recamara de mi hermano Isidro, quién muy molesto salió y me abrió, no sin antes reclamarme con insolencias, leperadas y hasta golpes llegar a esa hora y despertarlo. Eso no me preocupó, entré rápidamente hasta mi recamara, que era un pequeño cuarto con solo un catre, una pequeña lámpara y un ropero alto y viejo. Encendí la lámpara y conforme me movía para quitarme la ropa las sombras que aparecían les daba diversas formas infernales. Poco después percibí un ruido extraño y luego uno más fuerte que me hicieron sobresaltar, mi corazón empezó a moverse rápidamente y mi respiración era cada vez más agitada, di vuelta y descubrí el motivo: ¡era mi perro que buscaba un lugar para dormir¡

Me tranquilice un poco hasta que el perro empezó a ladrar directamente al ropero, entonces vi que una de las largas y viejas puertas del ropero se cerraba poco a poco. El perro continúo ladrando, tenía miedo y a la vez estoy seguro, me estaba defendiendo de algo. No aguante más, me metí a la cama, me tape con lo que encontré e intente dormir, pero todo fue inútil fue noche de insomnio. A la mañana siguiente le pedí a papá que Isidro y yo cambiáramos de cuartos. Pero eso no mejoró la situación, por las noches el perro le seguía gruñendo al espejo del ropero como si pudiera ver algo a través de él. Por supuesto, mientras vivimos en esa colonia ya no pude volver a dormir  tranquilo.

Comentarios

  1. Mabel

    1 noviembre, 2015

    Un Cuento muy impresionante. Un abrazo Gabriel y mi voto desde Andalucía

  2. VIMON

    1 noviembre, 2015

    Muy buen relato, Gabriel. Te dejo mi voto y mis saludos.

  3. Monitor

    4 noviembre, 2015

    Este cuento lo llevaré a mi clase de Narrativa Breve el próximo sábado para que sea analizado por mis compañeros y maestro. En ese Taller se comentan y critican los aciertos y las fallas para mejorar la forma de escribir, crear historias y lenguaje.
    Saludos a todos

  4. Monitor

    4 noviembre, 2015

    Así que si tienen recomendaciones para mejorarlo se los agradeceré

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