El crujir de la escalera era pesado, sosegado; cada uno de los peldaños se tomaba su tiempo para esbozar los ruidos que eran sus palabras rasgando el vasto y denso silencio, porque llevaban demasiado tiempo sin decir nada, atrapados en la calma, y solo deseando que otro ser con vida volviera a recorrerlos como hicieron en años mejores, ahuyentando al polvo y a la decrepitud. Y lo mismo sucedía con los cientos de objetos, muebles y elementos que poblaban la casa, la mansión, los que habían sido los únicos moradores y señores cuando solo la oscuridad y el terrible paso del tiempo hacían constar que la existencia seguía palpitando, que los relojes, fuera de ese lugar, continuaban haciendo girar sus manecillas.
La casa entera respiraba de nuevo llevando dentro al nuevo propietario, e incluso parecía que los apagados colores de las paredes brillaban con mayor viveza. Tanto tiempo hacía que una persona no recorría las espaciosas estancias pisando los castigados tablones de madera, que incluso las puertas habían olvidado el sonido de las voces de los hombres, y por ello ahora se resistían a sus órdenes, pues apenas recordaban cómo comunicarse, cómo dejarse embaucar, cómo reconocer el cariño de un nuevo dueño cuando se habían olvidado de ellas durante tantísimo tiempo.
Llegó de improviso, Julio, abriendo la pesada y arcaica puerta delantera, sin previo aviso, solo susurrándolo cuando sus caros zapatos italianos pisaban las hojas secas acumuladas en los peldaños de la escalera de piedra que precedía a la entrada. Eso había acontecido esa misma mañana, temprano, poco después de que despuntara el alba, cuando el frío matinal aun castigaba a la amarillenta hierba que poblaba el terreno de la mansión. Julio había tenido una larga jornada dedicada a la puesta a punto de la que era su nueva residencia, y ahora, bien entrada la tarde, cuando ya había abierto todas las ventanas para ventilar el lugar, cuando había retirado las sábanas que cubrían cada mueble, y cuando había explorado la mayor parte de las habitaciones, descendía las escaleras principales tras haberse instalado en uno de los dormitorios y haber deshecho el equipaje, para adentrarse en el salón y encender la chimenea; el frío acuciaba de nuevo. El servicio de limpieza llegaría al día siguiente, y él aprovecharía para visitar la localidad más cercana, a veinte kilómetros de distancia, y pasar allí el día distrayéndose, sabiendo que poco a poco la casa iría quedando perfecta.
Quedaba algo de leña junto a la lumbre, más seca que la arena del desierto quemada por un sol de justicia, pero al menos prendería, y aunque ardiera deprisa y se consumiera rápidamente, bastaría para calentarlo durante un rato y para que las llamas lo acompañaran en su feroz batalla contra la soledad; después todo regresaría a la normalidad. Pero Julio era así; no le temía a la soledad, más bien la buscaba desde hacía tiempo. Por el momento, después de frotarse las manos frente a la luz más antigua de la naturaleza, leería unos relatos de Allan Poe, para que esos fantasmas de tinta espantaran a los suyos propios. Un solo hombre, desamparado y rodeado por la negrura que acecha un lugar erguido en medio de la nada, contenido entre unas paredes que podrían narrar mil historias en siniestros susurros, leyendo historias de terror sin temer que sus forzadas imaginaciones se le materializaran detrás, a sus espaldas, para erizarle el vello de la nuca con un soplido de aire ectoplásmico. Quizá solo él, y nadie más en su sano juicio, podría hacer algo así; pero Julio no era como la mayoría.
La leña también crujía, al ser devorada por las llamas como lo haría cualquiera al ceder al exterminio. Julio miró fijamente al fuego mientras pensaba que ojalá fueran tan sencillos de aniquilar ciertos recuerdos y remordimientos. Leyó durante horas, hasta que apenas quedó algo más que no fueran brasas a punto de apagarse para siempre. Escuchó ladridos en la distancia, mientras pasaba de página, y llegó hasta sus oídos el tic tac del antiquísimo reloj que había vuelto a poner en funcionamiento unas horas atrás; sonido que hasta el momento había permanecido sepultado e imperceptible. Estaba encerrado en el salón principal, pero muchas de las ventanas de otras estancias seguían abiertas, por lo que no era extraño que escuchara golpes cuando el viento las empujaba, o algún otro ruido, repiqueteo, crujido o quejido. Todo tomaba aliento después de décadas de inactividad. La casa estaba en consonancia con él; era un cuerpo cansado.
Sentía una agradable calidez rodeándolo allí en el sillón, arropándolo, llevándoselo lentamente. El libro era muy pesado, al igual que todo lo que él encerraba. La lumbre casi se había extinguido completamente, y las tinieblas comenzaban a engullir todo el salón y al proscrito que dormitaba hundido en el viejo y mullido sillón.
Cuervos graznaron afuera, algún búho; tal vez lobos aullando también. Las bestias empezaban a salir para cantarle a la luna grande y difuminada por un cielo nublado e inabarcable. Dichos sonidos del extrarradio consiguieron arrancarlo de sus débiles ensoñaciones, pero no le asustaron. “Ya no me asusta el mal, ni la idea de él”, pensó.
Tenía dinero, mucho dinero, y lo material hacía tiempo que no le preocupaba. Se incorporó y se decidió solo a pensar unos minutos, allí sentado, devorado por la oscuridad; la luz que entraba a través del gran ventanal, en una noche tan densa y opaca, era mínima. Ya prácticamente nada le preocupaba, y a nada temía, ni siquiera a la nada, a lo desconocido. Tampoco temía pecar, porque ya había pecado, y Julio nunca había sido un hombre religioso. Quizá sí creyera, pero en otras cosas lejanas a la divinidad. Él pensaba que todo lo que concernía a dicho concepto había muerto hacía mucho, si es que alguna vez había comenzado a vivir.
Se levantó. Caminó hacia la cocina, cerrando todas las ventanas a su paso y encendiendo algunas luces. Abrió el grifo y tras un breve concierto de las cañerías empezó a manar un agua tan fría que solo podía pertenecer a un gélido infierno. Para Julio era perfecto, pues así es como quería que fuera. Le gustaba su sintonía con la casa.
Encontró un candelabro de vuelta al salón y lo encendió, así que apagó el resto de luces, pues se sentía más cómodo así. Sabía que no dormiría aquella noche, por lo que antes de sentarse en el sillón de nuevo para seguir buscando soluciones en su mente, fue hasta el mueble bar. El antiguo propietario, un anciano de sonrisa bondadosa y melancólica, había dejado allí un buen surtido de excelentes bebidas a modo de cortesía, como regalo de bienvenida para cuando lograra vender esa propiedad, cosa que ya no esperaba hacer en vida. Era una mansión enorme, con un vasto terreno rodeándola, y por ello el precio era muy elevado; hasta disparatado, para estar flanqueado de nulidad. Por esa razón el trato con Julio le pareció un milagro, y mientras firmaba los papeles seguía mirándolo extrañado, pues según él nadie acudiría ya a un lugar como aquel, olvidado y machacado por el tiempo y el olvido. Allí solo iría alguien a morir, o a desperdiciar una gran cantidad de dinero. Julio sonrió y le dijo que solo quería tranquilidad y soledad, y que el dinero no era en absoluto un problema.
Se sirvió una copa de un magnífico brandy y lo bebió a sorbos. Le pareció un brebaje exquisito. Sintiendo la cabeza algo nublada, decidió salir afuera. Toda la casa resonaba y proyectaba quejidos hacia las alturas, despertando a las criaturas, haciendo hablar a las bestias nocturnas.
De pie en el porche, frente a la inmensidad, un soplo de aire frío apagó el candelabro que portaba, y quedó a oscuras, pensando que la única bestia estaba allí, en la entrada de la casa. Miró al cielo nublado, paraíso cerrado, y pensó también si todas las almas que él había visto marchar estarían allí arriba. Julio se decantaba por el no, lo cual no hacía más que aumentar sus tormentos.
Vio un viejo granero a lo lejos, y dado que no tenía nada mejor que hacer para combatir a los fantasmas que le impedían dormir aquella primera y excitante noche, fue a explorarlo. La hierba amarilla y casi muerta crujía bajo sus pies. Había allí todo tipo de herramientas y utensilios. No era un manitas, pero nunca se sabía cuándo uno iba a necesitar algo, pues tarde o temprano solía suceder.
Tras ojearlo todo bien regresó a la casa y leyó el periódico que había traído consigo. Encontró la noticia de la compra de la mansión, ya que al parecer era una propiedad muy conocida en la provincia. Venía su nombre en el texto, y ello le sobresaltó, pero también le alegró. Pensó que tal vez compró un lugar tan llamativo porque no le gustaba tanto la soledad como pensaba, y porque en el fondo de su corazón deseaba que supieran dónde podrían encontrarlo.
Tomó otra copa de brandy, y vio por la ventana que comenzaba a despuntar el alba. Pronto llegarían los servicios de limpieza, y sonrió porque tendrían mucho que limpiar y rebuscar en una casa tan grande y vieja. Entonces recordó que había algo en el granero que le podría venir bien, mientras esperaba.
Ya se escuchaban coches recorriendo la carretera. El sol bañaba tímidamente los vastos campos muertos y congelados. Cuando llegaran encontrarían la casa vacía.
Julio temió en el último momento que su alma se quemara, al igual que los granos de arena en el desierto, pero no por el sol de justicia, sino por las luces de la justicia que se aproximaban, acompañadas de sirenas. La puerta del granero permanecía abierta, y un peso pendía de una cuerda atada a una viga en el techo.




Llamas.J.M.
Escalofriante, gélido, reptando por la vieja mansión hasta el abismal final. Muy buena la referencia al gran Poe. ¡Un saludo!
Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Salva y mi voto desde Andalucía
luismi
Me ha gustado, gracias!