Soñé contigo, aunque no sé si me gustó tanto el final. Podíamos caminar en la delgada línea de todos los miedos del mundo; en mi sueño, el presente y el futuro se besaban en la boca. Vestías ya no sé cómo, sólo recuerdo que tu falda ondeaba con el viento, y que aquellas pulseras que traías llevaban nuestros nombres escritos en letras de alto relieve. No era un sueño nítido, porque algunos detalles ahora los veo borrosos, pero podía sentir el olor de tu cabello inundándolo todo, mientras pintabas de colores el cielo, y mientras me hacías sentir de nuevo como un niño que teme caminar si no le das la mano para hacerlo. Jugábamos como un par de colegiales que disfrutan compartiendo un secreto. Reías, y aquella gente que nos miraba, de pronto lo entendía todo. No sé qué, pero lo entendía. Tú siempre has sabido encontrar las respuestas a cuestiones que ni siquiera te han formulado, así que aquello era suficiente, y luego caminábamos de vuelta a casa. No era la misma ruta que recorría a diario. Lo bonito de los sueños es que cualquier camino que elijas siempre va a ser el correcto. Me mirabas, y yo, que no había vuelto a ser feliz desde mi dramática adolescencia, juraba no haber llorado nunca en mi vida. Todo era, hasta ese momento, una ilusión forjada con la última esperanza que me quedaba, aquélla que —por alguna misteriosa razón— no me había abandonado todavía. Hoy, ya lejos de aquella realidad, sólo me queda el cielo que pintaste del color de la alegría envuelta en tu sonrisa de niña. El final ocurrió a mediados de enero, con las maletas listas y un pasaje a una ciudad sin nombre. Me abrazaste, pero si te soy sincero, en aquel momento no se me ocurrió pensar que iba a ser la última vez. Si cierro los ojos todavía puedo sentir el olor de tu cabello.





Mabel
Los sueños son tan reales que viajas con ellos a lugares insospechados. Un abrazo Heber y mi voto desde Andalucía