Escaleras

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Tardé dieciocho años en subir el primer escalón. Luego, otros tres años hasta alcanzar el décimo. A partir de ahí, comencé a subir con mayor velocidad.

Era una escalera de piedra, recta y sin barandas. Por los costados, a la distancia, lograba visualisar a más personas que estaban en mi misma situación; cada uno tenía su propia escalera.

Yo seguía enfocado en mi tarea. A medida que subía más y más, se me hacía más difícil vislumbrar el suelo, el lugar en donde di el primer paso. A mi derecha, una mujer que no debía de tener más de treinta años se cayó por el frente de su escalera: No se dio cuenta de que se le habían acabado los escalones.

Me alejaba del suelo, si… Y se sentía muy bien. Me invadían sensaciones de felicidad y de sosiego, me sentía capaz de realizar cualquier tarea y superar cualquier dificultad. A mi izquierda, otra mujer, algo mayor a juzgar por su pelo entrecano, se había retirado a un costado de los escalones, aunque sin caerse por el costado. Decidió dejar de subir, y se la veía feliz. Había llegado a su objetivo.

Detras de esa mujer, dos hombres más se cayeron, intentando subir más de la cuenta. A mi derecha, aparecieron nuevas personas, y vi a un hombre retirarse a un costado al igual que la señora mayor, aunque éste no estaba tan contento.

Para ese entonces yo ya tenía veintinueve años, y todavía no llegaba a ver el final de mi escalera. Genial, me quedaba mucho por ascender. Ya no veía el suelo, de hecho, ya no recordaba cómo era estar ahí. Esos dieciocho años que tardé en dar el primer paso se perdieron en recuerdos borrosos, lo importante era el día a día, y la velocidad a la que podía seguir subiendo.

Esa sensación… Me sentía el rey del mundo. A los cuarenta años, no veía a nadie que haya escalado tan alto como yo. Con el pasar de los años, había visto a varias personas caerse, y a algunos -mucho menos de la mitad de los que se cayeron- retirarse en un punto seguro, a salvo del peligro de seguir avanzando a ciegas por ese camino. Incluso llegué a ver a un anciano, cansado ya de la vida, dar media vuelta y comenzar a bajar los escalones que tanto le había costado subir. Cuanto más alto se está, mas dura es la caída, se dice, y supongo que ese hombre decidió no arriesgarse a comprobar la veracidad de ese dicho.

Cuando cumplí los cuarenta y dos, sólo había una escalera además de la mía, a mi derecha. Había una mujer de mi edad que avanzaba a la par mío. Cada tanto nos echábamos alguna mirada de soslayo, disimulando nuestro interés mutuo. Aunque ese interés sólo estaba enfocado en nuestro ascenso, formamos una pequeña disputa tácita: El que lograba llegar mas alto, ganaba. El que se caía, perdía. Inconscientemente seguimos jugando a ese juego, sin pararnos a pensar en la gente que vimos perder en el camino, a gente que lo perdió todo por no saber cuidar lo que había logrado, gente cuya codicia fue la fuente de su caída.

Un año después, ella me miró directamente por primera vez en todo ese año. Me sonrió (que hermosa era) y se retiró a un costado. No intentaría subir más. La miré, sin entender… todavía le quedaban escalones por subir, de hecho, ninguna de las dos escaleras dejaba entrever su fin. Sin embargo, ella decidió quedarse. Ya era feliz en el lugar en donde estaba, se veía en su sonrisa, ¿Para qué iba a seguir subiendo? Entendí que así era como se sentía ella, le devolví la sonrisa… Y continué con mi ascenso. No me iba a conformar. No había gastado toda mi vida en eso sólo para abandonar a medio camino.

Dos meses después, seguía subiendo… Y seguía sin ver el fin de mi escalera. ¿Cómo había hecho la gente para caerse? Yo estaba atento, preparado para retirarme a un costado en cuanto vea que se terminaron los escalones. Ya no recordaba como era estar abajo, pero amaba estar arriba; no iba a dejarme caer. No iba a empezar de nuevo.

Y así pasaron las semanas, los meses, los años… Seguía yendo hacia arriba, seguía sin ver el fin, cuando de repente, pisé el… ¿Aire? Miré hacia mis pies, y no había nada debajo de ellos. Sólo vacío.

Fue demasiado tarde cuando lo entendí, y en mi cara se dibujó una sonrisa. En ese momento entendí la sonrisa de mi última compañera: No me estaba sonriendo a mí, estaba sonriendo porque entendió que no iba a ser capaz de anticipar su caída, que era mejor retirarse que seguir subiendo sin fin hasta, eventualmente, caer. Como estaba haciendo yo en ese momento.

Caí. Era verdad. Dolió, y dolío mucho, porque caí desde muy alto. Ahí abajo -donde todo comenzó, donde todas las aventuras comienzan- estaba la misma gente que había visto caer a lo largo de los años y se habían quedado, y estaba toda la gente joven (y algunos no tan jóvenes) que se decidieron a dar el primer paso. Que va, incluso estaba el anciano que se había dado la media vuelta.

Suspiré, y me permití descansar por primera vez en mi vida adulta. Me llevó casi cuarenta años hacer eso. Pensé en mi última compañera, y me pregunté cuánto tardaría en volver a verla. No al lado mío subiendo escalones, sino en algún lugar de la vida, para descansar juntos y disfrutar los años que nos quedan; disfrutar de las cosas que me perdí en mi ciego intento de llegar a lo más alto.

De todas formas, no iba a quedarme ahí. Otro dicho es que “Hay que tocar fondo para tomar impulso”, y era cierto. De modo que, cuando una nueva escalera se apareció ante mí, no dude en dar el primer paso. Aunque esta vez, la subiría despacio. No había apuro.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de jon

    jon

    2 enero, 2016

    Inteligente relato, que nos pone, aunque avancemos muy deprisa, a su debido tiempo, en el punto de partida.
    Enhorabuena, Juli.
    Un abrazo.

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      2 enero, 2016

      A menos que te retires a tiempo. Un abrazo Jon, muchas gracias por tus palabras

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    2 enero, 2016

    Siempre tenemos que dar un descanso al cuerpo, no podemos ir corriendo de un sitio a otro. Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      2 enero, 2016

      Exactamente. Gracias por el voto, Mabel, un gran abrazo

  3. Imagen de perfil de Mike

    Mike

    2 enero, 2016

    Juli,
    Interesante reflexión sobre la vida. Saludos desde California, bienvenido y mi voto.

  4. moisesrivher

    4 enero, 2016

    Muy buena historia Juli, me atrapó desde el principio todo el simbolismo y me ha hecho recordar que, a veces, debemos tomar un descanso de la vida, para seguir viviendo. ¡Saludos!

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      4 enero, 2016

      Muchas gracias por tus palabras, me alegra que se haya entendido esta alegoría que intenté hacer. ¡Un abrazo!

  5. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    5 enero, 2016

    Me gustó mucho! Coincido con el comentario de Mabel! Mi voto y saludos!

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      5 enero, 2016

      Es que acertó en lo que dijo. Gracias, Gonzalez, ¡un abrazo!

  6. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    6 enero, 2016

    Muy buen texto, Juli. Te dejo mi voto con un saludo.

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      7 enero, 2016

      Muchas gracias, Vicente. Un abrazo

  7. Imagen de perfil de veteporlasombra

    veteporlasombra

    22 enero, 2016

    Imagino que lo de subir escaleras a veces no tiene sentido, como la letra de La Bamba: “…ay, arriba, y arriba, y arriba iré, yo no soy marinero, por ti seré”. Al margen de esta tontería, buen metáfora, Juli. Y me ha gustado que al final vuelva a subir: me encantan las historias circulares…

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      22 enero, 2016

      No tengo el gusto de conocer esa canción, jaja. Muchas gracias por el comentario, y si, más que algo circular, se trata de volver a empezar desde cero, pero con otra perspectiva. Un saludo

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