Epílogo
Era noche cerrada de principios de otoño y las luces estaban apagadas, solo el tintineo de un candelabro a los pies de la cama iluminaba apenas los rostros de los monjes que habían acudido al acontecimiento. Fuera, se escuchaba el rugido de un viento feroz que golpeaba con violencia los muros del templo. La fría piedra de las paredes goteaba a causa de la humedad que despedían las montañas que rodeaban el templo, y que convertían el aire en invierno en una cortina de agua que impregnaba el único edificio que el hombre se había atrevido a construir en un paraje tan inhóspito, y las vidas de quienes lo habitaban.
La mujer que estaba tumbada sobre la cama tenía el cuerpo bañado en sudor, pese al frío cortante que reinaba en la celda. Sus gritos recorrían los pasillos y se mezclaban con el ulular del viento, más allá, hasta alcanzar los picos de las montañas. Dos hombres se encargaban de aprisionarle los brazos para evitar que se moviera más de lo conveniente. Profería maldiciones a diestro y siniestro, pero los monjes hacían cuanto estaba en su mano para hacer caso omiso a los improperios y juramentos, nada propios en una dama de la alta aristocracia como lo era aquella a quien atendían.
Los gritos eran ensordecedores, y lo comprendían. Aquel parto no era normal. Lo que fuera que estaba a punto de salir del vientre de la mujer estaba mancillado con el mal de los peores demonios de Hijeve, y estaba haciendo daño a su madre a propósito.
Los monjes salmodiaban sin cesar, versos malditos, susurros envenenados que pretendían calmar la sed de sangre del niño que estaba a punto de llegar, acunarlo con la voluntad de las entidades perversas que inspiraban la fe en los monjes. Sin embargo nada de eso estaba dando resultado. El bebé amenazaba con rasgar el vientre de su madre como si se tratase de un vestido viejo, pero la mujer que lo estaba engendrando no iba a rendirse tan fácilmente; no por nada era la reina de las brujas, y ni la propia muerte se atrevía a amenazarla.
Finalmente el niño nació. La mujer se quedó dormida, pues había perdido mucha sangre y estaba muy débil, pero sobreviviría.
Los monjes arroparon al bebé entre cálidas mantas y se lo llevaron lejos de su madre, más concretamente ante el altar, donde había apilados decenas de fetiches nigrománticos, imágenes repulsivas, iconos de entidades demoníacas y el grimorio escrito con sangre sobre hojas hechas de piel humana. Depositaron al retoño, que no paraba de alargar las manos con intenciones asesinas hacia el cuello del hermano que lo llevaba, sobre una tabla de acero en la que habían esparcido sal y le arrebataron las mantas, dejándolo desnudo, pataleando al aire gélido pero sin emitir el más mínimo llanto; sus gritos eran de furia.
Los treinta monjes estaban reunidos, formando un semicírculo alrededor del niño. Iniciaron el ritual. Los señores del inframundo acogerían al recién llegado en su seno y le otorgarían los poderes propios de un nigromante. Curiosamente, aquel espécimen reunía ciertas cualidades que lo hacían especial, pero, tal y como mandaban sus costumbres, no habían hecho más preguntas de las estrictamente necesarias a su madre. No obstante, la forma en que se había fertilizado la semilla estaba completamente prohibida en el país de la oscuridad; aquello no podía traer nada bueno.
Conforme los monjes pronunciaban sus oraciones apócrifas más se alteraba el niño, hasta tal punto que agarró la manta y la ajó solo con la fuerza de sus manos. Los hermanos contemplaron la escena con asombro, pero no perdieron la concentración. Aquel niño necesitaba un señor que aplacase su ferocidad, que lo subyugase bajo el poder de su mano negra, aun cuando ni siquiera tuviera la capacidad de razonar como para ser aún consciente de ello.
Uno de los monjes sacó una daga y pasó su hoja por la palma de la mano, dejando que el reguero de sangre cayera sobre el rostro rosado del bebé. A continuación le pasó el arma al hermano que tenía a su derecha, y éste le imitó. Uno a uno fueron derramando la sangre, manchando aquella cara de expresión perversa, sin hacer caso a los gritos de cólera que no dejaba de lanzar. Era una ira inhumana. Resultaba imposible creer que un recién nacido tuviese la capacidad de sentir algo así; un sentimiento semejante requería el don del pensamiento, discernir entre el bien y el mal, pero él no poseía nada de eso, y cada segundo que pasaba les intrigaba todavía más.
El ritual estaba a punto de terminar. El peligro prácticamente había pasado. Podían respirar tranquilos, el alma estaba en manos del infierno y no se atrevería a desatar su maldad pura contra Hijeve, solo sería capaz de proyectar su sed de muerte contra los ingenuos habitantes de Azelleb.
De repente el niño hizo algo inaudito. Primero se dio la vuelta y apoyó las diminutas palmas de las manos sobre la plancha metálica. A continuación hizo fuerza con las piernas, y por último se incorporó. Era increíble pensar que pudiera estar de pie, pero así era.
Los monjes dieron un paso atrás, atemorizados. Su mirada desprendía tristeza, como si hubiese vivido durante siglos, y al mismo tiempo manaba una rabia incontenible. Paseó sus ojos por los treinta monjes, despacio. Acto seguido empezó a correr. Era tan pequeño y había tan poca luz en el recinto que no tardaron en perderle de vista; el terror y la crispación hicieron acto de presencia en la estancia. Los monjes corrían de un lado a otro, buscando al bebé, pero no le veían por ninguna parte.
Entonces se escuchó un grito que retumbó por toda la sala. Uno de los monjes acababa de caer al suelo, con una herida profunda en la garganta. Solo pudieron ser conscientes de una especie de borrón en el aire, y un destello que se movía, porque al cabo de tres segundos cayó el siguiente hermano. Trataron de invocar a sus señores, desesperados, en busca del poder que les debían; la nigromancia tenía un precio y ellos lo habían pagado hacía mucho, por eso esperaban que les prestasen su magia oscura. Pero aquellos mismos señores de las tinieblas acababan de elegir un nuevo pupilo, y deseaban que fuera también su protegido. La magia no llegó a ellos.
Poco a poco, uno tras otro, los monjes fueron derribados con heridas mortales en la yugular o en el pecho, sin que pudieran huir siquiera porque ellos mismo se habían encerrado con llave para llevar a cabo el ritual, y ahora la puerta no podía abrirse. Tan solo se abrió cuando el niño terminó de desquitarse.
El niño, cubierto de sangre, no dejó caer la daga, pues pensó que podría hacerle falta más adelante; la naturaleza era severa, y estaba a punto de enfrentarse también a ella. Aunque antes de abandonar el templo decidió que tenía que hacerle una última visita a su madre, así que entró en la celda donde ella reposaba, ajena a la masacre que acababa de producirse.
El niño se subió de un salto sobre un taburete cercano y se quedó mirándola. Recordó cómo había sido el momento de salir de su interior. Entonces había querido destrozarla, pero porque estaba tan ansioso por ver la luz y acabar con el mundo que no reparó en que el lugar en el que había estado viviendo ese tiempo, esa bolsa caliente y húmeda que le había procurado sustento durante solo siete meses y medio, formaba parte de su madre. Ahora, mientras la miraba, se daba cuenta de que gracias a ella tenía la posibilidad de someter al mismísimo mal bajo su voluntad. Por este motivo no deseaba hacerle ningún daño, quizá en el acto más bondadoso que tendría en su vida hacia ningún ser vivo. Y fue precisamente este único sentimiento humano de gratitud el que le produjo asco, así que le dedicó una única mirada de desdén a su madre, como si ella fuese la culpable de hacerle experimentar algo mínimamente bueno, y salió de la celda, abandonándola a su suerte.
Fuera, en la despiadada naturaleza de viento y hielo, hacía frío. Pero él no sentía el frío. Ni el calor. Él no sentía nada; a cambio, se encargaría de que los demás lo sintieran en su lugar.





Mabel
¡Excelente historia! Un abrazo y mi voto desde Andalucía