Más allá del tiempo

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Todo fue la curiosidad de hojear aquel viejo libro de páginas amarillentas, que tenia tantos años descansando en mi anaquel, para que de su interior saltara la pequeña tarjeta amarilla, casi tan añeja como las vetustas hojas del libro. La alcancé curioso en el suelo y su escritura me trasladó fugaz a otro lugar en el tiempo.

Contenía una poesía. Un breve y sentido poema de amor que alguien, seguramente un hombre, había escrito mucho tiempo atrás para una mujer de quien estaba ciertamente enamorado. La rima y musicalidad de sus versos, así como su abrasadora esencia, transmitían una profunda ternura. Era un poema de excelente manufactura.

El misterio aumentó cuando le di vuelta y descubrí, en la parte trasera de la tarjeta, un nombre de mujer, escrito con una hermosa y elegante letra cursiva: Laura. Desde ese momento no pude dejar de pensar en aquel nombre y traté de imaginar a la mujer a quien correspondía. Tendría que ser una bella mujer de ojos verdes, con un rostro enmarcado por un cabello obscuro y largo que haría resaltar la blancura de su piel y le daría mayor intensidad a su mirada. Eso era lo que mi encendida mente imaginaba.

Ansioso, examiné con atención la tarjeta amarilla, pero no contenía ningún otro dato. Entonces se me ocurrió que tal vez el libro poseyera algún otro secreto, y así fue: en la contratapa, como escondiéndose de la curiosidad indiscreta del mundo, se ocultaba un número telefónico. Cuando lo marqué, con el temor y la emoción ante lo desconocido, una voz femenina muy juvenil me dijo suavemente: “Hola”. Como no había pensado yo que decir, simplemente pronuncié el nombre escrito en la tarjeta con un tono interrogativo “¿Laura?”

–Sí, –me dijo la voz, ¿en que puedo servirle?

Pues, mire usted –mentí yo improvisando, represento a una importante casa editorial y quisiera hacerle una oferta muy especial, si usted me permite…

Lo siento, joven, no compro enciclopedias ni libros, y menos por teléfono…

¿Ni tan siquiera la edición de 1890 del libro Azul de Rubén Darío? –le pregunté mientras veía el título y la contratapa del viejo libro que contenía la tarjeta.

Ese libro la edición canónica –me preguntó después de una breve espera: ¿Dónde lo obtuvo usted?

Eso no importa, lo tengo en mis manos ¿le interesaría verlo?

Ese libro significa mucho para mí y usted seguramente lo sabe –me contestó emocionada con una voz dolorida pero alegre ¿me lo podría mostrar?

 Con mucho gusto se lo llevo a su domicilio si me da usted la dirección. La curiosidad me hacía sentir burbujas en las venas y el pecho se me inflamaba con una respiración risueña.

Pues estoy a sus órdenes en el 128 de la calle Dinamarca, en la colonia Juárez. ¿Puede venir ahora?

Si señora, en cuarenta minutos estoy ahí.

Bien, aquí lo espero –dijo y colgó sin esperar más.

En el traslado a la dirección indicada mi memoria rememoró poco a poco la procedencia del libro. Lo había adquirido, unos diez años atrás, en una de las tantas librerías “de viejo” que desde tiempo inmemorial se ubican en el centro histórico de la Ciudad de Mexico. La evocación me volvió de golpe y pude recordar al viejecillo demacrado y de larga barba blanca que me lo vendió, así como su amabilidad y su intrigante y simpática sentencia, cuando al entregármelo me dijo: Le va a gustar, más de lo que usted se imagina, y siempre me agradecerá que se lo haya vendido…”

También recordé que la edición canónica del libro “Azul” del gran poeta nicaragüense, la de 1890, es la segunda edición del texto, pero se le considera la más perfecta, porque los editores contaron con la guía y la dirección del poeta durante su elaboración. También es una de las más difíciles de encontrar y actualmente se pagan precios millonarios por obtenerla.

La mujer que me abrió la puerta en la dirección indicada era una señora mayor, con el pelo completamente blanco, cutis nacarado, luminosos ojos azules y una sonrisa limpia y benevolente. Me saludó con mucha cordialidad y sin hacer una sola pregunta me invitó a pasar.

–Yo soy Laura Garza –apuntó mientras me indicaba el magnífico sofá de piel bruñida donde me invitaba a tomar asiento. – ¿Cuál es su nombre?.. ¿Le puedo invitar un té? Hace tiempo que dejé el café porque me quitaba el sueño…

La pequeña y elegante sala estaba bellamente amueblada y ornamentada con hermosos muebles antiguos, delicados adornos y bellas pinturas, que parecían provenientes de siglos pasados. La atmósfera era especialmente confortable y acogedora y hacía que uno se sintiera transportado a otra dimensión del tiempo.

– ¿Y usted a que se dedica? –me preguntó ella con una voz suave y cristalina.

Yo me llamo Eugenio Ortiz Magro y también soy un apasionado de la literatura y de los libros. Me fascina la poesía y, de vez en cuando escribo por ahí alguno que otro verso, ¿y usted?

–Bueno, yo soy maestra de literatura, ya jubilada, pero me he pasado la vida entera entre escritos, narraciones y poemas, esperando…

 – ¿Esperando…qué, señora? Si no es mucha indiscreción.

–Esperando el regreso de ese libro que tiene usted en sus manos. –Y por favor llámeme Laura.

–Pero…no entiendo, ¿cómo sabía que yo tenía el libro y que la buscaría para entregárselo?

–Porque ese libro tenía que volver alguna vez a mí; Rubén tenía que regresar algún día a mi lado.

En ese momento me incliné para alcanzárselo y ella lo abrazó con tal ternura como si estuviera abrazando a un gran amor. Exhaló un profundo suspiro y sólo dijo: “Ya estoy en paz”.

– ¿El libro ya le pertenecía? –le pregunté curioso.

–Sí, me lo robaron en un asalto hace años; lo traía siempre conmigo en mi bolso, y un maleante me lo arrebató en la calle.

–Señora, lo siento mucho –digo… Laura–, no sabe como me apena lo que le sucedió.

–No se preocupe, joven, era algo que tenía que suceder. Lo bueno es que por fin regresa a mi lado…

– ¿Y como lo obtuvo? Si no es mucha imprudencia de mi parte…

–Me lo regaló Rubén, hace muchos años.

– ¿Rubén? ¿Algún novio o esposo, tal vez?

–No, Rubén Darío…el autor, el poeta.

–Pero señora…Rubén Darío murió en 1916 y estamos en pleno siglo XXI.

–Sí, él vino a México a la celebración del Centenario de la Independencia, en 1910. Sin embargo, el gobierno nicaragüense cambió mientras él hacía el viaje desde Europa y el Presidente Porfirio Díaz se negó a recibirlo. Eso le produjo una gran depresión, enfermedad a la que era muy proclive. Rubén tenía entonces 43 años y yo 16, pero nos enamoramos enloquecidamente.

–Pero Laura, si eso que me dice es cierto entonces tiene usted más de 100 años.

–Sí, mi amigo, unos cuantos mas, pero recuerde que para el amor no hay imposibles –dijo–, y soltó una carcajada esplendorosa. –Nos conocimos en el Café La Parroquia, en Veracruz, el mismo día de su llegada a México, cuando recién le había notificado Amado Nervo, el gran poeta mexicano encargado de recibirlo en el puerto, la instrucción del Presidente Díaz de que se quedara en Veracruz, porque si venía a la ciudad de México tendría que hacerlo como simple ciudadano, y al no traer la representación oficial el Presidente no lo recibiría.

Yo no me reponía de la sorpresa, pero la risueña anciana, que para nada aparentaba más de sesenta o quizás setenta años, continuaba su agradable, aunque casi increíble, conversación:

Rubén era muy amigo del poeta mexicano Amado Nervo y gran admirador de Manuel Gutiérrez Nájera, otro gran poeta mexicano que había muerto en 1895, y ambos tenían el sueño de seguir el recorrido que por el centro de la ciudad de México hacía, en un poema de Gutiérrez Nájera, la duquesita del Duque Job, ¿recuerda?

Yo seguía embelesado con la maravillosa conversación de Laura y cualquier cosa se me ocurría menos interrumpirla.

–“Desde las puertas de la Sorpresa, hasta la esquina del Jockey Club, no hay española, yanqui o francesa, ni más bonita ni mas traviesa, que la duquesa del Duque Job”. La Sorpresa era una camisería que estaba en el centro de la ciudad de México, a una cuantas cuadras del famoso Jockey Club, y muy cerca de ambos estaba, y todavía está, la famosa Casa de los Azulejos, que ahora es una cafetería.

Pero yo lo conocí en Veracruz –continuó ella–, fue amor a primera vista. Yo estaba en el Café La Parroquia, con una amiga, y desde que él entró nuestras miradas se cruzaron y yo sentí una corriente mágica que me recorría el cuerpo entero, de la cabeza a los pies. Olvidándose casi de su amigo Nervo, que lo seguía presuroso, se dirigió a mi mesa y sin decir palabra me tomó una mano y me la besó. Yo no sabía que decir y seguramente estaba roja de vergüenza, porque sentía un gran bochorno y tenía el alma totalmente alborotada.

El hizo una exagerada caravana y me pidió permiso para sentarse a mi lado –continuó entusiasmada–. Ni mi amiga ni yo atinamos a decir nada, de lo atolondradas que estábamos. Entonces él tomó un clavel rojo que estaba de centro de mesa, me lo ofreció y me recitó el poema que está escrito en la tarjeta. Creo que lo compuso al momento, y no pienso que haya sido publicado nunca. Es un poema inédito de él, un poema nunca publicado de Rubén Darío.

Desde ese momento no nos separamos un solo instante–siguió, con embeleso–. Yo viví los días más maravillosos de toda mi existencia. Paseamos por toda la ciudad: fuimos a la playa, anduvimos en lancha, concurrimos al teatro, a los museos, y en la noche nos lanzamos a la plaza a bailar el danzón. Era un pésimo bailador, pero en cada giro, en cada vuelta, me recitaba alguno de sus bellísimos poemas.

Por la noche –me lo dijo con un susurro, casi como un secreto–, fuimos a caminar al malecón, y en algún momento bajamos a la playa. Era una noche esplendorosa, casi mágica. La luna parecía un enorme disco naranja que emergía majestuosa del mar. Caminamos descalzos sobre la arena y de pronto se detuvo, me rodeó la cintura con su brazo y me dio el beso más tierno y apasionado de mi vida. Lo que siguió no se lo cuento, pero lo puede usted imaginar

–Por desgracia, –agregó triste–, a los pocos días tuvo que regresar a Europa, donde tenía asuntos pendientes. Sin embargo, antes de partir me regaló el libro, éste que usted me ha traído, y me prometió volver pronto, dejándome dos hermosos regalos que he venerado toda mi vida.

– ¿Cuáles regalos? –pregunté yo sin querer interrumpir demasiado.

–Los dos mayores regalos que he recibido nunca: el Libro Azul y mi hija.

– ¿Tiene usted una hija?

–Tenía, mi niña murió hace ya algunos años. Tenía el color bronceado de la piel de Rubén y mis ojos azules. Era realmente bella. Y se llamaba Azul, como el libro.

¿Y tanto tiempo esperó el regreso de Darío?.. Porque él murió en 1916.

–Sí. Rubén murió seis años después, lo supe por la prensa…nunca regresó. Sus ocupaciones, sus funciones diplomáticas, sus libros…yo siempre lo entendí.

Una atmósfera de tierna amargura se apoderó del ambiente. Yo miraba en los ojos de Laura una infinita tristeza y un amor tan profundo que ni el paso de tantos años había logrado desvanecer.

Me despedí prometiéndole regresar el siguiente viernes, porque la ternura y la amabilidad de aquella extraordinaria mujer me habían cautivado el alma, y sentía verdaderos deseos de volver a conversar con ella y convertirme en su amigo.

Tal vez, pensé mientras me alejaba, entre los dos hasta podríamos organizar un homenaje al gran poeta nicaragüense, máximo representante del modernismo literario; posiblemente el poeta que ha tenido mayor influencia en la poesía hispánica del siglo XX, el llamado “Príncipe de las letras castellanas”, Don Rubén Darío.

Como una exhalación se me escaparon los días, y al siguiente viernes ya estaba yo otra vez a la entrada de la casa de Laura. Un crespón negro sobre la puerta me impidió tocar y el corazón se me encogió bruscamente al tomar plena conciencia de su significado. La espera de la bella señora había llegado a su fin.

Profundamente consternado, una parálisis espasmódica me impidió pensar durante un largo rato. Solamente el torrente de lágrimas me recordaba dónde estaba.

Entonces advertí, al lado del blanco rosal que adornaba la entrada, una caja azul que lucía una tarjeta. Al levantarla pude leer: “Para mi buen amigo Eugenio, quien sabrá apreciar su contenido quizá tanto como yo, y a quien le agradezco infinitamente el haberme regresado el amor. Con mucho cariño. Laura”.

No tuve que abrir la caja para saber lo que tenía adentro.

Comentarios

  1. Mabel

    6 febrero, 2016

    Una historia preciosa, me encanta. Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía

    • VIMON

      6 febrero, 2016

      Muchas gracias, Mabel. Un abrazo para ti.

  2. Llamas.J.M.

    6 febrero, 2016

    Impresionante. Una narración impecable para una historia muy emocionante, con un final extraordinario. ¡Un saludo!

    • VIMON

      6 febrero, 2016

      Me alegra mucho que te haya gustado, Llamas. Muchas gracias por tu visita y un saludo.

  3. Reaper El Chivo

    7 febrero, 2016

    Que historia más buena, amigo Vimon. Buff… sin palabras me ha dejado. Ha hilvanado tan sutilmente esta deslumbrante trama que me ha dejado mudo. Mis felicitaciones, compañero. Un saludo cordial y un más que merecido voto.
    Salud y suerte.

    • VIMON

      7 febrero, 2016

      Muchísimas gracias, amigo Reaper, por tan estimulantes comentarios. Saludos.

  4. Beatriz Álvarez Tostado

    7 febrero, 2016

    Me gustó mucho este texto escrito con tal lujo de detalles que logran recrear en la mente cada momento de este conmovedor cuento. Te mando una felicitación junto con mi voto y un abrazo regio.

    P.S. No recibí notifificación de este escrito tuyo pero lo busqué en la lista.

    • VIMON

      7 febrero, 2016

      Me alegro de que te haya gustado el relato, Betty. Gracias por pasar y un fuerte abrazo.

  5. gonzalez

    7 febrero, 2016

    Me encantó, Vimon! El final es realmente hermoso! Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

    • VIMON

      7 febrero, 2016

      Muchas gracias por tus amables comentarios, González. Un fuerte abrazo.

  6. Ana-Stone

    7 febrero, 2016

    Qué historia tan bonita, enhorabuena por tan estupendo trabajo Vimon, un estupendo homenaje. Un abrazo!

    • VIMON

      7 febrero, 2016

      Muchas gracias, Ana, y un fuerte abrazo.

  7. JoaquinGede

    7 febrero, 2016

    Magistral, Vimon.
    Me llamó la atención que un libro fuese el móvil de un robo en plena calle. Eso demuestra el alto nivel cultural de un pueblo. En España te robarían por la camiseta de un jugador de fútbol, pero por un libro…
    Buena historia y mi voto.

    • VIMON

      7 febrero, 2016

      Te agradezco, Joaquín. Tal vez el ladrón no sabia que Laura traía ese libro en su bolso, o tal vez sí…

  8. jon

    7 febrero, 2016

    Hacía mucho tiempo que no sentía tanta emoción ante un escrito.
    Me ha llegado al alma. Te estoy, sinceramente, agradecido por este trabajo que, sin duda, voy a compartir.
    Un fuerte abrazo, Vicente. ¡Qué grande eres!

    • VIMON

      7 febrero, 2016

      Me alegra mucho que el relato te haya causado esa emoción, Juan. Y por supuesto que lo puedes compartir. Un fuerte abrazo.

  9. guardiña

    7 febrero, 2016

    ¡ Impresionante amigo Vimos, me has dejado sin palabras, buenísima narrativa y con una historia muy bonita. Me ha encantado y me ha emocionado. Es un verdadero placer leerte. Un abrazo.

    • VIMON

      8 febrero, 2016

      Muchas gracias por tu vista, amiga Guardiña, y tus generosos y estimulantes comentarios. Un abrazo.

  10. Charlotte

    8 febrero, 2016

    Cuánto me hubiera gustado estar allí, aunque fuera escondida detrás de las cortinas, escuchando la historia de amor de Rubén Darío de labios de Laura. Me ha encantado tu cuento, Vicente. Un abazo

    • VIMON

      8 febrero, 2016

      Ami también, Anita, gracias por tus lindos comentarios y un abrazo.

  11. veteporlasombra

    9 febrero, 2016

    Una historia ágil, didáctica y entretenida. Dosificaste bien las pequeñas peripecias. Un saludo…

    • VIMON

      9 febrero, 2016

      Gracias por pasar y dejar tus amables comentarios. Saludos.

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