La vi entrar sigilosamente y no quise molestarla con mi presencia pero al observar que se sentía confundida me acerqué a ella y le pregunté:
– Buenas tardes, señora serpiente
– Buenas tardes, joven
– ¿Viene usted mucho por la ermita?
Al oír la pregunta la serpiente me miró, no sé con seguridad si irónica o enfadada, y volvió sus brillantes ojos hacia la puerta.
– No, no vengo mucho por aquí. Casi nunca en realidad. Paseaba y me despisté… Y aquí me tienes.
– ¿Y le gusta?
– ¿Qué cosa?
– La ermita…
– ¿Tú qué crees joven? ¿Te gustaría estar en un sitio que tiene su origen remoto en tu condena directa? Qué cosas preguntas… -dijo moviendo la cabeza en actitud pensativa- Salgamos al jardín.
Salimos de la ermita y quedó quieta sobre el caliente suelo. Ahí estaba ella. Delante de mí. Tomando el sol. Le pregunté, intentando ser agradable, si se había comido ya al elefante pero me contestó molesta que nunca tuvo interés en parecer un sombrero, que los humanos nos ponemos demasiado imaginativos cuando queremos escribir algo que parezca interesante, como la historia esa del niño mago y la casa Slytherin. Y que ella no comía elefantes porque en Siles no hay… Como mucho ardillas, quizá algún gato de vez en cuando, pero el gato sabe a pollo y ella era más de jabato ibérico o cochinillo, una sibarita de colmillo y mantel más que de gran bocado. Pero ahora estaba hambrienta. Andaba perdida por las calles del pueblo y no sabía volver a campo abierto. Y en las calles asfaltadas una serpiente no tiene mucho sobre qué hincar el diente. Los humanos no le gustamos, somos correosos y dejamos mal sabor.
Le asentí y le expliqué como volver al campo. Me dio las gracias y se fue.




Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Esther y mi voto desde Andalucía
Esther.A.P.Ruinervo (Sofista)
Gracias
VIMON
Bonito cuento. Saludos con mi voto.
Esther.A.P.Ruinervo (Sofista)
Gracias