Amor de consultor informático

Escrito por
| 941 | 29 Comentarios

1

 Las historias de amor entre consultores informáticos son tan tristes como la propia vida que llevan. No hay esperanza ni futuro, sólo el presente y es un presente que puede cambiar en cualquier momento de manera radical. De la noche a la mañana, el ingeniero informático tiene que mudar su horario, sus compañeros, su lugar de trabajo y su cometido por un cambio de proyecto repentino en otro departamento de distinto mercado, actividad o industria. Para todo ha de estar preparado pues se presupone que para todo vale. Al programador o analista se le exige esta versatilidad y predisposición, mientras ve en su salario y promoción profesional la mayor de las firmezas, constancia e imposibilidad de cambio. Hablo, por supuesto, de España.

Pues en ese presente se encontraba nuestro protagonista, llamémosle Marcio (que es nombre poco frecuente y, así, cualquier parecido con la realidad será coincidencia). Estaba destinado desde hacía unos días a un nuevo proyecto en la sede madre de la Multinacional ADRIN Sistemas, “empresa nacional líder en consultoría tecnológica”, pues tal era la coletilla que tenía a bien secundarle. Nuestro consultor, a partir de ahora, tendría que dedicase a implementar procedimientos de tramitación electrónica con una herramienta que no había visto en su vida. Esto es sólo un ejemplo dentro de nuestra historia pues, sepa el curioso lector, que los profesionales informáticos españoles son gente que han de saber de todo. Hoy, por ejemplo, diseñan complejos sistemas documentales y mañana administran entornos sobre Linux, sin que entre medias medie, valga la redundancia, formación alguna, ya que esta última cuesta dinero y el margen se resiente. Basta con que esos sistemas documentales pretéritos corrieran sobre este sistema Unix para que a los ojos de los que deciden donde acoplar a los trabajadores de la informática —números de empleado sin rostro ni alma a los que colocar lo más rápido posible—, ya sean expertos en este sistema operativo o cualquier otro con nombre parecido. Tal es el estudio que se hace para asignar una persona, a la que en lenguaje gerencial deberemos llamar recurso, a una nueva actividad. Pero dejemos de perdernos en generalidades y difamaciones y centrémonos en lo que debe interesarnos de este cuento.

Decíamos que nuestro consultor, Marcio, estaba haciéndose con su nueva realidad, con sus nuevos compañeros, con el edificio y con las distancia hasta su domicilio, que, por cierto, era enorme. Con todo, la parada de autobús que le llevaba al Metro se situaba delante de la puerta de la oficina. Una vez dentro del suburbano tenía por delante 21 paradas, tantas como gramos perdemos cuando morimos. Nuestro protagonista las cubría tras hacer dos trasbordos. Así, emergía a la calle por la boca de la estación de Chelua (que no existe, también inventada, como el propio Marcio), donde esperaba uno de los tres autobuses que le podían dejar en casa; pongamos que eran el 551, el 385 y el 785. Y este era el mejor itinerario, pero a costa de gastar hora y media de su vida por viaje.

En la parada inicial del periplo siempre estaba la misma gente a la misma hora y el autobús pasaba puntual a menos cinco. Así, todos los días, esperaban dos chicas, la una agarrada a la otra, la una hablando y la otra asintiendo, la una ciega y la otra con los ojos verdes más bonitos que Marcio recordaba. En eso se fijó, un día tras otro. En eso y en su sonrisa, porque diré que en su conjunto la chica, que demostraba un comportamiento muy cívico hacia su compañera invidente, no podía ser calificada de enorme belleza. Era más bien gordita; no tanto como para llamarla obesa, pero le sobraba algún kilo aquí y allí; nada, por otro lado, que no pudiera remediarse con ejercicio y dieta. El pelo era de un color vulgar y parecía a menudo estar despeinado; incluso sucio, sin estarlo. Su cutis necesitaría de alguna pasada de Photoshop para llegar a estar libre de impurezas. Pero, en verdad, cuando sonreía se volvía muy guapa: dos hoyuelos y la representación preciosa y precisa de una belleza limpia, clásica en el sentido renacentista; y, además, —no sólo es opinión de Marcio— tenía unos ojos de un color verde claro insultantemente bonitos. Creo que es la segunda vez que lo digo.

No había nunca ningún contacto, pero uno y otro se miraban, no paraban de hacerlo, en la parada, al subir al autobús —no digamos si se cedían el paso al entrar—, al bajar, en el camino hacia el metro y por último en el andén. Eran miradas furtivas, rápidas, más de Marcio que de ella, todo sea dicho. El final de este juego llegaba cuando el tren aparecía ruidosamente. Cada uno situado a dos vagones de distancia, siempre en la misma posición, eran engullidos por el convoy y perdían hasta el día siguiente el contacto visual.

Cuando Marcio se veía atraído por una mujer le miraba las manos. También escrutaba otras partes de su anatomía, vamos, donde el astuto lector ya sabe, pero estos pormenores no vienen al caso. En las manos buscaba alianzas, así de simple. Un anillo fatídico de esos hacía que la mujer atractiva pasara a serlo menos. Era un hombre algo chapado a la antigua, respetuoso con las tradiciones, o no quería buscarse nuevos problemas, alguna de las tres opciones; o las tres. Si la mujer de ojos verdes —llamémosla Verónica, aunque siéntase libre el lector de elegir otro nombre si este no le gusta—, hubiera tenido uno de esos anillos en su mano, aquí habría acabado la historia.

Pero la historia continua…

 

2

 Marcio se llevaba la comida de casa y como casi todos los ingenieros que trabajan en ADRIN Sistemas almorzaba en el deprimente, abarrotado y mal ventilado comedor de la planta menos uno del edificio de oficinas principal. Varios años —o lustros, para ser más exactos— de subidas de sueldo cero para casi todos los empleados, imposibles de justificar si se consideraban los millones de euros de beneficios declarados a la Comisión del Mercado De Valores año tras año, habían mermado el poder adquisitivo de los trabajadores y Marcio no era una excepción. Como tantos otros, un buen día decidió dejar de comer de menú del día y pasar al deprimente, aunque más sano, táper. Así, en el comedor, fue como vio a Verónica en otra mesa. Compartía la velada con la chica ciega y otras dos mujeres que no paraban de cotorrear. Ella no se fijó en él esa primera vez, pero al final, con el día a día, los dos fueron conscientes de que trabajaban en la misma empresa. Y a la hora de la comida, entre cucharada y cucharada del contenido de la fiambrera, se buscaban con la vista; Marcio lo hacía siempre, ella a veces, todo sea dicho.

Y esa fue la primera de las coincidencias.

Un día Marcio vio a Verónica en el intercambiador de autobuses de la estación de Chelua. Cogió un autobús que iba en dirección contraria al suyo. Casualidad, pensó. Pero al día siguiente estuvo muy atento a sus movimientos durante el viaje de vuelta del trabajo. Y pudo ver como hacía el primer trasbordo, igual que él. Pero en el segundo la perdió; quizás se había bajado en alguna de las paradas que separaban un trasbordo y otro. Al día siguiente se centró en la lectura de su libro y distraído se montó en el autobús 551 y, de bruces, la vio dos personas por delante de él. Verónica se sentó y él pasó de largo a un asiento de la parte trasera. El corazón le iba a toda máquina. ¿En qué parada se bajaría? El autobús avanzaba hacia la parada de Marcio y ella seguía sentada. “Si se baja en la mía le digo algo”, pensaba Marcio… Pero finalmente se bajó él sólo en su parada. La cabeza le daba vueltas. No paraba de especular.

Al día siguiente fue Verónica la que se percató de que Marcio hacia el mismo itinerario que ella. Muy distraída tendría que haber sido para no darse cuenta, ya que nuestro héroe cada vez era menos discreto al mirarla, al buscarla, al cruzarse o al pasar por delante. La mujer se quedó esperando en la parada del 551 (uno de las líneas que peor funcionaban en la ciudad) y Marcio montó en uno de los otros dos autobuses, que también le llevaban a su casa, daban menos vuelta y tenían una frecuencia de paso bastante superior que la del 551. Con todo observó cómo su perseguida encendía un cigarrillo y fumaba tranquila, sabedora de que el autobús tardaría en llegar y volver a arrancar lo bastante como para acabarlo e incluso encender otro. Cuando el 785 pasó por su lado, la mujer puso la pose más femenina que permitía su anatomía y echando una larga calada que seguramente tenía ensayada delante del espejo, ignoró el paso del vehículo. Marcio, desde la sucia ventana donde se había situado, no la quitó ojo.

Ella lo sabía.

 

3

 Y así pasó un mes, quizás más. En el intercambiador de autobuses de Chelua, Marcio se situaba en una zona intermedia entre las tres paradas de autobús, todas situadas en la misma acera, contiguas y separadas por unos 25 metros. Ella le observaba mientras fumaba de forma disimulada, atenta a qué autobús cogería hoy. Hasta que un día fallaron tanto el 385 como el 785 y Marcio hubo de montarse también en el 551. Verónica se sentó en la parte trasera, junto a la ventana, dejando el asiento de su lado vacío y Marcio, sin pensarlo, se sentó junto a ella.

—Hola, perdona… Tú ¿trabajas en ADRIN? ¿Verdad?

Fue lo primero que se le ocurrió, no calibró si era un comentario torpe o no, si sonaba espontáneo o ensayado… Dio igual porque la conversación fluyó de una manera absolutamente natural, como si fueran amigos que se conocieran de toda la vida y, en verdad, llevaba estudiándose a distancia desde hacía semanas.

—Pues sí, ya me había fijado que hacíamos el mismo camino todos los días —dijo ella—. Menudo peregrinaje.

—Bueno, yo de todas formas intento coger uno de los autobuses verdes, porque este es terrible —explicó Marcio, refiriéndome al ineficaz autobús 551.

—A mí me tiene negra, es lentísimo, tarda una eternidad en salir… Va frenándose como si quisiera parar en todos los semáforos. Además, parece que para el verano van a quitar autobuses.

—Entonces será como si no existiera… ¿Por dónde vives tú? ¿Los autobuses verdes no te van bien? ¿Eres del barrio?

—Yo soy de la zona de Chelbanraca pero hace poco nos mudamos a la zona del PAU…

“Nos mudamos”. Marcio intentó hacer cábalas sobre el alcance de esas dos palabras fatídicas: se mudó, sí, pero ¿con quién? Con sus padres, con su marido, con su pareja, con su mascota, con una amiga —acaso imaginaria—… Su mirada volvió a recorrer las manos de Verónica en busca de alianzas. Nada.

—Yo me mudé hace cinco años, debí de ser de los primeros —informó Marcio—. Pero soy de este barrio de toda la vida.

Hubo un silencio pero no fue incómodo. Con todo, las dos cabezas trabajaban para encontrar un nuevo tema de conversación. Por fin, Marcio retomó el diálogo.

—Y ¿En qué proyecto estás tú?

—Yo trabajo en el departamento de Servicios Generales. Con las nóminas, las liquidaciones de gastos y todo eso… En Morado 3.

—Yo ahora estoy en Negro 1, Administraciones Públicas, pero soy de Soluciones Tecnológicas y Experiencia de Usuario; o algo así. Ya sabes que los nombres van cambiando.

El edificio principal de ADRIN tenía cinco pisos, pero muchos bloques. Cada bloque se distinguía por un color. Así, existía un bloque azul y otro añil, con lo cual los hombres cuando tenían que ir al bloque azul 1, por ejemplo, el cincuenta por ciento de las veces terminaban en añil 1, porque es bien sabido que para los hombres sólo existe el azul —a lo sumo azul oscuro o claro— y no esas invenciones malignas del tipo añil, cielo o celeste. Azul; nada más.

—En realidad mi departamento está en la otra oficina —informó Marcio—, pero estoy aquí cedido mientras dure el proyecto actual…

ADRIN tenía muchos edificios de oficinas. Era una multinacional con más de 48000 empleados, pero en concreto, en el pueblo de las afueras de la ciudad donde se ubicaba el edificio principal, había un segundo edificio que en el pasado había pertenecido a otra compañía. Esta había sido absorbida por la todopoderosa ADRIN, sin duda, la mayor empresa nacional de su género en el país. Un monstruo caníbal que iba comiéndose a los especímenes más pequeños de su propia especie y eliminando las sinergias que se daban al hacerlo, esto es, echando al empleado más caro de las dos empresas que tuviera idéntica función en cada una de ellas. La antigua compañía de Marcio, Remeziona SA, fue engullida hacía más de cinco años. Al principio, el nuevo contingente de ingenieros fue valorado por sus iguales de ADRIN como unos intrusos. El hecho de que se rumoreara que estaban mejor pagados que ellos no hizo ningún bien. Pero el tiempo todo lo apacigua y compensa y el buen hacer de los altos directivos y sus impopulares pero siempre justas y bienhechoras decisiones, propiciaron la compensación de los sueldos con pírricas subidas para unos y nada para otros, igualando así a todos en la desdicha, la injusticia y las malas prácticas; y, con esa visión de futuro, con esa perspectiva que el programador de base no tiene, estos directores lograron el milagro de que Marcio y sus antiguos compañeros de la otra empresa se disolvieran junto al resto de “adrinosos” pura sangre, como si hubieran sido siempre uno y que nunca más nadie hiciera ninguna de estas injustificables apreciaciones sobre el origen “mestizo” de ningún compañero.

—Pues mejor —afirmó Verónica—, ¿no? Porque si ésta oficina está lejos, la otra no te cuento.

—Pues sí, encima está peor comunicada, no hay nada alrededor, ni un mísero restaurante… Por no hablar de una farmacia, por ejemplo.

—Sí, parece que les gusta poner los edificios de oficinas en sitios inhóspitos y alejados de la ciudad. Nos pasamos media vida para llegar y volver y la otra media metidos en un gueto donde sólo hay más oficinas y si quieres salir a comer, el restaurante será carísimo aprovechando que es el único —dijo Verónica casi sin respirar, como si fuera un discurso que ya había dicho en otras ocasiones. Omitió lo de “y, además, la comida será una mierda”, porque aunque esta aseveración siempre formaba parte de la frase, hoy no quería parecer demasiado ordinaria. Pero Marcio le leyó el pensamiento y, aunque de manera también suave, dejo constancia del hecho:

—Y encima lo que te dan para comer es poco y malo.

Así, la conversación fue convirtiéndose en la clásica colección de lamentos del trabajador cuya puesto se ubica en el típico polígono de oficinas mal comunicado, lejos de la ciudad y mal acondicionado. Sepa el lector que entre oficinistas en general e informáticos en particular, estos temas nunca generan debate porque todos están de acuerdo en que su oficina está lejos de su casa y que o bien se comen largas horas de atasco o decenas de paradas de metro. El oficinista listillo, tras muchos años de trabajar en determinada sede, hará por comprarse su casa lo más cerca posible de la misma. En tal caso y en el plazo máximo de un mes será destinado a otra sede ubicada en la otra punta de la ciudad. Esto es matemático. Pero no nos distraigamos con logísticas y políticas de ubicación de personal cuyo alcance no entendemos y sigamos con nuestro asunto principal.

—Bueno, esta es mi parada. Encantado de haber hablado contigo.

—Adiós. Hasta mañana.

Y Verónica le regaló una de sus sonrisas amplias y preciosas.

Marcio bajó del autobús y se obligó a no mirar a la ventana donde estaba la chica. Se hizo el tipo duro. Nunca supo si ella le miró marcharse mientras arrancaba pesadamente el 551. Le daba igual. Estaba eufórico. Se sentía fenomenal, como un valiente. Había entrado a saco, quizás con algo de torpeza, pero todo había ido perfectamente. La conversación había sido cordial, nada forzada y, sobre todo, bastante prometedora. O eso quería pensar.

Al día siguiente, viernes, ella salía de trabajar una hora antes y no hubo contacto.

 

4

 Marcio intentó documentarse sobre la chica utilizando las herramientas a su alcance. Tenía sólo dos datos: su nombre, Verónica, y que trabajaba en Morado 3, Servicios Generales. Desde la Intranet de ADRIN se podía entrar a una utilidad llamada Directorio. Desde aquí se accedía a cierta información de cualquier trabajador: nombre completo, número de empleado, teléfono, categoría, ubicación actual, etc. Como condiciones de búsqueda puso los únicos dos datos que conocía: nombre y ubicación. Aparecieron 16 personas, pero sólo había una cuyo puesto estuviera en Morado 3. En el campo ‘Función’ le asignaba el de ‘Soporte administrativo/Secretariado’. Era coherente con lo comentado en la conversación del día anterior. Marcio ahora sabía todo sobre ella aunque sólo laboralmente hablando. De momento se sintió satisfecho. Pero es aquí donde nuestro relato, amable y hasta bonito, se vuelve triste, como en realidad es la vida. La vida laboral, se entiende; bueno, también la otra…

Ese mismo día acudieron los dos a su cita en la parada del autobús, pero algo había cambiado. Ella, acompañada de su amiga ciega, le saludó fríamente y siguió hablando con su compañera. Cuando abandonaron el autobús (la invidente no cogía el metro y no se bajaba con ellos) Marcio intentó entablar algún tipo de conversación, pero Verónica se escudó en otra compañera que encontró en las escaleras mecánicas del metro y nada más se dijeron. Fue ignorado, exactamente igual que como si no estuviera. Marcio se apartó de las dos mujeres prudentemente hacia su posición habitual en el andén y abrió su libro. No se concentró mucho en la lectura durante el viaje. ¿A qué se debía este cambio tan radical? No encontraba ninguna explicación.

A partir de aquí los días fueron muy parecidos. Ella le rehuía de una manera casi patética y el pobre hombre no salía de su asombro. Un simple “hola” en la parada de autobús inicial y después hora y media él leyendo su libro y ella escuchando su música por los auriculares; y tratando de evitarse, de no coincidir en el mismo vagón, de no esperar en la misma zona del apeadero. En una ocasión la chica llegó a salir del tren en Chelua tan rápidamente que no calculó bien en su escapada y chocó con otra persona. Casi lo tira al suelo. Se disculpó y salió disparada hacia la escalera mecánica. Marcio observó la escena con inmensa tristeza. No quería nada con él, estaba claro, ni siquiera la conversación intranscendente que se produce al compartir un viaje en los transportes públicos.

Marcio asumió resignado este nuevo estado de las cosas, aunque no lo comprendía. Hubiera preferido un rechazo frontal y, a ser posible, con explicación. Él habría respetado la decisión de la mujer por mucho que le doliera o no fuera razonable. Pero es que no había empezado nada a lo que se pudiera dar término. Una conversación banal y justo después la imposibilidad de mantener una segunda charla. Los motivos de esta nueva situación se le escapaban por completo.

Y así, los viajes de vuelta del trabajo se convirtieron en algo desagradable, incómodo, infantil; de modo que ambos intentaban seguir otros itinerarios e incluso salir antes o después de lo habitual. Fueron días duros, sobre todo para él, pero ya hemos hablado de las servidumbres del oficio de consultor informático, de modo que semanas después el proyecto donde estaba Marcio se terminó y volvió a su oficina en el otro edificio de ADRIN.

No volvieron a coincidir de vuelta a casa.

 

5

 Pasaron tres meses. Para Marcio había sido una temporada de mucho estrés debido a que su nuevo proyecto era un desastre —mala planificación, plazos imposibles de cumplir, desorganización, prisas, dirección irresponsable, trabajo en fin de semana; nada nuevo por otro lado—y le había tocada hacer muchas horas extras para sacarlo adelante (horas y esfuerzos que no fueron compensados después, aunque este será otro cuento); incluso le tocó desplazarse varias semanas a trabajar directamente en las oficinas del cliente, ubicadas en una famosa, bella y turística ciudad de centro Europa. Con todo este trajín se olvidó por completo de Verónica, de sus ojos verdes y de esas formas redondeadas que, siendo algo rotundas, es verdad, tanto le gustaban.

Así que un día, siguiendo su rutina habitual, Marcio montó distraído en el 551, pues los otros autobuses no parecían que fueran a pasar en los siguientes minutos. Y allí estaba Verónica, sentada en su asiento de la parte posterior, mirando por la ventana. Quizás se hacía la distraída, quizás había visto a Marcio y disimulaba; en cualquier caso, el hombre se fue directo hacia ella y le toco el hombro. Verónica volvió la cabeza y desplegó una de sus preciosas sonrisas, ensayada o no, pretendiendo mostrar sorpresa.

—Hola, ¿cuánto tiempo? —dijo Marcio.

—Pues sí. Me preguntaba qué había sido de ti…

—Cambié de proyecto y me llevaron a mi departamento. Desde el otro edificio suelo volver en el tren de cercanías y…

—Bueno, de todas maneras yo no he estado por la oficina en todo el mes pasado —interrumpió la chica—. Es que me he casado y hemos estado en Cancún de viaje de novios.

—¡Ah sí! —acertó a decir él, intentando modular la voz. El color de la piel de su rostro empezó a tornarse blanco—. Pues… ¡Felicidades!

—Gracias.

Silencio. Muy incómodo.

—Yo hace años también estuve en la Rivera Maya y… —por fin consiguió decir Marcio, pero ya fue imposible articular una palabra más.

Entonces Verónica observó la triste cara de su interlocutor, suspiro y giró la cabeza, muy despacio, para terminar mirando distraída por la ventana. Marcio, por enésima vez, dirigió la vista a las manos de la chica. Lo había hecho muchas veces desde que la conocía, en el metro, en la parada del autobús de ADRIN, cuando estaban cerca… Hoy, sintió mucha tristeza al hacerlo. En su dedo anular había una alianza de oro. Bastante vulgar, por cierto.

————-

Hay muchas más aventuras de Marcio en Amazon. Búscalas aquí:

https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_i_1_13?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Ddigital-text&field-keywords=mario+garrido+espinosa&sprefix=mario+garrido%2Cdigital-text%2C227

—————————

Podéis conseguir mi otra novela, “El Reino de los Malditos”, en Leibros editorial .com, la Casa del Libro o Amazon.
Échale un vistazo al Book Trailer: https://youtu.be/kCcbm2dBU6g
Y si queréis saber más, pasaros por la página de Facebook.
https://www.facebook.com/ElReinodelosmalditos
GRACIAS !!

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    29 enero, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. neminipauca

    1 febrero, 2016

    Relato magnifico, que engancha y te arrastra hasta el final, la narrativa no te deja suelto, ni da lugar a despiste, todo lo contrario te agarra la concentración y necesitas seguir hasta el desenlace. Muy bien traído y estructura simple pero de muy buena factura. Recomiendo este relato, que no es normal, pero a la vez es la vida misma fotografiada con especial enfoque y gran profundidad de campo. Enhorabuena.

  3. magaes

    2 febrero, 2016

    Gracias a todos !!! Me habéis puesto en la portada !!!
    Bueno, aunque es un cuento y no está basado en la realidad, lo cierto es que la vida del informático, como dices «edearmas», pues es la que es…

  4. Ana

    2 febrero, 2016

    Me ha encantado Mario. El relato es estupendo y engancha , y como todos los que trabajamos en el sector entendemos al protagonista de la historia . No dejes de escribir que queremos más historias como esta.

    • magaes

      3 febrero, 2016

      Si es verda que hay pocos relatos con protagonistas de nuestro oficio… Ana, ¿puedes ser que te olvidaras de poner el ‘me gusta’? A ver si llegamos al Ranking. Gracias

  5. mrcor

    4 febrero, 2016

    Muy buen relato, muy realista y engancha, enhorabuena y a seguir escribiendo por favor!

    Saludos!

  6. rodro

    4 febrero, 2016

    Que grande Mario!! Esos nombres de los sitios heje y la historia engancha. Enhorabuena.

  7. david

    4 febrero, 2016

    Me ha gustado mucho Mario, un relato que hace que no pares de leerlo hasta el final aunque sólo hubiera pasado a consultar unas líneas.

  8. Irene

    4 febrero, 2016

    Un gran relato.. y me he sentido plenamente identificada en todo su contenido.. no por la historia en sí, pero sí por todas sus analogías que me son muy pero que muy familiares… y tan certeras y reales…. ¿no habrá segunda parte? Muy bien escrito además. Te felicito «Marcio» 😀

  9. magaes

    4 febrero, 2016

    Si lo sé llamo al protagonista Torcuato, que también es poco oído, y no se parece a mi nombre… 🙂
    Aunque por aquí veo mucho informático que se identifica con personaje y situaciones, recordad que esto es un cuento, como el de Caperucita… Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.
    Gracias a todos !!!!

  10. Aisas

    5 febrero, 2016

    Grande Mario!!! Engancha la historia…jejeje

  11. Antonio

    5 febrero, 2016

    Me ha gustado bastante. Lo has escrito como si lo huebieses vivido en primera persona, cuesta creer que no sea basado en hechos reales…pero en fin, vamos a creerte y mentimos los dos.
    Ahora a por el libro «el reino de los malditos». Buen trabajo, has ganado un nuevo seguidor.

  12. aguanis21

    10 febrero, 2016

    Enhorabuena Mario!, no leía ningún relato desde el instituto y este me ha enganchado totalmente.
    Como dicen arriba, creo que muchos nos sentimos identificados totalmente con la historia.. como dice Antonio.. cuesta creer que no sea basada en hechos reales:)

    Ya notaba yo que escribías muy bien, cuando redactabas esos correos en el trabajo explicando porque había fallado alguna publicación en UCM 😉

    Enhorabuena de nuevo y sigue asi!

  13. Javi

    11 febrero, 2016

    Ni soy informatico ni voy a trabajar en transporte publico pero me ha hecho gracia el relato..aunque el autor niegue que está basado en hechos reales..no me lo creo..sólo el que lo ha sentido puede contarlo..
    Deseando leer otros relatos.

  14. CARLOS

    11 febrero, 2016

    Pues si, resulta que yo soy informático y me identifico previamente con el personaje del relato. Me ha gustado mucho como consigues hacer divertida una situación tan aparentemente normal como esperar el autobús para ir al trabajo, y lo que en esos momentos puede suceder. Estaré atento a leer mas trabajos tuyos.

  15. pvargas

    11 febrero, 2016

    Felicidades! Un relato que consigue mantener el interés desde las primeras lineas. Con un estilo limpio, sin artificios pero muy eficaz para transmitir cierta sensación de grisura, rutina y melancolía. Sobre ellas se construyen las esperanzas y ansias de encuentro. Tan humano.

  16. Nuria

    11 febrero, 2016

    Muy buen relato,si señor.
    Todo se empieza por un poco y hay que echarle imaginación. Te engancha y dicho sea de paso se hace corto: esperó ansiosa la segunda parte

  17. magaes

    12 febrero, 2016

    Gracias a todos… Cuanto informático hay suelto por ahí…
    Nuria, encantado de conocerte (aunque sea por aquí)… El segundo cuento de Marcio está en el horno. Empieza así:

    “La vida te puede cambiar en un segundo”, pensaba un consultor informático mientras se lavaba los dientes antes de acostarse. Ocho horas después despegaba su avión. En el salón, una maleta, supuestamente con todo lo necesario para tres semanas —ampliables; la fecha de vuelta aún no estaba cerrada—, esperaba a ser transportada al aeropuerto. En los próximos días pasarían por el domicilio sus padres y se llevarían los alimentos más perecederos de la nevera. Era mucho tiempo fuera de casa, así que también despejarían el tendedero de dos tiestos con inciensos que el consultor cuidaba por aquello de que dicen que donde habita esta planta no hay mosquitos. Todo precipitado y sin pensar, como suele ser la vida de estos trabajadores. Hablo, por supuesto, de España.
    Nuestra historia empezó un jueves 28 de abril. El protagonista, llamémosle Marcio (que es nombre poco frecuente y, así, cualquier parecido con la realidad será coincidencia), estaba finiquitando los últimos trabajos de su actual proyecto. La jefa de equipo …

    Continuara…

  18. jp

    14 febrero, 2016

    Gran relato. Espero que haya más y esto solo sea el comienzo

  19. basurama

    16 febrero, 2016

    Demasiado parecido a la vida real… Queremos más…

  20. vcarrasco

    17 febrero, 2016

    Acabo de leerlo mientras veía «lo más interesante» que echaban por tv y… no sé de qué iba el programa. Enhorabuena por este relato que, a medida que se enrevesaban más los nombres, más me atraía la historia. Una pena que los caminos de los protagonistas se separaran finalmente.
    Y gracias Marcio por tus sabias lecciones sobre UCM que tanto me están sirviendo en mi empresa ‘Erutccena’.

  21. Marcio

    23 febrero, 2016

    Muy lindo cuento! Sinceramente me veía yo en la historia, y si, es por mi nombre.
    Un abrazo!

  22. magaes

    23 febrero, 2016

    Ya te lo dije Marcio… Espero que no seas informático, ya serái demasiada casualidad 🙂

  23. AnaVel

    25 febrero, 2016

    Tienes la gran habilidad de expresar con palabras los sentimientos de las personas, informáticos o no. Y me encanta cómo describes las situaciones, el entorno,…. eso que hace que te metas en la historia y te enganche.
    Enhorabuena!!! A ver si consigues retirarte y dedicarte a esto!!!

  24. earroyoron

    26 febrero, 2016

    Dejando a un lado la desgracia de trabajar en consultoría informática, algo similar a arrastras piedras para las pirámides o a recoger algodón en Carolina del Sur antes de la Guerra Civil, el relato es una pasada. Sólo le deseo a Marcio que encuentre el amor verdadero, o la informática verdadera. Ambos existen.

  25. magaes

    27 febrero, 2016

    Gracias earroyoron, cuando vea a Marcio se lo comento de tu parte… 😉

  26. Diana

    4 marzo, 2016

    Fantástico relato! Acabo de terminar el Reino de los Malditos y ya estoy enganchada a las historias de Marcio!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas