Por el resto de su vida

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-Mirá, alla viene- me había susurrado una voz a mi izquierda. ¿De quién era esa voz? ¿De mi hermano o de mi tío? Ya no me acuerdo. No había tiempo para mirar a otro lado que no fuese la entrada de la iglesia en la que estábamos.

Al darme vuelta la vi caminar por el pasillo, envuelta en su vestido blanco y tomada del brazo de su padre. Su padre…  le tengo un gran afecto a aquel hombre; desde el momento en que nos conocimos, hace ya siete años, nos agradamos. Ambos, fanáticos del fútbol y del automovilismo, nunca nos quedábamos sin temas de charla, aunque a veces nos faltaba tiempo para discutirlos todos. Lo mismo ocurría con Carolina, a pesar de su evidente indiferencia frente a cualquier tipo de deporte. Eso, sumado a su belleza y a su gran sentido del humor, bastó para que me enamorara de ella en sólo cuestión de semanas. Ahora, casi ocho años después, la veía por primera vez vestida de novia, dispuesta a casarse y comenzar a formar una familia.

Ella siguió caminando, y podría jurar que lo hizo en cámara lenta. ¿Cuánto tardó en llegar hacia donde estaba yo? Todavía no sé si fueron dos días, o tres. Los últimos meses antes de la boda me encontraron hecho un manojo de nervios y –gracias a Dios- habían pasado volando, pero esos últimos minutos parecían haberse congelado o, como mínimo, ralentizado al punto tal de que lograba escuchar nueve o diez latidos de mi corazón por cada paso que daba ella.

Ella siempre había acelerado mi corazón… Me llevó tiempo convencerla de salir conmigo, pero a partir de ahí todo fue sobre ruedas. Del primer día al último –lo juro- ella tuvo la habilidad de aumentar mi ritmo cardíaco o detenerlo completamente, y todo a su antojo. Bastaba una mirada, una leve sonrisa o un beso en el momento justo para manejarme como quisiera, y lo mejor de todo es que, incluso habiéndose percatado de su poder sobre mí, jamás intentó manipularme ni jugó conmigo. Ella es y será siempre una gran mujer, no cualquiera es capaz de no aprovecharse del poder que el amor te da sobre las demás personas.

El que ella caminase tan lento (o el que yo pensara tan rápido, no lo sé) me permitió recordar cada momento que pasamos juntos. Todos, los buenos y los malos, forman parte de los mejores años de mi vida, y el recordarlos me hizo sonreír en ese momento, algo que no había imaginado ser capaz de hacer.

Al fin, llegó el momento en que estuvo junto a mí. La vi acercarse a mí, me dirigió una mirada… y siguió caminando. Su padre, al lado de ella, me miró y me sonrió. Que bien me caía ese hombre. La sonrisa que estaba esbozando se mantuvo en mi rostro, aunque he de admitir que fue más por acción consciente que por reflejo natural. Carolina –hermosa en ese vestido blanco, cuya tela caía por su cuerpo como si se tratase de una fuente de agua- siguió caminando hacia el cura que la uniría en matrimonio por el resto de su vida.

Hacía ocho años que la conocía. Ocho hermosos años. Salimos juntos la mitad de esos años, pero nunca le pedí matrimonio.

¿Me habría dicho que sí? ¿Esa es la razón por la que terminamos? No lo sabía entonces, y no lo sé ahora. La vi pasar al lado mío, le di la mejor sonrisa que pude hacer en ese momento (al posar sus ojos en mí, para variar, me quitó el pulso), y me senté en el banco en el que estaba, dispuesto a ver al amor de mi vida casarse.

Por el resto de su vida.

Comentarios

  1. Mabel

    28 diciembre, 2015

    Muy bueno. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

    • Juli

      28 diciembre, 2015

      ¡Muchas gracias! Tanto por el voto como por la bienvenida. Un abrazo

  2. VIMON

    29 diciembre, 2015

    Buen relato. Te dejo mi voto y te doy la bienvenida. Saludos.

    • Juli

      29 diciembre, 2015

      ¡Muchas gracias! Un gran saludo

  3. gonzalez

    5 enero, 2016

    Me quedo con estar parte «le di la mejor sonrisa que pude hacer en ese momento» Mi voto y un abrazo!

    • Juli

      5 enero, 2016

      Muchas gracias por prestarle atención a estas líneas. Un gran abrazo

  4. jon

    5 enero, 2016

    Muy buen trabajo, Julian. Enhorabuena.
    Un abrazo.

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