Recuerdo, aún, cómo los días de lluvia desdibujaban la sonrisa de tus labios. Como un monigote desapareciendo gota a gota de los cristales empañados de la parte de atrás del coche.
Azúcar y sal. Cuando la lluvia se mezclaba con tus lágrimas y bajaban, juntas, por las mejillas empapadas. La lluvia, cuando veías al cielo llorar, te recordaba que estabas triste.
A mí, me recordaba que estaba vivo. Que la vida volvía a mí, también gota a gota. Golpeando de manera sorda mi cara. Calando ropa, pelo. Luego piel. Luego huesos.
“¿Por qué tiene que llover?”
Me preguntaste una noche de verano.
Adoro la lluvia porque cuando llega, al igual que cuando llegaste tú, me recuerda que estoy vivo. Me recuerda que podemos llorar las penas gota a gota bajo cielos grises. Me recuerda que otros días sale el sol. Y vuelvo a verte sonreír. Me recuerda que hay excusas para quedarse en casa bajo las mantas con música de fondo.
Me recuerda que merece la pena recordar. Y ser recordado.
Porque como la lluvia, nos llevará el aire. Nos absorberá la tierra.
Me recuerda que merece la pena recordarte.
Porque, por verte sonreír, merece la pena toda la lluvia del mundo.
“Llueve porque lo mejor de tu sonrisa, es cuando empieza a aparecer”





Mabel
¡Qué hermoso! Un abrazo Carlos y mi voto desde Andalucía
veteporlasombra
De veras que me han calado estas gotas de lluvia. Muy poético; cada coma era una de esas gotas. Lástima que, a mano, no haya más que la mueca de mi propia sonrisa reflejada en la pantalla del ordenador. Ay… Un saludo.