Ana

Escrito por
| 61 | 2 Comentarios

La revolución en el palacio blanco estaba en su apogeo. Toda la gente que habitaba en el corría de lado a lado con  bandejas, platos, flores, telas, con celulares en sus oídos llamando, se podía escuchar el sonar de un millar de voces en la quietud de aquel lugar que solo era tan apacible pero que ahora estaba en un caos total y por una razón que nadie parecía conocer, tan solo tenían una orden que les había dado la presidenta de Cratos y debían cumplirla en tan solo unas horas.

Había una mujer morena de cabello rizo que al parecer era quien conocía todo en detalle sobre el banquete que estaban preparando, era ella quien daba las órdenes, “Lleven eso allí” “Pongan aquí” “No me gusta ese sitio” “No lo pidió de ese color” y toda clase de mandatos que pudiera decir salían de su boca. Tenía voz de mando, se notaba que la presidenta confiaba demasiado en ella para que todo saliera muy bien, era al parecer un evento de alta alcurnia y nadie podía ser lento o quejarse de algo, porque a la final saldrían beneficiados fuera quien fuese el que llegara a la ciudad.

Hacía mucho tiempo que no se veía algo tan magnifico, la presidenta nunca había hecho esta clase de fiestas, todos la consideraban una mujer fría y muy seria para esta clase de cosas, pero nadie la conocía tan bien como Helena, la mujer que organizaba el evento. No solo era su jefa, era su amiga, una mujer que había llegado hacia unos pocos años, pero que poco a poco había llegado hasta lo más alto del mando de la ciudad y todo era porque en su corazón no cabía la palabra no. Sin embargo en esta ocasión esa coraza impenetrable que muchos hombres habían querido destruir por fin se había abierto y ahora estaba dispuesta a ser vista tal cual era por todos sus ciudadanos, ciudadanos que también tendrían que conocer su pasado para poder entender el presente y confiar en el futuro que les esperaba.

El evento al parecer era algo de otro nivel, se habían traído las más hermosas flores que se cultivaban en Cratos, flores rojas, más rojas que la sangre, eran casi como si a pesar de ser cortadas siguieran plantadas vivas, como si no murieran y sus pétalos reavivaran. Eran rosas grandes que le dan color a los salones blancos del palacio, con hojas demasiado verdes y robustas que daban ese aspecto de calma y de serenidad al caos que la gente vivía. Los jarrones para depositarlas no eran la excepción, La presidenta no se había mirado en gastos y había enviado a comprar todo el oro de la ciudad para que los herreros lo manejaran e hicieran jarrones brillantes, los más brillantes y dorados que se pudieran observar en todo el mundo, y no permitió que les arrojaran otro material para sellarlos o para crearles brillos falsos, todo fue hecho de oro puro y traídos hasta el palacio en grandes cajas donde no se pudieran rayar. Cuando los vieron todos quedaron anonadados de la belleza, no tenían detalles pero el solo oro era maravilloso, reflejaba con intensidad la luz del sol y a la gente que se acercaba para tocarlos, pero tal era el recelo que los guardas tuvieron que cuidarlos incluso cuando ya estaban dentro del palacio, pues eran muy codiciados por su forma y por su material. De hecho estos guardias no eran cualquier persona, estaban muy bien vestidos, elegantes, con saco y corbata de color blanco y dorado que hacia juego con los colores que tenía en el momento el salón, eran muchos guardas custodiando cada una de las puertas, vigilando cada movimiento y esperando que llegara la persona a la cual debían proteger, ya no era solo la presidenta, ahora era alguien más. Y si tan solo eso era la decoración, la comida era algo de otro mundo.

En el comedor ya reposaban cada una de las bandejas con los platos que se disfrutarían en la comida, Había de todo para escoger, carne, verduras, granos, en presentaciones que daba hasta lastima destruirlas, pues de lo hermosas se veían hasta intocables y los olores eran los más agradables que en el palacio se habían impregnado. La mesa no solo tenía la comida, sino también artículos de oro que hacían que todo fuera más brillante, y más flores rojas que hacían que todo se viera hermoso sin afectar la vista entre las personas y sin verse abarrotadas. La mesa era demasiado grande, en cada lado habían por lo menos veinte sillas, más las dos centrales, una de ellas parecía más un trono que de seguro era para la presidenta de la ciudad de Cratos, se notaba que estaba haciendo todo lo posible para que las cosas salieran más que bien y se llevaran una muy buena impresión de ella y de sus atenciones. Pero lo que más llamaba la atención de todo esto era que por ningún lado se había visto la presidenta, de hecho, había pasado días encerrada en su habitación, lo que generaba muchos comentarios en la ciudad, el más común era que quería sobresalir pero sin hacer el mas mínimo esfuerzo por  llevar a cabo algo. También se decía que había enviado un libreto para que fuera presentado en una obra de teatro que la dejaría a ella como una gran escritora y así su nombre quedara más pegado en todo el mundo, y otros simplemente decían que no quería ser parte de los que cargaban cosas, pues le molestaba el ruido y todo lo que llevara trabajo, pero a pesar de todas las habladurías lo cierto era que ella no estaba allí presente porque tenía muchos nervios por lo que estaba a punto de suceder.

En uno de los momentos de descanso, Elba, la mujer morena subió hasta la habitación de la presidenta en el último piso. Tocó la puerta.

Dentro de la habitación estaba ella, Una mujer por completo hermosa, como si fuese una obra de arte sentada frente al espejo cepillándose el cabello. Ana era el nombre de la presidenta de Cratos, una mujer que había llegado desde muy lejos y que no tenía familia en aquel lugar. Cuando llegó había estado enferma, venia en un barco pero quienes venían con ella la dejaron a su suerte en el puerto sin nadie quien pudiese ayudarla, estuvo toda la noche en aquel lugar, sola, con el viento frio de la noche helándole los huesos, sus piernas estaban llenas de sangre y le dolían, tenía calambres, era como si una fuerza quisiera arrancárselas y no devolverlas, pero no lograba llevárselas, tenía el rostro pálido y las ojeras negras, estaba deshidratada, con hambre, estaba al borde de la muerte. Cuando pensó que todo había terminado, que su vida había terminado y que la muerte venia por ella, sintió como unas manos tibias le tocaron el rostro, y aunque borrosa, vio a  una mujer anciana que parecía había venido a salvarla de la muerte, pero por esa noche ella no podía más, terminó por quedar sin conciencia, terminó sumida en la oscura profunda.

La mujer la llevó a su casa que estaba lejos de la ciudad moderna, justo en el nacimiento de uno de los tres ríos de Cratos y no vivía sola, allí había una comunidad de mujeres, mujeres que no sentían que su lugar fuese la ciudad ya que aquí, lejos del mundo podían hacer lo que más les gustaba, jugar con la magia, negra o blanca, pero magia al fin y al cabo. Hasta donde ellas llegaban personas no solo de Cratos, sino también de otras partes del mundo para conocer su suerte, para saber sobre el amor, sobre el dinero, sobre la vida, o simplemente para hacer algún hechizo contra un amor imposible o una venganza contra un enemigo, pues eran acertadas en todo lo que hacían, y eran capaces de causar la muerte con tal de unas monedas, por lo tal su fama era conocía en el mundo y las conocían como la Brujas Cratenses.

Una de ellas, Zenaida, llevó hasta su choza a Ana, a quien cuido con todas las plantas y brebajes, la tendió en la cama y les rezó a todos los dioses que conocía  para que la cuidaran en ese camino tan intenso que era el limbo de la vida, si era su decisión dejarla entonces que le dieran una señal pero si debía morir entonces se la llevaran sin ningún dolor y sin contratiempos. Los dioses fueron bondadosos con ambas, pues durante cuatro días estuvo tendida en la cama sin moverse, respirando plácidamente y recuperando las fuerzas que necesitaba hasta que por fin abrió los ojos y no sintió más que un pasado lleno de dolor, pero que ya era pasado. No tuvo miedo de aquella mujer y de las demás que conoció, quienes la hicieron parte de los suyos y la acogieron en su comunidad como una más, pero Ana sabía que no lo seria hasta que pudiera conocer los grandes secretos de estas mujeres a las cuales todo el mundo tenia, pero que aun así venían a verlas.

Con mucho miedo pero decidida llegó el día en que Ana pidió a su salvadora que la dejara conocer todo, ser parte de ellas, ser una bruja más y hacer parte verdadera de aquella familia, pero Zenaida sabía que no era algo tan fácil, pues ella no tenía un linaje que pudiera ayudarla para formar parte de esa sociedad, sin embargo le veía su interés y conocía su pensamiento, no solo lo hacía para formar parte de esta sociedad, también quería buscar venganza y justicia por lo que le habían hecho en el pasado. Zenaida veía su sufrir y por ello habló ante las mujeres mayores para pedirles que aceptaran a Ana entre las suyas, o al menos que le dieran una oportunidad de probarse.

–          Estas consiente de que esta mujer no es de Cratos – Dijo la mujer más anciana que estaba sentada en un trono de paja muy bien elaborado, bajo la gran choza donde vivían era la madre – Si la entrenamos corremos el riesgo de que más mujeres quieran conocer nuestra vida y llevarse todos los secretos a otros lugares del mundo, ya no seriamos únicas, y depende de nosotras guardar el linaje y la reputación que hemos ganado.

–          Lo sé y lo entiendo, pero esta mujer tiene algo más en su interior que nos hará ganar no solo un lugar más alto en la sociedad – Contestó Zenaida – Sino también en el mundo. Nuestro sueño no es salir de este lugar, pero si tener mayor respeto ante la sociedad, no generar miedo. Y veo que con ella lo podemos lograr.

–          Su pasado es duro – Contesto Julia, una mujer que estaba a la derecha de la madre – Un pasado muy complicado y con un gran peso encima ¿Crees que pueda soportarlo? ¿Crees que la paciencia le dure para hacer las cosas bien?

–          Estoy segura de que así será.

–          No es algo muy común entre nosotras – Se levantó la madre –  De hecho, las demás mujeres del mundo nos tienen miedo y no quisieran llegara  este lugar, tan solo lo hacen para retener a sus esposo o para destruir una enemiga, la sociedad no cambia. Pero en Ana veo una diferencia… Zenaida, sabes muy bien que cuando conozca todo no hay marcha atrás, y si lo usa mal se volverá hacia ella haciendo pagar por lo que hizo. ¿Aun quieres que siga en el camino? Tú la salvaste, tú lo decides.

–          Estoy segura de que Ana sabrá hacer bien su trabajo y no vera esto como el momento exacto de ataque, sabrá esperar los años que sean necesarios para hacer lo que debe hacer… Madre, le prometo que Ana la hará sentir orgullosa.

–          Entonces será su tutora, le enseñaras todo, y si algo sale mal, entonces quien pague por lo que ella haga serás tu Zenaida, sabes la penas máxima, la conoces, ¿Estas dispuesta?

–          Así lo hare madre.

Y se le permitió entrenar a Ana en las artes mágicas.

Durante muchos días estuvieron encerradas en la casa de Zenaida sin dormir, aprendiendo tan solo lo básico que debía saber si quería mostrar ante la madre sus habilidades. Con un gran libro que Zenaida guardaba bajo llave se empezó un duro entrenamiento en el cual debía leer, aprender y practicar lecciones sobre la vida y la muerte, haciendo con ella misma lo que haría a otras personas, tarea dolorosa al inicio, pero que con el tiempo desarrollo de forma que asombraba a la misma Zenaida. Desde vudú hasta conjuros con sangre, Ana aprendió a hacer daño y a proteger de cualquier peligro a su mismo cuerpo y a cualquier otra persona. Con las lecturas del libro aprendió a desdoblarse y poder volver a su cuerpo, supo cómo hacer para estar en otro lugar muy lejano con tan solo decir una frase, aprendió a entrar en sueños, a ver el futuro, aprendió incluso a leer las cartas, lo más básico para una bruja de Cratos y con el tiempo demostró su poder ante todas las demás, quienes la aceptaron como una de las suyas, pero Ana no estaba dispuesta a quedarse allí, encerrada en medio del bosque, ella necesitaba algo más, ella tenía que llegar a lo más alto de Cratos, y mediante sus conocimiento lo fue logrando escalón por escalón. Con permiso de la madre llegó a trabajar al palacio, donde el presidente la contrato como sirvienta sin saber de sus poderes pero mediante ganaba tiempo allí se hizo su amiga y le mostró con sus cartas todo lo que debía hacer para seguir en el poder y ahuyentando a sus enemigos.

Por cuatro años más el presidente estuvo un paso delante de cualquiera hasta que cayó en cama enfermo y el dictamen del médico era un Alzheimer que gradualmente se haría más fuerte y le impediría hacer sus labores diarias solo, lo único que podían hacer era cuidarlo sin generarle estrés, el estrés que le daba manejar todo un país.

Cuando se conoció la noticia la gente entro en un dolor inmenso y en una duda muy grande, ¿Quién llevaría las riendas de la presidencia? Pues él no tenía hijos y no había elecciones hace muchos años así que no sería fácil dar con una respuesta, respuesta que el mismo se encargó de dar.  En su último discurso, Carlos, el presidente dejaba ante la ciudad su mandato, un discurso que vieron todos en Cratos y llenó de lágrimas a muchos, pero que al final dejo asombrados a todos.

–          Señores, señoras, niños y niñas de Cratos, como saben me han diagnostica una enfermedad incurable y que poco a poco hará de las suyas, un duro golpe, pero al menos la tratare de llevar lo más digno posible, así como trate de llevar las riendas de todo un país. Pero hoy debo despedirme de todo y tratar de tener una vida tranquila, una vida que olvidare día con día, y por ello no puedo seguir a caro de la presidencia y debo entregar mi puesto el día de hoy. No tengo una familia, no tengo una esposa ni hijos, pero si muchos amigos, y podría dejar a cualquiera de ellos, pero solo una persona me ha demostrado que puede llevar una ciudad, y puede estar un paso delante de cualquier persona en el mundo, y es por ello que este día dejo las riendas de Cratos a una mujer que me ayudo a conseguir tantas victorias contra enemigos y conmigo mismo. Cratos, aquí tienen a su nueva presidenta – Señalando a  Ana que se encontraba con  los demás sirvientes – Ana, te dejo a ti a cargo de todo, no solo de Cratos, sino también de mi vida. – Tomo su mano –  y espero aceptes mi última voluntad.

La gente estaba anonadada, no sabían quién era ella, era una completa desconocida para todos, pero por algún motivo extraño una sirvienta subía ahora al poder, alguien que de seguro no podría aguantar un día con la presión que generaba tal cargo. Una sirvienta presidenta, de seguro había algo más, amante, familiar, adinerada, alguien así solo podía ser demasiado importante para Carlos, darle tal triunfo era algo que sonara extraño para la ciudad, pero fue algo que aceptaron y gradualmente fue algo que se alegraron de haber presenciado. Ana mostró su inteligencia ante la ciudad haciendo que cada día fuera más poderosa e impidiendo que muchas personas de fuera trataran de entrar a llevarse sus recursos, cosas que pensaron serian más fáciles con una mujer a cargo de todo un país. Poco a poco mostró cual poderosa seria, pues no solo contaba con sus poderes, sino con los de todas las mujeres que la habían ayudado a llegar hasta donde estaba y a ser quien era. Poco a poco ganaron el estatus deseado, aunque seguían practicando sus artes ahora más cerca de la gente de todo Cratos, pero también en el palacio, donde Ana tenía la forma de llegar por fin a la persona que más daño le había causado. Sin embargo su momento más doloroso llegó cuando Carlos falleció.

Una mañana llegó a visitarlo y darle sus medicamentos como todos los días era la costumbre, Su habitación estaba a tan solo unos pasos de la de Carlos para poder sentir todo lo que hacía y estar al pendiente de él, entró y lo vio aun acostado, cosa que era extraña, pues Carlos siempre se sentaba en una silla a observar el rio fluir por la ciudad, o incluso trataba de pintar algo, aunque luego lo olvidaba, así que Ana se sentó al borde de la cama para despertarlo, pero Carlos ya nunca volvió. Cuando sintió su respiración se encontró con que ya no lo hacía, había muerto mientras dormía.

El sepelio fue uno de los más multitudinarios en Cratos, toda la ciudad y presientes de otros países asistieron para darle el más sentido pésame a la todos los ciudadanos, la guardia de honor rindió homenaje a su cadáver, y en el cementerio la tumba más suntuosa estaba lista para recoger su cadáver para toda la eternidad. Tres días de duelo y un recuerdo que perduro para siempre, un hombre que había dejado una huella muy grande en la ciudad y en cada una de las personas que lo habitaban, un hombre que había sido más que un hombre, Carlos era una especie de ángel en una tierra donde lo más importante era vivir a como diera lugar, les había enseñado muchas cosas y había dejado al mando a alguien como Ana, que de tan abajo que había venido se había convertido en un nuevo signo de aquella ciudad maravillosa. Su vida había sido un completo laberinto, una vida muy dura para alguien de su edad pero después de muchos años parecía que por fin las cosas iban a cambiar y por fin la paciencia rendía sus frutos.

–          ¿Cómo te encuentras?  – Preguntó Elba cuando entró en la habitación de Ana.

–          Muy nerviosa, no sé cómo vayan a darse las cosas cuando se sepa porque hice esto.

–          Tranquila, todo está saliendo muy bien, el palacio está listo para recibirla.

–          Necesito que los vigilen cuando llegue al puerto, quiero soldados que los custodien y los traigan al palacio.

–          Eso sería muy extraño para ellos Ana, quien debe recibirlos eres tú, o bueno al menos invitarlos al palacio.

–          Es cierto, tienes razón, no ha sido fácil por lo que han pasado, y llegar a una tierra nueva es muy difícil sino tienes donde adaptarte.

–          El esclavo de cristal la traerá al palacio, a pesar de que ya no la tiene como rehén necesita de nuestra ayuda parta liberar a sus amigos.

–          Y yo necesito a mi hija, la quiero conmigo, la quiero de vuelta.

Ana es la madre de Aurora.

Durante mas de 20 años estuvo esperando este maravilloso momento, volver a encontrarse con ella, era su mismo retrato, mujer de cabello blanco, ojos azules, piel de porcelana, valentía inquebrantable y dominada por la muralla, una esclava más cuando en realidad debía tenerlo todo por derecho. Ahora estaba a tan solo horas de verlas, un plan que ella había llevado muy bien, todo era para estar junto con su hija y por fin lo estaba logrando, peor algo que ninguna de ellas sabia a pesar de sus poderes era la reacción que tendría Aurora al saber que su madre vivía y cuando ella le contara porque nunca estuvo en su vida.  Además se acercaba el momento clave para Aurora, tenía que elegir un camino, su padre o su madre y ya no habría marcha atrás. La decisión la tendrían que entender todos, entre ellos Ana, que podría perderla de nuevo y esta vez para siempre.

Comentarios

  1. Mabel

    22 febrero, 2016

    Muy buen Cuento. Un abrazo Leo y mi voto desde Andalucía

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas