Mientras me observa ojiplático como un espectro lánguido, siento su presencia inquietante tras de mi. Un escalofrío de ansiedad me recorre desde la boca del estómago hasta la coronilla. Giro levemente mi cabeza y miro hacia arriba: ahí está. Contemplo su cara inexpresiva. Sus ojos se dirigen a los míos pero parecen mirar a un lugar lejano, más allá de mi ordenador, de la oficina, del mundo platónico de las ideas. Permanezco callado esperando una reacción, una señal de vida inteligente, durante un breve momento que parece durar horas. Fuerzo una mueca de sonrisa y doy un rápido y corto golpe de barbilla, ese gesto que utilizo tanto para saludarte por la calle si eres un conocido, como para preguntarte sutilmente que qué mierdas quieres. Otro momento eterno precede a un labio tembloroso y a un hilillo de voz ininteligible, como si su garganta pidiera permiso a su lengua para dejar escapar algo parecido a palabras humanas. Achino los ojos y rebobino mentalmente hasta entender el significado.
— ¿Que no tienes trabajo? — Pregunto. Él niega con la cabeza.
Realizo un rápido repaso de tareas en una lista de cero elementos. Siento una presión en el pecho. Imagino un mundo donde los chicos de prácticas entienden y resuelven problemas de manera autónoma, pero me despierta de un tortazo la imagen de su silueta por el rabillo del ojo. Descarto ideas de posibles trabajos como quien devuelve a raquetazos bolas de tenis. En un intento de escapar del túnel, aprovecho la única rendija al exterior que me puede aportar algo de aire, y le digo que me deje un momento para pensar y que ahora le digo algo. Espero otra eternidad, y compruebo incrédulo que sigue ahí, inmóvil. Me pregunto si me ha escuchado, o si por algún tipo de singularidad cuántica, o curvatura del espacio tiempo, mi mensaje se encuentra viajando todavía desde mi boca hasta su oído interno, pasando por su red nerviosa, hasta llegar al recóndito espacio neuronal donde procesa lo que le digo a la velocidad del hiper-despacio.
— Ahora te digo algo… — Repito intentando disimular mi nerviosismo.
Nada.
— Puedes irte…— Se me acaban los recursos.
Respiro mientras observo que por fin se aleja. Miro el reloj. Queda hora y media para el final de la jornada. Demasiado tiempo para mantenerlo ocioso. — ¡Piensa! ¡piensa! — me apremio. Fantaseo con la posibilidad de devolverlo, como quien devuelve sus últimos zapatos de Zalando, consciente de que sería incapaz. Visualizo al pobre chico con 30 tacos, indigente y enganchado a la heroína, todo por haber sido rechazado como un trasto inútil en aquella primera experiencia laboral con contrato de prácticas.
Un chico de prácticas es, excepto en maravillosas ocasiones, como la promesa de un mundo mejor materializada, al cabo de 2 semanas, en un escenario post apocalíptico.
Generalmente en el tiempo en que explicas cómo realizar una determinada tarea podrías hacerla tú, ir a comer, revisar el trabajo, tirarlo a la papelera, y volver a hacer este proceso cinco veces aproximadamente. Y aunque eso ya lo sabes de antemano, no imaginas que incluso puede ser mucho peor.
Mientras le explico con una lentitud que haría desesperar al mayor fan de Barrio Sésamo, busco desesperadamente algún “Aham”, algún movimiento de cabeza, o pequeño gesto facial que me confirme que ha comprendido, que tiene alguna duda, o que simplemente ha salido de su estado catatónico. Solo al acabar de hablar, después de otro silencio mortal, y de preguntar si lo ha entendido, me regala un movimiento afirmativo tan poco convincente como frustrante.
Tras una lista de encargos inacabados, mal ejecutados o que incluso han desencadenado una pequeña crisis empresarial, las posibles opciones que tenía en un inicio se han ido reduciendo a la nada, y ahora vivo con la incesante agonía de no saber qué mandarle y con el desasosiego de ver en cualquier momento su reflejo en mi pantalla de ordenador.





Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida
Cokoon
¡Muchas gracias!
VIMON
Buen relato. Mi voto con un saludo y mi bienvenida.