Una Andalucía llena de color

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Cuando John aterrizó en Andalucía, todo le pareció extraño y muy diferente a su país. En Inglaterra casi siempre llovía, una lluvia mínima, monótona y constante que lo impregnaba todo y cubría la tierra de verde. Aquí, el sol brillaba fuerte, tanto, que necesitó ponerse las gafas de sol para que esos rayos dorados no le dañasen sus preciosos ojos azul cielo. Sus padres, sabiendo que pronto se trasladarían a esta tierra, debido a un cambio de trabajo, lo habían apuntado meses antes a clases particulares de español, pero el niño no había estado muy atento ni había mostrado mucho interés por aprender el nuevo idioma. A medida que pasaban los días y se desplazaba por la nueva ciudad, escuchaba a la gente vociferar y comunicarse a su alrededor, sin que él pudiese comprender prácticamente nada. Quizás un «hola» o un «adiós», poco más. Comenzó a sentir melancolía por su tierra, costumbres y lengua, pese a encontrarse en una de las regiones más alegres y luminosas del mundo. De repente, cuando paseaba por el parque y miraba entristecido los peces del estanque, una niña de ojos azabache y tez morena se dirigió a él: – ¡Oye tú, el guiri! ¡Ven pa´cá una mijilla! La miró sorprendido, giró su cabeza alrededor, buscando otro interlocutor al que pudiese dirigirse aquella pequeña alegre y vivaracha y volvió a escucharla nuevamente: – ¿Aonde miras? ¿Pos no vez que ez a ti, empanao? Él no comprendió nada, pero aquella lengua que hasta ahora le había parecido aburrida y tediosa, se convirtió en un sonido animado y musical; de los labios de aquella chiquilla salía una voz cantarina y achispada. Pese a no entender ni una palabra, sus gestos y la sonrisa infinita lo invitaban a que se aproximase. – Yo no hablar espaniol -Balbuceó John, con inseguridad y un profundo acento anglófono. – Si tu no ties que hablar. Tú dale a la soga ezta, que ya salto yo. Despuéz te toca a ti. La niña había atado la cuerda a una barandilla, necesitando a alguien al otro extremo que pudiese girar la cuerda y así saltar a la comba. – Yo soy Carmen, tu coge ezto y a darle vueltas. -Hizo un giro con la mano y John comprendió lo que le pedía. Cogió la cuerda y comenzó a moverla en círculo, lentamente al principio y con más ímpetu más adelante. Carmen reía, saltaba y gritaba: – ¡Ala, más fuerte! ¡Anda, dale con máz garbo, que ties la mano de blandiblú! John sonreía y se animaba cada vez más escuchando este acento saleroso, salido de los labios de esa improvisada amiga. Se encontró pensando que quizás era verdad aquello que su profesora le había explicado, que Andalucía tenía duende y magia. Lo del duende no le quedaba muy claro, el irlandés sí que lo conocía, el de la olla de oro, pero del andaluz nunca había oído hablar. Mirando a la niña, más que duende veía a un hadita saltarina y risueña como nunca antes había encontrado por el mundo, y mira que con el trabajo de su padre no era la primera vez que se desplazaba a otro país. – Anda, para ya, chiquillo, que me vaz a matar Con un gesto manual le indicó que se detuviese, viendo que no entendía nada de lo que le decía. John relacionó el gesto y la última palabra y pensó que «matar» significaba algo así como «Stop» y se alegró de ir aprendiendo algún vocabulario. – Soy Carmen, ¿Y tú? -Preguntó la niña con desparpajo. – Yo llama John, en España Juan. -Respondió el niño, hasta ahí su español llegaba, aunque esperaba que no continuara con el interrogatorio porque poco más entendería. – Mira el guiri, argo pilla y tó. -Se alegró Carmen- Enga, ahora salta tú que yo trinco la soga. El rostro de John reflejaba indecisión e inseguridad. – Enga ya, ¿qué miras con esa cara de apamplao? Las palabras de la niña iban y venían de la cabeza de John como en un vaivén, lo único que éste podía hacer es asentir y hacer lo que esas manos que se agitaban en el aire le pedían. Se situó en medio de la cuerda y se dispuso a saltar. Un poco patoso, trastabilló en algún momento, sin llegar a perder el equilibrio totalmente y caer. Después de un tiempo, Carmen dejó la cuerda, lo cogió de la mano y le dijo. – Ven Juanillo, que mi madre eztá en el mercaillo y no sabe aonde he io a parar. John giró la cabeza hacia su madre, Lucy, y señaló los puestecillos de artesanos que la niña le había indicado, Lucy asintió y él se dejó arrastrar por la vitalidad y energía de aquella niña morena. Se acercaron a un puesto donde se encontraba una señora hermosa, de piel bronceada, ojos dorados y labios gruesos, se reconocía que eran familia porque las dos irradiaban la misma alegría a través de su sonrisa. Allí estaba no solo ella, sino el padre, hermanos, tías, primos e incluso una abuela, o al menos lo parecía, una anciana de pelo plateado y piel tostada que se encontraba sentada al fondo. Carmen se los presentó y John palidecía al intentar recordar tantos nombres diferentes. En ese puesto se vendían artesanías que toda la familia elaboraba con sus propias manos, de forma tradicional y usando una imaginación y creatividad que hacía que se viese lleno de color y originalidad. John no estaba acostumbrado a ver una familia tan unida y le pareció impresionante. Hacía meses que no se reunían con sus abuelitos, no tenían ese hábito andaluz de unirse de forma asidua. A la mamá de John le llamó la atención ese puesto lleno de vida y alegría, desprendía un brillo especial, así que se acercó e Isabel, la mamá de Carmen, la recibió con una enorme sonrisa: – ¡Mire, que mirá ez gratiz! ¡Qué niño más salao tie uzted! Tanto el hijo como la madre no comprendían ni una palabra, pero podían sentir la calurosa acogida de esa familia de artistas que vivía del trabajo creado con sus manos. Cada fin de semana, era paso obligado transitar por el parque y el mercadillo de Carmen, si mamá no tenía mucho interés ese día, John se lo pedía por activa y pasiva, no quería pasar tantos días sin reunirse con su encantadora amiga. Aquella mañana, Carmen no lo recibió con su peculiar sonrisa. John, que ya hablaba un poco más de andaluz, gracias a su amiga, le preguntó: – ¿Qué pasa? Tu cara no es tan feliz hoy. – Pos que va a pazar, que nos vamos, que aquí ya ni se vende ni ná. – ¿Dónde? ¿No estás más aquí? -Reaccionó preocupado el chico. – A otra parte, donde se venda. Aquí tó er mundo tiene ya tó lo nuestro. John bajó la cabeza, pensando que tal vez no se podría reunir nunca más con su amiga. La mamá de John se acercó a él y le regaló una artesanía, hecha por ella misma. Eran dos niños de goma eva, muy parecidos a Carmen y John, cogidos de la mano. – No te preocupez, chiquillo, que yo le doy mi teléfono a tu madre y ya le digo aonde vamoz a eztar. La cara de John mejoró un poco, pero no se veía muy convencido. Pasaron los días y Lucy, la mamá de John, no recibía ninguna llamada, el niño comenzaba a impacientarse hasta que una mañana, el teléfono sonó y la voz de Isabel sonaba al otro lado de la línea. Los dos saltaron de alegría y Lucy anotó en un papel la dirección que le daban. Era un nuevo pueblo, no muy lejano, así que salieron de casa entusiasmados y, al llegar al lugar, allí estaba Carmen, con la misma sonrisa de hacía semanas, esperando a su amigo con los brazos abiertos. – ¡Ven acá pa´cá, Juanillo! -Gritó la niña con su arte andaluz. -¡Qué alegría verte, Carmencilla! -Respondió John, con un acento cada vez más de la tierra. Ambos se dieron un abrazo y se pusieron a jugar en el parque cercano. Las madres de ambos se miraron y se dieron otro abrazo, Isabel le dijo a Lucy: -Sabez Lucía, ya soiz de nuestra familia. Y así fue como John y sus padres, que nunca habían tenido una familia muy unida, encontraron en esta tierra luminosa una familia adoptiva cuya unión se fue fortaleciendo a lo largo de los años.

Comentarios

  1. ABDERRAMÁN III

    6 febrero, 2016

    Hermoso relato en el que se ve reflejado la visión andaluza de la vida. Me ha encantado.

    • Miss_Eli

      7 febrero, 2016

      ¡Muchas gracias! ¡Sé que a ti te gusta el hablar de nuestr tierra!

  2. Mabel

    7 febrero, 2016

    Me ha parecido un relato excelente, has protagonizado muy bien a los personajes. Un abrazo desde Andalucía, especialmente de Puente Genil Provincia de Córdoba.

  3. Txiki

    7 marzo, 2016

    Otra maravilla compañera,
    sólo espero que en esa maravillosa tierra se haga amigo de Lorca y de Carlos Cano
    antes que de los Morancos jajajajaj
    Saludos.

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