Hermandad sangrienta 1. La maldición sin nombre (Capítulo 20)

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20. Muy dentro, muy dentro, muy…

Sizalburgrum era, en efecto, una ciudad similar a Civiabolis. Y, de hecho, aunque era ligeramente más pequeña, también daba la sensación de ser más rica. Desde que Lola llegó acompañada por la Hermandad no vio a una sola persona pidiendo limosna en las calles. Las calles eran más anchas, por lo que la luz rojiza del sol penetraba con mayor facilidad en cada rincón. Las aceras estaban más limpias, los edificios eran más altos y la gente vestía prendas más ostentosas. Lola observó que las mujeres vestían parecido a como lo hacían Amilamia, Amberlyn y Rebekka cuando estaban en el castillo, es decir, con preciosos vestidos de aspecto gótico, con corsés que realzaban sus pechos (y que los dejaban casi al descubierto, dicho sea de paso), y colores púrpura, esmeralda y azul zafiro, sobre todo. También el negro tenía bastante presencia, pero mucho menos que en Civiabolis, donde lo oscuro predominaba allá donde uno decidiera posar su mirada. Las torres, un centenar o más, en el centro de la ciudad, se elevaban casi hasta tocar el cielo, negras, talladas con formas góticas y engalanadas con puntitos amarillos de las antorchas cuyas luces oscilaban a través de las ventanas.

Pero el detalle de Sizalburgrum que más llamó la atención a Lola fue el río que atravesaba media ciudad, proveniente de las montañas situadas en el noreste del país. Había un puerto, con numerosos muelles en ambas riberas, en los que había atracados tétricos veleros de muchos tamaños que remontaban el curso del río para acabar recorriendo medio Hijeve, deteniéndose en una decena de ciudades en las que el comercio era su principal fuente de ingresos. Y este río, que aparentemente terminaba en Sizalbugrum y que parecía no desembocar en ningún mar, lago u otro río, se perdía repentinamente por un enorme sumidero a modo de cascada. Este sumidero, cubierto permanentemente por una espesa bruma, estaba rodeado por templos tallados en la propia piedra de una pequeña montaña, en el mismo límite, dando a veces la sensación de que se precipitarían a las tinieblas, pues los había que estaban inclinados hacia el sumidero, y casi se tocaban los de un lado con los que tenían enfrente. En estos templos se adoraba a los demonios más temidos, ya que se creía que el río no moría allí, sino que seguía estirándose, surcando las tierras del inframundo y que, por lo tanto, unía el mundo del Más Allá con Hijeve. Había habido más de un insensato que se había aventurado a explorar, algunos lanzándose en bote por la cascada, otros saltando desde la azotea de un templo con rudimentarios paracaídas; todos queriendo ganarse la fama de ser los primeros en visitar el infierno. Pero nunca regresó nadie.

Ahora se encontraban en una pequeña plaza a las afueras, cerca del límite este de la ciudad. Habían tenido un viaje bastante tranquilo, y también más rápido de lo que habían planeado, por lo que ahora Amilamia les permitiría tomárselo con más calma antes de partir hacia el oeste. Acababa de repartir cierta cantidad de dinero a cada miembro de la Hermandad, incluida Lola, para que cada uno hiciese uso del oro como mejor creyera oportuno, siempre atendiendo a los intereses del grupo, claro está.

-Ahora nos separaremos-anunció Amilamia-. La ciudad es grande, y eso nos ayudará a cubrirla más rápidamente. Al final del día nos reuniremos todos en el lado oeste, justo donde comienza el camino que nos llevará a Necromántica.

-Pero yo no conozco esta ciudad-le recordó Lola, a quien no le hizo ninguna gracia el desagradable recuerdo que tenía de Civiabolis-. Puedo perderme y no llegar a tiempo al punto de encuentro.

-No te preocupes, nosotros dos podemos ir juntos-se ofreció Andy, sonriendo para tranquilizarla, pero cuando ya iba a situarse a su lado, Amilamia se lo impidió.

-Oh, Longrorn, por favor, no seas infantil. ¿Por qué siempre quieres ir con la muchacha a todos lados? ¿Es que acaso te gusta?-sugirió la bruja con ironía, burlándose de él. Los demás, sin embargo, no se rieron. Ni siquiera Kilgore. ¿Cómo podía bromear con algo así? ¿Acaso se tomaba a la ligera las normas de no-amor en el grupo?

-Necesito estar seguro de que no le va a pasar nada.

-¡No me va a pasar nada!-exclamó Lola, no enfadada sino algo molesta. No necesitaba que la protegieran todo el tiempo, ya no era una niña indefensa. Solo pedía un acompañante, nada más, y prefería que ese fuera Andy, pero no como si fuera su guardaespaldas.

-En ese caso será Rebekka quien vaya contigo-dijo Amilamia con tono cansino, que rápidamente se había aburrido del tema. Aunque no le pasó inadvertida la expresión de indignación en la cara de Lola-. Espero que no sea para ti un inconveniente.

-Oh, no, ¡para nada!-se apresuró a decir Lola, azorada. Rebekka sería un problema. Desde que había visto aquello no se sentía cómoda junto a la pequeña y adorable niña. Porque de adorable no tenía nada, y de pequeña había demostrado que solamente cuando le convenía.

-Perfecto. En ese caso, partamos. ¡Haced buen uso del dinero!-les advirtió Amilamia, quien ya se había dado la vuelta para perderse entre las calles de Sizalburgrum.

-Lo siento, Lola, no he tenido más remedio…-se disculpó Andy, sintiéndose sinceramente culpable por no haber puesto más de su parte para disuadir a la bruja, pero Lola le cortó con tono de comprensión.

-No pasa nada, Andy, ya sabemos cómo es.

Andy sonrió y asintió, agradecido.

-En ese caso… Pasadlo bien, chicas-les deseó, aunque en realidad quería decir “Rebekka, espero que no le causes ningún problema”.

-¿Quieres irte de una vez, pesado?-le espetó Rebekka, aunque en realidad le hacía gracia la actitud del nigromante. Siempre tan protector, tan atento, tan cuidadoso con la recién llegada. Tenía que enterarse de una vez de que ahora su Lola era una más, y que no le pasaría nada.

Andy fue el último en marcharse (los demás no habían prestado atención al breve intercambio de palabras de los tres), y ahora Rebekka y Lola estaban solas en la pequeña plaza, a excepción de algunos individuos que pululaban por allí.

-Bueno, ¿qué? ¿Qué te parece si emprendemos la aventura?

-Sí, claro, por qué no-respondió Lola sin mucho entusiasmo. Ya andaban hacia una de las calles anchas del norte.

-¡Lo pasaremos muy bien juntas!-gritó Rebekka, haciendo caso omiso a las pocas ganas de fiesta de su amiga (o lo más parecido a amiga que una bruja o nigromante puede considerar a un igual) y llamando la atención de los escasos viandantes de la zona, que se giraron para ver qué pasaba. Y Rebekka rió como si de verdad fuese una niña, y agarró a Lola de la mano y comenzó a dar saltitos de alegría. Lola no pudo evitar contagiarse de su energía, y cuando quiso darse cuenta o preguntarse qué estaba pasando, se vio corriendo al lado de Rebekka como si fuesen amigas desde la guardería.

Pronto pudo comprobar su personalidad alocada. Hacía pocos minutos que se habían separado del resto del grupo cuando le hizo una señal para que se detuviera. Estaban en mitad de una calle tan concurrida que por más que se esforzase levantando la cabeza y poniéndose de puntillas, Lola no era capaz de atisbar lo que había al otro lado, los comercios expuestos en la acera de enfrente. Entonces, Rebekka se tapó la boca con ambas manos para contener una risita nerviosa y se escapó, provocando la intriga y los nervios en Lola, que no tenía ni idea de adónde podía haber ido ni cuánto podía tardar en regresar. Cada vez se iba poniendo más nerviosa. El tiempo transcurría y la gente pasaba a su alrededor, mirándola con extrañeza, tal vez preguntándose qué hacía una adolescente parada en mitad de la calle como si se dedicase a contar viandantes.

Por fin Rebekka volvió, tan contenta como si le hubiese tocado el primer premio en una atracción de feria, con una sonrisa de oreja a oreja y haciendo gestos con las manos de que no debían hablar muy alto. Lola vio que de una de ellas sobresalía una cadena de cuero.

-¿Se puede saber qué has ido a hacer por ahí?-preguntó, con una mezcla entre enfado, curiosidad y diversión.

-¡No te lo vas a creer! No puedo enseñártelo porque si alguien lo ve-explicó, hablando tan bajo que Lola tuvo que acercar el oído hasta rozarle los labios-querrá quitármelo. Es algo muy valioso, te lo aseguro-hablaba tan emocionada que casi se le entrecortaba la voz.

-¿No puedes enseñármelo aunque sea un poco? Puedes abrir y cerrar la mano rápidamente, estaré atenta y nadie se fijará en nosotras.

-No sé si es buena idea… ¡Está bien!-accedió, guiñándole un ojo.

Tal y como Lola había propuesto, Rebekka abrió y cerró el puño con gran rapidez, tanta que si uno no estaba mirando desde hacía rato no se hubiese percatado de lo que tenía. Pero Lola sí que lo vio. Y no podía creerlo. Aquello era demasiado para ser cierto.

-¡Eso es…!

Rebekka le tapó la boca con una mano, y al mismo tiempo asintió, complacida.

-Exacto, querida. Y espero que no digas nada, ni siquiera a los demás, o tendrían envidia.

Se trataba de un amuleto, pero no un amuleto cualquiera de los que se podían obtener con facilidad en cualquier bazar de amuletos en Civiabolis, Sizalburgrum o cualquier otra ciudad de Hijeve. Era el Ojo de Maêrn, una piedra amarilla del tamaño de una nuez y con forma de ojo, que solo los sacerdotes de la orden Maêrn de nigromantes adoradores de este demonio poseían. Este ojo de piedra había sido manchado con la sangre de decenas de víctimas humanas, sin importar si eran magos, hechiceros, brujas o nigromantes, por lo que había concentrado, con el transcurso de los siglos, le sabiduría y los poderes de estos seres ofrecidos en rituales. No podían saber cuáles eran sus propiedades exactas, pero podía otorgar un poder que no se recomendaba utilizar a aquellos que no pertenecían a la orden Maêrn.

-¿De dónde lo has sacado?

Esta pregunta provocó las risas de la niña.

-No tardarás en averiguarlo. ¡Mira, ahí viene!

Había alguien gritando. Un hombre. Era anciano, y caminaba encorvado, según pudo ver Lola entre la multitud. Iba denunciando un robo. Alguien le había usurpado una reliquia milenaria.

-¡Estás loca!-exclamó Lola al comprender.

-¡Será mejor que corramos, o se nos echarán encima todos los nigromantes!

Así sería. Los sacerdotes de Maêrn eran respetados incluso entre los malvados brujos de Hijeve, y todos prestarían su servicio a uno de ellos si se les pedía. Y entre esos servicios se incluía dar caza a un par de ladronzuelas, y después las torturarían y las someterían a un tratamiento bastante doloroso de conjuros y maldiciones, y seguramente ni la Hermandad Ynwlemair las pudiera proteger. Pero a Rebekka eso no parecía darle miedo, solo risa, y sin parar de desternillarse se guardó el amuleto en un bolsillo, cogió a Lola de la mano y las dos salieron disparadas, colándose entre calles más estrechas, hasta que estuvieron seguras de que nadie daría con ellas. Cuando al fin dejaron de correr Lola también rió, como no lo hacía en meses, a carcajada limpia. Desde luego le había venido bien vivir una experiencia cargada de adrenalina como aquella.

Al poco, sin apenas haber tenido tiempo para recuperar el resuello, llegaron a una calle un poco más ancha aunque tan poco concurrida como aquellas que les habían servido para despistar al furibundo sacerdote. Rebekka señaló una tienda que había en la acera de enfrente, al mismo tiempo que abría los ojos y la boca con auténtica sorpresa.

-¡Mira eso, Lola! ¡Es una tienda de muñecas! ¿Quieres que entremos a echar un vistazo?

-Sí, ¿por qué no?-respondió Lola, aunque Rebekka ya había empezado a andar hacia el establecimiento y tuvo que darle alcance, mientras un escalofrío le recorrió súbitamente la espalda. Cada vez que escuchaba la palabra “muñeca” se acordaba de aquéllo y sentía que le temblaba todo. Sin embargo esa tienda debía de ser distinta, se dijo, no creía que las fabricasen a partir de seres humanos que previamente habían sufrido las torturas más perversas que uno pudiera imaginar.

Lola entró detrás de Rebekka. El tintineo de las campanillas que colgaban justo encima de la puerta para avisar de la llegada de un nuevo cliente sonó mágico en mitad del silencio que imperaba en la estancia, pero el ambiente que allí reinaba resultaba tan embaucador que pronto olvidó ese detalle. Nunca antes había visto tantas muñecas juntas, y durante un tiempo estuvo a punto de ser contagiada por la afición que sentía Rebekka por dichos juguetes. Estaba todo repleto de estantes. Junto a la entrada, a izquierda y derecha, había unas muñecas de aspecto señorial, engalanadas con preciosos y ostentosos vestidos. Había decenas, de diferente diseño, sin repetir una sola cara ni corte de pelo, incluso, Lola tuvo la sensación de que cada una tenía una estatura distinta. Lo mismo pasaba con las muñecas que había un poco más adelante, de pie en una enorme estantería. Estas parecía más sencilla, con ropas que, a simple vista, eran bonitas pero que, si se tocaban, se apreciaba la mala calidad de la tela, más rugosa y basta. Después, un poco más al fondo, y también a izquierda y derecha de esta estantería, había unas con una indumentaria más acorde con la plebe, camisetas y pantalones o sencillos vestidos de ama de casa. En una gran estantería un poco más allá estaban las preferidas de Rebekka.

-¡Mira! Estas son las que a mí más me gustan-declaró, señalándoselas a Lola con entusiasmo.

Eran las que daban más impresión y que parecían querer provocar más, con sus grandes escotes, cortos vestidos, corsés ajustados y medias de rejilla. Lo que más llamaba la atención, no obstante, eran sus rostros, las expresiones que en ellos se reflejaban. Estas muñecas se parecían mucho a la que Rebekka le había regalado el día de su llegada, de porcelana (igual que la mayoría de las de la tienda), de medio metro de altura, aproximadamente, y con un sorprendente realismo en los rasgos. Mientras la niña seguía mirando ávidamente esta sección, Lola paseó la mirada para terminar de explorar cuanto la rodeaba. Reparó en un grupo de muñecas a tamaño natural, más altas que ella, que parecían estar vigilándola y apartó la mirada enseguida. Había otras que representaban profesiones, las había vestidas de bruja, semejantes a Amilamia o Amberlyn, y también las había representando mujeres enanas, y a Lola le vino a la mente Mesmer.

-¿Qué te parece esta?-le preguntó Rebekka, tirando de su brazo porque estaba mirando para otro lado.

Lola le prestó atención y se fijó en la muñeca que llevaba entre los brazos, como un bebé. Tenía el pelo rubio y liso, muy largo, como el de una princesa de cuento de hadas, y los ojos verdes como manzanas. Sus formas estilizadas se dibujaban bien bajo un apretado vestido, y sus pechos casi se salían por encima de la tela que dejaba los hombros al descubierto. Lola abrió la boca para responder, pero una voz de hombre se le adelantó.

-¿Deseas comprarla, pequeña?

Era un anciano, de aspecto más desgastado que el Viejo; caminaba ligeramente encorvado aunque no requería de la ayuda de un bastón para desplazarse. Su piel arrugada se extendía hasta alcanzar una severa calvicie que apenas había dado tregua a cuatro pelos largos y blancos que le caían desordenadamente por la parte de atrás de la cabeza. Sonreía, mostrándoles dos dientes repugnantemente enfundados en sarro.

-Me gustaría mucho-anunció Rebekka mientras sacaba un saquito del escote. Acto seguido le dio unas cuantas monedas y el anciano amplió su horripilante sonrisa, satisfecho.

-Has hecho una excelente elección, señorita.

-Una única pregunta.

-¿Sí, señorita?

-¿Canta?

-¡Oh, sí, señorita! Canta mucho, sobre todo por las noches.

-Perfecto, es lo que quería oír-dijo Rebekka, y soltó una risita, acompañada de un intenso rubor que inútilmente trató de disimular. Lola se preguntó a qué se debía ese azoramiento, pero no menos la inquietó su pregunta. Las muñecas no cantan, a no ser que tuviera algún mecanismo electrónico que se accionase con un botón, o algo parecido, pero no le parecía muy factible en un mundo tan atrasado tecnológicamente como Hijeve. A lo mejor se le había aplicado un hechizo para que emitiese sonidos, siguió elucubrando silenciosamente Lola.

Pero entonces lo entendió. Mientras pensaba todo esto no apartó la mirada de la muñeca, y vio cómo sus ojos se movían en su dirección. La estaba mirando. Lola ahogó un gemido que, por suerte, ni Rebekka ni el dueño de la tienda percibieron. La muñeca no solo la estaba mirando: le pedía auxilio en silencio puesto que no podía hablar, pero en su interior había un alma atrapada. ¿Y si no podía hablar, por qué sí podía cantar? Sospechó que Rebekka y el anciano habían utilizado un lenguaje secreto, y Lola recordó aquéllo (sexo en el sótano del castillo, violación, una chica colgada del techo mientras Rebekka le hacía cosas) y se puso a temblar. ¿Qué significaba cantar realmente? Esperaba no descubrirlo jamás.

***

Se acercaba la hora de la comida, y Kilgore tenía un hambre que se moría (metafóricamente hablando, por supuesto, él no podía morir). Por eso estaba deseando encontrar de una vez por todas un lugar decente en el que poder hincar el diente. Hasta ahora, él, Unthingol y Alabaster habían recorrido algunos sitios en los que se habían podido abastecer de provisiones para el viaje, pero no querían tocar nada de eso, ya tendrían tiempo de comer cualquier cosa; por el momento, debían aprovechar que estaban en una ciudad y que tenían la oportunidad de llevarse a la boca comida caliente. Pero el Señor de la Capa y el demonio no parecían estar muy de acuerdo con el ilusionista.

-¡Esto es indignante, amigos!-se quejaba Kilgore, sin dejar de sonreír, divertido en realidad por la paradójica situación. Él, siempre con ganas de chanza y diversión, acompañado por los dos individuos más serios y con menos sentido del humor de todo Hijeve-. ¿Es que vosotros nunca tenéis hambre?

-Ya me conoces, Kilgore. Como solo lo justo para atender mis anticuadas necesidades humanas-respondió Unthingol-, pero trato de no hacerles mucho caso porque de lo contrario acabarían volviéndose un incordio.

-¿Y tú qué dices, Alabastro?

-Sabes que no me gusta que me llames así-replicó Alabaster, de mal humor. Había veces en que le gustaría decapitar de un zarpazo a Kilgore. No soportaba mucho sus bromas, le parecía que estaban de más, y que la gracia era una cualidad propia de las gentes de Azelleb y que ningún nigromante debería hacer uso de ella-. Y también sabes que yo no como. Soy un demonio, no te conviene olvidarlo.

-¡Hey, mirad! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ese tipo de ahí va tan ridículamente vestido! ¿A quién se le ocurre llevar una túnica de lunares?-miró a los otros dos para ver su reacción, pero no le decepcionó comprobar que seguían impertérritos-. ¡Hay que ver lo aburridos que sois!

-Ahí hay una taberna-señaló Unthingol, un punto situado a menos de quince metros-. ¿Cerrarás el pico si entramos?

-Lo que cerraré será mi estómago, amigo. ¡Yo el pico no lo cierro ni debajo del agua! Pero os aseguro que si no como lo lamentaréis-amenazó, burlescamente, al mismo tiempo que guiñaba un ojo a Unthingol. Éste miró hacia el otro lado. Odiaba que hiciera eso.

-Está bien, entremos-decidió por fin Alabaster.

La taberna no tenía nada particular. Era pequeña, apenas había seis mesas repartidas sobre un suelo de madera desgastado por el paso de innumerables clientes durante decenas de años, con un nigromante de barriga abultada descansando tras la barra. Las luces que apenas iluminaban, llamas titilantes que otorgaban al lugar un aire más siniestro y menos apetecible de lo que ya de por sí lo hacía el hedor a muerte que provenía de todas partes; de las paredes, del suelo, de los estantes, de la única ventana al fondo de la estancia. Y ellos eran los únicos sentados a una mesa en ese momento. No obstante el dueño de la taberna no vino con demasiada prisa, como si no tuviera miedo de que los únicos que se habían atrevido (quizá en mucho tiempo) a perturbar la tranquilidad de su local pudiesen marcharse si se lo tomaba con excesiva calma.

-¿Qué desean, señores?-quiso saber, arrastrando las palabras, como si hasta hablar le costase un esfuerzo inenarrable.

-Deseamos comer, por supuesto-respondió Kilgore, sin perder la sonrisa. Para él, al igual que para sus dos acompañantes, la apariencia de la taberna no le resultaba tan disuasoria. Estaban acostumbrados a este tipo de circunstancias poco atractivas.

-¿Se puede saber qué desean comer?

-¡Claro que se puede saber! ¡Faltaría más, señor tabernero!-exclamó Kilgore, divertido con la situación, ensanchando todavía más la sonrisa. Le gustaba tejer conversaciones trabadas, seguir literalmente las afirmaciones de su interlocutor, responder al pie de la letra lo que se le preguntaba, hasta que conseguía sacar de quicio a los demás y empezaba a desternillarse de risa.

-¿Intenta cabrearme, señor? Dígame qué quiere, si es tan amable-le espetó el camarero, arrastrando las palabras más que antes y haciendo acopio de toda la fuerza interior de la que disponía para no saltar sobre aquel impertinente y estrujarle el cuello.

-¡Por supuesto, haber empezado por ahí! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!-Kilgore no advirtió las miradas de paciencia que intercambiaban Unthingol y Alabaster, quienes, pese a que ya le conocían bien, nunca conseguían mostrarse indiferentes-. A mí me gustaría comer… Déjeme que piense… ¡Ah, sí! ¿Tiene por ahí algún suculento plato de larvas de cucaracha?

-Casualmente son la especialidad de la casa, señor.

-¡Excelente! ¿Podría bañarlas en jugo de ciruela?

-Claro.

-Y póngame cuatro filetes de serpiente, asados, a ser posible poco hechos, y con un buen chorro de vino. ¡Y una jarra de la mejor cerveza, si es tan amable! Estoy hambriento.

-Cómo no… ¿Algo más?

-También una ensalada de riñones, por favor. Eso es todo.

-¿Y ustedes dos?-preguntó el dueño de la taberna, mirando alternativamente a Unthingol y Alabaster.

-Nosotros no tenemos hambre-aseguró Alabaster.

-Como deseen…-murmuró el camarero mientras daba media vuelta y se marchaba. Precisamente aquella mañana se había levantado con el pie izquierdo y había decidido, nada más iniciar el día, que su paciencia tendría un límite mucho más bajo de lo que ya de por sí eran niveles difícilmente soportables para aquellos que le rodeaban. Y si aquellos tres majaras no se comportaban haría uso de su método especial para clientes indeseables… Eso le levantó un poco el ánimo, y tanto Kilgore como Unthingol y Alabaster le escucharon entonar mediante silbidos una macabra melodía que no conocían y que, supusieron, debía ser típica del lugar.

Pasaron los minutos, y el silencio reinaba en la vieja taberna de Sizalburgrum. Incluso el risueño Kilgore se veía cercado por el ambiente, acentuado por la seriedad de sus dos acompañantes, y su habilidad innata para los chascarrillos se vio seriamente afectada. Pero cuando pensaba que tendría que seguir soportando todas esas caras avinagradas y empezaba a temer que el silencio le volvería tan aburrido como los demás, atravesó la puerta de entrada un pequeño grupo de hombres no muy corpulentos pero que despedían un halo de poder bastante respetable. Kilgore no se vio para nada intimidado, pero tampoco le hubiese hecho gracia tener que enfrentarse a todos ellos a la vez. Eran seis, y se sentaron no muy lejos de donde ellos estaban, aunque tampoco es que tuvieran más opciones dadas las poco impresionantes dimensiones de la estancia.

Alabaster alzó una ceja en dirección a los recién llegados. Hasta ese instante había estado dormitando, como solía hacer en los periodos en los que nadie tenía nada importante que decir. Y algo importante eran asuntos de guerra, conspiraciones, la búsqueda de Objetos Malditos y todo lo relacionado con planes inesperados que le afectasen directamente. Aquellos nigromantes no eran peligrosos, eso se veía a la legua. Sin embargo estaba seguro de que ocultaban algo. ¿Oscuras intenciones, quizá? Esperaba que esas intenciones no tuvieran que ver con él, porque entonces tendrían que salir de allí pero no del mismo modo que habían entrado, sino cortados en pequeños y sofisticados pedacitos. Unthingol, por su parte, ni siquiera se dignó en prestarles atención. En su interior tenía asuntos más importantes que atender, y no una panda de brujos con pinta de mercenarios que tal vez se dedicaban a intimidar con su presencia a los niños de la ciudad. Kilgore, sin embargo, los tomaba más en serio. Era el único de los tres que no se tomaba a la ligera su presencia allí.

Al poco regresó el camarero con la comida para el ilusionista, y éste recuperó el buen humor en cuanto sus ojos se posaron sobre los sabrosos platos. No tuvo tiempo de irse el hombre del delantal cuando Kilgore ya había probado las larvas de cucaracha con una generosa cucharada.

-¡Está muy rico! Es usted un hacha cocinando, ¿lo sabía?

-Sí, sí, lo que usted diga…-replicó el camarero, y se alejó hacia la otra mesa para tomar nota al peculiar grupo de media docena de hombres.

Unthingol se fijó en que uno de ellos hacía un gesto hacia donde estaban él, Kilgore y Alabaster. El dueño de la taberna asintió, y a los pocos segundos se marchó a atender las demandas de sus clientes. Y justo cuando el tabernero desaparecía tras la barra, empezó todo.

Mientras Kilgore, con una sonrisa en la boca, masticaba un grueso filete de serpiente, notó que algo se acercaba, tal vez un objeto invisible, o quizá se movía tan deprisa que no podía verlo. No obstante tuvo los reflejos suficientes como para, con toda la tranquilidad del mundo y sin dejar de saborear su bocado, mover la cabeza hacia un lado. Sintió un pequeño corte, fino y limpio, y un lacerante escozor en el cuello. Unas gotas de sangre salieron a la luz. Se paseó el dedo por el corte y observó el color rojo. Luego limpió la sangre con la lengua y siguió comiendo como si nada. Pero eso no podía acabar así. En efecto, aquellos desgraciados traían consigo malas intenciones. Aunque ninguno les conocía, sus caras no les sonaban de nada, y no entendían quién podía tener deseos de eliminarlos en Sizalburgrum; no tenían enemigos allí, y eran la Hermandad Ynwlemair, la gente les respetaba, conocían su cometido y se ofrecían a ayudarles a cumplirlo siempre que estuviera en su mano hacerlo. Bueno, si tenían que enfrentarse a los seis a la vez quizá tuvieran algunos problemas, pero aquello no podía quedar así.

Unthingol y Alabaster se pusieron en pie con intención de acercarse a la otra mesa, pero se detuvieron a mitad de camino. Kilgore, por su parte, tenía demasiada hambre como para ignorar la comida que tenía delante. Además, podía apoyarles sin ningún problema desde donde estaban.

De pronto la taberna se convirtió en un infierno. Las llamas emergieron de entre las tablas del suelo y rápidamente se extendieron por todo el local. Al mismo tiempo, los seis nigromantes desconocidos se levantaron de sus asientos. Una serie de ráfagas cortantes, como la que había herido a Kilgore, se dirigieron hacia ellos con la intención de matarles. Iban directas a puntos vitales, pero esta vez ni siquiera pudieron hacerles cosquillas. Además, Kilgore sonrió más aún. Las llamas eran una mera ilusión. Y él era especialista en esta clase de cosas. Si querían jugar, jugarían. Jugó con sus sentidos. Uno empezó a ver borroso. Ante él, las llamas que ellos habían creado aparecían mucho más amenazadoras que para los propios miembros de la Hermandad. Pero no solo él, sus cinco compañeros veían multiplicados a sus enemigos, aquellos a los que habían querido matar. ¿Acaso no tenían ni idea de con quienes trataban? No tardaron en escuchar cosas. Había voces en sus mentes, y sintieron que sus pieles se derretían. Aquello era un infierno. Lo cierto es que, para crear una ilusión, no bastaba con hacer ver o sentir lo que uno quería. Los verdaderos ilusionistas, como Kilgore, podían hacer creer que era real, porque no se limitaban a manipular sus ojos o sus oídos, sino también su cerebro, jugaban con la sicología de su rival con una maestría que podía causar locura si así se deseaba. Ahora, los seis nigromantes querían pensar que aquello era una ilusión, pero por mas que querían deshacerse de ella no podían. Y pronto empezaron a saltar de dolor, a gritar de desesperación, porque las llamas lo derretían todo, y sus propios cuerpos olían a chamuscado. Pero aún faltaba lo peor para ellos. Estaban a punto de ver algo que para nada formaba parte de ningún truco. Alabaster, que al igual que Unthingol, se había levantado de la silla con la intención de divertirse un poco, se estaba decepcionando al ver la facilidad con la que estaban siendo dominados por Kilgore, el payaso risueño. Así que decidió mostrarse tal y como era, su verdadera apariencia.

Fue solo un par de segundos, en los que la piel humana se le desprendió, la ropa se le cayó al suelo y su tamaño creció significativamente. Kilgore se empezó a reír, y los seis nigromantes perdieron los cabales definitivamente. Pero Alabaster no iba a dejar que salieran huyendo. Ahora sí tenía hambre. Le pasaba cada vez que abandonaba su forma humana, porque su naturaleza, siempre obligada a ocultarse, acumulaba sed de sangre durante el tiempo que no podía disfrutar de las sombras de Hijeve. Una zarpa, del tamaño de las mesas que había alrededor, surgió de la nada. Una cabeza rodó por el suelo, y Unthingol vio, sin mutar la fría expresión de su rostro, cómo aquellos ojos abiertos de par en par lo miraban aterrorizados. Después, Alabaster clavó sus garras en los vientres de dos de ellos, las entrañas se desperdigaron por el suelo y las víctimas cayeron de rodillas, escupiendo sangre por la boca. Quedaban tres, pero estaban tan asustados que no pudieron moverse. Fueron el aperitivo del demonio esa mañana. Kilgore se desternilló, estuvo a punto de caer de la silla del ataque de la risa del que fue presa, cuando Alabaster abrió la boca. Sus enormes mandíbulas eran como las de una serpiente, capaces de desencajarse para abarcar todo el tamaño de su víctima. Emitió un sonido grave, una especie de gruñido hosco, acompañado de un suspiro infernal, cuando se abalanzó sobre los tres y los agarró con las fauces, y acto seguido los engulló con la misma facilidad como quien se mete un diminuto bombón en la boca. Después sacó a pasear una lengua grisácea y babeante, para relamerse los restos que habían quedado en las comisuras de sus labios verrugosos.

De repente el fuego se apagó, y la taberna volvió a gozar de la tranquilidad de hacía unos minutos. Alabaster se encogió, mermó hasta recuperar el tamaño y la forma de un hombre, la de uno con piel de ébano, y su mirada fiera se volvió más temible que nunca. Se agachó, recogió su ropa y del bolsillo de su abrigo negro sacó la flauta. Se sentó en el suelo y se puso a tocar. Le encantaba hacerlo siempre que pasaban estas cosas, era una forma de relajarse después de cada batalla (aunque lo que acababa de acontecer apenas tenía, para él, tintes de una irrisoria refriega en una taberna), mientras las notas más siniestras, lentas y calmadas salían del instrumento. Unthingol seguía de pie, y sin decir nada se acercó a la cabeza que había en el suelo y la levantó con las dos manos. Luego se la quedó mirando detenidamente, grabando en su cerebro el recuerdo de cada rasgo de aquel desdichado individuo.

-Deberías haber dejado a uno con vida-le reprochó a Alabaster, en un susurro, pero el demonio no se molestó en responder, sino que siguió tocando como si nada.

Mientras tanto, Kilgore se había calmado y seguía comiendo. Ya casi había terminado cuando hizo acto de presencia el tabernero. Iba cargado de platos, y al ver el espectáculo que tenía delante estuvo a punto de dejarlos caer. Pero no de susto, desde luego, sino de ira. Eso había acabado con su paciencia ese día.

-¿¡SE PUEDE SABER QUÉ HA PASADO AQUÍ!?

-Precisamente quería decirle que he disfrutado mucho de su com…-empezó Kilgore con alegría, pero el dueño de la taberna le cortó. Estaba fuera de sí.

-¡ME IMPORTA UNA MIERDA SI TE HA GUSTADO O NO MI COMIDA! ¡ES LA MEJOR COMIDA DE TODO HIJEVE, POR SUPUESTO QUE TE HA GUSTADO! ¡TÚ, VÍSTETE AHORA MISMO!-ordenó a Alabaster, y éste dejó de tocar y le miró amenazadoramente-. ¡QUIERO QUE OS VAYÁIS INMEDIATAMENTE, O SINO…!

-¿O sino qué?-se interesó Unthingol, que dejó caer la cabeza como quien suelta un balón de fútbol. Al chocar contra el suelo, la cabeza produjo un “chof” bastante desagradable porque cayó del lado donde había estado el cuello.

-¡HARÉ ALGO QUE NO QUIERO HACER! ¡AL DIABLO! ¡OS LO HABÉIS BUSCADO! Os arrepentiréis de haber molestado a un tabernero que lo único que quiere es ganarse la vida.

La magia del tabernero sorprendió a los tres, que no esperaban que un vulgar miembro de la plebe pudiera hacer gala de unas habilidades tan sorprendentes. Sus ojos se encendieron, pasando del marrón al naranja, y un viento atroz les empujó a todos y tiró a Kilgore de la silla. Entonces el tabernero soltó una ristra de extrañas palabras, seguidas de un grito atronador que no parecía salir de su garganta, ya que tenía un timbre de voz más bien agudo y aquello se asemejó bastante al rugido que poco antes había soltado Alabaster. Éste sintió un intenso dolor, y notó, al igual que Unthingol y Kilgore, que su piel perecía. Se arrugaba y se tornaba gris, envejecía. Notaban la debilidad en sus huesos, y el dolor en los músculos y articulaciones. No daban crédito, pero los efectos de la maldición no terminaban ahí. Empezaban a sentir una tensión muy fuerte, como si dos poderosas manos tirasen de los extremos de cada uno de sus huesos con la intención de partirlo, y tuvieron que liberar intensos alaridos para soportar el dolor. Unthingol se arrodillo y se abrazó, pero no podía tolerar eso más tiempo, tenía que hacer que acabase.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano pudo ponerse en pie, aunque temblaba de arriba a bajo en el momento en que logró erguirse por completo. Iba a utilizar aquello que debía salir a relucir solo en casos de extrema necesidad (como aquel). Su capa no era una capa común, sino que escondía una magia temible. La agarró por los bordes y la abrió. Al hacerlo se sintió invadido por una fuerza que no era suya, algo maligno que llegaba desde lejos, y una voz siniestra le susurró al oído palabras de odio que le infundaron sed de muerte. Se dibujó en sus labios una sonrisa que daba miedo, su mirada se volvió de hielo, apenas notaba el dolor de la piel agrietándose. El tabernero se fijó en los cambios de Unthingol y quiso darse más prisa en liquidarlo, haciendo que una necrosis negruzca se fuera extendiendo por los cuerpos de sus tres indeseables clientes. Pero no tenía nada que hacer, porque una oscuridad salió de la capa de Unthingol, y esa oscuridad avanzó hacia él. No era una sombra, era algo más temible, más denso e implacable que no podía ser vencido ni siquiera por la luz del sol. La oscuridad se fue haciendo cada vez más grande, hasta que el tabernero apenas pudo ver nada de cuanto le rodeaba, y fue engullido por ella. Antes de caer fulminado notó como si una especie de tela muy fina y helada rodeara su cuerpo, al tiempo que infinitos dientes se abrían paso entre su grasa, músculos y huesos, hasta que su alarido de pánico y dolor llenó la estancia y recorrió las calles más cercanas. Cuando la oscuridad se fue vieron al tabernero tumbado en una posición grotesca y antinatural, las extremidades adoptando formas y ángulos imposibles, sobre un charco de sangre que iba aumentando de tamaño rápidamente gracias a las innumerables heridas, como finos surcos, abiertas por todo su cuerpo.

Los efectos de la maldición pasaron. Poco a poco, Kilgore, Unthingol y Alabaster se recuperaron, aunque les costó unos cuantos minutos durante los cuales tuvieron dificultades para respirar y moverse. Cuando ya hubieron reunido las fuerzas suficientes para salir de allí y volvían a tener el aspecto de siempre, caminaron hasta el exterior, y una vez en la calle Kilgore, sin darle mayor importancia, comentó:

-Quien quiera que desee acabar con nosotros debería haber contratado a ese gordinflón en vez de a aquella panda de inútiles.

Unthingol y Alabaster se limitaron a asentir, pero él rió. Porque pasase lo que pasase, Kilgore siempre reía.

***

En el otro extremo de Sizalburgrum, precisamente en el barrio más lujoso de la ciudad, se encontraba Amberlyn. Pero no iba sola. El Viejo la acompañaba muy a su pesar. Había acabado convenciéndole de que fuesen a ver lo último en vestidos, corsetería, complementos y lencería. Respecto a esto último, a la bruja le encantaban los corpiños, los más sexys, ajustados y sensuales que pudiera encontrar. Era una enamorada de las prendas íntimas, en el castillo había tenido armarios enteros con una infinita variedad de conjuntos, porque tenía que estar provocativa a la vez que guapa, sobre todo las noches en que se fugaba a Civiabolis para divertirse; siempre había algún joven y atractivo nigromante al que seducir. El Viejo, que aborrecía ir de compras, agradeció, no obstante, cuando entraron en una de esas tiendas, y más aún cuando Amberlyn le pidió que se metiese con ella en el probador para que le diese su beneplácito a todo cuanto se ponía y quitaba, sin importar que en alguno de esos modelitos de lencería sus dulces y bien formados pechos quedasen al descubierto. Claro que a Amberlyn esto no le importaba. Sabía muy bien que los hombres la deseaban en extremo, eso la complacía, y aunque el Viejo era eso, un viejo, le ponía demasiado causar excitación sexual fuese a quien fuese. En el fondo (ella lo sabía) su autoestima dependía, casi exclusivamente, de esto.

Ya llevaban unas cuantas horas yendo de aquí para allá. Ambleryn lamentaba no tener dinero suficiente para comprar todo cuanto hubiese querido, ni tampoco lugar para transportarlo, pero se prometió que al acabar la misión regresaría inmediatamente a Sizalburgrum, y así, cuando reconstruyesen el castillo, renovaría los armarios. También el Viejo había quedado satisfecho, por supuesto (con las vistas), así que estaba de muy buen humor. Además se habían hecho con un generoso cargamento de víveres y no tenían ya mucho tiempo por delante, el sol estaba cada vez más bajo, por lo que decidieron que sería mejor emprender el camino hacia el lugar de encuentro con el resto de la Hermandad. Antes, no obstante, el Viejo sugirió detenerse un momento a tomar algo refrescante, para descansar un poco antes de dirigirse a las afueras, lo que conllevaba caminar durante un buen rato.

Entraron en un sitio en el que solo servían copas, un lugar bastante distinguido al que acudían las personalidades más reconocidas y acaudaladas de Sizalburgrum dado su precio y la calidad de cuanto servían. El ambiente era acogedor y lúgubre, como debía ser. Una gran sala poco iluminada, con decoración gótica y bastantes sillas y mesas en las que sentarse. Aquella tarde, el local estaba bastante lleno. Los camareros iban y venían, atareados, y los clientes departían sin demasiada alegría sobre los temas más mundanos, tales como la muerte, cómo tratar con los demonios más peligrosos o los riesgos de aventurarse solo en Azelleb. Eran temas bastante recurrentes. Uno no iba a Hijeve y decía: ¡qué buen día hace hoy! No, ese no era el mejor método para romper el hielo, más que nada porque en Hijeve nunca hacía buen día.

Un joven se acercó a donde estaban sentados, junto a una ventana por la que penetraba el delicioso aroma a corrupción de la calle. Amberlyn se lo quedó mirando. Vio que era bastante guapo, alto y fuerte, con un cabello azabache que le caía sobre los hombros y una piel marmórea, un rostro de facciones duras e imponentes, y un torso cuyas formas se le marcaban bajo la camisa negra. Los ojos rojos, una cualidad rara incluso entre los habitantes de Hijeve, hicieron que se le exaltara cada centímetro de su cuerpo, y cierta sensación entre las piernas hizo que las cruzara de forma sensual justo en el momento en que el camarero la miraba. Puso su mirada más sugerente y ofreció una sonrisa capaz de derretir un bloque de hielo, al tiempo que se inclinaba con sutileza sobre la mesa, facilitándole unas vistas ya de por si difíciles de ignorar; tal vez tuviera tiempo de devorar a aquel bombón después de tomarse aquella copa.

-Buenas tardes, caballero; señorita…-los saludó el camarero, deteniéndose en Amberlyn más de la cuenta tal y como ella quería.

Al comprobar que sus armas funcionaban como siempre, ensanchó la sonrisa, dotándola de un mayor poder de atracción.

-Yo tomaré un Ambrosía infernal-dijo el Viejo, no del todo ajeno a la situación.

-Buena elección, señor. ¿Y vos, señorita?

-Mi nombre es Amberlyn. Por ahora me pediré un Beso de muerte, pero…-suspiró, atrayendo todavía más la atención del joven-es posible que después quiera tomarme algo más…-y acto seguido le guiñó un ojo.

El camarero no se ruborizó, pero captó la indirecta y sonrió.

-Si es lo que quiere, me encantará servirla en cuanto desee, Amberlyn-respondió, hablando con un tono en absoluto profesional. Luego se marchó.

-¿Es que no puedes dejar de zorrear ni un segundo?-la regañó el Viejo, que había asistido al breve coqueteo con suma paciencia.

-¡Oh, déjame en paz, carcamal! Antes has tenido lo tuyo, así que no te quejes-replicó Amberlyn, quien ya se había sentado de una forma más ortodoxa.

-Es cierto, y admito que no estuvo mal…-musitó el Viejo, recreándose por un momento en las imágenes que le venían a la cabeza-. Pero un día de estos tendrás un problema, ya lo verás.

-¡Pero qué mono eres! De verdad, cada día me sorprendes más. Así que el creador de Hijeve se preocupa por mi seguridad. No tienes ni idea de lo enternecedor que resulta eso-se burló Amberlyn, poniendo su cara más tierna como quien habla con un niño que acaba de felicitarte por el día de la madre.

-En serio. Resulta bastante incómodo para quienes están cerca, ¿sabes?

-¿No me digas?

-¡Así es! Uno no puede ir por ahí con un bellezón imponente y ver cómo atrae a todos los hombres como si nada. Resulta casi indignante.

-Por favor, no me digas que tienes celos, viejo chocho.

-¡Más quisieras! Actualmente tengo demasiadas cosas en las que pensar como para estar pendiente de…

-¿De qué?-le interrumpió Amberlyn mientras se inclinaba sobre la mesa deliberadamente. Vio como los ojos de el Viejo se abrían como persianas. Amberlyn se rió y se volvió a apartar-. ¿Has visto? En el fondo no eres más que un hombre.

El Viejo refunfuñó algo por lo bajo. Era evidente que la chica tenía razón, pero no lo admitiría nunca. Y ahí estaba otra vez ese guaperas de ojos rojos, con una pequeña bandejita de plata en la que tintineaban, como dos furcias haciendo vibrar sus cuerpos, un par de copas con líquidos de diferente color.

En cuanto llegó a la mesa, Amberln volvió a adoptar esa actitud que a el Viejo tan poco le gustaba, incluso vio cómo abría ligeramente las piernas y se acariciaba obscenamente una de ellas, mientras los ojos del camarero seguían el recorrido de la mano por encima de la media de rejilla, hasta perderse en las profundidades de un vestido que, por desgracia, parecía no querer acabar nunca, pero que con suerte tal vez desapareciese dentro de unos minutos.

Volvían a estar a solas. Amberlyn se acercó su copa a los labios. Conforme la fue teniendo más cerca percibió el aroma a alcohol, también el de unas gotitas de sangre de murciélago, y de algo más…

-Aguarda, Viejo, no te bebas eso.

-¿De qué estás hablando?-inquirió el Viejo, que ya tenía el cristal en los labios y lo apartó con un movimiento rápido. Se quedó mirando la copa como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba a punto de besar a una morsa.

-Espera y verás. Creo que no vamos a volver a ver a ese bomboncito, por desgracia, me apetecía disfrutar un poco-se lamentó Amberlyn, y a continuación se bebió el contenido de la copa de un solo trago.

Notó el calor subiéndole por el cuerpo, hasta la cabeza. Era un cóctel potente, por eso se lo había pedido, pero al cabo de unos segundos notó ese picante que tan bien conocía. Era el fuego del veneno. A ella no le afectaba. Era inmune a todos los venenos, pues su cuerpo era una fábrica de ponzoña. Podía morder a alguien e inocularle las toxinas que quisiera, aunque no era necesario hincar el diente para eso. Sus labios, si lo deseaba, podían impregnarse rápidamente de veneno e infectar a alguien con un beso, o si compartían un recipiente o cubierto. Podía matar con una caricia, de la manera más tierna, o podía practicar sexo y hacer que el miembro del hombre con el que estuviera en ese momento quedase mortalmente impregnado con las sustancias de Amberlyn. Y también tenía una habilidad que tenía más que ver con la magia negra, y que estaba utilizando ahora.

Se escuchó un gemido ahogado. El Viejo miró en esa dirección y vio al camarera guaperas de rodillas. Su cuerpo estaba siendo víctima de terribles espasmos. Poco después terminó de caer, de bruces, y ya no se levantó. Si alguien intentaba envenenar a Amberlyn moría, así de fácil. Esto resultaba muy útil en la Hermandad, porque cuando ocurría algo así no solo evitaban la muerte de uno de sus miembros, sino que además acababan con aquel que había preparado el brebaje.

-Vaya, ¿quién lo hubiese dicho?-se jactó el Viejo, estampando su copa contra la pared-. Al final no vas a “tomar” nada.

-Puede que hoy no. Pero bueno, él se lo pierde.

-Me pregunto a qué ha venido esto.

-Yo tampoco lo entiendo. Tal vez no le gustasen las mujeres-supuso Amberlyn, aunque no lo decía en serio, sino que estaba enfadada porque no había conseguido lo que quería.

-Será mejor que nos vayamos de aquí, no es bueno que atraigamos tantas miradas.

Amberlyn vio que el Viejo tenía razón, la gente les estaba mirando. Nadie podía saber que la Hermandad Ynwlemair estaba de viaje, porque todos sabían lo que eso significaba. Así pues, se levantaron y se fueron, con la terrible decepción para una y una inquietante sospecha para el otro.

***

Andy caminaba con cierta prisa. Hacía bastantes horas que se dedicaba a hacerse con los utensilios y alimentos necesarios para hacer frente a lo que quedaba de viaje hasta Necromántica, era el único que se había aventurado en solitario a través de Sizalburgrum, pero ahora tenía que reunirse con Amilamia, y ya estaba cerca de conseguirlo. También ella se había marchado sola, pero era la excusa perfecta que ambos habían estado planeando noches atrás para poder pasar un rato a solas sin que nadie les molestara. De todas formas no podrían hacer nada que cualquier pareja de enamorados convencional pudiera hacer, ni siquiera tenían derecho a cogerse de la mano ni a mirarse de un modo que pudiera resultar sospechoso, tenían que guardar las apariencias aunque no estuvieran con el grupo; había ojos por todas partes, podía acusarlos cualquier viandante.

Era ya por la tarde, pero aún faltaban casi cuatro horas para que anocheciese, y podían ir al límite oeste de la ciudad sin ningún problema porque, por supuesto, no tenían prohibido caminar juntos.

Pero estar juntos aquel día tenía otros propósitos aparte del amor clandestino entre ambos. Amilamia llevaba dos meses embarazada. Por ahora el abultamiento de su vientre podía ser disimulado, pero eso no sería siempre así. En muy pocos meses el proceso de gestación sería demasiado evidente y ambos serían tachados de traidores, los juzgaría el mismísimo Cónclave que ambicionaba a Lola y serían condenados a muerte. Ni siquiera sus señores oscuros podrían evitar este trágico desenlace, porque no podían impedir que las escasas leyes de Hijeve fueran cumplidas. En cierto momento, Amilamia tendría que huir, y eso no podría ser dentro de mucho tiempo. Tenía pensado marchar al Templo Xahom, pasando la ciudad de Lamenthia y atravesando las montañas del norte, en cuanto terminasen su estancia en Necromántica. Andy no podría ir con ella. La bruja alegaría ser reclamada por el Concejo de Nigromantes, un grupo en el que participaban los líderes representativos de las más importantes organizaciones, hermandades y cónclaves de Hijeve. En el Templo Xahom la atenderían los monjes arcanos, quienes no hacían preguntas de ningún tipo, a cambio de que ella adoptase a sus demonios como nuevos señores a los que rendiría culto, algo que a ella no le gustaba nada porque no tenía un señor definido, sino que rendía pleitesía al demonio que le conviniese en cada momento. Y cuando diese a luz se desharían del niño. No lo matarían, pero ella no podría hacerse cargo de él. Por ahora se tenían que conformar con los productos y amuletos que ofrecían en algunas tiendas extrañas de Sizalburgrum, con los que se pretendía ahuyentar la ira de Rab-Tharnas y tratar así de evitar un aborto. Además, mediante ciertos hechizos, se disimulaba mejor el vientre abultado.

Vio a Amilamia junto a una esquina. Sus ojos se detuvieron en su pelo, que ondeaba con la suave brisa de la tarde. Disfrutaba al verla de perfil, porque ella aún no se había dado cuenta de que Andy se acercaba. Era tan bella… Veía cómo su mirada se perdía en el infinito, casi escuchaba sus pensamientos hablando de él, porque le esperaba con impaciencia y vio cómo giraba la cabeza hacia un lado y otro, hasta que, cuando apenas les separaban tres metros, Andy ya no pudo pasar más desapercibido.

Ella no sonrió. No podía. Era demasiado arriesgado. Sin embargo algo en su semblante cambió. Se podría decir que cada poro de su piel se llenó de una luz que no existía en Hijeve, algo que solo el amor podía crear, y que causaba un dolor muy grande al tener que vivir encadenado en un rincón lejano de su corazón.

-¿Cómo estás?-le preguntó Andy, sin poder evitar que su voz sonara tejida por la ternura.

-Llevaba mucho sin sentirme bien, pero ahora me dejaré llevar por la única magia que no podemos crear, la tuya y la mía.

Andy sonrió. Amilamia se dejó llevar por su sonrisa y se contagió con ella. ¿Cómo podían negarse algo por más peligroso que fuera? ¿Por qué no podían dar rienda suelta a un sentimiento, por más prohibido que fuera? ¿Por qué no podían estar juntos en público? ¿Y si les veían intercambiar siquiera una sonrisa? ¿Por qué tenía que ser un crimen amar? ¿Acaso tendrían que terminar huyendo a Azelleb, donde tampoco les querrían porque eran nigromantes y detestaban a los magos y éstos, a su vez, les odiaban a ellos? Pero ahora no era tiempo de hacerse preguntas. Tenían unas cuantas horas por delante, y eso no se lo iba a quitar nadie.

Estaban cerca del centro. Habían quedado en esa zona porque conocían demasiado bien a sus compañeros como para saber qué partes de la ciudad recorrerían. Rebekka seguro que llevaría a Lola a alguna tienda de muñecas, y de eso por allí no había. Kilgore era un comilón, y aunque Unthingol y Alabaster no eran muy amigos de la comida acabarían siendo arrastrados por el ímpetu del ilusionista. Amberlyn llevaría a el Viejo de tiendas, por supuesto. Y Mesmer tenía orden explícita de que no les molestaran, por su propio bien.

Tal y como tenían previsto adquirieron los amuletos y los artículos necesarios para preparar algunas pociones que, además, contaban con la inestimable ventaja de tener un método de elaboración que perfectamente podía pasar por el de una bebida corriente. En la Hermandad sabían que a Amilamia le encantaba el zumo de mandrágora, y al final, cuando esos brebajes estuvieran listos, tendrían toda la pinta de no ser otra cosa que el líquido amarillento que tanto conocían.

Luego se alejaron un poco, no mucho, solo lo suficiente para llegar al puerto. Se sentaron en uno de los bancos de madera cerca del muelle en el que estaban atracados los veleros más impresionantes, y desde allí contemplaron el trasiego de los marineros cargando mercancías, los gritos de unos y de otros, el estallido de la cascada, ahogado, que les llegaba desde las profundidades del inescrutable sumidero. Disfrutaron de las impresionantes vistas de los templos que parecían a punto de derrumbarse sobre el abismo, el avance sosegado del agua, y dejaron que sus miradas se perdiesen en la otra ribera, a más de cien metros, en la que las casas negras parecían haber sido diseñadas por un arquitecto borracho dadas sus formas incoherentes pero, eso sí, atractivas.

Tenían aún una hora antes de marchar hacia el punto de encuentro. Andy miró a Amilamia. Estaban en silencio, y podía escuchar su respiración calmada mientras observaba su alrededor. Estaba disfrutando, pocas veces la había visto así, y le pareció la imagen más hermosa de la que fuera y sería testigo jamás.

-¿En qué piensas?-le preguntó al fin, en voz baja. Estaba intrigado, quería saber si en verdad estaba tan relajada como hacía ver. Para su sorpresa Amilamia le miró intensamente y a continuación rió. Hacía tiempo que no la escuchaba reír de esa manera, sin crueldad, casi con inocencia-. ¿Ocurre algo?

-¿De verdad deseas saber lo que pienso?-volvió a mirar a lo más parecido al horizonte que había en Sizalburgrum, hacia la otra orilla-. Pienso en cómo debe ser un mundo en el que se nos permita amar libremente. Me pregunto qué pasaría si decidiésemos rebelarnos contra todo y gritar a los cuatro vientos que la maldad es un bien que, a largo plazo, sienta mal, hace daño y hasta hace enfermar a la gente. Pienso que me gustaría coger un barco, pero no uno de los que zarpan de esta ciudad, pues todos ellos conducen al mismo destino, al norte, a una oscuridad donde nosotros no tendríamos lugar, sino algún pequeño bote, un pesquero o un humilde velero que nos condujese por las aguas del Lyr hacia el sur, hacia donde el sol es amarillo y los bosques tienen hojas del color de la esperanza. En resumidas cuentas, pienso en cómo debe de ser vivir en Azelleb. En cualquiera de sus regiones-cerró los ojos durante un instante, suspiró. Estaba evocando un sueño largamente perseguido, y que ambos sabían era imposible realizar-. Dicen que en Tundria solo hay lugar para el sosiego, que es posible formar una familia en una granja sin tener que vivir cerca de ninguna ciudad plagada de nigromantes, y que los animales no son huidizos y agresivos como aquí, sino que se acercan a que los acaricies si así lo deseas, que incluso se dejan cazar porque saben que con ello contribuyen a la supervivencia de la paz-volvió a mirar a Andy, con tristeza en los ojos, asumiendo la cruda realidad-. Pero supongo que todo eso no son más que rumores… ¿verdad?

Andy sintió que su corazón temblaba, herido. ¿Cómo podía confesarle a Amilamia que era cierto? Eso la dañaría aún más, porque la verdad de algo que es inalcanzable duele más que saber que aquello por lo que soñamos no es tan hermoso como nos lo pintan, y que, al fin y al cabo, conseguirlo algún día no valdría la pena. Peo no podía engañarla. Ella sabía que Andy procedía de Azelleb, que durante su infancia, ahora poco más que un vago recuerdo, casi como la parte de una vida de otra persona, había tenido la suerte de disfrutar de un mundo bien distinto de aquel en que ahora vivían.

-Queda bien poco en mi memoria acerca de Azelleb-respondió Andy con sinceridad-. Son tan difusos mis recuerdos que en ocasiones me pregunto si todo forma parte de algún sueño, emborronado por mis deseos de partir, igual que tú. Sin embargo no puedo mentirte, Amilamia. Lo poco que queda de Azelleb en mí es bello. Podría decirse que vayas donde vayas, en ese mundo hay luz, y que allí son el odio y los actos impíos lo que se condena. Y también puedo decirte que, de niño, era feliz junto a mis padres.

-¿Feliz?-preguntó Amilamia. Las pocas veces que había escuchado esa palabra en su vida le había sonado como la utopía de algún viejo y estúpido soñador.

-Sí, feliz. Es como caminar sobre nubes de algodón todo el día, y no tienes miedo a la muerte, pero no porque seas inmortal, sino porque el presente es tan hermoso que el mañana te parece todavía lejano. Te entran ganas de compartir cada momento con aquellos a quienes quieres, y si estás solo apenas puedes reprimir las ganas de hablar en voz alta porque sino sientes que estallas. Hay una energía, algo que te impulsa a no detenerte, y por más senderos que recorres, por más kilómetros que dejas atrás y por más tempestades que consigues sortear, permaneces incansable.

Esas palabras hicieron más daño aún a Amilamia, pues ignoraba todo cuanto acababa de decir su amado. Sin embargo, durante unos segundos, pudo aplacar ese dolor, porque pensó que ahora, mientras estaban allí, reconocía algo de lo que acababa de escuchar. Tal vez no del todo, solamente una pizca, pero durante las pocas horas que habían estado a solas había sido feliz. Y eso ya no había quien se lo quitara, aun cuando tenían que volver con los demás, a la oscura realidad de Hijeve.

***

Ese día a Mesmer le dolían bastante las piernas, algo que le sucedía bastante a menudo, pero hoy el dolor era especialmente insufrible. Sus cortas y deformes piernas tenían que soportar un esfuerzo mucho mayor que el de los demás, y el viaje le estaba pasando factura. A él, que apenas tenía costumbre de salir de su apacible castillo más que para hacer algún sucio recado o, como mucho, para acercarse a la ciudad para traer algunas cosas que su ama le pedía, mientras que para el resto de la Hermanda parecía como si apenas se hubiesen movido más que para ir al jardín de casa.

Pero su mal humor no se debía solamente a esta molesta circunstancia, con la que ya estaba familiarizado. No. Lo que le había hecho enfadar había sido tener que contentar a su querida ama cuando ella le había pedido que, por favor, no fuese con ella en todo el día, que se encargase, como los otros, de comprar víveres. Se lo había pedido, claro, porque a él nunca le daba órdenes.

(Sí que te da órdenes, idiota, ¿cómo no te las va a dar? ¿No ves que para ella no eres más un utensilio con el que quitarse el estiércol de encima?)

¿Cómo podía pensar eso? ¡Claro que no! Su Amilamia no le daba órdenes, eso solo era para los criados, y él no era un… Bueno, tal vez no fuera un miembro de esa estúpida Hermandad, pero hacía una infinidad de tiempo que vivía con ellos y se había ganado sus derechos. “¡Cállate! No conseguirás convencerme”, pensó, enfadado con sus piernas. Eran ellas las que le hablaban, le hacían sentir culpable de su estatura porque, al parecer, podía haber evitado que fueran débiles y feas, y cada vez que le dolían le susurraban. Y él las escuchaba, por supuesto, al fin y al cabo no podía ignorarlas, formaban parte de él aunque esto no le hiciese mucha gracia. A veces, no obstante, había deseado cortárselas. Había veces en que hablaban tan alto que le hacían daño en los oídos y en el cerebro, se colaban en su mente como uno de esos parásitos del corazón, que entran hasta muy dentro, muy dentro, muy dentro, muy…

(No tienes valor para rebelarte, no eres más que un enano al que sus padres abandonaron por ser un inútil, y jamás conseguirás que ella te ame, jamás, jamás, jamás…)

-¡¡¡CALLAD!!!

Se paró en seco, con la frente sudorosa y la boca seca. Cuatro personas que paseaban cerca de él se detuvieron a observarlo tras oírle gritar.

Su respiración se había vuelto extremadamente agitada. Durante un momento le había dado la sensación de que le metían la cabeza debajo del agua y que no podía coger aire, y que se ahogaría si seguía escuchándolas, no podía pararlas y entonces, ¿cómo actuar? ¿Cómo? ¿Qué era él? ¿El oidor de las piernas? ¿Mesmer, la boca de sus extremidades?

-¿!Qué miráis!? ¿¡Eh!?-se acercó a uno de ellos, corriendo como pedía, y levantó el puño amenazadoramente en su dirección. Luego se dio la vuelta y miró a los demás-. ¿¡Es que nunca habéis visto a un enano!? ¡Pues aquí tenéis uno, panda de mequetrefes con aspecto de murciélago! ¡Si yo fuera tan alto como vosotros ibais a saber lo que es bueno!

Los nigromantes siguieron su camino. Ni siquiera se paraban a prestarle mucha atención, no creían que fuera necesario porque sabían que jamás él podría representar una amenaza. Era solo un… eso.

(Pero sabes que es verdad. Amilamia quiere a Longrorn, y pronto dará a luz a un vástago engendrado por ese lunático al que, por cierto, también le gusta Lola. Sí, por lo visto le gusta jugar a dos bandas.)

-¿Qué?

(¿No has visto cómo mira a esa muchacha? ¡Vaya, eres ciego además de paticorto! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!)

No creía que eso fuera posible. Había visto cómo Longrorn, o Andy, como le llamaban a veces, pasaba mucho tiempo con Lola. Era consciente de que tenían una relación especial, pero a él le había parecido que más bien se asemejaban a dos hermanos que confiaban profundamente en el otro. Aunque él no había tenido de eso, así que, ¿cómo podía saberlo? Nunca había tenido una familia, ni un hogar, siempre había estado solo hasta que su Amilamia le encontró. Por eso tenía que protegerla, advertirle de que no debía fiarse de ese engreído y arrogante Longrorn Thigrim.

(Pero tampoco de los demás)

No, de los demás tampoco. Había tantos hombres en la Hermandad… También estaban Amberlyn y Rebekka, pero sabía lo lascivas y promiscuas que eran, y era lo suficientemente listo como para saber que podían recurrir a artes repugnantes para seducir a su Amilamia. Sí, eran sucias, detestables, unas pordioseras a las que les gustaban los conejos del mismo modo que las zanahorias. También había que deshacerse de ellas, por supuesto. Enseguida.

(En el fondo eres un buen chico, Mesmi. Sabes cuidar de aquellos a quienes quieres).

Sí, era cierto, y Mesmer se enorgulleció el pensar lo bien que cuidaba de su Amilamia. Al pensar en eso incluso el dolor de las piernas pasó a un segundo plano, aunque las voces seguían pinchándole en la cabeza y en el corazón.

(Muy dentro, muy dentro, muy dentro, muy…).

No podía soportarlo más. ¡Acabaría volviéndose loco!

Por suerte ya había empezado a mover hilos. Por una parte se sentía culpable, solo hasta cierto punto, claro; cuando se hacía justicia había que contar con que las cosas no fueran siempre del gusto de uno (solo hasta cierto punto, claro). Y es que no había utilizado el dinero para conseguir víveres, sino para contratar a unos cuantos mercenarios que, sabía de muy buena mano, solían pulular por Sizalburgrum. Ya conocía su fama desde mucho antes de ir allí, y había dedicado la mañana a buscarlos. En total había podido hacerse con el servicio de media docena. Sabía que Kilgore, Unthingol y Alabaster eran poderosos, y que irían juntos esta vez, pero se sentía tranquilo porque los asesinos les doblaban en número. Les había dado su descripción y después de eso les habían seguido. Luego irían a encargarse de Rebekka y Lola; sería muy fácil encargarse de dos jovencitas como ellas. Por desgracia no podrían deshacerse de Andy, porque sabía que, aunque habían partido separados, esto solo había sido una fachada y que no tardarían en reunirse para pasar el día a solas. Y claro, no quería poner en riesgo la vida de su Amilamia. Pero eso no era todo. Se había movido por diferentes tabernas, bares y sitios por el estilo, y había pagado una buena suma a más de un camarero para que se encargase de Amberlyn y el Viejo, porque intuía que tarde o temprano les apetecería tomar algo fresquito. Sí, bien fresquito.

Rió por lo bajo. Seguramente ahora, que empezaba a oscurecer, solo quedaban con vida Longrorn y Amilamia. De él se encargaría más adelante, por supuesto, no iba a marcharse de rositas y era al que más ganas tenía de echarle el guante encima.

Solo había tenido un pequeño problema cuando había planeado utilizar la bolsa de dinero para pagar a asesinos. ¿Qué diría cuando Amilamia le exigiese dar cuenta de los alimentos que había adquirido y viera que, no solo había gastado todas las monedas, sino que además iba con las manos vacías? Entonces sus piernas le dieron la solución. A veces resultaban útiles, le ayudaban a ver caminos que en ocasiones permanecían ocultos para él. Y cuando lo supo casi se cayó al suelo de la risa. Mesmer no era más que un enano indefenso, una criatura a la que, sin duda, no había sido buena idea dejar deambular solo por una ciudad como Sizalburgrum, repleta de peligros. Alguien le había atracado, le había robado el dinero y también los pocos alimentos que había conseguido comprar hasta ese momento. Y su Amilamia se lo creería, porque le quería, por supuesto. Sino no le habría rescatado de las calles de Civiabolis, sino no le habría puesto a su servicio, ni le habría acogido, ni le habría dado de comer, ni…

(Tú sigue soñando, Mesmi)

Odiaba las burlas de sus piernas. Siempre lo hacían, le instigaban con sus palabras venenosas hasta hacerle sentir triste. Pero ese día no lo conseguirían. Tenía un buen presentimiento. Intuía que pronto él y Amilamia serían felices juntos y nadie más les volvería a incordiar. Y si al final ella acababa descubriendo que él había tenido que ver con los asesinatos de los miembros de la Hermandad siempre podía alegar que no sabía lo que hacía, que sus piernas le habían convencido, que él no quería… Que se sentía culpable de lo que había hecho (solo hasta cierto punto, claro), y que nunca más volvería a hacer algo así. Y ella lo comprendería, y le querría (hasta cierto punto) y le diría que ella también había odiado a esa panda de cretinos pero que no había tenido el valor de deshacerse de ellos, y le daría las gracias por lo que había hecho. Y entonces él sería feliz, y seguro que Amilamia abortaría por él, invocaría a Rab-Tharnas para que lo hiciera sin problemas, porque ninguno de los dos querría un vástago de aquel bastardo ya difunto, y entonces Amilamia le pediría que le diese un hijo, y éste no sería patizambo y feo, sino alto y guapo, y muy poderoso, heredaría todos los poderes de su madre y la astucia y la malicia de su padre.

Estaba ya en las afueras, a punto de llegar al camino que conducía a Necromántica, una carretera de piedra cuyo principio coincidía con el final de la calle Örgue y que llegaba hasta la ciudad muerta. Estaba ansioso, casi no cabía en sí de la emoción, los nervios se le estaban apoderando y sintió unas ansias irrefrenables de empezar a correr. Se contuvo. Sonrió, eso sí, victorioso. O casi.

(Aún quedará Andy)

El recordatorio de sus piernas no le importó. Faltaba doblar una esquina y vería sola a Amilamia, tal vez impaciente porque los demás no llegaban. Y entonces, cuando tuviera que aceptar que los demás estaban muertos y que no volverían, se pondría muy triste, pero no pasaría nada porque allí estaría él para consolarla.

(Pero no podrás, porque estará Andy)

Esto sí que le enfureció, sobre todo por las risas que le taladraban las sienes. Estuvo a punto de gritar que se callasen, pero no quería hacer el ridículo de nuevo.

(Vamos, campeón, no te desanimes. ¡Ya casi lo has conseguido!)

Dobló la esquina, esperando que sus planes se hubiesen cumplido, con la mayor ilusión que había sentido en mucho tiempo. No, en mucho tiempo no, en toda su vida. Sonreía tanto que se le veían hasta las encías, y tenía los ojos abiertos de par en par para no perderse el precioso paisaje que tenía delante.

Las imágenes le vinieron a la cabeza como breves secuencias, rápidas y traumáticas. Amilamia. Andy. ¿Quiénes eran los otros? Unthingol. El Viejo. Amberlyn. Lola.

¡No, no puede ser cierto! ¡Esto no puede estar pasando!”.

Alabaster. Kilgore, haciendo reír a los otros con una de sus patéticas bromas. Rebekka, con una muñeca en la mano, mostrándosela a Amberlyn, casi dando saltos de alegría.

(Y Andy, amigo mío. Siempre Andy)

Dejó de sonreír. Supuso que la cara de idiota que se le había quedado no tendría precio, y tuvo que hacer un esfuerzo inhumano para no gritar de ira, para no lanzarse sobre aquel grupo de indeseables y estrangularlos él mismo, más que nada porque sabía que de hacerlo no tendría ninguna posibilidad. Lo matarían. Se reirían de él. Amilamia utilizaría sus restos para alguno de sus hechizos, y se jactaría de él junto con (ese cerdo bastardo) Andy, y los demás celebrarían que al fin se habían deshecho de aquel enano molesto, que estaba como un cencerro.

Se tranquilizó. No. Nada de aquello era cierto. Sus piernas querían hacerle creer cosas que no eran, querían hacerle perder el juicio. No les daría el gusto. Incluso, si pudiera deshacerse de ellas en ese momento, tal vez se callasen para siempre. Metió lentamente una mano en el bolsillo de la capa, y palpó el mango del cuchillo. Rozó con el dedo índice el filo.

(Nunca tendrás el valor suficiente, Mesmi, eres un buen chico, nos echarías mucho de menos, estarías solo como un perro)

Se cortó, y unas gotas de sangre mancharon la tela. Aún no era el momento. Tarde o temprano. Sí, tarde o temprano les daría un escarmiento a esos lunáticos de la Hermandad, les haría recapacitar, para que en el futuro fuesen buenos. Como él. Luego… ¿Por qué no? Luego, cuando todo se hubiese pasado, puede que se arrepintiese (solo hasta cierto punto, claro), pero entonces les respetarían.

Sacó la mano del bolsillo, suspiró, y con paso alegre se acercó, muy despacito, al grupo. Por ahora tendría que esperar. Y seguir sintiendo esa voz, ese empeño en despertar, en hacer que el mundo le prestara atención de una vez por todas. Y amar como él solo amaba, con ese sentimiento que tenía muy dentro, muy dentro, muy dentro, muy…

Comentarios

  1. Mabel

    18 enero, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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