Las dos aguas. Cuento de un boticario margariteño

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Ah calor pa´ bravo y a sol pa´ picoso el calor y el sol de Juangriego a las doce del día. Apenas una ligera brisa que viene desde la playa recorre las desiertas calles. Todo el mundo esta en sus casas esperando la hora de meter los pies debajo de la mesa, es hora de almuerzo. En la farmacia el doctor medio amodorrado y sentado en el patio todavía no se ha recuperado de las dos botellas de whisky que se tomó con su amigo Ulises en el Chez David la noche anterior mientras hablaban de poesía y de comunismo, de comunismo y de poesía. -Juan, anda vete a almorzar -grita antes de apagar el décimo cigarrillo del día. Se levanta y con paso cansino se dispone a seguir cabeceando detrás del mostrador en espera del improbable cliente de esa hora. Juan, que esta parado en la puerta, no espera que se repita la orden porque ve que cruzando por la esquina de la calle La Marina se asoma Anita con una botella en la mano y se dirige a la farmacia. -A vender, a vender -oye entre sueños el doctor y mas que consiente, por costumbre dice: -Ya voy. -Doctor me va a vender en esta botella dos bolívares del agua de Jose Gregorio Hernandez -pide Anita. -Son para la señora Lourdes que las necesita para un trabajo. El Doctor maldice por lo bajo, la venta de esas aguas son del dominio exclusivo de Juan el viejo auxiliar heredado cuando compró la farmacia, junto con el poco de potes y frascos de la viejísima recetura que el estaba empezando a modernizar. Estuvo tentado a decirle a Anita que volviera mas tarde, pero el olor a sudor y a orines secos de exhalaba la ropa medioluto de la enjuta viejita lo impulso a despachar lo mas rápido posible el pedido. Tomando el primer garrafón que encontró en aquella desordenada recetura llenó hasta la mitad la botella con un liquido amarillo con olor a lirio, la etiquetó con la etiqueta blanca que no decía el nombre de la farmacia, cobró y volvió de nuevo a su puesto detrás del mostrador. Apenas dos cabeceadas después los gritos en la puerta de la farmacia lo pusieron en alerta, levantó la cabeza y vio a Lourdes, la bruja del pueblo, la lengua mas venenosa del Portachuelo pa´bajo, la que se sabia los mil conjuros, la que tumbaba pipes y curaba culebrillas, la que leía las cartas y los caracoles, la novia del viejo sacristán, la conocedora de todos los chismes de Juangriego. Tenia la cara colorada de sol y de rabia y gritaba: -Me robaron, me robaron, en esta farmacia me robaron. Cuando Lourdes vió al doctor apenas bajo en un octavo de decibel sus gritos y en una revolución la velocidad de sus palabras y señalándolo con un dedo largo que finalizaba en una uña mugrienta y amarilla de tanto tabaco fumado y tierra de cementerio jorungada le formuló una pregunta que no ameritaba respuesta -¿Como es posible que me hallan engañado?. -Todo el mundo sabe que el agua de Jose Gregorio Hernandez es azul y aquí me vendieron un agua amarilla que huele a flor de muerto. Iluminado por la resaca, por San Juan Leonardi patrono de los farmacéuticos y con una pequeña ayuda de la Virgen del Valle el doctor le respondió: -Disculpe señora Lourdes, ese fue el pendejo de Juan que por andar apurado se equivocó y le dió el agua de las siete virgenes, ya se la cambio por el agua de Jose Gregorio. -Si es así déjeme esta que la voy a necesitar y ya mando a Anita con otra botella para que me venda el agua de Jose Gregorio -respondió Lourdes ahora sonriente. Entonces Lourdes se marcho mas contenta que el carajo y el doctor encendió el cigarrillo numero once. FIN

Comentarios

  1. Mabel

    30 diciembre, 2015

    Muy bueno. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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