Juan Carlos y Sara.
En la puerta de su habitación había una niña pequeña. Vestía únicamente un camisón azul y unas babuchas y su pelo, negrísimo, cubría totalmente sus hombros y parte de la cara. Por unos instantes se quedaron mirándola, sin reaccionar. Lo único que se les ocurría en ese momento era que, por error, el dueño les había dejado las llaves de una casa ocupada. Sara, saliendo de su aturdimiento, dio un paso hacia ella. De repente la niña, misteriosamente, desapareció. No fue una desaparición lenta o una especie de evaporación si no que, sencillamente, ya no estaba allí: El espacio, antes ocupado por el cuerpo de la niña, quedó de nuevo vacío. En ese momento, ambos reaccionaron de golpe, precipitándose hacia la puerta.
Juan Carlos, el primero en cruzar el umbral, se quedó por un instante paralizado, mirando al otro lado del pasillo. La extraña niña estaba ahora junto a una puerta, que no recordaban haber visto anteriormente y parecía hacerles señas para que la siguieran.
—¡Espera! —gritó él.
La niña no contestó, pero siguió haciéndoles señas con la mano. Sara y Juan Carlos se cogieron de la mano y salieron de la habitación.
—Esa niña me da miedo —dijo Sara estremeciéndose—. Por favor, volvamos, o por lo menos avisemos a los otros.
Sin embargo su marido no la oía. Sin soltar su mano, caminaba decididamente hacia ella. Cuando la alcanzaron, la niña los miró un momento y se llevó su dedo índice a los labios, como pidiéndoles silencio. Abrió la puerta y entró.
—¡No vayas! —Gritó Sara, histérica. Juan Carlos giró hacia atrás la cabeza mirando por un momento a su mujer. Pero no la miraba a ella, sino a través de ella. Sara lanzó un grito, ya totalmente aterrorizada. Rápidamente, la mano libre de Juan Carlos, voló hacia su boca, amordazándola.
—¿No lo entiendes? —Le dijo con voz tranquila— es la única manera…
Sara comprendió de pronto que su marido se había vuelto loco y trató de desasirse, tirando de su mano con fuerza. Todo era inútil. Juan Carlos, sin apenas hacerle caso, la llevaba con él al interior de la habitación, donde la misteriosa niña les esperaba.
La habitación de juegos.
En el centro del cuarto estaba la niña. Junto a ella había una casa de muñecas de madera, que guardaba una gran semejanza con la Casa Roja. A su lado, Pablo jugaba con ella. Durante un momento siguieron jugando tranquilamente, como si estuvieran solos y no pudieran verlos. Pero entonces Pablo, después de dejar una de las muñecas junto a la entrada de la Casa, como custodiándola, giró la cabeza hacia ellos:
—Hola, ¿qué tal? —se limitó a decir, como si fuera la cosa más natural del mundo el estar jugando a las muñecas de madrugada, con una niña desconocida—. Me alegro de que hayáis podido venir. Alicia me dijo que no os importaría.
—¿Pablo? ¿Qué pasa? —Preguntó Sara—. Luego miró a su marido que sonreía— ¿qué os pasa a ambos?
Alicia, la niña miró entonces a Juan Carlos.
—¿No? ¿Por qué? —susurró éste. Pero no siguió hablando. Miraba fijamente a la niña, que se había retirado el cabello de la cara, mostrando unos ojos grandes y azules, bellísimos, que lo contemplaban fijamente. Durante unos instantes estuvieron así, mirándose el uno al otro. Juan Carlos parecía como hipnotizado, incapaz de pronunciar palabra. Finalmente se volvió a su mujer:
—Tienes que marcharte. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde —le ordenó. Su voz ahora no era normal. Carecía de inflexiones, extrañamente monótona.
—¿Que me marche? Claro que nos vamos a ir de aquí —contestó ella— pero los tres juntos. O los cuatro si conseguimos que esa niña nos acompañe.
—No lo entiendes —intervino Pablo— nosotros no podemos marcharnos aún. Pero tú sí. Ella no te quiere aquí. Vete ahora.
—Yo no me voy a ninguna parte sin mi marido —comenzó a elevar la voz, exaltada—. Yo…
En ese momento algo la tocó. Miró hacia abajo. La niña. Era un contacto húmedo, frío. La piel muerta de un cadáver que rodeaba su mano. De pronto no podía respirar bien. Algo le oprimía el pecho, asfixiándola. Un frío helador la envolvió súbitamente, paralizando su cuerpo y haciéndola tiritar. Al mismo tiempo, la luz de la habitación parecía apagarse despacio e inexorable, hasta que finalmente los envolvió por completo la negrura de la noche.
Fran. Bea. Marisa.
Los tres se habían quedado helados. No podían reaccionar. Fuera se oyó otro trueno.La mujer había dejado de gritar y se había levantado de la mesa. Caminaba hacia ellos.
“Esto no puede estar pasando”—pensaba Fran—. Se trata de un maldito sueño. Sí. Seguro. Estoy soñando”.
La mujer había llegado hasta él. Fran cerró los ojos. En la habitación, la temperatura parecía haber descendido por debajo de cero grados.
—¿Fran? —Oyó la voz de Bea muy lejos.
Una mano gélida llegó hasta su cuello y comenzó a estrangularlo.
—¡Fran! ¡FRAN!
Abrió los ojos. No era ningún sueño. Estaba muriendo asesinado por una mujer muerta. Notó que tiraban de él. Marisa y su mujer. De una violenta sacudida logró desasirse, dando un paso atrás. Por el rabillo del ojo pudo ver a las dos mujeres que, aterrorizadas, trataban de abrir la puerta sin conseguirlo. De nuevo sintió los dedos húmedos, repugnantes de la vieja, tratando de atraparlo. Más sereno, se enfrentó a ella. Trató de empujarla, alejarla de sí, sin hacerle daño, pero sus manos sólo tocaron el aire. Entonces, la mujer—fantasma, en cuyos ojos se reflejaba un odio profundo, echó la cabeza atrás y lanzó una terrible carcajada. Fran gritó de miedo y de sorpresa y dándose la vuelta se abalanzó hacia la puerta, tratando de abrirla de un fuerte empujón. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los tres, la puerta siguió resistiendo.
A sus espaldas, la vieja seguía riendo de forma horrible, pero cada vez más cerca.
No querían mirar atrás, pero la sentían, arrastrándose hacia ellos, una mujer muerta quizá hacía varios años, pero que seguía odiando, con ese odio infinito que los muertos sienten hacia los vivos.
Sus manos. Sus manos frías como el hielo en torno a su cuello, presionando con ansia. Pero lo peor de todo, era el odio y la rabia acumulados año tras año, tan densos que se podían respirar y sentir.
Eso fue lo último que pensó Fran antes de morir.
La casa está ocupada.
Fuera, la tormenta había cesado de repente. Un gélido viento, proveniente de las montañas, formaba pequeñas olas en la verde pradera de la Sierra. Por la mañana, las gotas de humedad, procedentes de la lluvia recién caída, formarían escarcha sobre el salvaje césped que rodeaba la Casa Roja.
A lo lejos se oyó, quizá traído por el viento, el aullido de un lobo. Posiblemente llamaba a la Luna, tratando de entablar de nuevo su eterna conversación.
Frente a la Casa Roja, tendidos junto a la puerta, yacían cuatro cuerpos. No oyeron ni oirán jamás el lejano lamento del lobo solitario, ni verán el hermoso amanecer de la Sierra de Ulea. No asistirán al hermoso espectáculo del sol derramándose por los campos vestidos de colores, ni al de las aguas, recorrer traviesas, los mil canales formados por ellas entre las rocas del valle.
Seguirán ahí, tumbados, boca arriba, con un eterno grito de espanto dibujado en su rostro, hasta que al día siguiente los descubra Pedro, dueño de una casa que se niega a habitar desde hace más de veinte años.
Nunca ha conseguido conciliar el sueño en ella desde que su hermanita Alicia apareciera muerta, estrangulada a causa de los celos, por su madrastra.
A ella le siguió su padre, que nunca pudo asumir la pérdida de su hija querida. Un pastor lo halló una mañana, balanceado por el viento. Pendía de una soga de esparto, hábilmente cruzada en una de las ramas de un viejo olmo.
En cuanto a la mujer, causa de la perdición de ambos, fue detenida y procesada por asesinato, pero no llegó a cumplir la pena. Apareció muerta, al parecer de un infarto. En su cara se dibujaba un grito de horror.
Sin embargo, a pesar de las reticencias de Pedro, la casa siempre estará ocupada.
Si te fijas bien puedes observar, en la ventana de la buhardilla, la misma que dejó impresionada a Bea al ver la casa por primera vez, la cabeza de una niñita, de hermosos ojos azules, inclinada sobre una vieja casa de muñecas. Sonríe feliz, porque al fin ha dejado de estar sola. Ya no siente miedo de la vieja bruja que la persigue por las noches. Ahora la acompañan dos amigos, sus dos hermanos mayores, que comparten con ella sus juegos, por toda la eternidad…





Mabel
Muy buena historia, me encanta. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Jiménez-Barbero
Gracias Mabel, como siempre un abrazo!
JGulbert
Me ha gustado mucho. Buena historia de terror. Si, cumple su propósito.