Laocoonte y sus hijos

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Pequeño fragmento, inspirado en la leyenda del sacerdote troyano Laocoonte y sus hijos, aparecida en la obra de Virgilio “La Eneida”

 

Acuciaba la mañana en la funesta Troya cuando el servidor de Apolo, acompañado de su estirpe, se dirigía apremiante hacia el templo de Poseidón. El sacerdote se paró unos instantes, con ojos penetrantes y cara compungida sobre la gran puerta, ahora cerrada, que impedía el paso a través de la muralla.

El hombre aceleró el paso hacia su destino, rememorando en su cabeza lo acontecido anoche, cuando, gracias a los dioses, sumido ya en el mundo de Morfeo, había podido contemplar lo que se avecinaba, y su espanto fue tal, que cuando se irguió en su camastro, alerta, como si de un pequeño ratón perseguido por una serpiente se tratara, advirtió que sus ropas bien podrían haberse escurrido.

En aquél mundo, pudo verlo, claramente, cómo aquél aqueo, que respondía al nombre de Ulises llegaba veloz a través de las murallas a lomos de un caballo castaño, blandiendo en su mano diestra una espada que despedía un fulgor amarillento, doradas, magnificas, propias de la misma diosa Atenea y con las que tras alzar el vuelo con su corcel como si del mismisimo Pegaso se tratara, convirtió la ciudad en polvo, llamas, y muerte.

Le pareció que había tardado una eternidad, más de lo que se podía permitir, cuando puso el primer pie en el interior del templo, al tiempo que una lejana voz en su cabeza le alertaba…

“No entres”

“Corre”

“No mires atrás… ¡¡Corre!!”

Pero era una voz muy lejana, una voz desprovista de mando o del tono imperioso de los Dioses.

El troyano, apremió a su prole para que prepararan los elementos necesarios para la oración, afuera, ya esperaba un fuerte toro dispuesto a ser sacrificado al Dios, y mientras los jóvenes mellizos hacían los preparativos, contempló con orgullo a estos, Atifante, tan fuerte y tan seguro siempre de si mismo, y Timbreo, sabio y precoz para su edad, y pidió en silencio un futuro esperanzador para ellos.

Pero fue más tarde, iniciada ya la oración de suplica ante el inminente engaño aqueo, cuando comprendió su error, cuando mirando la estatua del dios Poseidón, ésta se quebró y por su espina dorsal recorrió un profundo y doloroso escalofrío. Ahora reparó en las voces escuchadas a la entrada del templo, ahora comprendió al completo su destino, ahora pudo, con gran dolor, comprender que había llegado demasiado lejos, que se había interpuesto en el plan de los dioses, que a ojos de los que él había servido fielmente toda su vida, era un traidor al que debían eliminar.

El sacerdote se giró con ánimo de iniciar la huida, pero ya era demasiado tarde, vio con espanto como dos enormes sierpes atenazaban los cuerpos de sus hijos, como de sus bocas entre abiertas brotaban chillidos de dolor mezclados con esputos sanguinolentos que habrían helado la sangre al propio Hércules, cómo sus inocentes ojos le miraban, paralizados, clamando ayuda, suplicando perdón, preguntándose “¿por qué?” .

Él, que había sido hombre de los dioses, se abrazaba ahora futilmente ante las creaciones de estos, gritando e intentando ver a través del llanto, viendo el cuerpo agonizante de Atifante que solo alcanzaba a decir en un quejido, “Padre”, contemplando con espanto cómo una de las sierpes desprendía del cuerpo del joven Timbreo una de sus extremidades inferiores mientras sus ojos ya no tenían brillo, ya no hablaban, su boca ya no emitía sonido alguno.

Arrodillado y sin fuerzas, con un último gemido de dolor se preguntó en qué había fallado, cuan crueles podían ser los hados sellando ese final para sus inocentes hijos, cuan dolorosa era la herida en el corazón, en el alma, cuando todo lo que había creído, cuando todo por lo que había vivido no era mas que un juego de las divinidades, a las que no les importaba la vida de dos chicos inocentes.

Su mirada, perdida y vacía en el horizonte, su brazo siniestro sosteniendo el cuerpo ya sin vida de Atifante, su mano diestra, entrelazada en el cabello del desmembrado cuerpo de Timbreo.

No hizo ademán de resistencia cuando las sierpes lo atraparon a él.

No emitió quejido alguno cuando los colmillos de estas atravesaron su carne.

No les dio ese ultimo placer… a sus fallidos dioses.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de FELICIA

    FELICIA

    25 diciembre, 2015

    Si revisas el final, verás que la concordancia correcta del pronombre personal es LES como dativo de atribución, con el complemento indirecto, SUS FALLIDOS DIOSES. En definitiva, LES en lugar de LE.

    Y así siempre, aunque poca gente lo use correctamente. Se puede consultar la RAE, la FUNDEU, etc.

    Por lo demás, muy bien la difusión de los clásicos.

    Voto

    • Imagen de perfil de Alberto M.G

      Alberto M.G

      25 diciembre, 2015

      Muchas gracias Felicia, es bueno saber estos detalles que se pasan por alto, me alegro de que te haya gustado este pequeño fragmento, gracias por el comentario.

      Un saludo.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    25 diciembre, 2015

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

    • Imagen de perfil de Alberto M.G

      Alberto M.G

      25 diciembre, 2015

      Me alegra mucho que te haya gustado Mabel, gracias por el comentario y la bienvenida.

      Un saludo a ti y a toda Andalucía.

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