La sala de ejecución

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Estaba puntual, a la hora que indicaba la invitación, ni un minuto de menos ni uno después, treinta minutos antes del acto. Iba vestido como convenía, como lo exige la circunstancia. Me puse mi mejor traje, el gris marengo. Podía haber elegido entre varios pero ahora solo tengo este: chaqueta cruzada, cuello de pico redondeado, camisa blanca, una insinuación de pañuelo cremesino de seda asomando por el bolsillo y una corbata de raso negro azabache haciendo juego. De complemento un sombrero bombín de fieltro tipo Chaplin y guantes de pecarí, también negros. Los zapatos con puntas, lisos y lustrados. Pulsé el timbre y al instante por el megáfono del portero surgió una voz grave.

– ¿Qué desea? -Preguntaba mientras una cámara de vigilancia me tomaba un plano, que más bien parecía un scanner.

-Soy el funerario. ¿Podría pasar, por favor?

-Identifíquese -sonó el telefonillo.

Saco el documento de identidad junto con el carnet de funerario profesional y lo pongo en primer plano de cámara.

-No se parece usted mucho… ¿El de la foto con gafas y bigotes es usted?

-¡Oiga, de eso hace años! Uno tiene derecho a cambiar con los tiempos. Ahora estoy operado de la vista y como puede comprobar no llevo bigote. ¿Me puede abrir, por favor? ¡Pero qué tiquismiquis, como si fuera la primera vez que vengo!¡Ya me gustaría venir menos, no crea! -Protestaba a la cámara de la entrada del recinto carcelario.

Al instante sonó un timbre chicharra y   el portón se abrió. Accedí a un pasillo solitario y gris hormigón al final del cual me esperaba un guardia tras otra puerta enrejada. Los pasillos siempre me producen esa sensación de incertidumbre hacia lo desconocido,  a lo inesperado.

-Buenas. -Me presento mostrando el carnet profesional- Soy el funerario.

-¿Lleva usted la credencial de la invitación? -dijo el guardia de puerta muy cancerbero.

– Por supuesto, si no, cómo iba a pasar la primera cancela. -Lo desarmé con mi lógica.

Entonces me abrió receloso con cara de búnker. Me pone de los nervios tanta seguridad, si lo que vengo es a llevarme un muerto, no a traerlo. Nervioso y tenso, bajo la mirada oculta tras unas gafas oscuras del guardia de prisión, me sentí culpable de algún delito. Corrió el cerrojo y dejó paso libre tras la puerta metálica. Le saludé. No dijo ni mu. A mis espaldas un nuevo golpe de cerrojo volvió a clausurar el pasillo con una determinación condenatoria. Otro guardia me condujo por otros pasillos y otras rejas hasta la sala. Era una habitación con butacas como esas de las salas multicines, pero en lugar de una pantalla había un panel de cristal tras el que se encontraba la sala de ejecución ahora a oscuras. Entrego la credencial y me asignan una papeleta con el número de asiento. Como era temprano y el estómago me rugía, y para evitar ruidos de tripas durante el proceso, decidí tomar un tentempié.

– Por favor, ¿dónde podría tomar un café?

– Vaya usted por el pasillo al fondo a la derecha hay un ambigú. -Me respondió amable pero seco

Mira por dónde, en la barra me encuentro a mi cuñado con un uniforme y gorra de plato leyendo la prensa.

-¿Qué haces tú por aquí? -Le pregunto sorprendido.

-¡Menudo marrón! Aquí me tienes cubriendo una sustitución del chófer del subsecretario. Qué le vamos a hacer, me ha tocado a mí. -dijo resignado- Me han informado que tengo que entrar en la sala. Podríamos sentarnos juntos… Estas cosas me dan mucha grima.

-Creo que las credenciales llevan un asiento enumerado. Veremos que se puede hacer.

-¡Menudo trabajo el tuyo! No me gustaría estar en tu pellejo. Recoger al fiambre… Hay que tener estómago para eso.

-No hay nada como un buen desayuno para aguantar la impresión. -Le animé dándole una palmada en la espalda.

-¡Oiga, camarero! Me pone un café doble con media de tomate y queso fundido, por favor.

-¿Sabes quién es el condenado?

– No tengo ni idea, yo me limito a mi trabajo: recojo al muerto, le recompongo el visaje, porque siempre queda un gesto residual de tortura. Luego marco una dulce sonrisa y lo entrego a los familiares, presentable y aparentemente  muerto.

-Yo, por lo que he oído a los otros conductores, parece ser que era un expediente de primera: condenado por onanismo filosófico, exhibicionismo en plaza pública, asistencia reiterada a manifestaciones no autorizadas, hacer de piquete en horas de trabajo, ir de perroflauta, asociarse con titiriteros sospechosos de terrorismo y lo último, hablarle de tú al rey. No tiene desperdicio el tipo.

-¡Menudo sujeto! En otro país, por menos, ya lo hubieran eliminado del censo.

Un timbre de aviso en el ambigú indicaba el inminente comienzo de la ceremonia.

-Mejor nos vamos sentando… -recomendé a mi cuñado.

Mi butaca estaba en la quinta fila. Delante de mi asiento una señora con sombrero negro y un velo de redecilla, me impedía tener una visión completa de la escena. Mi cuñado estaba en la tercera fila, junto al pasillo, con un buen emplazamiento y me hacía indicaciones de cambiar. Sabiendo lo aprensivo que es, propuse al señor de mi izquierda si no le importaba permutarse y disponer de mejor visión en la tercera fila. Puso cara reticente pero al ver llegar a un señor gordo que se le situaba justo en el asiento delantero, convino en acceder al cambio. El público iba en aumento. Las luces de la sala fueron debilitándose poco a poco como el alma de un moribundo, hasta quedar la sala de butacas a oscuras. Seguía entrando gente. La falta de formalidad del público que siempre llega tarde me exaspera. Un señor con paraguas y gabardina en mano, hizo levantar a todos una fila para ocupar su asiento vacío que le aguardaba. Eso sí, él, muy educado, excusándose de la importunidad molesta de su tardanza.

– Lo siento, disculpe. Disculpe. Perdón, perdón. – Decía con amable cortesía. Todos los de la fila perdonaron su impuntualidad. Menos yo. Me pisó el pie y dejó marcada su suela en mi zapato italiano.

En ese preciso instante, el escenario se iluminó: En el centro una silla con cables, dos guardias al fondo con rifles. El alcaide de negro, el médico de blanco, el clérigo con biblia y un señor bajito con gafas y una carpeta bajo el brazo ocupando el lado izquierdo.  Mi ansiedad iba creciendo a medida que pasaban los minutos.

Por la derecha del escenario apareció el reo dando pasitos cortos, como una muñeca de pilas, escoltado por cuatro guardias armados. Le quitaron las cadenas y lo dispusieron en la silla ejecutora.

Ahora solamente había que esperar un minuto, sesenta segundos exactos, ni uno más ni uno menos, por si acaso llegaba un perdón impuntual de última hora.

Comentarios

  1. VIMON

    24 febrero, 2016

    Excelente relato, Joaquín. Felicitaciones y un saludo.

  2. jon

    24 febrero, 2016

    Se nota que le has puesto el alma a la palabra. Muy bueno, Joaquín.
    Un saludo cordial.

  3. JoaquinGede

    24 febrero, 2016

    Gracias por vuestra lectura y comentarios. Un abrazo y saludos

  4. Mabel

    24 febrero, 2016

    ¡Impresionante! Un abrazo Joaquín y mi voto desde Andalucía

  5. Bheltane

    28 febrero, 2016

    Ejecución a la libertad de expresión, impresionante y real hoy en día. Mi enhorabuena, mi voto y espero verlo publicado. Un saludo.

  6. JoaquinGede

    28 febrero, 2016

    Como siempre, es un placer. Gracias a vosotros. Abrazos y saludos

  7. Castalia

    28 febrero, 2016

    Un buen relato, pero el tíitulo delata el final. Y el relato está construido para ese sorpresivo final, Un saludo.

  8. Castalia

    28 febrero, 2016

    Y la foto tb lo desbarata en mi opinión. Es mejor que no se sepa, creo

  9. gonzalez

    28 febrero, 2016

    Excelente relato! La última frase es genial «por si acaso llegaba un perdón impuntual de última hora» Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

  10. Yacoel

    1 marzo, 2016

    Muy bueno, te invito a leer mi último relato: confesiones de un perro, tal vez pueda gustarte. Saludos.

  11. Txiki

    2 marzo, 2016

    Excelente, muy bien escrito y con un sentido del humor maravilloso.
    Final admirable.

  12. Anakin85

    8 marzo, 2016

    Muy bueno, además contado de una manera de la que solo lo harían alguien que está acostumbrado a estar en escenarios como ese todos los días!

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