Mi joven viuda

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Abrí los ojos porque no era capaz de mantenerlos cerrados. Vuelta a la izquierda, vuelta a la derecha pero el sueño no me vencía. Los problemas que machacaban mi cabeza eran un taladro percutor y la desesperación comenzaba a ganar una batalla tan desigual como irritante. Miré a mi izquierda y Sara parecía mecerse sobre el candelabro. Su respiración profunda me transportó a la infancia, me llevó a recordar la vida con mis padres, cuando los problemas cabían en la palma de la mano y se apodaba Ramón “el destructor”. Un cafre de quinto de primaria que me hizo la vida imposible.

Sara es mi esposa desde hace siete años y carece de coraje para afrontar las injusticias de un mundo tan canalla. Al principio le oculté los desvelos de mis miedos porque sé que no sería capaz de soportarlo. Cada día que pasa la losa aplasta mi cerebro ungiendo con maldad una crisis desoladora.

La luz de las altas farolas se filtraba tenue a través de la pequeña rendija de la persiana que a Sara le gustaba dejar abierta por las noches. Solía decirme que tenía el dedo chico del pie deformado debido al dichoso canapé de la cama pues cada vez que iba a orinar de noche se lo machacaba con vehemencia. Su estilizado contorno blanqueado en pureza guardaba en su interior una pequeña vejiga de capacidad reducida. Sara siempre ha sido delgada. Cuando la conocí apenas pesaba 50 kilos pero la perfección en sus curvas hicieron que pensara en ella como la madre de mis hijos desde el momento en que la vi, tras el mostrador de la mercería Manolita, dicho sea de paso, era íntima amiga de mi madre, lo que favoreció el proceso de celestinaje.

Sara solía dormir de lado mirando hacía la puerta, ya que decía que conmigo tenía la retaguardia cubierta y que afrontaría lo que entrara con valentía. ¡Madre mía…! tenía de todo menos valentía. Me instaba a que me encajara en su cuerpo haciendo la cucharita cada noche y así dejarse balancear en un sueño ajeno, distante a la realidad, a lo que me atormenta. Le acaricié la melena oscura y me incorporé intentando no hacer ruido. El despertador de la mesita de noche parpadeaba en las 4:37 de la madrugada. Me froté los ojos y entreví por la ranura de la persiana una noche cerrada en banda, con una bruma espesa sosteniendo la humedad. Me levanté con sumo cuidado para no romperle el sueño, frágil a menudo. Tanteé con los pies por el frío suelo en busca de las mullidas zapatillas y en un vano intento las desplacé bajo la cama. Resignado me levanté sintiendo la humedad glacial filtrarse a través de los calcetines negros que llevaba puestos cada noche. Con mucho tiento y con poca luz intenté salir del cuarto pero un dolor desgarrador, me obligó a taparme la boca por el berreo que pude haber pegado cuando, con el dedo pequeño del pie golpeé el dichoso canapé en toda la esquina. Preferí morderme la falange del dedo de la mano con crueldad antes de que Sara se despertara y comenzara con un interrogatorio al que no estaba preparado contestar.

Salí del dormitorio cojeando y un olor diferente embargó mis sentidos. Un pestazo a cebolla provenía del cuarto del fondo y me acerqué a investigar. Coloqué las manos frente a mí como un ciego para evitar otra calamidad del mismo pelaje. Al entrar en el cuarto el olor se hizo más patente. Media cebolla cortada por la mitad reposaba sobre un pequeño plato de porcelana en el aparador del cuarto de Sofía. Me acerqué a su cuna y el dolor que sentía en el dedo chico del pie se esfumó. Un puño de acero dentro de mi cuerpo agarró mi corazón y comenzó a aplastarlo con fuerza. Los problemas que acechaban a mi familia volvieron a desgarrarme. Me sentía ahogar por la presión y me tapé la boca para no soltar un suspiro de terror. Tenía tanto miedo que la vejiga liberó una ostensible cantidad de micción. Una lágrima inmisericorde recorrió el helado espacio que separaba mis ojos del suelo, hacía tanto frío que de seguro llegó al suelo congelada.

Hacía más de 3 semanas que Felipe Bruno, gerente de la cafetería Los Llanos me había despedido porque las ventas en café y napolitanas habían descendido en picado. Nadie más sabía esto.

El invierno había llegado cargado de álgidas temperaturas y mi casa era un humilde cuchitril carente de cualquier tipo de calefacción. Solo el peso de las mantas parecía caldear el frescor que se filtraba con maldad a través de las grietas de una pared mal construida. Tuve la tentación de acariciarle su cabeza pero tenía la mano helada y no quería despertarla de su ensueño. Abrazaba con dulzura el peluche que los Reyes Magos del año pasado tuvieron a bien dejar bajo el escueto y despeluchado árbol de navidad.El remedio casero contra la tos que la madre había colocado sobre el aparador me estaba haciendo llorar como un bebé. O tal vez no era la cebolla…

A las 9:25 de la mañana debía estar listo para una entrevista de trabajo. Una tienda de ropa en el centro comercial Nuevo Toledo había expuesto en el escaparte un cartel de se busca dependient@. Entré a preguntar y una joven que podría ser mi hija me contestó con todo el desparpajo que tiraba todos los currículum que le dejaban en la tienda, pues no estaba dispuesta a que nadie lo pudiera hacer mejor que ella y arrebatarle el puesto. Le expliqué mi situación y pareció que su corazón de granito tenía una pequeña brecha, la cual aproveché para introducir mi solicitud de forma sibilina. Le hablé de Sofía y desnudé mi alma a una niña que en sus ratos libres escuchaba a Justin Bieber por los cascos de su iphone a toda mecha. Por supuesto le oculté mi vergonzosa verdad, la de haberle mentido a mi familia. Pensaban que aún seguía poniendo napolitanas calentadas a microondas a los trabajadores de la Nissan que codeaba con Los Llanos. Cuando el clima entre ambos fue favorable le pregunté si la arroba del anuncio me podía otorgar alguna posibilidad para el puesto y ella, sabiéndose superior, me sonrió diciéndome que aquella era una tienda de ropa para jóvenes y, por supuesto la imagen del dependiente debía ser consecuente. Me vine abajo al verme reflejado en un pequeño espejo que usan las clientas para verse como le quedan las gafas de sol de 5 euros. Pensé que el afeitado matutino para aquella entrevista debía quitarme al menos 10 años de encima.

Salí del cuarto de Sofía sin rumbo fijo. El puño de acero seguía oprimiendo una situación económica al límite y mi corazón estaba al borde del colapso. No soportaría ver a mi mujer sufrir ni a mi hija pasar hambre. Recordé aquella firma que estampé cuando el Sr. Notario me indicó con un gesto con la cabeza que firmara. Era la losa hipotecaria que el banco con todo su cariño colocó sobre mis hombros, un sexto piso en un barrio obrero que lo único bonito que tenía era el nombre, Santa Bárbara, virgen y mártir. Una de las cláusulas de aquel infernal y leonino contrato se vinculaba a un seguro de vida que en función del cual, a mi muerte “natural” la hipoteca quedaría condonada y una cuantiosa suma, nada desdeñable, sería depositada en las blanquecinas manos de mi joven viuda.

La idea llevaba días rondándome la cabeza pero la cobardía y algunas cosas más me impedían articularla como una realidad. Apenas si era capaz de imaginar las consecuencias tan devastadoras para mi familia, tan pronto la desestimaba. Pero la solución se vaticinaba como una peregrinación de dolor y sufrimiento para el que no estaba preparado. Me asomé al balcón del sexto piso para recuperar algo de aliento y que la esperanza entrara en mis pulmones con amplias bocanas de aire. La noche seguía espesa y algo me empujó hacia la barandilla. Miré abajo y el suelo se hizo inmenso a mis pies. Me sentí como un imán empujado por la violenta fuerza de un magnetismo acerado. Ferromagnético y medio psicótico me agarré con fuerza a la barandilla recordando la puñetera cláusula 12ª de la muerte natural. Pensé «joder, más natural que espachurrarme contra el suelo no hay nada…» pero comencé a retroceder a un lugar seguro. Cuando cerré la puerta de carcomida madera de la terraza supe que aquella entrevista de las 9:25 no me llevaría a nada. Todo estaba perdido…no había otra salida.

Me coloqué los pantalones vaqueros rotos por la rodilla y no precisamente desgarrados por diseño. Me puse la sudadera negra con interior de borrego y volví al cuarto encebollado. Opté por un beso en la mejilla y noté su cálido aliento. «Te quiero con toda mi alma…» le susurré en el oído. Hice exactamente lo mismo con Sara teniendo sumo cuidado con el canapé asesino. «No te preocupes mi amor…todo se solucionará» y me despedí de ella con la incertidumbre sobrevolando mi cabeza.

Al salir noté en el descansillo un clima más templado que en el interior y opté por las escaleras. Bajé contando los peldaños uno a uno pensando si una caída por las escaleras con pronóstico de cuello quebrado se podría considerar como muerte natural. Puse un pie en la calle sonriendo ante la ocurrencia y la noche me envolvió. Me puse la capucha cubriéndome las heladas orejas, protegí mis manos del frío en los bolsillos y comencé a caminar. Ni el rumbo era fijo ni la mente pensaba con lucidez.

Las primeras gotas de agua cayeron al suelo convertidas en nieve y el frío congeló por unos instantes los pensamientos negativos haciendo brotar el amor en mi interior. Ese cariño calentó mi interior como un buen coñac. La bruma era espesa y no se veía más allá de un palmo. Tras más de media hora caminando en círculos por Santa Bárbara y con la mente escarchada pensé que ya había navegado suficiente por mares angostos de desasosiego y vacilación. Levanté la cabeza para ubicarme y me di cuenta que estaba a dos manzanas de casa. Enfilé calle abajo en dirección a la cucharita de mi cama cuando de repente algo captó mi atención.

Fue un sonido seco acompañado de un grito, sin duda el de una mujer. El vocerío provenía de la calle Julio Cesar, situada a mis tres en punto. Miré calle abajo con la intención de no tener más problemas de los que ya tenía y comencé a caminar en línea recta, pero una vez más el grito de la chica me hizo detener. Inspiré profundo con la seguridad de estar cometiendo un error pero dejé la senda marcada y guie los pasos hacia mi destino. No apreté el paso, marcando mi pisada un cierto temblor a lo desconocido, casi imperceptible pero sano ante tanta locura.

La bruma se disipó al amparo de una farola sobre el capó metalizado de un Seat Ibiza. Al acercarme pude ver dos bultos en los asientos traseros y la prudencia hizo detenerme a una distancia discreta. Esperé, con la duda si aquellas voces provenían de allí, aunque parecía que todo estaba tranquilo. Hablaban en voz baja con la clara intención de no ser escuchados, ajenos a mi presencia. El suelo se fue poco a poco tornando en un níveo acerado de color cande. Me agaché para acariciar la nieve en el justo momento en que la puerta trasera del Ibiza rojo se abrió acompañada de una voz que rompió la noche en dos.

— ¡Te he dicho que me dejes…! —gritó la chica saliendo violentamente y a trompicones del coche.

Era Beatriz Sáez, la hija pequeña del estanquero. No había en todo Toledo un rostro como el de ella pues perfilaba unas facciones de una belleza endiablada. Pensé que era demasiado joven para estar metida en un coche a las tantas de la madrugada con vete a saber quién.

Aún seguía en cuclillas y aunque la postura me estaba machacando las piernas, prefería seguir oculto. Por la otra puerta trasera salió con una calma desconcertante Ramiro, el malote de Santa Bárbara. Conocido por sus pillerías que ascendían como por una escalera, peldaño a peldaño. Al principio metiéndose con los niños de su edad hasta pequeños robos en comercio. Lo último que supe de él era que hacia un par de meses había salido del centro penitenciario de Ocaña, con un permiso de fin de semana. Un intento de robo a mano armada a la sucursal del Banco de la avenida lo llevó entre rejas durante 8 años.

Ramiro bordeó el contorno de líneas suaves del Ibiza por el maletero para acercarse a ella. Como pude me fui acercando al capó y al tacto me transmitió el calor del ralentí en las manos. No quería desvelar mi presencia si no era absolutamente necesario pues conocía los antecedentes del muchacho, pero una bofetada sin mediar palabras me hicieron salir en su defensa. Se tambaleó y mientras caía en la mullida nieve de espaldas pensé cómo alguien puede dañar algo tan bello como el rostro de Bea.

Aunque lo intenté, no llegué a tiempo y la cabeza de la hija del estanquero golpeó con violencia el suelo.

—Eres un malnacido… —le solté sin pensar en las consecuencias.

Al acercarme observé que me miraba con el labio cortado, sangrando por la comisura pero sabiéndose a salvo. Buscó en mí su salvación y me usé de flotador…una vez más.

Me incorporé, interponiéndome entre los dos, pero ni mis casi metro noventa sirvieron para amedrentarlo.

—Vete a la de tres… —me dijo clavándome la mirada helada.

No le contesté.

—Uno… —comenzó a aproximarse lentamente.

—Dos… —sentí su aliento en mis narices y un olor a porro me hizo sentir nauseas, pero no me moví. Permanecí hierático, sintiéndome un escudo humano de acero. Nadie la tocaría, de eso estaba seguro.

—Tres… —y un cuchillo de veinte centímetros atravesó mi sudadera negra, rasgándome la piel y perforando el estómago vacío.

Casi podría decir que no sentí dolor cuando me di cuenta que yo de acero nada de nada. Justo en el preciso momento en que Ramiro me hundía el cuchillo, Jaime Terol subía de un tirón la reja del obrador de pan artesano que regentaba desde hacía 20 años.

Al no sentir dolor, cargué de aires mis pulmones y llamé a Jaime con toda la rabia concentrada en un alarido. No sé si me escuchó o no, pero sirvió para que Ramiro replanteara la situación y decidiera que la huida era su mejor opción. Comencé a tambalearme y al intentar apoyarme en el Ibiza, la carrocería metalizada se deslizó entre mis dedos perdiéndose en la bruma. Caí de espaldas y seguí sin sentir dolor, la nieve acunó mi caída, amortiguando con dulzura el desangrado. Miré a mi izquierda y vi la senda, aquella que me llevaba a la cucharita, donde quería estar, junto a ella. Ya no quería estar muerto, solo volar y entrar por la grieta de la pared del cuarto de Sofía. Solo quería besarla hasta quedarme sin aliento. Quería abrazar a mi mujer…que no se sintiera sola. No quería nada natural, ni accidental, solo quería mi cuchitril de la calle Esperanza.

 

Sonó el despertador. Las 9:00 parpadeaban al ritmo del riinngg…estridente.

— ¡Joder la entrevista…! —grité por puro nervio.

Mire a mi izquierda pero la cama estaba vacía. No reparé en el día que era ni donde podía estar Sara. Abrí el grifo caliente del lavabo a toda prisa para quitarme los prometidos 10 años de encima. Me vestí de forma “casual”, dándole a mi peinado un estilo juvenil.

Al salir de mi casa esperé en el descansillo y comencé a recordar. Algo me atrajo hacia las escaleras y las bajé, ajeno al tiempo que estaba perdiendo. Al poner un pie en la calle sentí el frío de la mañana golpear mi sien como un recuerdo perdido en lo más profundo de mi cabeza. Miré el reloj sin darme cuenta de la hora. Debía coger el autobús o nunca llegaría a mi destino, pero no lo hice.

Vino a mi mente la frase de los gladiadores “Ave, Caesar, morituri te salutant” y caminé en dirección a la calle del cónsul. Tenía las manos metidas en la chaqueta y andaba ajeno al mundo que me rodeaba. Al pasar por delante de la panadería las señoras hacían cola para comprar el pan de centeno único en Toledo. Miré por el escaparate buscando los ojos de Jaime, una complicidad que no se produjo pues la caterva alzaba la voz una por encima de la otra creando un desconcierto de orquesta. Así que desistí y seguí camino en dirección a donde la bruma ocultaba mi destino.

Santa Bárbara parecía vivir ajena a una noche trágica que se revelaba en mi recuerdo a cada paso que daba. La gente iba y venía sin percatarse de mi presencia. Llegué a la farola que iluminó más allá de mi recuerdo. Permanecía apagada, como el resto. Miré de nuevo la hora y las agujas del reloj marcaban inexorables las 9:30 de la mañana. Recordé a la joven dependienta y su comprometida causa. Sonreí al sentirme un hombre afortunado, pues no hay mayor fortuna que el sentirse querido y amado.

Cuando estuve a punto de darme la vuelta para volver a casa, algo captó mi atención. Una enorme mancha en el suelo, de forma circular me hizo recordar aún más. Al acercarme a ella pude comprobar que era sangre seca sobre cellisca. Hinqué la rodilla en la nieve cuando noté la falta de oxígeno. Ramiro.

Estuve a punto de perder el equilibrio y caer al suelo. Una señora que tiraba de un carro de la compra pasó por mi lado y ni se inmutó. Al poner la mano en la fría nieve sentí que algo me pinchaba en la palma. Escarbé con los dedos y saque un pequeño papel doblado. Al abrirlo me sorprendí al ver la imagen de Cristo acompañado de un número de cinco cifras. La sangre manaba abundante del costado del crucificado. En ese momento noté un pinchazo en el estómago al recordar el rostro mancillado de Bea.

Me incorporé, sacando fuerzas de donde no las tenía para ir al estanco y preguntar por ella. «La sangre era de Bea…» sin lugar a dudas.

Al llegar a la puerta, tan sola una de las hojas permanecía abierta, la otra guardaba la vela de una oscuridad tenebrosa. No me atreví a preguntar, ni tan siquiera a llamar al timbre y me quedé con la espalda apoyada sobre la fachada encalada con el ánimo enlutado y el corazón roto.

Martilleaba en mi cabeza el poder haber evitado lo sucedido.

De repente la otra hoja de la puerta se abrió de un golpe y el estanquero me bramó unos buenos días que me hicieron tambalear.

— ¡Hola, Víctor…! ¿Qué haces ahí? Anda, pasa que ya está abierto —me tiró de la manga hacia dentro y un olor a tabaco de enrollar me envolvió.

Intenté contestarle pero la voz no salía de mi interior, se había quedado atrapada en un nudo entre el esófago y la laringe.

— ¡Bea, por favor…tráele un café a Víctor a ver si lo despertamos!

Un instante después apareció la belleza deslumbrante de Beatriz tras el humo aromático de una taza de café recién hecho. Lo colocó en el mostrador y me dio los buenos días. Solo pude sonreír al ver que su rostro no había sufrido daño alguno.

— ¿Cómo estás de…de la cabeza…? —tartamudee intentado liberar los nudos de mi garganta.

—Bien… ¿Por qué? —me miró entre sonriente y divertida.

Bea miró a su padre buscando una explicación ante mi extraño comportamiento en el instante que recordé el cuchillo de Ramiro.

Sentí el frío metal atravesando mi cuerpo de mantequilla. Me abrí la chaqueta y comencé a levantar al chaleco para verme la herida pero justo en ese momento Carlos el estanquero me interrumpió.

— ¿Qué llevas ahí Víctor? Es un número de la lotería del sorteo de ayer. ¿Lo comprobamos en la máquina?

Literalmente me lo arrancó de las manos. Yo seguía absorto y necesitaba verme la herida. Al levantar el chaleco Carlos me llamó de nuevo a voces.

— ¡Víctor! ¡Enhorabuena…eres un hombre rico!

Comentarios

  1. Mabel

    28 enero, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. VIMON

    29 enero, 2016

    Buen relato. Mi voto y un saludo con mi bienvenida.

    • Jlmuriel

      29 enero, 2016

      Muchas gracias por los comentarios

    • Jlmuriel

      29 enero, 2016

      Gracias sergio

  3. Sergio Trejo

    29 enero, 2016

    Magnifico relato !!!!!!

  4. jesus sanchez

    29 enero, 2016

    Magnífico!

  5. Maria

    29 enero, 2016

    Sin duda, fascinante. Me gusta.

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