2. El encuentro
Exactamente un mes antes de aquello Lola se despertó con inquietud sobre su cama. Había tenido un sueño muy extraño, un sueño que venía repitiéndose en los últimos meses noche tras noche, un sueño en el que ella aparecía disfrutando de las maravillas que el majestuoso bosque le ofrecía hasta que su abuelo, un hechicero anciano, le llamaba desde casa para darle el regalo de su cumpleaños, que no era otra cosa que un objeto en forma de cubo muy curioso, con sus seis caras de color negro y un peculiar dibujo en cada una de ellas. Y entonces despertaba. Siempre igual. Nunca podía averiguar para qué servía ese cubo, que cabía en la palma de su mano, ni por qué su abuelo (que no se parecía en nada al abuelo que tenía en la realidad) se lo entregaba. Lo único que ella sabía al respecto es que más tarde, durante la primera media hora de estar despierta, no hacía más que darle vueltas al asunto. Un asunto que no podía trascender más allá de su imaginación, por supuesto.
Ese día era sábado, así que se permitió remolonear un poco en la cama cuando vio que el despertador marcaba las nueve y cuarenta y tres minutos. Se dijo que a las diez haría un esfuerzo por levantarse, pero mientras tanto tenía que poder saborear el placer de que hoy no tendría que ir a clase. Además, ¿qué día era hoy? Su todavía espesa mente tardó un poco en reaccionar, pero al fin recordó que era catorce de noviembre. Sí, hoy cumplía quince años. No era una mala edad, década y media, cinco años lejos de los diez y cinco cerca de los veinte. Lo primero que se preguntó es cuánta gente se acordaría de felicitarla esta vez. Aparte de su familia, claro. En cuanto se levantara iría a echar un vistazo a las redes sociales. Luego le dio permiso a sus labios para que formaran una leve sonrisa: no siempre una podía decir que su cumpleaños coincidiera en fin de semana. Porque cuando ese día tocaba ir al colegio no era lo mismo, por supuesto.
De pronto alguien aporreó la puerta débilmente, y al instante siguiente escuchó la voz de su madre.
-¡Levanta, que se está haciendo tarde!-Lola calló con la intención de fingir que estaba dormida, pero no sirvió de nada-. ¿Lola? ¿Estás despierta?
-Ya voy, mamá…
Inmediatamente, pasos alejándose. ¿Por qué tenía que llamarla? Era sábado, ¿cómo podía hacerse tarde? ¿Tarde para qué? Frustrada, echó un vistazo al reloj. Aún faltaban cuatro minutos para las diez. Qué rabia. Sin embargo, después de resoplar salió de la cama, subió la persiana y salió de su cuarto.
Antes de ir a saludar a su madre pasó por el cuarto de baño para lavarse la cara. Estaba soñolienta y el agua la ayudó a despejarse. No obstante, al mirarse al espejo, pensó: “vaya pelos”. Y es que últimamente había decidido tintarse el pelo de rojo, algo que normalmente alguien de su edad no se atrevería hacer, y ahora su cabello era una marea carmesí tumultuosa, por lo que no se calentó mucho la cabeza y se hizo una coleta; pasaba de peinarse. Total, hoy no tenía que ir a ningún sitio ni tampoco esperaba visitas.
A continuación fue a la cocina, donde su madre tenía en marcha el televisor mientras fregaba algunos vasos y platos, y al percatarse de su llegada se secó rápidamente las manos y fue a darle un beso.
-¡Feliz cumpleaños, hija!
-Gracias, mamá.
De pronto su madre parecía nerviosa. Salió de la cocina a toda prisa y no volvió hasta dentro de unos minutos. Mientras tanto Lola cogió un bol, lo llenó de leche y cereales y se sentó a la mesa. Al cabo de tres cucharadas reapareció su madre con lo que intuyó debía ser su regalo de cumpleaños.
-Qué despistada soy. Lo había escondido para que no lo vieras y por poco no lo encuentro-explicó, y al cabo soltó una risita-. Ten.
Era una cajita de colores de cartón rodeada por un lazo. Por un momento pensó que podía ser un anillo, y eso la disgustó porque ella no solía usar esas cosas. Sin embargo era una chica educada, daría las gracias igualmente, faltaría más. Pero cuando deshizo el nudo del fino lazo que rodeaba la caja y la abrió casi estuvo a punto de soltar un grito. Afortunadamente se contuvo.
Lo que tenía entre sus manos era un cubo misterioso, con las caras de color negro y extraños dibujos de color dorado. Era igual que el cubo del sueño. ¿Qué estaba pasando?
Sintió que temblaba de pies a cabeza y respiró hondo para relajarse; aún así no era tarea fácil. Parte de su sueño se había hecho realidad.
Su madre advirtió el nerviosismo de su hija.
-¿Qué te pasa? ¿No te gusta?
-¿Dónde…? ¿Dónde has comprado esto?-preguntó Lola con la voz ligeramente quebrada. A cada palabra tenía que contener su emoción.
-Pues… No sé, por ahí. No pienses que te voy a decir dónde lo he comprado, esas cosas no se dicen.
-Mamá, por favor. Necesito que me lo digas, es importante.
Su madre suspiró con resignación.
-En una tienda que hay en el centro, y es todo cuanto pienso decir.
-Vaya, ya sé dónde está eso-respondió Lola con sarcasmo. Pero no era eso lo que su madre esperaba.
-Entonces, ¿no te gusta? Me dijeron que era un objeto especial…-parecía algo triste.
-Sí, me gusta mucho, mamá. Muchas gracias-y le dio un beso en la mejilla.
-Me alegro, cariño.
Pero Lola no pudo terminar su desayuno; se fue corriendo a su cuarto y se encerró de un portazo, dejando a su madre desconcertada y sin tiempo para pedir explicaciones. Se acostó en la cama y empezó a darle vueltas al cubo, examinando cada milímetro de cada arista y de cada dibujo. No podía creérselo todavía, eso era algo que solo pasaba en las historias de fantasía que ella leía. Porque a ella le gustaba mucho leer, desde luego, y ahora le daba la sensación de que ella era uno de esos personajes que tanto la habían fascinado en los libros.
Solo que ella no opinaba que fuera fascinante, sino más bien una chica de lo más normal que vivía en un barrio residencial de las afueras de Madrid, más concretamente en Mirasierra, en una de esas grandes casas para gente con dinero. Aunque a ella no le gustaba hablar del tema, de hecho lo odiaba bastante. Hacía poco que sus padres se habían separado, y mientras que su hermana y su hermano mayor habían escogido a su padre, ella había preferido quedarse con su madre con la intención de no dejarla sola. Y es que aunque en más de una ocasión uno podía haberla escuchado diciendo que era una mala persona en realidad era una buena chica en la que se podía confiar, una gran amiga y una excelente hija. Pero había algo que la hacía diferente a los demás. A Lola le encantaba dibujar, le gustaba plasmar sus ideas ya fuera en lienzo o en simple papel, con lápiz o con pintura, y la verdad es que lo hacía tremendamente bien, tanto que si uno se quedaba mirando sus dibujos acababa teniendo la sensación que de un momento a otro iban a cobrar vida y saltar al mundo real. Dibujaba tremendamente bien para ser tan joven. No obstante había mucha gente a la que le gustaba dibujar, así que esto no era lo que la hacía estrictamente especial. Había un rasgo físico, algo diferente al resto de los mortales: sus ojos.
Lola tenía unos ojos preciosos, aunque ella se empeñara en negarlo constantemente. Eran marrones, un color que pudiera parecer común, y lo era. Pero ocurría que sus grandes ojos (porque eran muy grandes) cambiaban de color. No siempre eran marrones. Y tal vez algún avispado lector pudiera dejarse llevar por lo que sin duda sería una insalvable marea de conocimientos científicos albergados en su cerebro y de esta manera alegara que aquello no tenía nada de especial, que simplemente en ocasiones, dependiendo de cómo incida la luz en los iris, se podían ver más claros o más oscuros, incluso si alguien los tenía marrones podía llegar a suceder que de pronto pareciera tenerlos verdes. Pues no, amigo, no se acelere tanto en sus suposiciones; no tardará en comprobar que está usted en un grave error. Porque nada en Lola era simple, desde luego, y sus ojos no iban a ser menos. Había días que sus ojos llegaban a ser azules, tan claros que uno podría pensar que estaba observando el cielo contenido en dos pequeños círculos. También podía ser que uno viera reflejados en ellos el color verde intenso de los bosques de coníferas, ese verde oscuro que no solía darse en ningún ser humano. O, inclusive, amarillo claro, como dos tímidos soles que no se atrevían a mostrar todo su color. Por supuesto también estaban todas las variantes de marrón, de azul y de verde, y todo dependía única y exclusivamente de una cosa: del estado emocional que la joven estuviese experimentando en ese momento. Ahora su éxtasis era casi extraordinario, así que sus iris tenían un verde manzana. Y cuando estaba relajada adquirían una tonalidad igual de relajante que el azul del cielo cuando está despejado y hace poco que ha amanecido. Sin embargo, cuando se enfadaba, sus ojos refulgían con el tono dorado de la ira. El color marrón, no obstante, lo lucían la mayor parte del tiempo, mientras dormía, mientras daba un paseo sin sentir nada especial, cuando iba al colegio… El aburrimiento provocaba un marrón claro, mientras que la alegría ocasionaba un tono mucho más intenso, un marrón casi negro, vibrante, con multitud de motitas color miel, como gotitas que un despistado pintor hubiese dejado caer en un cuadro por accidente. Pero era un accidente tan bello… Tan bello que tan pronto podías asustarte si no conocías a Lola debido a la interminable gama de colores que sus ojos podían adquirir, como también podías quedarte prendado de su mirada que despedía tanta luz como dos bombillas de quinientos vatios. A ella personalmente no le gustaba mucho este rasgo suyo, porque había espantado a más de uno y de una. Sin embargo su madre pensaba que era maravilloso porque así no se cansaría nunca de un color, era como tener lentillas gratis todo el tiempo, y también había algún que otro amigo que opinaba que esto la hacía aún más especial de lo que ya era.
Estuvo un rato dando vueltas al cubo, tal vez media hora, puede que más, cuando terminó no lo supo con seguridad porque no había estado pendiente de la hora en que había entrado a su cuarto. Cuando se cansó lo dejó sobre la mesita de noche, pensando que ya le prestaría más atención en otro momento y encendió el portátil que tenía sobre el escritorio. Mientras el aparato arrancaba echó un vistazo por la ventana, y se fijó por primera vez esa mañana en que hacía sol, un sol espléndido que ya casi no tenía poder porque el otoño estaba ya muy avanzado y el frío empezaba a ser intenso.
Al fin pudo revisar el número de felicitaciones recibidas en Tuenti. No estaba mal, cuarenta. El número descendió a veintisiete en Facebook, donde el número de contactos era menor, y a tan solo dieciocho en Twitter. Pero eran solo las diez y veintisiete de la mañana, aún quedaba todo el día para seguir recibiendo comentarios y mensajes privados.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad. A eso de las once la llamó su padre para felicitarla, y lo mismo hicieron sus hermanos. A la hora de la comida su madre le recriminó que durante el desayuno saliera tan rápido, porque no había tenido tiempo para darle los otros regalos, que eran un móvil nuevo (el anterior se le había estropeado hacía tres meses, más o menos) y ropa. Siempre ropa. Hacerse mayor era un coñazo. Aunque la ropa estaba bien, su madre había tenido la fortuna de acertar esta vez, a diferencia de en otras ocasiones. En el postre hubo una tarta. Lola sopló las velas sin demasiado entusiasmo. Pensaba que era un poco triste celebrar el un cumpleaños dos personas solas. Sin embargo de pronto recordó que por la tarde había quedado con sus amigas y su novio para dar un paseo, tomar algo, y a la noche ir de fiesta. Tenían pensado ir a esa nueva discoteca que habían abierto, aunque no sabía muy bien dónde, solo le habían dicho que irían ese día y que lo pasarían bien.
Habían quedado a las seis, pero tendría que salir bastante antes para coger el metro, así que a las cuatro empezó a preparase.
Cuando ya había terminado de vestirse escuchó que alguien tocó el timbre. Estaba en el cuarto de baño, peinándose. Ahora sus ojos eran de un marrón oscuro. Estaba contenta, desde luego, como para no estarlo. Pero de un momento a otro sus emociones iban a sufrir un cambio drástico.
Un golpe seco pero fuerte y proveniente del recibidor la sobresaltó tanto que a punto estuvo de caérsele el cepillo al suelo. Asomó la cabeza por la puerta y gritó:
-¡Mamá! ¿¡Qué has hecho!?-desde luego esa mujer cada vez estaba más torpe, seguro que había intentado coger algo pesado y lo había tirado, pero el orgullo le había impedido pedirle ayuda a su hija. Su madre no respondió-. ¿¡Mamá!?
Siguió sin responder. A lo mejor se había caído o se había hecho daño. Dejó el cepillo sobre el lavabo y salió a comprobarlo. El ruido había venido del recibidor. Y había tenido que ser un golpe grande porque la entrada de la casa estaba lejos del cuarto de baño.
Al llegar se encontró con una imagen que no esperaba. Su madre estaba tendida en el suelo, boca arriba. No tenía sangre, y la puerta de la calle estaba abierta. La cerró y se arrodilló junto a su madre.
-Mamá, ¿estás bien?
No respondía. ¿Qué podía hacer? Llamaría a una ambulancia, sí. No tenía ni idea de primeros auxilios, pero si su madre había perdido el conocimiento a causa de un golpe lo mejor era llamar a urgencias. Seguramente no pasaría nada, pero, ¿y si le costaba despertar?
Entonces una chispa recorrió su mente. Se percató de algo que con el impacto de ver a su madre tendida no se había parado a pensarlo. Habían llamado al timbre. Su madre había ido a abrir la puerta, y a continuación Lola había escuchado el golpe. ¿No sería que…?
La idea de que alguien había podido entrar en casa la asustó terriblemente. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Pensó en ir corriendo a llamar a la policía, así que se levantó y fue al salón a toda prisa.
Pero por el camino unos brazos la rodearon con mucha fuerza. Quiso gritar, pero tenía la boca taponada y los sonidos que emitió salieron demasiado ahogados. También la habían agarrado por la cintura. Se le ocurrió la idea de propinar una patada a la entrepierna de ese individuo, fuera quien fuese, pero no podía moverse bien y no le fue posible. No obstante se revolvía sin parar. Quería liberarse, escapar de esos brazos que la atenazaban en contra de su voluntad, pero era imposible. Finalmente se sintió cansada del esfuerzo, y escuchó la voz de aquel hombre susurrándole al oído muy despacio.
-No voy a hacerte daño. Tu madre solo está inconsciente, despertará dentro de una hora, aproximadamente. He inutilizado todos los teléfonos de la casa, así que no podrás llamar a la policía. Si prometes que no gritarás ni tratarás de huir te soltaré. ¿Y bien? ¿Vas a ser buena?
Lola asintió frenéticamente, y al instante el extraño la liberó. Poco a poco se giró para verle la cara. Aunque quizá eso fuese su sentencia de muerte, pero si tenía que morir al menos que fuera sabiendo cómo era el asesino.
Le sorprendió lo que vio. Era un chico joven, de unos veinte años, quizá algo mayor. Debía medir un metro ochenta y tenía una complexión normal, ni gordo ni delgado, aunque era evidente que tenía cierta fuerza porque la había podido inmovilizar con éxito. Tenía los ojos castaños, el pelo oscuro algo revuelto por el viento y una barba de tres días, algo que a Lola no pudo dejar de parecerle atractivo. Se horrorizó por este pensamiento, porque al fin y al cabo aquel extraño había golpeado a su madre y se había colado en su casa. De momento ya iban dos delitos, agresión y allanamiento de morada, y esperaba que la cosa no fuera a más.
-¿Quién eres?-preguntó Lola con un hilo de voz. Estaba asustada, ¿cómo no estarlo?
-Necesito quedarme en tu casa durante un tiempo. No puedo decirte cuánto, pero te prometo que cuando esto termine me marcharé y no volveréis a saber de mí-el tono de su voz era tranquilo. Dominaba la situación, era consciente de lo que hacía, y desde luego había escogido esa casa sabiendo que solo encontraría a una mujer y su hija de quince años-. Harás vida normal. Saldrás cuando sea necesario, irás al colegio, quedarás con tus amigas, pero nadie podrá saber que yo estoy aquí. Si alguien se entera, sea quien sea, y no estás tú para sufrir las consecuencias, tu madre pagará el pato. ¿Lo has entendido?
Era evidente que no quería que nadie sospechara nada raro. Si Lola cambiaba de repente su rutina la gente podía sospechar algo, y aún así, ¿cómo podía él estar tan seguro de que en ningún momento iba a irse de la lengua? Tendría demasiadas horas en el colegio para hablar. A lo mejor un día regresaba del colegio acompañada por la policía. ¿Y cómo iba a ocultarlo allí? A lo mejor se estropeaba algo, tendría que venir el fontanero o el electricista y le verían. Era una auténtica locura. Sin embargo Lola respondió.
-Sí, lo he entendido.
-De acuerdo. Ahora vamos, quiero que me ayudes a llevar a tu madre a su cama. No queremos que despierte y se pregunte por qué está tumbada en el frío suelo.
-Un momento. ¿Tampoco ella va a enterarse de que estás aquí?-preguntó Lola sin poder creérselo. Era todo una locura.
-Por supuesto que no. Solo tú.
-Pero, ¿cómo voy a…?
Pero una mirada la persuadió para que no siguiese hablando.
-Hay un viejo armario en tu dormitorio. Es grande, casi parece una habitación más, pero no lo usas, preferiste tener un ropero común. Pusisteis el nuevo armario justo delante del otro, de modo que el antiguo quedó tapado. Dormiré ahí.
-Pero…
-Me traerás la comida que necesite cuando la necesite.
Ambos se quedaron callados un minuto. Cuando Lola pensó que el intruso había terminado de dar órdenes se atrevió a hablar.
-¿Puedo hacer una pregunta?
-Ya sabes todo lo que tienes que saber.
-En realidad no.
El intruso se lo pensó un segundo antes de permitirle formular la pregunta.
-¿Cómo harás para ducharte y…? Bueno, ¿para ir al baño?
-Tienes un cuarto de baño justo enfrente de tu habitación. Tranquila, tu madre no me pillará, seré discreto. Aunque no podré evitar el ruido del agua de la ducha, claro. En ese caso tendrás que quedarte en tu cuarto hasta que yo salga. En fin, ¿tienes alguna otra pregunta?
-De momento no.
Lola miró al suelo. Estaba tan nerviosa… No sabía qué hacer. Probablemente a partir de ahora se vería obligada a acatar las órdenes de ese tipejo. Ya no le hacía ninguna ilusión quedar con sus amigos para ir de fiesta, tendría que estar todo el tiempo fingiendo que todo iba bien, normal, como siempre. Y estaría constantemente preocupada porque no sabía si su madre estaría bien, por más que él dijera que no tenía intención de hacerles daño. Pensó que intentaría a toda costa volver lo más temprano posible a casa, pero como mínimo, ¿cuántas horas estaría fuera? ¿Ocho horas? ¿Nueve? Era demasiado tiempo. Si pudiera cancelarlo todo… Pero no podía, aunque a lo mejor sí que podía alegar que le había sentado mal la tarta que había comprado su madre; tras ir al baño más de una vez se le había ocurrido mirar la fecha de caducidad de la tapa, y en efecto, estaba caducada. Y se quejaría. ¿Por qué su madre era tan descuidada? ¿Tan difícil era fijarse cuando iba a hacer la compra? Por su culpa ahora le tocaba quedarse en casa el día de su cumpleaños.
De pronto el intruso pareció relajarse. El semblante de su cara se distendió un poco e incluso sonrió, a Lola le asombró comprobar que con cierta timidez. ¿Qué le pasaba? ¿De repente era consciente de que había entrado en una casa ajena y estaba extorsionando a una pobre chica para que le dejara quedarse a vivir?
-Vamos-dijo él sin dejar de sonreír.
Lola le acompañó hasta el recibidor. La madre seguía inconsciente, así que el intruso la agarró por debajo de los hombros y Lola por los pies, y entre los dos la llevaron a su dormitorio. Una vez allí la dejaron con delicadeza sobre la cama.
-Bien, ahora llévame hasta nuestro cuarto-Lola percibió algo de sorna en esa frase, como si bromeara por el hecho de que, aunque separados por las puertas de un armario, fueran a dormir en la misma habitación.
Una vez en su dormito riose quedaron parados delante del ropero. Lola lo abrió poco a poco. Aquel tipo estaba invadiendo ahora su intimidad, mirar en los armarios de los demás era de mala educación, pero el intruso era astuto hasta para eso, ya que no era él quien lo abría. Y además el pobre tenía que esconderse, no era algo que hiciera por placer. ¡Faltaría más!
Lola apartó la ropa que colgaba de las perchas y ambos se quedaron mirando el fondo. Una pared de madera cubría lo que había detrás.
-Tenemos un problema-musitó ella, sin mirar al intruso-. ¿Cómo piensas meterte, eh? Podríamos mover el armario cada vez, pero sería un coñazo.
-No te preocupes, déjame a mí. Ya había pensado en eso.
-¿Qué?
Entonces Lola creyó que soñaba. Un agujero se abrió en la pared del fondo del armario, sin hacer el más mínimo ruido, como si fuera una de esas puertas de las naves interestelares que salen en Star Trek y que se abren del centro hasta el borde. Así ocurrió. El orificio se fue ensanchando hasta que la madera desapareció totalmente. Al otro lado apareció el amplio armario, oscuro, sin nada dentro, donde tal vez podrían caber una docena de personas sin estar apretujados. A continuación, y sin ningún miramiento, el intruso utilizó sus manos para apartar del todo la ropa.
-¿Ves? Así mucho mejor.
-¿Se puede saber cómo has hecho eso?-preguntó Lola, atónita.
-Magia, supongo-utilizó un tono de broma, pero visto lo visto no resultaba descabellado pensar en algo que no fuera magia.
-Oye, ¿cómo has sabido que tenía este armario sin utilizar? ¿Me has estado espiando?-la sola idea le repugnaba, pero tenía que saberlo.
-No necesito espiar a las personas para conocerlas, Loyola.
-¡No me llames así! Prefiero que me llamen Lola, si no te importa.
-Oh, perdona. No quería herir tus sentimientos-dijo sinceramente el intruso. A Lola le extrañó que no se burlara de ella. Parecía alguien de quien uno no sabía qué esperar. Había entrado con violencia en casa, sin embargo… No quería que nadie le viera, aparte de Lola, tal vez por eso había dejado a su madre inconsciente. Y ahora parecía de verdad preocupado por haberla ofendido. O eso parecía, claro-. Te llamaré Lola.
Y sin decir nada más se metió en el armario. Lola vio su silueta quedarse en el centro, mirando de un lado a otro, dando un par de vueltas sobre sí mismo.
-¿Te gusta la suite?
-Me encanta, es perfecta-respondió el intruso sin ningún asomo de sarcasmo. Al cabo de unos segundos la miró-. ¿Serías tan amable de cerrar el armario? Así no nos molestaremos mutuamente.
-Claro…
Lola cerró la primera puerta, y cuando fue a cerrar la primera la voz del intruso la detuvo.
-¡Un segundo!
-¿Qué quieres ahora?-inquirió Lola, molesta.
-Yo sé cómo te llamas, pero tú no conoces mi nombre-Lola no dijo nada, simplemente se quedaron mirando un rato, hasta que al final él acabó diciendo-. Puedes llamarme Andy.
Y antes de que Lola tuviera tiempo de reaccionar la otra puerta del armario se cerró de golpe, haciendo que se sorprendiera.
¿Andy? Vaya nombre. No daba miedo. No era el típico nombre que debería tener un delincuente. Pero eso no significaba nada, por supuesto. De hecho a partir de entonces le cayó peor todavía, por tener un nombre tan aparentemente simpático para lo que en verdad era.
Se sentó en la cama, tratando de no mirar al armario. Pero le costaba trabajo no hacerlo. Cada vez que quisiera coger algo de ropa le vería allí, solo de pensarlo le recorría un escalofrío por todo el cuerpo. Bueno, intentaría no mirar cuando eso pasara.
Y ahora tenía que llamar por teléfono. Había deseado tener un encuentro divertido con sus amigas y en cambio se había encontrado con algo bien distinto. Aquel era uno de los peores cumpleaños de su vida. Porque, ¿a quién le gustaba tener a un extraño delincuente encerrado en el armario?





LEOX
Prosigue el interés. Ánimo.
agcholbi
Agradezco muchísimo tu interés, Leox, y espero de corazón que los próximos capítulos te lo sigan inspirando. Un saludo.
FELICIA
Buen uso de los puntos suspensivos: ”Estaba tan nerviosa…”
Hay quien confunde la comparativa indefinida con la afirmativa, al escribir, por ejemplo, ‘Estaba tan nerviosa.’ en lugar de ‘Estaba muy nerviosa’, lo correcto, una afirmación cerrada, sin . . .
Voto.
agcholbi
Muchísimas gracias, Felicia. El tema de los puntos suspensivos siempre lo he tenido en cuenta del mismo modo que las comas y los puntos, es decir, imagino las pausas que hago yo mismo cuando hablo y trato de reflejarlo de forma escrita. Me alegro mucho de que te guste. Un saludo
Mabel
Una historia muy interesante. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
agcholbi
Muchas gracias, Mabel. Advierto que la historia irá adquiriendo cierto cariz dantesco y explícito, pero espero que sigas leyendo. Me alegro de que por ahora te esté ustando