A veces cantamos

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“¡No pongas más normas de las que hay!”
Albyta

a la memoria de
June Carter

 

 

I

Llueve a los andenes de una estación de autobuses. César
otea el horizonte embriagado de tormenta.

CÉSAR
(hablándole a la botella)
Ahora viene lo del dramatismo, ¿no?
Lo de no poder soportar ser el
siguiente de la cadena, el
siguiente… Yo sólo sé una cosa…
sé muy pocas cosas… Ahora, aquí,
hablando como un desequilibrado que
parece no decir nada con pies sin
cabeza, ¿sabes qué? ¿SABES QUÉ?
(permanece absorto en la
botella hasta que bebe)
Nadie acepta nada, todo es como si
estuviera lleno de eufemismos
permanentes, da asco, en serio,
sólo pienso que a veces… ¿Qué
estoy haciendo?
(vuelve a beber)
Ahora hablo solo. Bien, he dado un
paso adelante, supongo. No podía
ser de otra forma. Nadie escucha,
¿no? Ni si quiera yo me escucho a
mí mismo, sólo estoy pensando en
mierdas al respecto, sólo voy a mi
puta bola con mis cosas importantes
en el cráneo. Nada es más
importante que lo que tengo en el
cráneo. ¿Es que ya nadie se
detiene, a veces, a mirar a
alguien, aunque esté sentado,
hablando solo, como un loco a una
botella? Hay bastantes cosas que
hemos perdido y bastantes cosas que
no encontramos… pero si alguien
buscara… No creo que sea tan
difícil, de verdad. ¿Qué me está
pasando?
(vuelve a beber)
Todos hemos sido niños. Los
niños… Ahora hablo solo, ¿no?
(bebe)
No es que te considere como un
amigo, pero ayudas; o eso creo.
(Buscando algo de tabaco.)
Lo positivo, las cosas buenas; eso
hay que buscar… creo. Buscar,
buscar, buscar… Todo parece como
si no tuviera solución, no hay más
que paja mental sobre más paja
mental y cuando ves de verdad
algo… más paja mental o
devastación.

(último trago)
Ahora estás vacía, y yo sigo
lleno… lleno de nada. Espero que
termine pronto el dramatismo. Sólo
hay que aceptarlo. Soy el siguiente
de la cadena. Ese es el problema:
no hay escapatoria.

Impacta un trueno.

¿No la hay? Soy el siguiente de la
cadena… Existen teorías y
teorías, pero mi cabeza… mi
cabeza parece explotar. Si
estuviese atento a las cosas
positivas, si escuchase… Ahora
hablo solo, sigo una moda: la de
hablar a botellas vacías.
Arroja la botella vacía.
Es difícil encontrar a cualquiera
que se pare a escucharte, o eso
creo, porque de lo contrario, nada
de esto tendría sentido.
(cantando) “Soy la lluvia”… “Yo
soy la lluvia”.
Todo empezó en el café de la
estación, o todo terminará en el
café de la estación, o todo
continúa en el café de la
estación… No lo sé, no soy
Pirandello. ¿Pirandello?
Pero soy el siguiente de la
cadena, justo como él lo fue, justo
como todos nosotros: Pequeñitas
piezas de un puzzle tridimensional
-o tal vez más- que depende del
tiempo.
Encuentra tabaco.
Son muy jodidos de montar… Yo de
pequeño tenía uno: de la luna y del
globo terrestre. Tenía dos caras,
por una parte era de luna y por
otra de planeta.
Estaban muy marcados los límites
de la geografía: las fronteras, las
banderas… ¡Hasta en la Luna! La
luna estaba llena de banderas y de
nombres escritos en todas partes.
Casi nunca me paraba a leerlos. Era
divertido porque al montarlo lo
veías crecer. Tenía forma, se
movía, parecía un maldito puzzle
con vida propia. No sé dónde fue a
parar, ni cuándo dejó de formar
parte de mi vida. Simplemente
recuerdo que estuvo un tiempo y
luego…
No te queda ni una gota de sangre
en los bolsillos.
(cantando) “Soy la lluvia”…
Se abalanza hacia el horizonte.
Los pájaros se esconden de la
tormenta. Nunca les veo volar ni
les oigo cantar en medio de la
tormenta. Les faltan huevos.

II

Tato se aproxima sigilosamente por detrás.

TATO
¿Qué haces aquí?

Impacta un trueno.

CÉSAR
Música.

TATO
Te estás empapando.

CÉSAR
Y tú.

TATO
Necesito hablar contigo. Vamos
dentro.

CÉSAR
¿Dentro? No.

TATO
Por favor.

CÉSAR
Canta conmigo… ¿quieres?

TATO
César, esto es serio. Te pido que
te comportes como el adulto que
eres…

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia”.

TATO
Por una sola vez en tu vida.

César pretende encenderse un cigarrillo apagado. Tato se
acerca a él.

TATO
Mira: he comprado un paquete de
“Ducados”.

Le ofrece el paquete y César lo coge.

TATO
Lo recuerdas, ¿verdad? Me enseñaste
a fumar con unos de estos. ¿Nos
fumamos unos allí?

César se lo devuelve.

CÉSAR
¿Y no te enseñé a fumar bajo la
lluvia?

TATO
No…

CÉSAR
Pues ya eres mayorcito para ir
aprendiendo.

TATO
El fuego se apaga.

CÉSAR
Dame uno de esos, ¿quieres?

TATO
Se te va a mojar.

CÉSAR
Mira y aprende.

Le da un cigarrillo.

TATO
Como quieras…

El cigarrillo está empapado y el encendedor no surte efecto.
De todos modos, César simula que está fumando.

CÉSAR
¿Lo ves?

Tato contempla el paquete de Ducados y lo guarda en su
abrigo.

TATO
César…

CÉSAR
¡Julio!

TATO
¿Has comprado el billete?

CÉSAR
¿Cómo se compra un billete?

TATO
Es posible que dentro de poco
cancelen todos los viajes.

CÉSAR
Si observaras un poco más a tu
hermano mayor, aprenderías a fumar
bajo la lluvia. Mira.

Sigue fumando un cigarro empapado.

TATO
Sólo dime si tienes el billete.

CÉSAR
Ya tengo todo lo que tengo que
tener…

TATO
Los pasajeros ya están subiendo en
nuestro autobús.

CÉSAR
Un corazón lleno de alquitrán…

TATO
¡Qué perdemos el autobús!

CÉSAR
Tal vez haga una carretera con mis
entrañas.

TATO
Yo me voy, tú haz lo que quieras.
No sé qué pretendes demostrar con
todo esto…

CÉSAR
¡Que no soy un pájaro!

Tato se marcha.

III

Tato regresa.

TATO
Aún no tienen claro si se efectuará
el viaje.

CÉSAR
Nunca se sabe, ¿eh? La vida es una
falsa alarma.

TATO
Hablé con Isabel.

César le lanza el cigarro empapado apuntando a la cara.

TATO
Voy a estar un tiempo con vosotros.

CÉSAR
(cantando)
Soy la lluvia.

TATO
Nos espera. Está preocupada.

CÉSAR
¡Qué sorpresa! Siempre es un placer
recibir visitas inesperadas a
tiempo…

TATO
Si no quieres que vaya…

CÉSAR
Debe estar encantada… ¡En la
gloria!

TATO
Hasta que todo se solucione.

CÉSAR
¿Tienes tabaco?

TATO
Vamos a fumar dentro.

CÉSAR
¿TIENES TABACO?

Tato extrae el paquete de Ducados y los arroja cerca de su
hermano.

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia”… “Yo soy la
lluvia”…
Tato recoge los Ducados, se sienta próximo a su hermano,
saca un cigarrillo empapado, su encendedor tampoco lo
enciende y simula el acto de fumar.

TATO
¿No querías uno?

CÉSAR
¡Lo quiero todo!

TATO
Vamos a acabar ingresados en el
hospital…

CÉSAR
Espero que nos pongan lejos.

TATO
Supongo que un hermano, a veces,
tiene que hablar duro. Y claro.

CÉSAR
Eres un coñazo.

Tato se ríe entre carcajadas y toses.

CÉSAR
¿Vas a cantar conmigo o no?

TATO
Creo que voy a ir a comprar algo.

CÉSAR
Adelante.

TATO
¿Quieres algo?

CÉSAR
No hay escapatoria.

Tato se alza y se dirige a la tienda de la estación.

CÉSAR
¿Puedes traerme vino?

TATO
¿Qué?

CÉSAR
¡TINTO!

Silencio.

CÉSAR
Seguro que el muy soplapollas no
me trae el vino. Estará muy ocupado
hablando con mi mujer: “¿Isabel,
puedo ir a vuestra casita? Mi mami
ya no me arropa por las noches y
tengo miedo”. Será cabrón… ¡Antes
de hablarlo conmigo! Algún día, el
destellazo blanco acabará con esto
de una vez por todas.

Vuelve a otear el horizonte.

CÉSAR
Los pájaros… Ellos sí que saben,
ahí escondiditos, como políticos,
esperando a que salga el sol para
batir sus alas de carroña
alardeando de libertad. Yo no soy
así. ¿Me escucháis? ¿Hay algún
maldito pájaro escuchándome? Yo no
soy como vosotros, no soy un
mierda. ¡Hipócritas! ¡Maricones!

Impacta un trueno.

CÉSAR
¡OS ODIO!

IV

Tato vuelve con una botella de vino. Casi antes de
ofrecérsela, César se la arrebata de las manos y bebe
largamente.

TATO
El autobús no sale de momento…

CÉSAR
¿Qué pretendes decirme con eso?

TATO
Isabel y los niños esperan en casa.

César ríe escupiendo vino.

TATO
Yo ya he cumplido con lo que me has
pedido. ¿Por qué no vamos dentro?

CÉSAR
¿Dentro?

TATO
¿QUÉ MÁS QUIERES QUE HAGA?

CÉSAR
Toma un trago.

Tato bebe.

CÉSAR
Cuando apareciste te pedí que
cantaras conmigo.

TATO
No sé cantar.

CÉSAR
Bebe otro trago.

Tato deja la botella junto a su hermano.

TATO
No quiero que mis sobrinos me vean
enfermo.

CÉSAR
¿Tus sobrinos?

TATO
¡Sí, mis sobrinos! Los que tuve
después de que te follaras a
Isabel.

CÉSAR
¿Me das un ducado?

Tato le lanza el paquete. César saca uno, está empapado, el
encendedor no enciende y él simula que fuma.

CÉSAR
Así que se trata de eso…

TATO
¿De qué?

CÉSAR
Se trata de eso…

TATO
Tengo las manos como cubitos de
hielo.

CÉSAR
(entre risas)
Pues mételas en la botella, que el
vino está caliente… Parece pota
de cucaracha.

TATO
Me voy a ir a esperar dentro. ¿De
qué se trata el qué?

CÉSAR
Dices que no cantas porque no sabes
cantar… ¿pero te preocupa tu
familia?

Tato se dirige al interior de… César le lanza el paquete
de Ducados.

CÉSAR
Al menos sabes fumar bajo la
lluvia…

TATO
Me muero de frío.

CÉSAR
¡Qué va!

TATO
¿Sabes? Hay algo que nunca te dije
y llevo pensándolo toda la vida…

CÉSAR
Lugar adecuado, momento adecuado.

Tato se abalanza a por su hermano.

TATO
¡ERES UN HIJO DE PUTA! ¡TE ODIO!
¡TE ODIO! ¡TE ODIO!

Tras el combate, Tato se aleja sin perder demasiado la vista
de César. César, se arrastra hacia el vino, bebe y gorgojea
del mismo fingiendo ser sangre que emerge de su boca. Tato
se arranca de nuevo pero se detiene inmediatamente.

CÉSAR
(hecho trizas)
Has entrado en calor.

Tato se sienta junto a su hermano.

CÉSAR
Toma.

Le da la botella, Tato bebe.

TATO
Has construido una familia, le has
dado un hogar y una cuenta
bancaria… Enamoraste a una mujer
preciosa y tenéis dos hijos…
Maravillosos… Pero todo eso…
Todo lo que has construido no
parece más que un imperio de
ceniza.

CÉSAR
Estoy de acuerdo.

Cambian la botella de mano y turno de beber.

CÉSAR
Pero ambos debemos estar de acuerdo
en que sabemos fumar bajo la
lluvia.

TATO
Este no es un buen lugar para
esperar…

Tato se marcha.

CÉSAR
Por fin comprendí el significado de
aquel maldito puzzle
tridimensional: vi algo como la
seta de una bomba atómica
congelada, a la que me acercaba
cautelosamente mientras una
diminuta mujer en la terraza de una
cafetería buscaba cobijo del viento
entre las telas de su abrigo
sosteniendo con esfuerzo entre sus
labios un diminuto cigarrillo medio
consumido y apagado que no parecía
lograr encenderse nunca. ¡Tú me
robaste aquel maldito puzzle! ¡Tú
me lo robaste!

Impacta un trueno.

CÉSAR
¡TE ODIO!

V

Tato regresa jadeante.

TATO
Toma, no has querido decirme si ya
lo tenías.

Le da un billete.

CÉSAR
¿Y esto?

TATO
Han confirmado que el autobús
efectuará su salida… Tal vez en
menos de quince minutos. ¡Vamos!

CÉSAR
Debo agradecértelo, la verdad es
que estaba hambriento.

César se come el billete de autobús.

TATO
¿Pero…?

CÉSAR
(masticando el billete)
¡Tenía hambre!

TATO
Venga, te invito a desayunar.

CÉSAR
¿Dentro?

TATO
¿Ves algún maldito sitio por aquí
fuera?

CÉSAR
Dentro no.

César se ayuda del vino para tragar el billete, pero acaba
atragantándose y viéndose obligado a escupirlo.

TATO
Estoy teniendo mucha paciencia.

CÉSAR
Aún no has cantado conmigo.

TATO
Voy a invitarte a desayunar,
tenemos poco tiempo y luego ya
veremos.

CÉSAR
¿Cómo va a llamarse nuestra banda?

TATO
¡VAMOS!

CÉSAR
(haciéndole callar
dulcemente)
Shhhh… A ver qué te parece:
¡Espárragos fritos!

TATO
¡Vamos, por favor!

CÉSAR
Espárragos fritos suena bien…

Tato le ofrece su mano para levantarle. César la agarra.

CÉSAR
¿Vas a cantar conmigo?

TATO
Vamos a desayunar.

CÉSAR
No.

Tato hace fuerza, pero nada. Vuelve a tirar de él
bruscamente sin conseguir desplazar a César; y así,
sucesivas veces. Finalmente César tira de él haciéndole caer
y rodar por el suelo.
Impacta un trueno.

VI

César bebe mientras tato permanece afligido en el suelo.

TATO
Me has roto la cadera.

CÉSAR
Ni lo sueñes.

TATO
No me puedo mover…

CÉSAR
¿Y por qué no cantas?
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia”.

Tato se levanta como puede y se tira a por su hermano. César
lo esquiva rodando y Tato vuelve a caer.

TATO
Dame un trago.

CÉSAR
(enseñándole la botella)
¿Ves donde está?

TATO
Dame un trago…

CÉSAR
Ves donde está, ¿no?

TATO
¡DAME UN TRAGO!

CÉSAR
¡Pues ven a por ella!

Tato se reincorpora como puede, se dirige hacia su hermano y
forcejean. Llega un punto en el que César decide que es
suficiente, ayuda a su hermano a tomar asiento y le da él de
beber como una madre le daría un biberón a su hijo. Una
visión a lo lejos, interrumpe el momento fraternal.

CÉSAR
Oye, ¿esa de ahí no es Lydia?

TATO
(atontado)
¿Qué…?

CÉSAR
¡LYDIA!

TATO
(sigue atontado tras la
pelea, le manda callar)
Shhh… Vas a asustar a todo el
mundo.

CÉSAR
Pero si aquí no hay casi nadie… Y
mucho menos que repare en
nosotros… Fíjate bien, es ella.

TATO
¿Quién?

CÉSAR
Joder, ¡Lydia! ¿No te acuerdas? La
pava con la que estuve liado en los
primeros años de instituto, la
primera mujer que te besó en el
pajarito.

TATO
Carlota… Se llamaba Carlota…
Imbécil.

CÉSAR
Bueno, cómo quieras. ¿Pero es ella
o no?

TATO
No… Ni se parece…

CÉSAR
Claro que se parece. Fíjate en ese
vestido rojo, en esos tacones, esos
andares…

TATO
Carlota… se marchó hace tiempo
del pueblo…

CÉSAR
… como una piedra de fuego
rodando sobre aguas turbulentas…
Lydia… ¿Sabes qué fue de ella?

TATO
No…

CÉSAR
Dame un cigarro.

TATO
Bueno, creo recordar que hace
tiempo mamá me dijo que cayó en la
droga.

CÉSAR
¿En cuál de ellas?

TATO
Y que tuvo un hijo.

CÉSAR
No es lo mismo la heroína que el
amor.

TATO
¿O fueron gemelos?

CÉSAR
La gente se confunde.

TATO
El padre estaba en la cárcel.

CÉSAR
Yo a veces me pincho.

TATO
La cárcel… de eso estoy seguro.

CÉSAR
Pero lo llevo bien. Con mi mujer
sin embargo, no hay escapatoria…

TATO
¿Qué será de esos pobres críos?

CÉSAR
Los siguientes de la cadena…

TATO
No tienen escapatoria.

VII

CÉSAR
¡LYDIA!

TATO
(casi apagado)
Era Carlota…

Esta vez, Priscila sí repara en ellos y se aproxima inquieta
y curiosa.

PRISCILA
¿Va todo bien?

CÉSAR
¿Te acuerdas de mí y de mi hermano?

TATO
Me he roto la cadera…

PRISCILA
Juraría que no les conozco de nada.

CÉSAR
¡Mentirosa!

PRISCILA
Puedo llamar a Urgencias para que
le vean esa cadera.

CÉSAR
Déjalo, está bien.

PRISCILA
Disculpe, no hablaba con usted.
(dirigiéndose a Tato)
¿Necesita algo, joven?

Tato niega con la cabeza.

CÉSAR
Estábamos discutiendo… ¿Eres
Lydia o Carlota?

PRISCILA
Su hermano no se encuentra nada
bien, señor. Y yo me siento
ofendida por el trato que recibo
por su parte.

CÉSAR
Eres preciosa.

PRISCILA
Deberían ir al hospital.

TATO
Déjala en paz.

PRISCILA
No se preocupe, ¿quiere que llame a
alguien o a algún sitio?

TATO
Esperamos…

PRISCILA
¿Van a coger el autobús?

CÉSAR
Además de guapa, lista. Mmmmmm…

Priscila se junta a Tato ocultándose discretamente de César.

PRISCILA
Chico, seguramente cancelen el
viaje. Además, dudo que les
permitan subir en estas
condiciones. Considero que necesita
que le vea un doctor.

César se abalanza al borde del escenario nuevamente, (para
llamar la atención), esta vez añade percusión a su canción.

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia…”

TATO
(a Priscila)
Pareces…

PRISCILA
Shhh…

TATO
Un ángel.

PRISCILA
Hay un vigilante que lleva un rato
observándoos desde allí. Mantente
aquí, mantente sereno.

Priscila se marcha.

CÉSAR
¿Ya te vas? Eso os encanta…
¡Furcia!

TATO
Shhh…

CÉSAR
¿Quieres un piti?

Tato asiente con la cabeza. César se sienta junto a él y
“fuman” bajo la lluvia.

CÉSAR
Y ese es el problema de las
mujeres. Pueden robarte el alma
antes de que tú mismo sepas que
tienes una… A ti te gustaba mi
mujer, ¿verdad?

TATO
No.

CÉSAR
Me refiero antes de que vinieran
los hijos, los anillos y todas esas
mierdas que soltaste antes… Te
gustaba Isabel, te jodió que nos
largáramos y que tú te quedaras
aquí… Siempre os habéis llevado
bien, es simpática y dulce, ¿a que
sí?

Tato sigue simulando que fuma, en silencio.

CÉSAR
Encima estaba muy buena, eso
también lo sabemos… Dime la
verdad, díselo a tu hermano: ¿Te
hacías pajas pensando en ella?

Tato arroja el cigarrillo hacia ningún lugar en concreto y
atesta un golpe contra su hermano. Pero no surte el efecto
deseado. Tato padece dolorido las carcajadas de César.

CÉSAR
Lo sabía. Lo sab…

El solo regreso de Priscila interrumpe el diálogo de César.

PRISCILA
El vigilante no decide, es cuestión
del conductor que subáis al autobús
o no.

CÉSAR
Entonces… ¿Tú eres Lydia o
Carlota?

PRISCILA
Los pasajeros esperan dentro de la
estación.
(a Tato)
¿Quiere que le lleve dentro o ir a
algún hospital?

Tato niega con la cabeza sucesivas veces cada vez más
rotundas y potentes.

TATO
(a César)
¡No es ni Lydia, ni Carlota! No
tienes ni puta idea de nada…

CÉSAR
¡Está bien! Está bien…
(a Priscila)
¿Me concede un baile, señorita?

PRISCILA
Hace mucho frío… Pero venga, ¿por
qué no?
Priscila y César bailan. Tato “fuma”.

VIII

Impacta un trueno.
Priscila y César continúan bailando hasta que él comienza a
tambalearse y termina por caer rendido al suelo. Tato arroja
la colilla, capta la atención de Priscila y ella se arrima a
él.

TATO
Tal vez…

PRISCILA
Tienen los billetes, ¿verdad?

TATO
Yo sí. Él…

PRISCILA
Aún no sabremos si le dejarán
pasar.

TATO
Ni si habrá viaje.

PRISCILA
Hoy.

Tato vuelve a lo del tabaco.

TATO
¿Fumas?

PRISCILA
No.

TATO
Aún no me has dicho cómo te llamas.

PRISCILA
Aún no me lo ha preguntado.

TATO
¿Y a qué te dedicas?

PRISCILA
(entre risas)
¡A lo que me da la gana!

TATO
Pareces una buena persona.

PRISCILA
Para ligar con una chica… Creo
que debería actualizar el
repertorio de sus frases.

TATO
Para ligar con una chica… Ella
primero decide si quiere ligar con
uno, o no.

PRISCILA
¿Cómo se llama?

TATO
¡Me da igual! Mira mi hermano, ahí
sigue el cabrón, nunca se muere.

PRISCILA
¿Cómo se llama?

TATO
Me ha roto la cadera… Borracho
perdido que iba… ¡Es invencible!

PRISCILA
¿Cómo se llama?

TATO
Yo sólo quería ayudarle… Sobre
todo a su familia.

PRISCILA
¿Cómo se llama?

TATO
Deberías callarte…

PRISCILA
¿Cómo se llama?

TATO
¡PUTA!

PRISCILA
¿Cómo se…?

No deja que vuelva a repetirlo. Se tira a por ella. Ella se
defiende y él acaba cayendo a trompicones junto a su hermano
César. Priscila se resguarda lo mejor que puede del frío y
del susto. Los hermanos se reincorporan entre ellos como
pueden. Ambos van bebiendo juntos y “fumando”.

TATO
Me has roto la cadera…

César y Priscila ríen a carcajadas.

TATO
Te dije que acabaríamos ingresados
en el hospital.

CÉSAR
Y que yo esperaba que nos pusieran
lejos el uno de otro.

PRISCILA
Yo soy hija única…

CÉSAR
Tú eres única en el mundo entero,
enamorarías hasta a un chimpancé
homosexual.

PRISCILA
Tenía entendido que usted tenía una
mujer y una familia esperándole en
casa…

CÉSAR
¡Te lo comía too!

PRISCILA
¿A su mujer se lo come muy a
menudo?

CÉSAR
No tendría problema en cogerte y
hacerte ahora mismo aquí cualquier
bestialidad.

PRISCILA
¿Seguro que no?

TATO
(a César)
Yo te mataría.

Empiezan a reírse hasta acabar todos juntos en las
carcajadas.

PRISCILA
Hace mucho frío, creo que un ratito
allí dentro con el resto de
pasajeros no nos sentaría mal. ¿No
creéis?

Tato y César arrojan la colilla casi a la vez.

IX

CÉSAR
Yo no me voy.

TATO
“No hay escapatoria”.

PRISCILA
¿Están seguros de que no quieren
llamar a nadie?

CÉSAR
Si pudiera…

TATO
No.

CÉSAR
Si pudiera…

PRISCILA
¿No está seguro, o no quiere que
llame a nadie?

CÉSAR
Si pudiera yo llamaría a ese
vestidito rojo que llevas y le
pediría que se levantase.

PRISCILA
No sea cruel, hace mucho frío.
¡Vamos dentro!

CÉSAR
No.

PRISCILA
(a Tato)
¿Y usted?

TATO
¿Yo?

Tato se levanta a duras penas.

CÉSAR
¡Vamos!

TATO
(cantando)
“Soy… Soy… Yo soy…”.

Cae duramente al suelo.

PRISCILA
Voy a marcar el número de
urgencias.

César se alza contra el horizonte.

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia… Soy la lluvia… Yo soy
la lluvia…”.

TATO
Déjalo ya…

CÉSAR
¿Algún pájaro por ahí? ¿Eh? ¿EH?
¿ALGÚN PÁJARO POR AHÍ? ¡Cabrones!

César se derrumba voluntariamente junto a su hermano.

PRISCILA
Voy a contarles un cuento… Es que
tengo dos… pero bueno, voy a
empezar por éste:
Lucy in the Sky with Diamonds
De una mente en blanco comenzaron a
surgir nubes de colores. Tras
producirse una serie de reacciones
químicas totalmente comprensibles
dentro de ellas, comenzó una
gigantesca lluvia de diamantes.
Mientras se procesaban estos
acontecimientos, Lucy se acariciaba
su espesa y larga barba,
reflexionando sobre algo totalmente
lejano a lo que su cuerpo podía
apreciar. Los pies sentían la
caricia del agua y la arena que
arrastraba, pero no tuvieron tiempo
para disfrutarlo sin antes ver como
el mar comenzaba a desprenderse del
cielo, y como los diamantes
agujereaban la arena.
Su cuerpo no tuvo mas remedio que
rodar por el plano inclinado, hacia
la grieta que se acababa de formar,
por la cual, la inmensidad de agua
caía hacia los confines del techo,
con un movimiento simultáneo a la
huida del cielo.
Esto erizó el vello de Lucy, que
sin tener mucho tiempo para
reaccionar, se agarró al primer
diamante que pudo para atravesar
verticalmente lo que antes era el
simple concepto de playa. Lo
atravesaba bastante rápido, pero
aún así, no tuvo más remedio que
respirar arena para seguir
existiendo.
Se soltó del diamante y se mantuvo
dentro de la enorme masa de arena.
Apreció que su cerebro generó
memoria, con la que pudo recordar
lo que estaba pasando. No
comprendía nada, y la retorcida
mental ante lo incomprensible, no
le ayudaba. Cuanto más le ahogaba
en el pensamiento su mente, menos
entendía el sinsentido de lo que
era. Sólo quedaba la angustia por
ese camino.
Después de varias muertes de
atormento, se asomó al orificio que
había producido el diamante y
procesó en su cerebro la manera de
desplazarse por él. Para avanzar
hacia abajo, tenía que hacer fuerza
con las extremidades si quería
hacerlo lentamente y no caer al
vacío. Comenzó su camino y las
manos sudorosas dificultaban su
tarea. Hacía un esfuerzo terrible
para poder continuar, pero los pies
cada vez le fallaban más, no
aguantaría mucho más, y así fue,
justo como lo pienso y lo digo;
cayó por el orificio hasta salir
de la masa de arena y divisar a lo
lejos un embudo de plastilina.
Cerró los ojos para no ver su
caída, pero justo instantes
después, se golpeó contra algo que
parecía ser un cristal. Su primera
reacción, fue palpar su cuerpo y
comprobar que todo estaba en
perfecto estado. Cuando lo
verificó, abrió los ojos y se
levantó para ver que el lugar donde
estaba sólo tenía la iluminación
procedente de los orificios de la
masa de arena que se encontraba muy
por encima, caminaba por algo que
parecía un cristal, al horizonte,
sólo había oscuridad en todas las
direcciones, y debajo, a más de
nosecuantos sistemas de mediciones
reales, se encontraba lo que
parecía ser un embudo de plastilina
blanda y fluorescente.
Lucy le ordenó a su mente que
dejase de pensar, y simplemente,
comenzó a caminar por aquel
impoluto cristal. Sus pies sentían
el frío de este y sus ojos
observaban que la masa de arena y
el inmenso embudo de plastilina
avanzaban paralelamente a su
trayecto. Llegó a la conclusión de
que sus ojos le engañaban y mantuvo
la mente en blanco caminando
durante bastantes instantes, hasta
que llegó a un punto en el cual
podía presenciar como un rayo
proveniente de un orificio de la
masa de arena, alumbraba a un viejo
escribiendo en una pizarra, sin
ningún sentido lógico.
.-“Con esta conjetura entenderás
las dimensiones y el movimiento del
universo, ya que a raíz de este
parám…”-eso decía el viejo justo
antes de que Lucy dejara de
escucharle y percibir su presencia
(le provocaba cierta repulsión…).
Continuó su camino hacia
nowhereland.
Después de casi un infinito tiempo
de recorrido y no llegar a ninguna
parte, sólo al mismo punto del que
partió, decidió aceptar su
situación. Comenzó a captar y a
reflexionar sobre la información
que percibían sus sentidos, y tras
un profundo razonamiento,
comprendió que la única forma de
volver al cielo era bajar hasta los
límites de lo existente.
Para continuar bajando, tendría que
romper el cristal que le impedía
contactar con el embudo de
plastilina. Lo consiguió
pellizcándolo con fuerza y se formó
una grieta por la que instantes
después caería.
Abrió los ojos, y la luz ya no era
suficiente para iluminar los
colores que le rodeaban, la materia
se mostraba tal y como era
realmente.
Una voz volvía a taladrarle el
oído; aunque no lo veía, el viejo
de antes estaba cerca y continuaba
hablando.
.-“Ya sé que sabes cómo volver allí
arriba y sólo quiero desearte
suerte en tu descenso”- seguro que
no dijo nada parecido, él seguía
escribiendo fórmulas de pulcrísimo
excremento y hablando sobre ellas,
pero bueno, prefería oír eso.
Lucy bajó por el embudo llenándose
de plastilina, y al llegar al
centro, saltó al vacío.

X

PRISCILA
¿Siguen despiertos?

Silencio.

PRISCILA
Bueno, yo voy a ver si hay
novedades sobre nuestro viaje.

Priscila se marcha. César se medio reincorpora.

CÉSAR
¡No te vayas!

TATO
(despierta abruptamente)
¿Se ha ido?

CÉSAR
Se ha ido.

TATO
¿Había una chica preciosa
contándonos un cuento y luego se ha
ido?

CÉSAR
Mira… Déjame en paz.

TATO
No va a haber quien se lo crea.

César vuelve a acurrucarse.

TATO
He estado soñando…

CÉSAR
¿Ah, sí?

TATO
Me refiero ahora, mientras nos
contaba el cuento, he soñado.

CÉSAR
Y ahora tengo que escuchar tu
sueño…

TATO
Soñaba que… Volaba… Hacia
arriba. Podía ver el pueblo desde
lejos, pero si volvía la vista
abajo caía hacia él… Así que
volvía hacia arriba y al
horizonte…

Regresa Priscila.

PRISCILA
No se sabe nada aún.

CÉSAR
¡La vida es una falsa alarma!

PRISCILA
Dentro hace un calorcito… Y se
está tan a gusto… ¿Por qué no
vienen conmigo allí a esperar?

César se levanta y se dirige a por ella. Frente a frente.

PRISCILA
¿Y ahora qué?

CÉSAR
¡Bésame!

Priscila abofetea a César y lo empuja para que retroceda.

TATO
¡Podía volar!

César vuelve a por ella. Frente a frente.

TATO
Podía ir donde quisiera… Era
libre…

CÉSAR
(sin perder la frente de
Priscila)
Pero si mirabas hacia abajo te
caías, ¿verdad?

Priscila avanza terreno empujando a César (frente a frente).

TATO
Pero yo no sabía adónde ir…

Priscila y César destensan levemente la confrontación.

TATO
Yo sólo quería seguir volando…

Priscila y César se separan. César va a por el vino y tabaco
y Priscila a por Tato.

PRISCILA
¿No se quiere venir conmigo dentro?
Aquí no se está muy bien.

TATO
¡NO!

Tato intenta levantarse.

PRISCILA
No se levante por favor, voy a
contarle el otro cuento.

Tato se detiene.

PRISCILA
Pero si se queda sentadito conmigo,
¿vale?

TATO
¡SÍ!

PRISCILA
Bueno, allá voy:
El relato sin páginas
Por la garganta de Sebastián
atravesó -junto a una abundante
cantidad de agua- la que debería
haber sido la última pastilla de
aquella noche.
La cocina estaba pulcra y fría. La
radio emitía música clásica y había
un potaje conservado en una
cacerola para el día siguiente.
Sebastián decidió encender un
cigarrillo y apurar los restos de
cerveza habitantes en un bote de
vidrio seco y sin alcohol.
Recibió una llamada.
-¿Quién es? -contestó Sebastián.
-La Muerte.
-Pues dile que hoy no queremos.
Rieron ambos a través de la línea
telefónica.
-¿Qué ocurre? -preguntó él, algo
atemorizado.
-Tienes que venir a verme.
-¿Segura?
-¿Seguro?
Con el teléfono pegado al oído,
abrió otro botellín -esta vez más
fresquito-, y empezó a liarse con
habilidad otro cigarrillo.
-Me pillas bastante ocupado, es
tarde y tengo muchas cosas que
hacer mañana… pero… ¿dónde
quieres que nos veamos?
-Taberna del Abuelo, por San
Idelfonso. ¿Sabes llegar?
-Sí.
-¿Qué te queda?
-Dame 15 minutos.
-Aquí te espero.
Colgaron el teléfono. Sebastián
bebió el vidrio y fumó el tabaco
frenéticamente, se medio vistió lo
más rápido que pudo, cogió las
llaves de su casa, apagó las luces
y se largó.
Llegó al lugar
y entró.
Todo estaba bastante apagadillo: la
barra sucia, las mesas sin
recoger… apestaba a comida
descompuesta, había moscas, muchas
moscas…
Una luz ténue iluminaba la mesa en
la que estaba sentada la única
persona de aquel mugriento bar: un
tipo bastante siniestro.
-¿Te sientas? -le preguntó.
En la mesa había un tablero de
ajedrez preparado, limpio y
ordenado.
-Ya es demasiado tarde para no
hacerlo, ¿me equivoco? -observó
Sebastián.
-No lo sé.
Sebastián, solemnemente, tomó
asiento frente a él.
-Blancas mueven -dijo el tipo
siniestro.
-Yo no sé jugar.
-¿Entonces?
-Deberíamos postponer la partida.

César vuelve a otear el horizonte.

TATO
¡Vaya mierda!

PRISCILA
¿No le ha gustado?

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia…”.

TATO
Me gustan más otras cosas.

PRISCILA
¿Cómo cuales?

TATO
Como tú.

PRISCILA
Yo no soy una cosa…

TATO
¿Y qué eres?

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia…”.

PRISCILA
¿Qué le gustaría que fuese?

TATO
Va a ser mejor que te vayas…

PRISCILA
¿Qué le gustaría que fuese?

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia…”.

PRISCILA
¿Qué le gustaría que fuese?

TATO
¡Eres asquerosa! ¡Eres una guarra!
¡UNA PUTA!

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia…”.

PRISCILA
Entonces… ¿Me voy?

CÉSAR
No, por favor. ¡Estás buenísima!

PRISCILA
Lo lamento, caballeros. De verdad.
Pero aquí hace frío y dentro voy a
estar mejor.

CÉSAR
Sólo te pido una cosa: cuando te
des la vuelta y te vayas, camina
despacito.

PRISCILA
Les deseo lo mejor…

TATO
No te vayas. Por favor, no te
vayas. Eres un ángel… No nos
abandones.

PRISCILA
(entre risas)
Bueno, de momento voy a enseñarle a
su hermano a cantar.

Se acomoda, suelta el cuerpo y se descalza.

PRISCILA
(cantando y bailando)
Era una noche de verano,
hacía frío
y fuera llovía.
Soñaba cosas malas todo el rato
veía un río
pero no lo quería…
¡Así que voy a cantar esta canción!
Ahora que todo irá mejor:
las luces brillan,
los mares suenan,
el fuego quema
y el polvo pica…
qué más puede uno pedirle a Dios.

XI

Los hermanos aplauden y vitorean como pueden. Priscila se
calza y recompone.
Impacta un trueno.

CÉSAR
No ha estado mal… Acepto compañía
como animal de pulpo…

TATO
Los pasajeros se están montando de
nuevo en el autobús.

CÉSAR
Está bien. Querías mi billete, pues
aquí te lo mostraré.

Extrae una carta de su abrigo.

CÉSAR
Voy a leerlo: ¡litextualmente!
“Querido César,
como hermano mayor, creo que debes
ser tú el que reciba este mensaje a
través de las pocas facultades que
me quedan a mi edad. Estoy
agradecido por todo lo que habéis
hecho por mí, por lo que habéis
podido y querido y por lo que no, y
ahora sabes muy bien a lo que me
refiero.
Quiero que Tato vaya un tiempo a tu
casa con tu familia y se cuiden
entre ellos. Mientras tanto tú, no
dejes abandonado nuestro hogar, el
de una familia que ha pasado la
vida entera en él. Y ya sabes,
empieza por cuidarte a ti mismo.
Manda ánimos a todos
Un abrazo.
Tu padre.”

Silencio.

PRISCILA
Los pasajeros ya se están montando,
yo me tengo que ir. Ha sido un
verdadero placer conocerles.

Priscila se marcha.

TATO
Todavía no he cantado contigo…

CÉSAR
Ya cantaremos. Es hora de que cojas
ese autobús.

César ayuda a su hermano a levantarse y lo va acompañando
hasta el final del trayecto.

TATO
¿Me das la carta?

CÉSAR
No.

TATO
Es para enseñársela a tu familia
cuando llegue… Con la cadera
rota.

Ambos ríen.

CÉSAR
Diles que les quiero. Pero hazlo
por ti, ellos ya lo saben.

TATO
Adiós, hermano.

Tato sale.

XII

César escucha el rugir del motor del autobús que se marcha y
vuelve a otear el horizonte.

CÉSAR
No hay escapatoria. El siguiente de
la cadena.

Convierte la carta ya empapada en un cigarrillo y la
enciende con un encendedor que no funciona y fuma.

CÉSAR
(cantando)
“Soy la lluvia… Yo soy la
lluvia… Soy la lluvia… Yo soy
la lluvia… Soy la lluvia… Yo
soy la lluvia…”.

Impacta un rayo sobre César.
OSCURO
FIN

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    19 diciembre, 2015

    Me encanta tu forma de escribir y sobre todo esta nueva modalidad, el teatro corto o el absurdo cómico, fascinante texto, un saludo y mi voto!!

    • Imagen de perfil de Sinpolla

      Sinpolla

      20 diciembre, 2015

      Muchas gracias, por tu tiempo y tus palabras. Un saludo Luis.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    20 diciembre, 2015

    Muy buen diálogo. Un abrazo Iván y mi voto desde Andalucía

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