El imperio de las sombras

Escrito por
| 129 | 13 Comentarios

La noche turbia era observaba bajo la penumbra  en el manto inaudible del adiós. La ceniza caía convertida en leves gotas de cristal, mientras la muerte se paseaba a tientas, visitando los vagos sepulcros del olvido, convidando el presagio atroz de sentirse vivo. La ciudad de las tumbas se acobijaba a la nieve disoluta, en el frío invierno que acontecía, sus pesares se arrastraban bajando la colina.

Helena caminaba arrebujada en su ancha capa roja. No tenía sentido del momento, deambulaba como una vaga sombra, como un soplo de aliento perdido. Si era día o noche, no lo sabía, y pese a la oscuridad absoluta, no podía asegurar qué buscaba allí, en medio de la nada, rodeada de la miseria absoluta de una vida llena de muerte.

Sus pasos, acompasados al silencio, se disipaban entre las estrechas callejuelas de una ciudad perdida. Los ojos sin vida la observaban inertes desde las viejas ventanas rotas, allí la vida recordaba a la muerte, como un paso inevitable por atraerles los trágicos destinos que sin valor alguno merecían. ¿Era ella una pieza rota que navegaba a tientas? No. Era una flor arrastrada por el aliento del dulce viento. Era el agua que volvía a su cauce.

Su mirada divagaba ante las altas ruinas de una nación que creía viva. La oscuridad maligna se ocultaba en las llanas paredes de un palacio a las sombras de la noche.

Helena volvía a ese punto en el que una vez se sintió oprimida.

Siete noches habían bastado para barrer con las luces del reino. Sembrando el miedo entre los habitantes. La muerte, implacable e ineludible, llegó en sus altos corceles negros, dispuesta a sumir en la noche silenciosa a aquellas almas que ahora le pertenecían.

Y el gran imperio de las luces se vino abajo. Un pueblo adormecido, que hasta entonces solo conocía la benevolencia de hombres entregados a la justicia, ahora se sometía a la miseria esparcida por los jinetes de la muerte.

Las calles se consagraron en el odio a una monarquía injusta. Se clamaba por un rey desconocido que pasaba horas a la expectativa de su gente. La sangre colmaba las plazas abarrotadas de cuerpos inertes, el llanto se extendía conmovido entre el olvido y la melancolía, como la dulce tonada que acompañaba las noches eternas de la muerte.

Helena observaba como un pueblo se volvía en contra de su rey. Su padre, un hombre bueno de amplio carácter moral, acaecía ante las duras circunstancias que adormecían a la ciudad. Ella, conmovida y casi sin comprender la gravedad de la situación, se empeñaba en hablarle de tiempos mejores, de la gloria eterna en la que se levantaría el imperio.

Pero, aquellos días mejores no llegarían. Y el rey no volvería a ver la luz del día.

La dulce niña que tanto adoraba a su padre, fue testigo del murmullo entremezclado de la muchedumbre clamando su nombre. El horror se mezclaba en las altas torres del inmaculado palacio, entre las súbitas lágrimas que no podía ocultar su madre, en el temple de acero que se empecinaba en mostrar su padre. Hasta que el tiempo fue parte de la quietud y el silencio, una sutil despedida se dibujó entre ellos.

-No dejéis que os vean, y por nada del mundo salgáis de vuestro escondite – Fueron las últimas palabras que le dijo acompañadas de un rápido beso.

Entonces el mundo dejó de ser mundo para ella. Los guardias se volvieron contra los reyes y el pueblo finalmente subió la alta escalinata de mármol, y aquel hombre bueno y decente, murió al tiempo que su esposa, condenados en una fría y lúgubre celda.

Helena se convirtió en un alma gris que penaba en un mundo llevando a cuestas el dolor de vivir. Era una pieza vacía rodeada de la nada, tras la muerte de sus padres logró escapar llevando los dolorosos recuerdos del ayer. Se había prometido no volver nunca a esa ciudad de muerte y desidia, se había jurado no volver la vista ni recordar los gritos moribundos que por las noches le impedían dormir.

Pero el reino se hallaba condenado al conjuro de la oscuridad infinita. Y allí, donde creía alcanzar finalmente la luz, la muerte le seguía los pasos cautivando con tenues cenizas, reconquistando los prados rotos, plagando de tristeza y miseria los lugares recónditos donde el corazón de Helena esperaba encontrar la paz eterna.

Helena volvía convertida en oscuridad de su propio fuego. Las tumbas yacían a la luz de la luna roja, reflejadas en el espejo de cristal que las consumía en el silencio absoluto de las sombras moribundas. Ansiaba recorrer aquellos parajes que de niña creyó mágicos, aquella triste ciudad a la que una vez osó llamar hogar.

La nada frecuentaba sus pies desnudos, que rozaban en el acorde mutismo los restos de un pueblo desolado. Los hombres, consumidos en la espera, la observaban como un tenue resplandor.

El sepulcro desierto aullaba su nombre desde el alto palacio blanco. Sus muros acontecían las dinastías pasadas, las coronas trágicas qué como sus padres habían sufrido un destino temido.

Pero allí se alzaba ella, como la promesa del porvenir, como el aliento fresco de una tibia primavera.

De su capa extrajo una vela blanca. Era la refulgencia que durante una eternidad no frecuentaba aquellas tierras. No sentía miedo a la muerte, con gusto perecería bajo el manto acobijado anhelando reencontrarse con sus padres.

Era un alma valiente que desafiaba la oscuridad perpetua, aquella vela que ahora sostenían sus manos procedía como una profecía temida y ansiada. Helena sostenía el manto, lo acercó a las llamas, dejando que las brasas consumieran la brecha que se extendía ante ellas.

Recordó la voz de su padre e intentó aferrarse a ese místico sonido, a ese breve presente que sonaba tan lejos. Recuperaría su imperio.

La agonía del momento y la melancolía de toda una vida se encontraban en un instante desafortunado. Un llanto silencioso era barrido por el viento ligero, mientras las nubes negras se aglomeraban amenazadoramente. El fuego ardió, y con él volvía la luz a un reino roto, a un imperio desafortunado. A Helena aún le quedaban muchas luchas por librar, su aguerrido corazón demostraría el temple digno de una reina, sin miedo lograría alzar aquellas glorias derrumbadas al poder de la oscuridad.

Comentarios

  1. Mabel

    4 abril, 2016

    ¡Maravillosa historia! Un abrazo Iris y mi voto desde Andalucía

  2. jon

    4 abril, 2016

    Muy buen trabajo, Iris.
    Saludos.

  3. joss

    4 abril, 2016

    Escribes muy bien, convirtiendo el texto en una lectura rápida y muy entretenida. Sólo es una opinión, pero más o menos se preveía como iba a terminar unos párrafos antes de hacerlo.
    Creo que lo haces también que puedes ser mucho más original.
    Seguiré leyendote.
    Un saludo.

  4. Mike

    5 abril, 2016

    Excelente relato. Helena como el ave fénix resurge de sus cenizas alentada por el gran amor de los suyos. Regresa con fuerza para restablecer el orden y legitimarse de su cetro nuevamente. Saludos y mi voto.

  5. Reaper El Chivo

    11 abril, 2016

    Todo un gusto leerlo, amiga irisdeasomo. Una gran historia hilvanada de una manera clara y directa. Siempre es un placer leer historias de fantasía. Mis felicitaciones, un saludo y mi voto.
    Salud y suerte.

  6. hugojota

    19 abril, 2016

    He leído con atención, aunque no es un género que me atraiga. Tiene un rico vocabulario y una correcta ortografía, excepto algunos casos que te menciono, con todo respeto: «Acobijar» es un verbo que no existe… «Acaecía» y «acontecía» creo que no están empleado en el sentido que corresponden,,, Mi saludo.

    • irisdeasomo

      19 abril, 2016

      Hola Hugo muchas gracias por tu comentario. Desde luego echaré una nueva revisión para comprobar lo que dices. De todas formas, te dejó el siguiente link, de la RAE, donde se emplea el verbo acobijar y sus conjugaciones.Gracias compañero, todas las críticas son bien recibidas, saludos.

      • hugojota

        19 abril, 2016

        Está bien, yo utilizo el word reference, y no lo tiene. Vale. Saludos

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas