Ángel: entre demonios. Capítulo I. Yo, psicópata

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PRIMERA PARTE

Un rebelde sin causa

“El psicópata es un rebelde, un desobediente fanático. Se enfrenta a cualquier código […] un rebelde sin causa, un agitador sin eslogan, un revolucionario sin programa; sin embargo, su rebeldía está dirigida a conseguir la satisfacción de sus propios y únicos objetivos; es incapaz de realizar algo por el beneficio de otra persona. Todos sus esfuerzos, no importa de qué vayan disfrazados, representan inversiones destinadas a satisfacer sus deseos inmediatos…”

 

Robert Lindner, Rebel Without a Cause, 1944.

Capítulo 1. Yo, psicópata.

Nunca, ni en mis más desquiciantes pesadillas llegué a imaginar que me vería en esta situación. Pero aquí estoy: encerrado en un manicomio y rodeado de chalados.

Y lo que es peor aún, obligado a sufrir a esta pandilla de imbéciles de bata blanca. Ufanos, ahítos de ignorancia y soberbia, sobrados de autocomplacencia; los observo pasear por el patio con las manos a la espalda, formando rebaños de idiotas que asienten convencidos las estúpidas afirmaciones de sus colegas, y tengo que esforzarme seriamente por no vomitar mi repugnancia.

Precisamente uno de esos cretinos acaba de sugerirme que, en su opinión, podría padecer un trastorno antisocial de la personalidad. Su informe me describe como un ser egocéntrico, carente de empatía, mentiroso, manipulador y de emociones frías y superficiales. Es decir, un ser impío, incapaz de sufrir remordimientos ni culpa… una anomalía social, una malvada imperfección, un engendro inicuo…

En definitiva, un monstruo.

El tipo, mi psiquiatra, un individuo afeminado e insignificante que parece vivir en permanente estado de fascinación contemplativa, me ha pedido entre balbuceos que escriba un resumen de mi vida. Como una especie de autobiografía que me ayude a comprender mejor mi “trastorno”. Menuda gilipollez.

No he tragado el anzuelo. Soy consciente de que únicamente le inspiro morbosa —y quizá también lasciva— curiosidad. Sin embargo, he de reconocer que la idea me atrae, aunque por distintos motivos. Al fin y al cabo podría ser una buena oportunidad para mostrar al mundo mi verdadera naturaleza y refutar el sinfín de ridículas suposiciones y prejuicios que se han generado en torno a mi persona durante los últimos meses.

Otra razón por la que he decidido hacer esto es la secreta, aunque débil esperanza, de que mi experiencia pueda servir para despertar las conciencias dormidas por el cúmulo de leyes, absurdas y timoratas, que censuran la natural inclinación humana, privándola de la verdadera libertad. Ambicioso, ¿no es cierto?

Antes de comenzar, no obstante, me gustaría aclararos algo. En realidad, me importa una mierda lo que elijáis pensar sobre mí si decidís seguir leyendo…, las normas por las que regís vuestras vidas no me conciernen en absoluto, ni lo harán nunca: nadie pidió mi opinión para imponérmelas y nunca las he asumido como propias.

Tampoco se trata esto de ningún ejercicio redentor (obviamente no lo necesito), ni de una necesidad de justicia, ese concepto hueco e insustancial con el que os gusta llenar vuestros discursos vacíos de contenido. Bajo mi punto de vista, la ley y la justicia no son más que pura entelequia concebida por los poderes de esta sociedad con el fin de justificar su opresión sobre la libertad del individuo.

Es posible que haya decidido contar esto por pura autocomplacencia…, o por el exclusivo placer de observar vuestra reacción. Aún no lo tengo claro… O simplemente quizá, me dé igual.

Y el caso es que entender mi visión de la vida no os debería resultar complejo. De hecho, estoy bastante seguro de que en el fondo, la mayoría de vosotros ocultáis un pensamiento similar al mío, a pesar de que en público finjáis horrorizaros de mis actos… Pero sois unos cobardes morales, incapaces de aceptar vuestra auténtica naturaleza.

Realmente, todo se reduce a una idea muy básica, vieja como el Mundo… Existen dos realidades, objetivamente contrapuestas e incompatibles. Una de ellas es mi propia perspectiva de las cosas. Es decir, en mi caso soy yo con mi propia realidad: mi vida, mis necesidades, mis anhelos. Frente ella se sitúa la realidad del resto de seres que pueblan este planeta. El dilema estriba en decidir cuál de las dos es más importante.

Y yo nunca he dudado de mi elección… Por eso soy más honesto que todos vosotros.

En fin, no me extiendo más. Al fin y al cabo, quizá solo esté perdiendo el tiempo, y vuestro eterno destino sea contemplar estúpidamente la vida, como una piara de cerdos camino del matadero… Para bien o para mal, esta es mi historia. Desnuda, sincera, desprovista de todo resto de hipocresía o falsa modestia:

 

Nací y me crié en un pequeño pueblo, aledaño de Murcia, llamado Alcantarilla. Rodeado de abundante huerta bañada por el río Segura, en aquel entonces no era más que una ciudad dormitorio. Su casco urbano consistía exclusivamente en una larga calle flanqueada de edificios por la que discurría la travesía que lo conectaba con la capital, situada a escasos kilómetros.

Con sinceridad, no se puede decir que mi pueblo natal pueda considerarse bello o paisajísticamente atractivo, pero está dotado de cierto encanto. Aunque presume de moderno, sobre todo en lo que respecta al diseño de calles y jardines, los habitantes siguen siendo celosos de sus trasnochadas tradiciones y costumbres, asentadas en antiguas creencias de índole místico-religioso, y eso le confiere un matiz de eclecticismo urbano sólo apreciable cuando se conoce en profundidad.

En cuanto a mi infancia, reconozco que no guardo muy gratos recuerdos. Vivía con mis padres en un pequeño piso de protección oficial, de los de renta antigua. Mi viejo, un simple oficial de albañilería en horas bajas, se fue transformando con el paso del tiempo en un mugriento borracho que maltrataba a mi madre cada vez que llegaba pasado de vueltas.

A ella, por otra parte, la recuerdo como una mujer sin espíritu ni inteligencia, una insufrible y lacrimosa sombra, que vagaba sin rumbo por las dependencias de la casa, sufriendo en silencio las palizas de su marido. Alguna vez tuve la tentación de abrir la cabeza al viejo cabrón y acabar con esa lenta agonía de una vez, pero nunca hice nada. Sinceramente, me daba igual. No era asunto mío. Por desgracia, el tiempo se encargó de hacerme pagar cara mi indolencia.

En ocasiones, poco después de una de esas palizas, mi madre se acercaba, temblando aún por el dolor y el miedo, y me acariciaba el pelo.

—“No te preocupes, cariño” —me decía, llorando— “mamá está bien. Cuando te hagas mayor, huiremos juntos de aquí. Escaparemos de él para siempre, te lo prometo”.

Yo, por supuesto, trataba de sonreír mientras toleraba sus manoseos. Al parecer, realmente se creía en la obligación de soportar todo aquello para protegerme. Pobre vieja idiota.

Vivíamos los tres solos. El borracho fracasado de mi padre, la inútil de mi madre, y yo. Pero no siempre había sido así. Con tres o cuatro años, recuerdo oscuramente la llegada a casa de un bebé, escandaloso y chillón, que enseguida demostró ser una molestia insufrible.

El bebé —no recuerdo ahora su nombre— lloraba a todas horas, impidiéndome conciliar el sueño. Mis padres por su parte, se arrastraban ahora por las dependencias de la casa como almas en pena, demasiado cansados para prestarme atención y demasiado alienados para percatarse de ello. Por si fuera poco, las comidas comenzaron a llegar frías o a destiempo: a veces era mi padre el que se veía obligado a cocinar, debido a que ella estaba demasiado ocupada dando el pecho al dichoso crío, lo que suponía que en esas ocasiones mi dieta se componía básicamente de bocadillos.

En definitiva, la preciosa armonía que hasta entonces reinaba en mi hogar se transformó en un terrible caos de horarios incumplidos, llantos, y gestos hoscos e impacientes.

Una noche, mientras todos descansaban, penetré en su habitación con sigilo. Por primera vez, me obligué a contemplar a la odiosa criatura responsable de toda aquella perturbación. El irritante niño dormía impávido, con una estúpida e insulsa sonrisa dibujada en su cara, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí. Si me fijaba bien, no resultaba difícil percibir cómo su barriguita se movía bajo las sábanas, con ese ritmo rápido y regular, típico de los bebés. Su pequeña boca, entreabierta, chupeteaba con cierta ansiedad el dedo pulgar, al tiempo que emitía suaves y casi imperceptibles ronquiditos. Transmitía la imagen de la felicidad y la despreocupación más absolutas.

Allí, solo en la oscuridad, mientras vigilaba su pequeña carita aparentemente inocente, no pude evitar odiarlo…, al fin y al cabo, todo había marchado bien hasta su llegada: ese diminuto niño se había convertido en una grave molestia, un estorbo, un maldito intruso que me estaba robando la paz y la atención de mis padres…

—“¿Por qué tuviste que nacer?” —recuerdo que llegué a susurrar en el silencio de la noche.

Sin pensarlo, impulsivamente, coloqué mi mano sobre su cara. Él la apartó con un gesto distraído y siguió durmiendo, inalterable. Volví a apoyar, toda la palma ahora, sobre su diminuta boca, vigilando su reacción con cierta curiosidad. En esta ocasión despertó del todo, fijando en mí una mirada entre extrañada e impaciente. A continuación arrugó el ceño, al tiempo que fruncía los labios con desagrado. Adiviné que el maldito se preparaba para llorar, por lo que, empleando ahora su pequeña almohada, oprimí con fuerza su carita. Comenzó a debatirse y luchar, agitando sus pequeños brazos con desesperación, lo cual provocó en mí cierta excitación. Presioné con más fuerza aún, y esperé paciente. Tras unos segundos más de inútil forcejeo, finalmente dejó de moverse.

Retiré entonces, con cuidado, la almohada y me quedé un rato, embobado, observando su cuerpo exánime poco antes rebosante de vida, y su mirada fija y vidriosa, clavada en mí. Su expresión ahora, creo recordar, era de miedo y extrañeza. Por un momento, quizá sentí algo parecido al arrepentimiento. No lo sé.

Tras la muerte del bebé, mi casa se convirtió en un caos durante algún tiempo. Mi madre estuvo llorando histérica varios días, mientras mi padre, mudo, se limitaba a mirarme con aire preocupado. Incluso creo que apareció la policía. Pero, poco a poco, todo este jaleo fue extinguiéndose, junto con el recuerdo de mi hermano.

Visto ahora, con cierta perspectiva, pienso que probablemente actué mal. En mi descargo puedo decir que era un chiquillo por aquel entonces. Quizá algo impulsivo, pero un niño al fin. En el fondo, solo quería protegernos a mí y a mi familia. Devolver la tranquilidad a casa. Y, en cierta medida, lo conseguí, puesto que al cabo de pocas semanas, todo volvió a ser como antes.

Bueno, en realidad todo no. Mi padre comenzó a beber…, creo que fue por esa época cuando comenzaron las palizas.

Tampoco recuerdo muy bien el jardín de infancia. En ocasiones vienen a mi mente imágenes, como flashes, en las que me veo a mí mismo rodeado de juguetes, en una esquina, solo pero satisfecho. A veces, también me llega algún borroso recuerdo; un niño delgado y de aspecto frágil que se niega a compartir sus juguetes conmigo y termina llorando, en el suelo; la profesora, enfadada, enviándome al rincón de “pensar”; una niña rubia con una gran trenza, a la que destrozo sus cuadernos de dibujo; mi madre hablando, preocupada, con la seño…

Creo que me divertí más al dejar la guardería atrás. Con seis años comencé a tener algunos amigos. Pasábamos las clases haciendo bromas o burlándonos de los profesores. Los castigos se convirtieron en rutinarios y las visitas de mi madre al colegio para hablar con mi sufrida tutora, en algo habitual.

Con apenas ocho años, ya era bastante conocido por los profesores. Casi todos habían sufrido alguna de mis travesuras, que consistían básicamente en robos sin importancia o alguna que otra broma macabra. A esa edad, descubrí dos cosas importantes. Primero, que si cuentas una mentira con la suficiente convicción, lo más probable es que te crean. Segundo, que la inmensa mayoría de personas resulta fácilmente influenciable cuando se sabe qué hilos tocar. Siguiendo estas sencillas premisas, siempre conseguí tener de mi lado a una o dos maestras, lastimosas solteronas que se derretían cuando les dedicaba una sonrisa al tiempo que les decía con el aire más inocente del mundo: “profesora, lo siento muchísimo. No volverá a ocurrir”, o “yo no he tenido nada que ver, ha sido fulanito”.

Por supuesto, conseguí adueñarme del recreo. Supe rodearme de los más fuertes de la clase, con los que formé una especie de banda que consiguió ser bastante temida por los demás niños. Solíamos matar el tiempo imaginando creativas formas de diversión: en realidad, era yo quien ideaba las travesuras, y ellos quienes las ejecutaban obedientemente. En todos los casos, procuraba no participar directamente en ellas, y, si por desgracia me atrapaban en el ajo, siempre conseguía desviar la culpa hacia algún otro.

Fueron tiempos felices, aquellos. Una de nuestras principales diversiones, con nueve o diez años, consistía en seleccionar a algún chico, preferentemente algún pringado sin amigos, y fastidiarlo un poco. Todavía me acuerdo de un tal Alberto, gordito y con gafas, que acudía a clase perfectamente peinado y de punta en blanco. Sólo contemplarlo, caminando por el patio con su traje nuevo, absurdamente pagado de sí mismo, me causaba auténtica repulsión y me incitaba a golpearlo. Deseaba con toda mi alma borrar esa estúpida sonrisa de su rostro bobalicón y seboso…

Estuvimos divirtiéndonos con él, por lo menos un año entero. En cuanto sonaba el timbre que anunciaba el recreo, comenzaba el juego. Se llegó a convertir en nuestra ocupación favorita.

—¡Eh, gordo! Tengo hambre —solía comenzar en tono despectivo.

Normalmente, no contestaba enseguida. Se limitaba a mirar ávidamente alrededor, en la esperanza de que hubiera alguien que pudiera auxiliarlo. Algo totalmente inútil, por supuesto, ya que el patio me pertenecía en su totalidad por aquel entonces. Ningún chaval se atrevería a entrometerse, si sabía lo que le convenía. Y los profesores estaban perfectamente vigilados por miembros de mi pandilla.

—Toma, coge mi bocadillo —me decía una vez comprobaba que estaba solo, como siempre—. Yo no lo quiero.

—¿De verdad crees que me voy a comer tus sobras, gordo seboso? Dame tu dinero, imbécil.

—No tengo —replicaba en tono suplicante.

Yo ya sabía que el pobre cretino estaba sin un céntimo. Pero de alguna forma había que empezar la fiesta…

—¡Oh, vaya! Pues entonces creo que tienes un problema, saco de grasa.

A veces, intentaba huir. En esas ocasiones, lo dejábamos correr un poco. Me hacía mucha gracia su forma de moverse, con ese contoneo tan particular de los gordos. Evidentemente, a los pocos metros, caía al suelo, zancadilleado.

—¡Huy, vaya! ¡Lo siento, gordo!

Nunca le pegábamos mucho. Sólo lo suficiente como para hacerle llorar. Después, lo dejábamos ir.

Bueno, salvo una vez.

No sé qué cojones le entró al gordito ese día. El caso es que, cuando ya lo teníamos completamente rodeado, en lugar de intentar huir, se abalanzó sobre mí. La sorpresa me hizo perder el equilibrio y caí al suelo. Eso me enfureció. Mucho. Reconozco que perdí totalmente los estribos y comencé a golpearlo en la cara hasta hacerlo sangrar. Al principio, mis amigos participaron de la paliza, pero después de un rato se detuvieron asustados. Permanecieron a mi lado, en silencio, contemplando absortos mientras yo seguía golpeando sin descanso, una y otra vez.

—Déjalo ya, Ángel —intervino finalmente Sebas, uno de mis colegas, al que conocía desde el jardín de infancia—. Creo que el seboso ya ha aprendido la lección…

Me frené en seco. ¿Qué demonios estaba haciendo? Esta vez había perdido totalmente el control. Probablemente me metería en problemas.

—Vale gordito, levántate. Te perdono —le dije— pero si le dices algo de esto a alguien, vas a tener que ir a buscar tus tripas al retrete.

El gordo llorón se levantó del suelo, y, tras recoger sus gafas, que habían quedado totalmente destrozadas, se marchó. Así, sin más. Fue patético.

Estuve preocupado toda la mañana. Temía que se fuera de la lengua, y me buscara un lío, pero afortunadamente no sucedió nada. Imagino que supo mantener el pico cerrado. De hecho no volvimos a verlo. Por lo que sé, sus padres lo trasladaron de colegio. Un problema menos.

Después de aquello, algunos decidieron abandonar la banda. Comenzaron a mirarme de forma extraña, o, simplemente, a evitarme. Creo que me tenían miedo. Y todo, por haber perdido los estribos con un gordo marica. No me importó mucho, porque hubo incorporaciones nuevas: niños mayores, de doce años o más, que comenzaron a acompañarme, convirtiendo mi banda en algo digno de tener en consideración.

Como dije, fueron años felices. Los más felices que he tenido. Hasta que ocurrió lo de Germán, todo fue como la seda.

 

Comentarios

  1. Mabel

    17 febrero, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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