Platos vacios

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Lo recuerdo claramente, cuatro años atrás estuve perdido y en un mal lugar. Busqué, después de una noche agitada, un lugar para estar tranquilo, todo estaba borroso, mis pies ebrios siguieron un camino desconocido y terminaron en una iglesia. Entré, me senté y coloqué un cigarro en mi boca, no lo prendí, sabía dónde estaba sólo quería el cañón apuntando directamente a mi boca. La luz y el calor aparecieron de repente frente a mi rostro, la llama danzaba inverosímil ante mis ojos. Dirigí mi mirada más allá del brazo que ofrecía el fuego y lo que me encontré fue todo menos lo esperado, grande fue mi sorpresa al encontrar a un anciano sacerdote al otro lado de mi vicio. Después de prender mi cigarro, saca de su bolsillo los suyos propios y empieza a fumar, me dice que a esta hora nadie viene pero que abre las puertas para ver “que trae la marea”. Supongo que la marea me llevó ese día, ese mar gélido de neblina que se forma en la madrugada bogotana me arrastró a un puerto amigable.

Cada tanto volví a ese puerto, a tomar café negro o Wiski, por un cigarro, una comida o un juego de cartas. Siempre charlábamos, nuestras ideas siempre estuvieron alejadas pero él siempre fue respetuoso. Fue un amigo y después fue un padre, tenía una vocación paterna que pocos tienen, se interesaba, se preocupaba y siempre estaba allí. Si hacía calor traía cervezas y si llovía tenía preparado el fuego. Nunca vi a nadie tan feliz como cuando le dije que me iba a casar y cuando conoció a Luciana, rebosó de alegría, también se volvió su amigo y en algún sentido le hizo recuperar su fe; cuando Luciana se suicidó, golpeo con rabia los muros de su iglesia e hizo el ritual aunque los preceptos del catolicismo se lo prohibían, lloró durante la predica y cuando termino me dijo al oído lo que me dijo el día que nos conocimos, él dijo las palabras que me salvaron de sinsentido de la muerte de Andrea “El amor nunca deja de ser” y está vez me salvaron de la rabia del suicidio de Luciana.

Hoy me llamó, fui a verlo y vimos su película favorita “La diligencia” protagonizada por John Wayne y del director John Ford, compartimos un desayuno: huevos, tocino, pan, tamal, chocolate, jugo de naranja, galletas y arepas, a punto de vomitar volví a mi casa. Horas después me llamaron a decir que murió, murió a sus 75 años de edad de un ataque al corazón. Siempre dije que ese viejo sabía muchas cosas, hasta el día de su muerte. Sólo quiero decir lo agradecido que estoy con él, lo mucho que lo respetaba y lo mucho que lo quería, como aprecio que haya aprendido a jugar duelo de monstruos para que yo no me aburriera jugando naipes, todas las comidas que me dio, las palabras de aliento, como intentó salvar a Luciana, como le dio esperanza, como me adopto y como se despidió.

Comentarios

  1. Zeltia G.

    15 noviembre, 2015

    Me has dejado con el alma en un puño. Un escrito colmado de dolor, de tristeza, pero sobre todo de una inmensa gratitud, un sentimiento que hoy en día muchas veces pasa desapercibido. El verdadero amor al prójimo siempre deja huella. Una bella inspiración en forma de prosa. Mi enhorabuena y mis saludos cordiales.

  2. Mabel

    15 noviembre, 2015

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. VIMON

    16 noviembre, 2015

    Excelente relato. Mi voto con un saludo.

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