El fuego danzaba, etéreo e indomable, sobre los troncos crepitantes, dando sus últimos coletazos. Yo observaba lo que me rodeaba completamente absorta, perdida en mis pensamientos, y entretanto, a mi alrededor la noche caía suavemente. El frío se alzaba poco a poco, mientras dulces corrientes de aire formaban remolinos con la nieve que yacía depositada en lo que en primavera serían los verdes bosques de Eldenor. Una ligera nevada empezó a caer. Sentada en el suelo, aún recubierta por el manto y al abrigo del fuego, podía notar cada copo de nieve que se posaba sobre mí. La harmonía que sentía en ese instante no se podía comparar con nada que hubiera sentido jamás. A mi lado, Daël, relinchó mientras trataba de mantenerse caliente, lo que en principio me sobresaltó, pero que a su vez puso una sonrisa en mis labios.
Cuando noté que la nevada empezaba a disminuir, me recliné hacia atrás para observar las estrellas que iban apareciendo, una a una, mientras la noche se iba haciendo más profunda. Titilantes, hermosas, éstas se iban mostrando tímidamente en un cielo que lentamente se iba despejando. Mirando las constelaciones, no podía evitar recordar los momentos cuando mi padre me contaba las leyendas de los héroes de antaño, siendo yo una niña. Y fue así, mientras rememoraba esos tiernos recuerdos, que caí en sueños. Nunca había entendido como se podía dormir cuando el mundo que nos rodeaba siempre estaba lleno de vida. La naturaleza seguía, calmada y obnubilada, un ciclo que no se detenía fuera de día o de noche.
El amanecer llegó del mismo modo en el que el atardecer se había ido, pintando los cielos con una paleta de colores. Había sabios que decían ser capaces de leer ese lienzo, y que ello les decía el futuro, el pasado y el presente, que era la forma en que la Diosa se comunicaba con nosotros. En mi caso, en ese instante, simplemente me indicaba que era momento de retomar la marcha. Me levanté, doblé el manto y recogí mi espada, que estaba ligeramente recubierta de la nieve que había caído, y me la até en el cinto. Mientras ensillaba a Daël aprovechaba para observar por última vez el claro en el que había descansado. Oía suaves ruidos desde la maleza, el susurrar de los árboles al ser acariciados por la brisa, los dulces aromas que la misma arrastraba. Una agradable despedida.
Desgraciadamente, el camino me llamaba. Por mucho que deseara permanecer en ese rincón de calma y tranquilidad, mi destino era bien diferente. No me apenaba abandonar ese harén de la naturaleza, no sentía tristeza alguna, sino más bien añoranza, añoranza de esos días cuando podría haberme quedado tumbada en la hierba, sintiendo cada temblor, cada brizna sin saber lo que sucedía más allá de los lindares de la aldea. Sin duda sonreía más por ese entonces.
Daël parecía haber descansado tan bien como yo, pues empezó a trotar a buen ritmo nada más emprender camino. Una vez traspasáramos los lindares del bosque, abandonaríamos las tierras de mi pueblo y entraríamos en un mundo mucho más hostil. No sería la primera vez que abandonaba mi hogar pero eso no implicaba que se hiciera más fácil con el tiempo. Agradecía desde el fondo de mi corazón que se me hubiera encargado tal cometido, pero cada vez que dejaba el Templo no podía evitar pensar en si volvería para poder deslumbrarme una vez más con su arquitectura y con mi gente. A más cerca estaba de alcanzar los límites de Eldenor, a cada paso que daba hacía el fin del bosque, menos añoranza sentía y un sentimiento de determinación ocupaba su lugar. Determinación por cumplir la misión que se me había encomendado, determinación por proteger a mis compañeros erisianos del destino que parecía aguardarnos.
El Sol había salido horas atrás para cuando alcanzamos el linde. Delante de mí una campiña se alargaba hasta donde la vista alcanzaba, cubierta dulcemente por un manto blanco de nieve, que pese a los esfuerzos del Sol, seguía sin derretirse. Oculto por el paso del tiempo y el avance de la naturaleza se encontraba el camino que antiguamente comunicaba Eldenor con la ciudad ahora desaparecida de Marien, actualmente conocida como Nímer, mi destino. Los años lo habían hecho desaparecer al mismo tiempo que ambas razas se habían distanciado y recluido. Poco comercio existía ya entre los humanos y nosotros, por lo que la actividad en los caminos se había vuelto cada vez más residual. Por suerte para mí, había recorrido esa ruta ya en alguna que otra ocasión.
A más me adentraba en Reien, mayor número de gente se veía. A más me alejaba del Bosque Iridiscente, más casas encontraba, campos cuidados, sonidos de niños jugando. Incluso el camino se adecentaba, se hacía más visible y pequeños muros de piedra blanca lo flanqueaban. Preferí ocultar mi aspecto por precaución, pues mis tatuajes o mis orejas me harían llamar demasiado la atención, así que me tapé con la capucha del manto de lana negra que llevaba mientras trotaba por el camino. No es que los humanos fueran especialmente recelosos o violentos, todas las razas hemos crecido con cierta suspicacia para con el resto, pero el Imperio Numencio se jactaba de su supremacía sobre el resto, y había personas que se lo creían demasiado. Y mi misión era demasiado importante como para perder el tiempo en situaciones innecesarias.
Pasado el mediodía alcancé un pequeño pueblo. En el centro del mismo encontré una plaza con unos pocos comercios, con sus respectivos dueños riendo y hablando con los transeúntes, y una simple fuente de piedra de agua cristalina. Daël necesitaba descansar y yo requería algo de información, así que al ver el cartel de la taberna: “El Riachuelo”, desmonté y me adentré en el establecimiento. Pese a ser pleno día, había gente en el interior. “No es buena idea” pensaba mientras me acercaba a la barra, aun con la capa y la capucha puestas. El olor a alcohol barato se me colaba por la nariz e incluso pude notar como la mirada de algunos de los hombres sentados en las diversas mesas de la taberna se había clavado en mí, pero de momento nadie había dicho nada. Al sentarme en la barra, una mujer de pelo cobrizo se me acercó después de gritarle algo a alguien que estaba en la cocina.
– Agradecería algo de comida y bebida. – dije sin levantar la mirada. – Y si sabe algo sobre un hombre llamado Gonar, donde podría encontrarle, sabría recompensárselo.
– ¡Un plato de estofado! – gritó ella, espero que al cocinero. Me miró de nuevo y con voz afable me preguntó. – ¿Y para beber qué quiere?
– Cualquier tipo de licor estará bien, me ayudará a entrar en calor. – respondí aun fijando la mirada en un nudo de la madera de la barra. – ¿Y sobre Gon…?
– No pronuncie ese nombre, la gente de aquí se pone muy nerviosa. – me cortó. Y añadió entre susurros. – Se dice que tiene tratos con los “puntiagudos”. – miró alrededor un par de veces y acabó con un. – ¿Viene sola? Estos caminos no son seguros para una señorita.
– Tranquil…
No pude terminar la frase porqué un humano tropezó detrás de mí e hizo un estrépito al caer al suelo. Del susto, levanté la mirada y mis ojos se clavaron en los de la tabernera. No hace falta que se vean las orejas a un elfo para reconocerle, los ojos, con la pupila que tenemos, algo más alargada y delgada que la suya, son más que suficiente si estás a dos palmos de distancia. Pero ella no reaccionó, si bien cierto que palideció unos instantes pero recuperó la compostura. La suficiente para dirigirse a mí.
– ¿Qué hace uno de los tuyos en mi establecimiento? – pude notar cierta ira en ese “uno de los tuyos”.
– Por favor, he sido sincera. Solo quiero algo de comida e información.
– Pues aquí no conseguirá nada, erisiana. – de nuevo, el odio afloraba en sus palabras. – No queremos saber nada de los de tu clase por aquí.
La gente del local se había despreocupado por el borracho que yacía en el suelo, durmiendo, y empezaban a centrar su atención en mí. Escuché a uno murmurar “Debe ser un elfo, uno de esos que adora la luna.” Y a otro responderle a este “Yo digo que no, ¿qué te apuestas?”. Entretanto, la tabernera me había pedido un par de veces que me fuera, con creciente enfado en su voz. Me levanté de la silla al ver que la situación se volvía peligrosa, pero al parecer no fui lo bastante rápida. Una botella pasó volando al lado de mi cabeza mientras me ponía en pie, y se estrelló en la pared que tenía enfrente, rompiéndose en cien pedazos. La tabernera soltó un gritito mientras unas risas estallaban a mi espalda. Me giré al mismo tiempo que me retiraba la capucha, dejando bien a la vista mis rasgos. Así no tendrían dudas.
Al otro lado de la cantina, claramente embriagados, había dos hombres riéndose. Uno de ellos, con una barriga enorme, barba descuidada y una mancha en la camisa le daba palmadas en la espalda al otro, más joven que el primero pero con aspecto similar. Los que cuchicheaban sobre “qué” era, a juzgar por sus voces. Al verme el rostro, el resto de humanos del local empezó a hablar entre sí, sin siquiera intentar disimular. Aquellos dos, recuperando el aliento, me miraron y soltaron.
– Ves, te dije que era uno de ellos. – dijo el primero antes de volver a reírse.
– ¡Tenías razón! – le respondió el segundo. – Pero mira qué guapa que es, con esas orejas… – y también empezó a reír.
Tuve que resistir todo impulso de hacerles callar. No necesitaba problemas, no ahora, pero al parecer ellos si estaban interesados en tenerlos. Cuando me disponía a salir de la taberna, un grito a mi espalda hizo que me detuviera.
– ¡Pues sí que son cobardes, sí! Yo pensando que no eran más que historias y ¡va a ser verdad que siempre huyen! – y siguió riendo.
– Sí, fíjate tú que los “puntiagudos” siempre van diciendo que son mejores que nosotros y mira a ésta ahora. El viejo ése no tenía ni idea de lo que decía.
Di media vuelta y me encaré con ellos. Ambos hombres me miraron con algo de asombro y seguidamente se levantaron. Yo me acerqué tranquilamente, paso a paso, sin decir nada. A más cerca estaba, más claramente podía escuchar como los latidos de sus corazones se iban acelerando. Gotas de sudor aparecían en sus frentes, mientras enrojecían levemente. En el resto del local, más humanos se levantaban, alguno salía por la puerta trasera, algún otro se escondía bajo una de esas mesas mugrientas y el resto se acercaba. Hasta los crujidos de la madera parecían sonar enfadados. Cuando estaba a un paso de distancia me detuve y dije en voz lo bastante alta para que todos los de la taberna pudieran oírme.
– El siguiente que se atreva a hablar mal de mi gente descubrirá por qué nos tenéis miedo los humanos. – fijé mi mirada en el joven que se reía antes. – Acaba de nombrar a un viejo, ¿se refiere a Gonar?
– ¡No te voy a decir nada, monstr…!
– Mejor será que no termine esa frase. – respondí, esperando aún que la situación no terminara en violencia. – ¿Puede responder a la pregunta?
– No me dais ningún miedo ni tú ni los de tu calaña. Soy un orgulloso miembro del ejército numencio. ¿Te crees que una pu…?
Eso no se lo pensaba permitir.
– “Athil kirina nä…”– mientras decía las palabras, el joven se calló al ver el brillo en mi hombro, el centelleo se podía vislumbrar incluso a través del jubón de cuero pardo. Pero no valía la pena usar magia para esto, así que me detuve. Respiré hondo y le pregunté. – Por favor, ¿me diría donde encontrar Gonar?
– Sí, sí, a las afueras del pueblo hay una casa justo al lado del lago. – dijo, con el miedo en el rostro. Podía ver en sus ojos mi reflejo y una vista helada me devolvía la mirada. – Antes vivía allí. Aunque ahora ya no hay nadie.
Me volví y salí por la puerta. Mientras cruzaba el umbral, me cubrí la cabeza de nuevo. No hacía falta pasar por una situación semejante de nuevo. Pero la Diosa claramente no estaba conmigo en ese día. Al salir a la calle, varios miembros de la guardia parecían esperarme. “Alguno de los que ha huido antes los habrá avisado” pensé al verles. Solo echándoles un vistazo estaba claro que tenían menos ganas de pelearse que yo: mal vestidos, como si se hubieran puesto el uniforme expresamente para esto; uno de ellos llevaba la funda, pero no la espada; y al menos en dos de ellos podía verse que estaban aterrorizados. Haberme enfadado antes había sido un grave error por mi parte, no había hecho más que darles más razones para desconfiar de los míos. Mientras bajaba los dos escalones que me quedaban pude sentir como el aire parecía más pesado, y el Sol algo menos brillante. Ya no se escuchaban los gritos de los comerciantes, ni a los niños jugando en la pradera. El agua de la fuente había perdido toda su vitalidad. El odio, la ira, el miedo que los humanos sentían en ese instante, yo era capaz de notarlo a través de cada uno de mis sentidos.
Pasé por el lado de los guardias y me dirigí al establo, para encontrar a Daël. En todo instante esperaba que alguno desenvainara la espada, que hiciera un gesto agresivo, llevados por el miedo, por la ignorancia. Oía sus alientos acelerados, sentía como pasaban la mano por el mango del arma, sus miradas penetrantes en mi nuca. Yo resistía el impulso de desenvainar, de prepararme para su ataque. Ni siquiera quería darme la vuelta, hacer un solo ruido. Pero, gracias a la Diosa, no pasó nada. Llegué al establo sin que movieran un solo músculo, monté a Daël y salí galopando de aquel pueblo, antes de que cambiaran de opinión.
En cuanto me acerqué el río, que supuse le daba el nombre a la taberna, pude despejarme, relajarme. Escuché la canción que llevaba el viento, los murmureos de las hierbas que bajo la decreciente nieve iban despertando. Bajé el ritmo y troté siguiendo el riachuelo, cuya agua bajaba rápida y fuerte, mostrando sus garras al fin del invierno, esperando llegar al lago del que me habían hablado.
El comentario de ese humano había alcanzado un tema doloroso. La historia de mi gente es una de orgullo y honor, pero hay quienes no comparten nuestra ideología y nos tachan de cobardes. No entienden que luchar no es algo que buscar o desear, que la guerra no conduce a nada salvo muerte y desesperación. Mientras montaba, miraba a mí alrededor y veía vida en cada planta, en cada campo; júbilo y energía en las familias que habitaban esos lares; esperanza y futuro para todo aquello que me rodeaba, y había quienes eran incapaces de entender cómo se debía proteger.
El Sol empezaba a esconderse en el horizonte cuando alcancé el lago. Era inmenso, con el agua tan en calma que reflejaba las montañas nevadas que lo rodeaban, y el cielo azul que lo protegía. No había tratado con Gonar jamás, pero el suyo era un nombre muy conocido. Se decía de él que era uno de los hechiceros más sabios que se habían visto en todos los reinos de Alumen, aunque quizás era por su temperamento por lo que era más famoso. Como la mayoría de brujos, trataba a todas las razas por igual, aunque en su caso particular fuera con desdén. Pero hacía mucho tiempo que nadie había oído de él en Eldenor, y su ayuda era imprescindible para mi misión.
Su casa me sorprendió. De lejos parecía el hogar de un gran señor, con grandes campos a su alrededor, lo que parecía un pequeño embarcadero en la parte posterior, pero al acercarme pude ver que realmente estaba abandonada. El huerto había crecido sin control alguno e invadía el camino, salvaje, indomado. Las ventanas y la puerta rotas y desencajadas como si el propio viento las hubiera arrancado de su sitio. La madera estaba raída, quemada incluso en algunos lados, y el olor a moho se podía oler desde donde estaba. No era capaz de percibir ni una brizna de vida que viniera de aquel lugar. Desmonté y me acerqué andando. Cuando estuve más cerca pude ver que parte del tejado se había hundido, lo que daba a la casa el aspecto de haber recibido una paliza por parte de los mismos elementos. Y no había embarcadero alguno, sino que el pequeño granero que había detrás de la casa estaba tumbado en el suelo, parcialmente hundido en la perfecta agua del lago. Todo indicaba que realmente se había ido.
Fue al pasar por el lado de un matorral, ya cuando volvía hacia Daël, que lo sentí. La runa de mi mano izquierda reaccionó y brilló con toda su fuerza. Había marcas de magia cerca. Debía ser de un hechizo muy reciente o de uno que aun perdurara, como una runa. Si ese era el caso, era posible que la pudiera usar para que me ayudara a encontrar a Gonar. Encontré lo que buscaba dibujado detrás de una inmensa piedra que obstruía el camino: un hechizo de ilusión, diseñado para alterar los sentidos, pero de una complejidad que jamás había visto. Pese a su gran nivel, una runa sigue siendo una runa, lo que significa que al borrarla pierde su poder, y eso es lo que hice. No vi ningún cambio hasta que me giré. La casa entera estaba perfectamente, las ventanas, puertas y techo estaban arreglados, el jardín delantero lleno de bellas flores y hermosas hierbas exóticas y medicinales, el huerto lleno de jugosas y resplandecientes frutas y verduras. Era increíble que un simple encantamiento fuera capaz de alterar mis sentidos para que ni siquiera hubiera intuido la verdad, que hubiera ocultado la magia y la vida que había en ese lugar de mí.
Pero la sorpresa dio paso a algo muy diferente. El corazón se me constriñó, notaba como si alguien me lo estuviera apretando. El cielo se oscureció y el aire se hizo pesado, denso, irrespirable, como nubes de veneno. La sorpresa pasó a ser miedo, y este iba creciendo. No era capaz de moverme, no podía respirar. Ni siquiera podía usar mi poder. El pánico se apoderó de mí como una ola, paralizándome. Sentí como la muerte me llamaba, oí su grito mientras mi mundo desaparecía ante mis ojos, un frío, el más intenso que hubiera sentido jamás, reptándome por las piernas y luego… nada. Oscuridad. Silencio.





Mabel
Muy buena Novela. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido