Hermandad sangrienta 1. La maldición sin nombre (Capítulo 23)

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23. Necromántica

El resto del viaje transcurrió con normalidad. Durante los días siguientes al incidente de Ghûl, no obstante, Lola temió que Alabaster hablase con Amilamia acerca de lo ocurrido, pero la actitud de la bruja no varió en todo ese tiempo y eso la tranquilizó, y también hizo que la joven aprendiese a mirar de otra forma al temible demonio, quizá como un compañero más en quien confiar y no tanto como aquel ser frío y distante que ponía los pelos de punta solo con mirarle; en silencio, le estaba profundamente agradecida por no haberla delatado.

La primera visión de Necromántica tuvo lugar en mitad del desierto. Fatigados como estaban, agobiados por un calor extremo y apremiados constantemente por el deseo de llegar lo más pronto posible, se mostraron precavidos al principio, temiendo a la magia de aquel lugar tenebroso que pudiera manifestarse ante ellos en forma de espejismo, tal vez con el fin de desviarles de su camino y hacerles caminar en círculos hasta que sus energías se terminasen y perecieran para acabar convirtiéndose en unas cuantas almas en pena más, de cuantas ya merodeaban por las Tierras Áridas. Sin embargo pronto vieron que las formas de los ruinosos edificios iban recortándose en el horizonte, cada vez más nítidos, y eso alivió los temores de todos.

Las calles de la ciudad muerta eran tan desoladoras como su nombre hacía pensar. Los edificios, antaño altas torres habitadas por poderosos nigromantes, ahora no eran más que cadáveres de obsidiana, desvencijadas y carcomidas por el tiempo y el abandono. También había casas pequeñas, con tejados destrozados, ventanas que habían acabado fusionándose con otros agujeros que habían aparecido en las paredes, y algo que llamó especialmente la atención a Lola fue una planta extraña, una especie de enredadera de color morado que trepaba por las fachadas.

Andy, que caminaba a su lado, se fijó en el interés que ella mostraba acerca de esta cuestión, ya que Lola no apartaba la mirada de estas curiosas plantas.

-Son los dedos de los Lughs’ss. Tienen aspecto de bellas plantas-explicó-, pero sus hojas se alimentan de la energía de quienes hacen su vida en el interior de las casas. Sus hojas adquieren mayor colorido cuanto más vida absorben, y sus ramas crecen cuanto más débil están sus víctimas. Verás casas que están totalmente recubiertas de los dedos de los Lughs’ss; significa que los merodeadores pronto vendrán a recogerlos…

Las enigmáticas palabras de Andy le pusieron el vello de la nuca de punta. Sabía lo que quería decir. Aquellas sombras, los Lughs’ss, se harían con los muertos en vida, las personas cuyos cuerpos se movían pero cuyas almas estaban apagadas y les harían formar parte de su ejército maldito. Precisamente ahora pasaban junto a una casa en la que apenas se podían vislumbrar algunos centímetros de pared desnuda. Un escalofrío al imaginarse el estado de quienes se hallaran dentro.

-¿Y no se pueden destruir?

-Son la manifestación de un poder oscuro, Lola. Aunque podaras la enredadera, ésta volvería a crecer con más fuerza y mucho más rápidamente que antes, y ni el veneno más mortífero de Hijeve haría palidecer siquiera ese colorido maldito. No… Cuando los Lughs’ss escogen su víctima, no hay nada que hacer.

Caminaban despacio, casi a tientas, no fiándose de aquello que pudiera estar aguardando tras la próxima esquina. Ni siquiera la Hermandad Ynwlemair, temida en todo Azelleb y respetada y envidiada por la mayoría de los habitantes de Hijeve, estaba segura en Necromántica. Era de día, pero las sombras podían hacer su aparición en cualquier momento, o bien podían asaltarles una horda de nigromantes devotos de Xo’Thur, tocados por su maligna divinidad, recubiertos de sangrantes llagas, estigmas y escamas con la intención de contagiarles (sus síntomas) su fe. Aquella ciudad, tan diminuta que todos sus límites se podían distinguir desde donde estaban, no les ofrecería escapatoria una vez el demonio de la muerte se hubiese encaprichado con ellos. Por eso, cuando dejaron atrás la tercera calle y se les acercó con paso irregular uno de los habitantes de Necromántica, se detuvieron, invadidos por el terror.

Sí, no había duda; ya les estaban dando la bienvenida, sabían que habían llegado forasteros y querían otorgarles un cálido hogar, uno del que no pudieran salir nunca. Era una mujer. Vestía una túnica azul oscuro que le cubría todo el cuerpo pero que le dejaba ver las manos y la cara. Fue suficiente para contemplar el horror que aquella ciudad plasmaba en quienes vivían allí. Tenía el rostro plagado de surcos sanguinolentos y de sus ojos manaba pus. Sus dedos no eran para nada normales, se doblaban en formas imposibles y el índice de la mano izquierda bailaba sospechosamente: estaba a punto de caer. Y es que el color marrón que presentaba la piel no era propio del bronceado, precisamente; era como si su cuerpo estuviera hecho de tierra y se estuviera pudriendo. De hecho, el hedor que desprendía era insoportable.

-Cean bienvenidoz, forazteroz…-les saludó la mujer, hablando con un pronunciado ceceo. Sonrió. Vieron que solo tenía media lengua. La otra media sangraba y estaba siendo devorada por gusanos, decenas de diminutos cuerpecitos blancos que se removían con inquietud y ansiedad.

Lola notó nauseas, pero no fue la única. Amberlyn se llevó la mano a la boca y Rebekka cerró los ojos, espantada. Andy rodeó a la niña con un brazo y ella pegó su cara al costado del nigromante. Los demás mantuvieron la compostura, aunque en el fondo todos sentían su estómago revolverse. Entonces Amilamia desenfundó su espada, que llevaba colgando de la cintura, se acercó a la moribunda y le cercenó la cabeza después de trazar un arco preciso y limpio con el arma. La cabeza rodó por el suelo y se deshizo en pedazos como una calabaza madura, y el resto del cuerpo cayó de bruces, y sus extremidades, blandas y en estado de descomposición, se desprendieron casi imperceptiblemente bajo la ropa.

-Ahora descansarás en paz, desgraciada. Has tenido suerte de toparte con nosotros, las sombras no podrán llevarte con ellas-susurró Amilamia mientras enfundaba la espada.

-¿Crees que esto despertará la ira de los Lughs’ss?-preguntó Unthingol, sin mostrar el menor atisbo de preocupación en su voz (algo natural en él).

-Es posible. Pero no podíamos dejar que se nos acercara demasiado-justificó Amilamia, quien pensaba que estaban arriesgándose mucho-. Tenemos poco tiempo. Cada hora que permanezcamos aquí, más difícil nos resultará abandonar Necromántica.

-Entonces encontremos cuanto antes a ese charlatán-sugirió el Viejo. Y se podría decir que nunca antes habían estado todos tan de acuerdo en algo.

No tardaron en hallar la primera de las tres tabernas, tan solo tuvieron que dejar atrás dos calles más. Se trataba de una caseta, una de las pocas respetadas por las temibles plantas. Su puerta de madera estaba completamente podrida por el sol y podía estar a punto de caerse de un momento a otro. No había ventanas, y lo único que la distinguía de una vivienda era un diminuto cartel junto a la entrada que rezaba “taberna Xo’Thur”. Esa dedicación al demonio de la muerte no auguraba nada bueno, pero como no tenían otro remedio más que entrar, Amilamia empujó la puerta y se colaron con la esperanza vana de no llamar demasiado la atención. El interior no estaba abarrotado, pero tampoco vació. Había al menos una decena de parroquianos, todos ataviados con esas túnicas azul oscuro, color que a duras penas distinguieron (más bien dedujeron) a causa de la falta de luz, la penumbra que reinaba en la estancia. Había alrededor de quince mesas, y en la barra se movía con parsimonia el tabernero, un anciano que daba la sensación de estar asqueado del negocio que él mismo había abierto por la manera en que atendía a sus clientes, dedicándoles miradas de desdén y lanzándoles los platos como quien deposita un pedazo de excremento sobre la mesa. Cuando puso una jarra de algo que parecía vino (aunque Lola no tenía ni idea de lo que era, un líquido que más tarde se fijó que era espeso y de aspecto nauseabundo) junto a un hombre sentado a la barra, estuvo a punto de derramar su contenido por la falta de cuidado que puso en el acto, como si la jarra no fuese de vidrio y el líquido fuese sólido. Sin embargo el cliente no se quejó, ni tampoco a los otros parecía importarles la falta de diligencia que mostraba el dueño de la taberna. Era como si nada les importase en absoluto, porque, ¿qué más daba la actitud tosca de un hombre cuando ya estaban todos condenados? ¿Qué importaba la vanidad de uno solo cuando cada uno de los allí presentes, incluido el tabernero, pronto no serían más que un montón de lodo y almas penitentes?

Al principio no repararon en la Hermandad. Ya eran espectros, solo que se les podía tocar. Y solo cuando Amilamia, seguida de los demás, había dado ya cinco pasos o más, algunos se dieron la vuelta. Y cuando alcanzaron la barra atrajeron todas las miradas. Era de esperar. Olían a salud, a vida. Y el tabernero no les trató con mayor amabilidad por eso.

-Habéis hecho mal en venir a Necromántica, forasteros-susurró, sin poder articular bien del todo las sílabas por la falta de dientes.

-Créame, esto no es una visita de placer, señor-replicó Amilamia, a quien su humor ácido siempre la acompañaba sin importar las circunstancias.

-¿Qué se les ha perdido aquí? ¡Váyanse ahora mismo de la ciudad!

-Estamos buscando a alguien.

-¿A alguien? ¿Quién de nosotros puede despertar el interés de la gente sana?-preguntó el anciano, denotando repugnancia en su tono de voz.

-En realidad… No es un habitante de Necromántica-aclaró Amilamia-. Es un amigo.

-A estas horas su amigo puede que esté dándose un largo paseo por el desierto. ¡Un paseo que no acabará nunca, si me permite el atrevimiento!

Amilamia sonrió. No por complacencia, sino porque tenía que seguirle la corriente a ese tarado.

-Eso no lo sabemos todavía. ¿Sabe quiénes somos nosotros?

-No me importa, ¡váyanse ya!

-Somos la Hermandad Ynwlemair. No sé si le dice algo ese nombre, pero será mejor que me escuche. Por su bien.

El viejo estalló en carcajadas. Lola creyó que iba a darle un patatús por la forma en que empezó a retorcerse, agarrándose con ambos brazos a la barra para no caer de culo. Amilamia, por su parte, se irritó bastante. Odiaba que se rieran en su cara, y si ese viejo testarudo no pensaba participar le volvería a ahorrar el trabajo a los merodeadores.

-¿Qué puedo temer yo además de a esas sombras? ¡Sé qué es la Hermandad esa! Pero lo que vosotros me hagáis será para mí un descanso. De hecho adelante, ¡matadme! Así descansaré en paz. ¡Maldita sea!

-¿Ha tenido noticias de algún hombre sano en los últimos meses? Aparte de nosotros, naturalmente-indagó Amilamia, haciendo caso omiso de las chaladuras del tabernero.

Lola notó algo a su espalda. Algo que se movía. Miró por encima del hombro. Algunas personas se habían levantado de sus asientos y les miraban. Se mantenían inmóviles, pero a Lola aquello le daba mala espina. Tiró del hombro de Andy y éste se agachó para que pudiera hablarle al oído.

-Mira detrás. Despacio-le advirtió. Andy le hizo caso, y lo que vio no le hizo ninguna gracia-. ¿Crees que piensan atacarnos?

Andy asintió.

-Se nos echarán encima de un momento a otro. Hay que estar alerta.

-¡Debemos avisar a Amilamia!-exclamó Lola sin alzar la voz.

-No la subestimes. Ella es plenamente consciente de la situación. Sabe que estamos en peligro y hará que el espectáculo comience solamente cuando crea que deba dar comienzo. Mientras tanto, intentará sonsacarle la información que necesitamos a ese viejo cascarrabias.

-Vosotros, panda de majaderos, sois los únicos seres vivos que he visto en décadas-respondió el tabernero, que se limitó a coger una jarra del fondo de la pila y pasarle un viejo trapo lleno de polvo-. Ahora marchaos de aquí, antes de que sea tarde.

Amilamia asintió. No se había hecho ilusiones, había esperado ese resultado de antemano, pero eso no le impedía sentirse iracunda. Les castigaría, a todos, al dueño de la taberna y a sus pútridos clientes, que se acercaban con paso sigiloso, creyendo que no se daban cuenta de nada. ¡Pero qué idiotas! ¿Acaso no habían oído hablar nunca de la Hermandad Ynwlemair? ¿Es que no conocían sus poderes y su magia tenebrosa, así como su maldad?

-Entonces no le debo nada, supongo.

-Bah-escupió el tabernero, que ni siquiera la miró.

-Antes ha dicho que la muerte sería para usted una liberación. No será la muerte lo que os entreguemos ahora, será algo más… dulce. Para nosotros, claro.

Se dio la vuelta, dando la cara a todos los parroquianos que ya estaban tan cerca, casi tocando a Andy y Lola, que eran los más retrasados. Y por primera vez Lola fue testigo de la magia negra de Amilamia. No tuvo que alzar las manos ni pronunciar palabra alguna, bastó con un simple cambio en su mirada. Sus ojos se volvieron opacos, apenas se entornaron, el brillo que emitían fue más intenso de lo normal y su sonrisa… Su sonrisa se volvió perversa, hasta un punto que cuesta imaginar y que a Lola le hizo contener la respiración. Incluso los otros miembros de la Hermandad se quedaban helados ante las escasas demostraciones de poder de su líder. Y, de pronto, los hombres y mujeres en estado de descomposición saltaron con la intención de despedazar a los recién llegados. Lola se giró, con la mano en la empuñadura de su espada, y con la rapidez con la que se tarda en dar un pestañeo desenvainó y cortó en dos al hombre que se le echaba encima. Pero no fue sangre lo que la salpicó, tampoco carne, sino ceniza. Al principio se quedó anonadada. Al poco miró en derredor y vio que estaba rodeada de estatuas carbonizadas, cada una con una expresión de agonía en sus rostros y con la postura de quien está a punto de atacar a otra persona, con los brazos en alto, la cara torcida, la boca abierta lanzando un grito que no llegó a escucharse jamás.

-¿Eso es todo? ¿No se te ha ocurrido otra cosa? Podías haber sido más original-se quejó Amberlyn, que miraba las estatuas con aversión para después acusar con la mirada a Amilamia-. Estatuas… Por favor, ¿se puede ser más burdo?

-No son simples estatuas-explicó Amilamia-. Respiran. Oyen, ven y sienten. Son conscientes del paso del tiempo, así como de los cambios de temperatura y de la mayoría de sensaciones que un ser humano normal es capaz de experimentar en su carne. Pero he avanzado su estado de descomposición hasta tal punto que parecen poco más que ceniza. Es más de lo que ni siquiera los merodeadores desean. No vendrán a por ellos. Jamás. Y permanecerán en Necromántica hasta el fin de los tiempos. Sin duda desearían haber recibido la llegada de los Lughs’ss… Al menos, como almas, podrían saber que están muertos, no experimentarían dolor, ni hambre, ni sed, ni cansancio, y podrían vagar libremente aunque fuera por el desierto.

No rió. Pero Lola comprendió hasta dónde podía llegar la crueldad de la bruja, y más que nunca se previno de contrariarla alguna vez.

Salieron de la taberna, y aunque apenas habían estado unos minutos en ella tuvieron la sensación de que el aire que se respiraba fuera, pese a ser cálido y denso, era liviano y fresco y les alivió en gran medida. Pero no era más que eso, una sensación, y al cabo de pocos segundos volvieron a sentir que la piel les ardía y que la boca se les secaba. Lola echó mano de la cantimplora y bebió con avidez pero con control, sabiendo que las reservas de suministros eran limitadas, y tan pronto cesó de caer el chorro en su boca notó que el aire volvía a secársela.

-¿Dónde iremos ahora?-quiso saber el Viejo.

-¡Donde el destino nos lleve!-gritó Kilgore, entusiasmado. La comitiva cesó su avance y todas las miradas se posaron en él; aquel no era un momento idóneo para bromas-. ¿Qué? Tan solo pretendía aligerar el ambiente.

-Cierra el pico, Kilgore-le increpó Amberlyn, y siguieron andando.

-No hay mucho donde elegir-dijo Amilamia-. Quedan dos tabernas, la de Lughg’ss y la de Sombra en el Desierto. Lughs’ss está más cerca, iremos primero a esa.

Ver caminar a Amilamia por las arenosas calles de Necromántica era como contemplar un vals de cisnes en un lago. Nunca perdía su elegancia, y sus pies, al contrario que los de los demás, no parecían hundirse en la arena. Era como si acariciase la superficie del desierto con sus botas, y su piel tostada repelía el fiero ataque del sol como instantes antes había destruido el mal de una veintena de hombres infectos. Salvajismo y oscuridad bajo una superficie de preciosa delicadeza, así era la líder de la hermandad sangrienta. Mientras proseguían su precario y lento avance por la pequeña ciudad Lola la observaba desde lejos, y supo que empezaba a sentir hacia ella una admiración que hasta entonces no se había parecido a otra cosa que no fuera temor y respeto. Era una mujer imponente y poderosa, bella y fuerte, cruel e inteligente, y mantenía unida a un grupo de personalidades dispares y difíciles de entender: era normal que todos quisieran seguirla hasta el fin.

No tardaron en encontrar la siguiente taberna, no había pérdida en Necromántica. Este nuevo lugar era todavía más pequeño que el anterior, y también estaba más vacío. No había nadie tras la barra, y solo un cliente se encontraba sentado a una de las mesas del establecimiento, junto al a ventana, mirando un paisaje poco alentador con unos ojos que se perdían entre las callejuelas, estrechas y escasas, pero que podían convertirse en infinitas para aquellos que habitaban en ellas. Se acercaron a la barra. La taberna, de no ser por el cliente, podía hacer pensar que estaba abandonada o, cuanto menos, cerrada. El silencio era abrumador, se podían escuchar los corazones latiendo con parsimonia, como por obligación, como alguien que se levanta cada mañana para acudir al trabajo, y de vez en cuando un “ploc”, una gota de sudor de Unthingol, Andy, tal vez de la propia Lola, al ir a estrellarse contra el entablado que conformaba el suelo. Lola se pasó la mano por la frente, escuchó cómo todos resoplaban, cansados y acalorados, y tuvo que hacer un esfuerzo imperial para alejar de ella cierto asomo de ansiedad que amenazaba con hacerle perder el control sobre aquella situación tan desagradable.

Amilamia golpeó la barra, con el puño cerrado, y llamó a voz en grito. No vino nadie.

-¡Tabernero, ven de una vez!-bramó Alabaster, quien contaba con el chorro de voz más grave y potente del grupo, tan repentinamente que sobresaltó a Rebekka, Kilgore y al mismísimo Unthingol (amante de la quietud), que le dirigió una severa mirada de desaprobación.

No obstante, el dueño de la taberna seguía sin aparecer.

-No vendrá.

Aquella voz les llegó desde lejos, casi inaudible pero inconfundiblemente nítida. Y provenía del fondo de la taberna, de aquella esquina en la que apenas habían reparado y de la que ya se habían olvidado. Se giraron para ver quién osaba hablarles, y el temerario individuo no resultó ser otro que el cliente que, aún ahora, después de dirigirse tímidamente a ellos, seguía mirando por la ventana. Andy se le acercó, desmarcándose tres metros del grupo.

-¿Cómo dices, despojo humano?

Lo era, un auténtico despojo, prácticamente un alijo de carne y líos de tela; apenas se le distinguían la boca y los ojos en mitad de una cabeza sin pelo, cubierta de pústulas y surcos sangrantes, y se arrebujaba contra la silla, como un cojín del que nadie hace uso y que, por falta de tratamiento, ha ido cogiendo polvo hasta terminar pudriéndose. Mirarle era todo un ejercicio de autodeterminación.

-No vendrá-respondió aquel hombre, sin dirigirle aún la mirada a Andy.

-¿Te refieres al tabernero?-esta vez el hombre no le hizo caso y Andy se acercó a él casi con violencia-. ¡Mírame cuando te hablo, saco de gusanos!

Estuvo a punto de agarrarle por el cuello de la túnica, pero la voz de Amilamia le detuvo.

-¡No le toques! Podrías contagiarte con su mal.

Asqueado y aterrorizado al mismo tiempo, Andy dio unos pasos atrás y se espolsó la ropa, limpiándose de algo invisible.

-Sois la Hermandad Ynwlemair, ¿me equivoco?-dijo el hombre al cabo de un rato.

-¿Quién eres?-preguntó Amilamia, y todos sintieron un nudo en el estómago, presintiendo la respuesta.

-Ésa no es la pregunta adecuada, Amilamia; la pregunta es, ¿quién fui?-y por primera vez les miró, y Amilamia se quedó helada, al igual que los demás, aunque al contrario que la bruja el motivo de su espanto se debía a algo más terrenal como era el aspecto del hombre. Amilamia, por el contrario, se había visto arrastrada por la consciencia de que habían encontrado a su hombre.

-Vamos, chicos, sentémonos con este señor tan amable-les invitó Amilamia, y cada uno cogió la silla más cercana y la colocó lo más cerca posible de la mesa del hombre, no queriendo perderse detalle alguno de la conversación que iba a tener lugar.

-¿Cuánto hace que llevas en este lugar?-preguntó Amilamia, con ánimo de demostrar un poco de tacto antes de ir directa al grano.

-El suficiente como para no resultar reconocible. Meses… Desde que te envié aquella carta. Por cierto, mi nombre es Mhom, aunque… eso ya no tenga importancia, a estas alturas de lo que podría llamarse mi vida-contó el hombre, con un dolor de sobras palpable en su voz.

-¿Por qué no esperaste en otro lugar? Podrías haber escrito la carta desde fuera de la ciudad, hay miles de sitios en los que podríamos haber quedado.

-No vine aquí por capricho, ¿sabes?-le reprochó Mhom, como si Amilamia le hubiese insinuado que tal vez había confundido Necromántica con un emplazamiento de veraneo-. Conozco vuestra misión, eso está de más decirlo, y siempre he sido un nigromante comprometido con el mal. Quiero que se destruyan esos Objetos-Amilamia asintió, comprensiva-. Sé que fui un estúpido pero… yo mismo inicié la búsqueda de uno de ellos cuando escuché algo allá en mi ciudad, la portuaria Borongrak. Seguí unos rumores que ahora sé que eran falsos, y que me condujeron aquí. Apenas estuve en esta ciudad unas horas, pero fueron suficientes. Me abordaron, y me convertí en uno de ellos… Escribí la carta al día siguiente. Por descontado, yo ya sabía que ya era tarde para que me marchara, los merodeadores me encontrarían me fuera donde me fuera. Ahora, al menos, conozco la verdad. Sé dónde está el Objeto.

-Fuiste un imprudente y un estúpido al pretender hacer algo que no está en tu mano, Mhom-le recriminó Amilamia-. Sin embargo, admiro tu valor y agradezco el servicio que estás ofreciendo a esta Hermandad y a toda la comunidad de nigromantes; Hijeve se mantiene viva gracias a tipos como tú.

-Gracias, señora.

-Ahora, dinos: ¿dónde debemos iniciar nuestra búsqueda? ¿Qué senda hemos de tomar a continuación, amigo Mhom?

Mhom guardó silencio un instante para escoger bien las palabras.

-Como sabéis, vosotros no sois los únicos que andáis detrás de esos Objetios Malditos. Hay más gente, nigromantes codiciosos que esconden motivos desconocidos, y también magos que creen estar haciendo un buen servicio al mundo guardándolos. Encontré un nigromante, aquí, en esta ciudad podrida, justo el día que llegué; casualidades de la vida. Pero fue una suerte, porque no es fácil encontrar a un ser vivo aquí. El hecho de que fuera el único hombre sin aspecto de haber sido tocado me llamó la atención, así que le abordé en mitad de la calle con la intención de hablar con él. Al principio fue simple curiosidad. Le pregunté de dónde era. Él me dijo que de Lamentia, que estaba en un viaje muy especial hacia el sur, aunque no me quiso decir hacia dónde se dirigía exactamente. No es necesario que me preguntéis cómo lo hice, pero conseguí entablar una conversación con él que se alargó más de lo esperado, así que vinimos a esta misma taberna. Nos emborrachamos. Bebimos tanto alcohol que ambos nos fuimos de la lengua, ¿sabéis? Confesó que su intención era ir a Azelleb, para participar en la guerra que está empezando; me dijo que el Cónclave de Ölokh estaba preparando un auténtico ejército, que se estaba haciendo fuerte en el sur. Al principio me lo creí, pero el alcohol siguió haciendo su efecto y él continuó escupiendo información interesante, porque solo había dicho parte de la verdad.

<<Hay una ciudad llamada Ciudad Gremial, en la parte oeste de Azelleb, supongo que la conocéis. Es un enclave importante en el mapa, porque no solo reúne todas las sedes de los gremios del comercio existentes en Azelleb, sino que es el bastión que defiende la entrada a los Fiordos Ishelm, poblados de riqueza, ocupados por débiles poblaciones que, de caer Ciudad Gremial, no tardarían en formar parte de Hijeve. Y no solo eso, más allá se encuentran la Gran Depresión, Tundria, y Luminia, el emplazamiento del Concilio Blanco de los Magos. Pues veréis. Ciudad Gremial está gobernada no por un mago, sino por un hechicero, y esto preocupa bastante a los magos, como debéis imaginar. Lorne Harum, así se llama el hechicero. También hay que decir que es el único hechicero de la ciudad, así que es fácil de reconocer. Pues bien. El tipo del que os hablo me dijo que quería infiltrarse en la torre de Harum, ganarse la confianza del hechicero y robarle su preciado Objeto cuando menos lo esperase. Es curioso, ¿verdad? Normalmente los guardianes no suelen ser personajes con relevancia social. Os estaréis preguntando: ¿qué forma tiene el Objeto? Eso sí que no puedo decíroslo, no me lo dijo, creo que no tenía ni idea.

-Será difícil adentrarse en Ciudad Gremial, llamaremos demasiado la atención-observó el Viejo.

-Tal vez debamos disfrazarnos-sugirió Rebekka muy seria.

-Me temo que eso no serviría-objetó Amilamia-. Los magos cuentan con innumerables sistemas de seguridad para detectar magia negra a kilómetros de distancia, repararán en nosotros en cuanto nos acerquemos a las puertas de la ciudad.

-Pero vosotros lleváis siglos haciendo esto. No creo que sea la primera vez que tenéis que adentraros en una ciudad de magos-dijo Lola, quien confiaba en que tarde o temprano hallarían una solución.

-En eso tienes razón-respondió Alabaster-, pero aunque te resulte difícil creerlo es la primera vez que entramos en una cuyo gobernante es quien guarda el Objeto. Y más un hechicero.

-Utilizan medios que un mago jamás se atrevería a emplear-añadió Unthingol-. Su neutralidad les permite jugar sucio a veces, y eso les hace más imprevisibles. No podemos saber hasta qué punto desprecia la magia negra.

-Bueno, según dice Mhom allí están concentrados todos los gremios del comercio. Podríamos hacernos pasar por comerciantes-propuso Lola.

-Ya hemos dicho que no valdrá la pena disfrazarnos-le recordó Amberlyn. De pronto, no obstante, algo pareció brillar en sus ojos-. Aunque ahora que lo pienso, puede que no sea mala idea…

-No sería disfrazarnos sin más. Tendríamos que despojarnos de todos los materiales que generen magia oscura-explicó Lola-, interpretar el papel de algo que no conocemos. Puede que tengamos que pasar algún tiempo entre magos comerciantes para saber actuar, hablar, pensar… como ellos.

-No es la primera vez que hacemos algo parecido, ¿sabes?-dijo el Viejo-. No es una mala idea. Conozco un lugar seguro, en Og’Leth, en el que podremos guardar nuestras cosas y hacernos con lo necesario.

-Ese será el último punto seguro antes de alcanzar el río Lir y cruzar la frontera con Azelleb-intervino Kilgore, más serio que de costumbre.

-Tu plan incluirá deshacerte de tu querido amigo-le recordó Amilamia a Lola, apuntando con la mirada al Ungiforme.

-Lo sé… Pero no queda otro remedio. Hay que hacer lo que sea necesaria-admitió Lola, algo apenada. Tenía al Ungiforme, que en ese momento mostraba su forma de cuervo, posado sobre su hombro derecho, y le acarició el pico con ternura.

-Es posible que hagan falta meses hasta que os transforméis en comerciantes de primera. Y cuando al fin lo logréis, cuando seáis lo suficientemente “magos” como para poder cruzar los muros de Ciudad Gremial sin ser delatados, empezará lo más difícil de todo: llegar hasta Lorne Harum. Sabéis que no será suficiente con robarle el Objeto. Habrá que matarle-explicó Amilamia. Desde luego todos eran conscientes de esa cuestión, no podían dejar vivos a los guardianes de los Objetos-. Esto dejará franca Ciudad Gremial para ser abordada por los ejércitos de Hijeve, por lo que nuestro papel en esta misión se ha vuelto más trascendental que nunca.

De pronto Lola tuvo otra idea y a punto estuvo de interrumpir a Amilamia para expresarla en voz alta.

-Si conseguimos eliminar al gobernador de Ciudad Gremial, habremos contribuido con un gran servicio a Hijeve, ¿no es así?

-Cierto-corroboró Amilamia.

-¿Crees que después de eso cabría la posibilidad de que el Cónclave olvidara la deuda que tengo con ellos?

-Mi querida jovencita… Se nota que eres nueva aquí-musitó Amilamia, y sus palabras cayeron como un jarro de agua fría sobre Lola-. El Cónclave nunca olvida sus deudas, y solo existe una manera de pagarlas: cumpliendo el trato. No importa cuántos favores les hagas, ni el valor de éstos; siempre les deberás lo más importante.

Aunque a Lola no le importaba demasiado tener que entrar a formar parte del Cónclave, había tenido la esperanza de poder librarse y ahora estaba un poco triste. Pero no lo mostró, no quería hacer ver que era débil, y aunque en ese momento no le hubiese venido mal un abrazo de Andy, cuando él la miró, interrogándola, ella desvió la mirada y se hizo la dura.

De repente escucharon una fuerte tos. Provenía de alguien que normalmente no hablaba cuando se discutían asuntos importantes. Mesmer, al ver que todos le miraban, se sintió complacido. Pocas veces lograba atraer la atención del grupo, aunque no es que le diera mucha importancia a eso. Pero la mayoría de veces, cuando lo conseguía, era para recibir los insultos y las burlas de Kilgore, Amberlyn y compañía. Ese era otro motivo por el que les odiaba tanto.

-¿Qué quieres, enano? Los mayores estamos hablando-se mofó Kilgore, y cuando Mesmer abrió la boca para hablar no le dejó-. ¿Qué? No te oigo. ¡Ah! ¿Dices que te has caído de la silla? ¡Oh, qué tonto soy! Lo siento, olvidé que eres así de bajito.

Esta vez se rió a lo grande y tanto Amberlyn como el Viejo le secundaron, pero fueron los únicos.

-Habla, Mesmer, sea lo que sea que tengas que decir-dijo Amilamia, con poco entusiasmo.

-Muchas gracias, mi ama-respondió Mesmer, con una inclinación de cabeza tan exagerada que estuvo a punto de dar con la nariz en el borde de la mesa-. Es que tengo una pregunta. Es que yo no sé si un enano daría mucho el pego como comerciante. La gente me verá y dirá: ¿un enano con unos comerciantes? ¡Si los enanos no saben hacer nada!

-Tranquilo, si alguien nos pregunta le diremos que eres parte de la mercancía, así tal vez te compren y nos deshagamos de ti-dijo Amberlyn, y las risas esta vez se extendieron a Rebekka, Amilamia y Andy, incluso Lola tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse porque no le gustaba ser cruel con Mesmer, pese a que no le aguantaba, pero nunca le había parecido gracioso burlarse del aspecto físico de los demás. Sin embargo cada vez el espíritu de la Hermandad se apoderaba más de ella.

-No sé quién querría comprarle. Tal vez como mascota, aunque da más problemas que un animal común-dijo Kilgore.

-¡Ya está bien!-gritó inesperadamente Mesmer.

Todos dejaron de reír. Era la primera vez que el enano saltaba de esa forma, pero no solo eso, sino que había sacado un puñal que guardaba bajo la camisa y se había puesto en pie sobre la silla, señalándolos a todos con el arma. Respiraba agitadamente, presa de un ligero ataque de ansiedad.

-Chico, tranquilízate, no era más que una broma-quiso tranquilizarle Kilgore, alzando las manos con gesto disuasorio.

-Debe de estar cansado de vosotros, siempre os metéis con él-dijo Lola.

¡No necesito que me defiendas, mocosa estúpida!”

-¡Pero si ya está acostumbrado!-alegó Amberlyn.

-Ya está bien. Mesmer ha hecho una pregunta y yo le responderé-dijo Amilamia-. No estarás en esa misión, porque habrás de acompañarme a un lugar que nos mantendrá alejados del resto del grupo.

Aunque los demás no se percataron de este detalle, a Andy se le ensombreció el rostro y bajó la cabeza ligeramente; ya sabía lo que la bruja estaba a punto de anunciar.

-¿De qué estás hablando?-quiso saber el Viejo. Todos tenían la misma cara de interrogante.

-Dentro de dos meses se reunirá el Concejo de Nigromantes en el templo Xahom, y he de acudir. Mesmer vendrá conmigo y me servirá, tal es su deber.

-No tenía noticias de que el Concejo tuviera intención de reunirse todavía-dijo Unthingol, extrañado, al igual que todos, por la noticia.

-No tienes por qué estar al corriente de estos asuntos, Unthingol. Solo los líderes de las hermandades y cónclaves de Hijeve tienen permiso para formar parte del Concejo, y solo entre nosotros nos comunicamos cuando llega el momento de reunirse.

-Pero tú siempre avisas con antelación de que te vas a ir. Esto es un poco raro-objetó Alabaster.

-No te atrevas a cuestionar nada de lo que yo diga, Alabaster. Ni por un segundo. ¿Entendido?

Amilamia dejó patente con su autoridad por qué era la líder de la Hermandad Ynwlemair. No necesitó alzar la voz, ni apenas variar el tono con el que hablaba, simplemente cualquier asomo de duda o pensamiento indebido se disipó en las mentes de todos.

-A todo esto…-intervino Mhom, de cuya presencia ya casi se habían olvidado-, ¿podría pediros un favor? Tal vez sea mucho pedir pero… sé que las sombras no tardarán en venir a por mí y… para mí sería una liberación si acabarais con mi vida antes de que ellos apareciesen. Por favor…

Todos le miraban, aunque no con compasión, simplemente con el reflejo en sus ojos de quien tiene un deber y tiene la posibilidad de cumplirlo. Ellos se dedicaban a matar, después de todo.

-Será un placer-aceptó Amilamia.

Se puso en pie. Lo mismo hizo Mhom.

De pronto algo cambió en el ambiente. Se escuchó algo que se movía fuera, y se notaba cómo el aire se calentaba. Todos miraron a través de la ventana porque empezaba a oscurecer. O eso parecía. Pero no era la noche lo que venía, porque el sol relucía en lo alto del cielo todavía. Lentamente, como grandes serpientes en busca de una presa, los Lughs’ss engullían las calles cercanas. Estaban en peligro, debían marcharse a toda velocidad si querían salir con vida de Necromántica. Entonces Amilamia tuvo una sospecha y volvió a prestarle atención a Mhom.

-¿Por qué no aparece el dueño de la taberna? Antes dijiste que no vendría. ¡Responde!

-Lo siento. Se fue a invocar a los merodeadores, sabía que estabais en la ciudad. Habéis matado a algunas personas, ¿verdad? Me prometió que las sombras me evitarían si os distraía un rato.

-Entonces, ¿todo lo que nos has contado es mentira?-exclamó Amilamia, rebosando ira.

-No, es verdad. Daos prisa, apenas os queda tiempo.

-Está bien. Olvídate de la muerte rápida-le condenó Amilamia, y se dio la media vuelta, al igual que los demás, y mientras corrían le escuchaban suplicar clemencia.

Las fachadas de las casas se habían vuelto completamente negras, y unas sombras, densas, impenetrables, recorrían la tierra. Estaban a menos de cinco metros y se habían percatado de su presencia, así que aumentaron la velocidad y tuvieron que correr rápido. Sin embargo, antes de doblar una esquina, Lola vio cómo la puerta de la taberna se abría despacio y cómo las sombras penetraban para dar caza a aquel traidor; casi pudo escuchar aquellos gritos descorazonadores.

Afortunadamente Necromántica no era muy grande, de no ser así habrían perecido, pues no había maldición ni conjuro alguno capaz de repeler a los Lughs’ss cuando aparecían; podían ser llamados, pero no deshacerse de ellos. Corrieron hacia el este, y a cada metro que ellos daban sentían cómo los merodeadores les ganaban terreno, muy despacio, eso sí, pero de forma aterradora. Una vez estuvieron cerca del límite de la ciudad, cuando sus corazones empezaban a latir esperanzados, aparecieron casi un centenar de hombres y mujeres, taponando la salida. Querían atraparlos, convertirlos en víctimas de las sombras y, al mismo tiempo, recibir ellos de una vez la muerte temporal, dejar de sentir dolor aunque tuvieran que vagar eternamente por el desierto.

Las sombras empezaron a cerrarse alrededor del grupo mientras corrían, pero no se rindieron porque estaban cerca de la salida. Desenvainaron las espadas a la carrera, pero Lola, consciente de que el choque con la muchedumbre les haría perder tiempo, pensó en algo mejor.

-¡Ungiforme, deshazte de ellos!

El demonio, que había volado sobre ellos transformado en cuervo, aumentó la velocidad para adelantarles, y cuando alcanzó al el grupo de personas, de repente adoptó la forma de una bestia enorme, algo que Lola no había visto jamás. Tenía alas de dragón, pero su cuerpo parecía peludo, una especie de oso con garras y cabeza de águila. Era negro, por supuesto, y estaba surcado por un sinfín de líneas de lava. El batir de sus alas era tan poderoso que, con el viento que generaban, barrió a medio pelotón, haciéndolos rodar por el suelo, y a los que quedaron en pie los despedazó con sus garras al pasar. Después, el Ungiforme volvió a transformarse en cuervo y regresó cerca de Lola.

Ahora que tenían el camino libre pudieron salir sin problemas, pero no dejaron de correr hasta que hubieron dejado bien atrás la ciudad. Cuando se detuvieron, exhaustos y jadeantes, echaron la mirada atrás, y vieron Necromántica no como una ciudad, sino como un ser oscuro, una sombra gigantesca que se revolvía, que aumentaba de tamaño y menguaba constantemente, una mancha en mitad del desierto que parecía querer engullir todo cuanto se le acercase y que daba la sensación de estar furiosa por haber dejado escapar a su presa.

-¿Estás bien?-preguntó Andy a Lola.

-Solo un poco cansada-respondió ella, con la respiración agitada.

-Ese bicho es la bomba-dijo Kilgore, acercándose a Lola y acariciando al cuervo de aspecto inocente que tenía sobre el hombro-. No me extraña que los del Cónclave estén tan cabreados por su pérdida.

Lola rió. Se sentía orgullosa de sí misma, porque había ayudado a que todo saliera bien, y también ella acarició al Ungiforme, agradecida, porque de no ser por él tal vez no hubiesen podido alcanzar la salida.

Al cabo de unos minutos, cuando ya hubieron recuperado el aliento y bebido un poco de agua, Amilamia les habló.

-Ha llegado el momento de que tomemos caminos distintos. Yo debo ir al norte; vosotros, al sur. Si todo va bien nos volveremos a ver en menos de un año. Cuento con vosotros para hacer lo que mejor sabéis hacer. Que tengáis suerte.

No hubo abrazos de despedida, ni siquiera un “cuídate” o “espero que estés bien”. Simplemente, Amilamia dio media vuelta, junto con Mesmer (quien parecía tremendamente contento), y lo mismo hicieron los demás miembros de la Hermandad. No sabían cuándo volverían a verse, era posible que Lola echara de menos el carácter especial de la bruja y su capacidad de mantener unido al grupo, pero, una vez más, aquello era Hijeve y las muestras de afecto casi siempre sobraban.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    25 enero, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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