Monólogo de una solterona empedernida

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 Buenas a todos y todas. Permítanme que me presente. Mi nombre es Eva, y tengo más de cuarenta años. No quiero extenderme aquí en mi descripción física, puesto que ya todos y todas me estáis viendo aquí arriba, subida al escenario. Así que sólo comentaré lo que mis amigas dicen de mí, y es que soy una mujer bastante atractiva. Y, de hecho, no son pocos los hombres que se me acercan con las intenciones claramente dibujadas en sus ojos. Lo cual hace más desconcertante aún mi situación: soy una solterona empedernida. Jamás he podido encontrar a un hombre con el que tener una relación estable. Todos me acaban dejando más antes que después. No sé si hay algo en mi forma de ser que los repele, o quizá es un factor hormonal que tal vez esté en mi olor corporal, algo así como un repelente químico que exhalo con mi sudor… No lo sé.

Modestia aparte, me considero una mujer inteligente. Terminé la carrera de matemáticas, y ahora trabajo como profesora. La verdad es que me gusta mi trabajo, y creo que lo hago bastante bien, pues se me dan bien los niños, aunque ni que decir tiene que no tengo ni creo que jamás tenga hijos propios. Como toda solterona novelesca que se precie de serlo, mi trabajo es el sustituto del matrimonio, y mis alumnos son los sustitutos de mis hijos.

Sinceramente, no sé si a lo peor es que, una vez que empiezo una relación con un hombre, inconscientemente le exijo demasiado. No quiero decir con esto que esté todo el día echándole la bronca por cómo es, ni por lo que hace, ni por cómo debería ser, ni por lo que debería hacer, ni nada por el estilo. Todo lo contrario. Antes era de lo más solicita. Cada vez que tenía un novio, me volcaba en él al cien por cien, procurando agradarle en todo momento, estando siempre guapa para él, haciendo siempre todo lo que a él le gustaba. Estaba tan pendiente de lo que él quería, de hacer que estuviera a gusto, de que tuviera todo lo que necesitaba al alcance de la mano tan pronto lo necesitara, que me olvidaba por completo de mí misma. Claro, no me daba cuenta de que así sólo conseguía agobiar a mi pareja, y cuando me dejaba (cosa por otro lado inevitable), me sentía tan vacía y carente de sentido como una muñeca sin ninguna niña que juegue con ella. Y ahora pienso, ¿realmente hacía todo esto porque mis novios lo merecían, o porque yo tenía una imagen perfecta de ellos que no tenía nada que ver con la realidad? No hay que darle muchas vueltas para dar con la respuesta, ¿no? Ahora me doy cuenta de que el problema no era que ellos no me quisieron lo suficiente, sino que yo no me quise lo suficiente.

Después de una de tantas relaciones que tuve, y después de la consiguiente e inevitable rotura de corazón, decidí de una manera totalmente irracional que no iba a caer más en ese error. Así que me fui al extremo contrario. Me puse una coraza, y no dejé que ningún hombre se me acercara, al menos no a mis sentimientos. La verdad es que salí con unos cuantos, y no sabría decir si entre ellos estuvo el hombre perfecto para mí, lo cual pudo haber sucedido, pero como no les dejé pasar más allá de mis muslos no lo supe ni jamás lo sabré. Tuve muy buen sexo en esta época, pero eso fue todo. De hecho llegué incluso a ser bastante cruel en más de una ocasión con alguno de ellos, que quizá ni siquiera lo merecía. Creo que por el daño que me habían hecho, pasé a ser yo quien hacía daño, lo cual sé que no es justo, sobre todo porque para entender ese daño del que hablo, hay que comprender primero que no me lo hizo nadie, salvo yo a mí misma. Esto es algo que he visto ahora, con el paso del tiempo y con la objetividad que la distancia prudencial proporciona a la hora de comprender el pasado.

Ni que decir tiene que, a la edad que tengo ya, todas mis amigas están casadas, muchas de ellas con hijos. Yo soy la única del grupo que aún no tiene pareja. Cuando éramos niñas, todas jugábamos a las casitas de muñecas. Cuando nos llegó la adolescencia, reaccionamos contra eso por pura rebeldía, dijimos con ímpetu que ese era el mundo de nuestros padres y nuestros abuelos, no el nuestro. Nosotras habíamos crecido con la transición a la democracia, nuestros ideales tenían por fuerza que ser otros. No teníamos por qué amoldarnos a antiguos roles machistas en los cuales la mujer debía ser la sombra del hombre. Así que todas estudiamos, nos hicimos personas de bien, de provecho, autosuficientes, capaces de ganarnos nuestro pan por nosotras mismas. ¿Y ahora? ¿Ahora qué? Mirando hacia atrás me doy cuenta de que en el fondo buscábamos lo mismo que nuestras madres y nuestras abuelas, sólo que por medios distintos. De mis amigas, no conozco a ni una sola que le vaya bien en su matrimonio. Todas han caído en el error de buscar en el amor aquello que no encontraban dentro de sí mismas, como yo. Todas me han reconocido, en momentos de absoluta intimidad y cuando estaban seguras de que nadie más les escuchaba, casi como si con ese susurro se lo estuvieran confesando más a sí mismas que a mí, que los hijos son una responsabilidad para la cual no estaban en absoluto preparadas. Quizá hubiera sido mejor para ellas haber crecido en plena dictadura. Las hubieran educado para que se amoldaran, sin más, y eso hubieran hecho sin plantearse ninguna otra forma de vida posible. Pero les mostraron otros modos de vivir, les dijeron “sois mujeres modernas, mujeres del siglo XXI, más preparadas, más inteligentes, con más voluntad para conseguir lo que queráis”, se les puso el caramelo en la boca, y cuando lo tragaron, se dieron cuenta de que era el mismo caramelo de siempre, el que todas las mujeres del mundo y de la historia llevan comiendo desde siempre, ese caramelo que te dice que una mujer no está completa si no tiene un hombre a su lado y una prolífica prole que cuidar.

¿Y en cuanto a mí? ¿Qué pasa conmigo? Me siento totalmente desdichada porque no puedo compartir mi vida con un hombre. Anhelo cambiar los latigazos que me da la soledad por los que me daría la convivencia. Porque al fin y al cabo, ¿puede alguien asegurar que el amor, aún cuando lo tienes, no duele tanto como la soledad? El hecho de estar vivo ya es en sí mismo doloroso. La vida duele, en todas su formas. ¿Por qué habríamos de pensar que, por estar enamorados, y que ese amor sea correspondido, la vida dejará de dolernos? Y en ese caso, ¿por qué se sobrevalora tanto el amor? ¿Por qué se le tiñe de ese maldito color de rosa para que todos lo veamos como la máxima, de hecho, la única solución a todos nuestros problemas? El amor es en sí mismo un problema, el amor es en sí mismo un dolor, igual que la vida. Y no quiero decir con ello que no valga la pena conocerlo, igual que bien vale la pena vivir aunque la vida duela tanto en ocasiones. No. Para nada. En absoluto. Lo que quiero decir es que, si queremos disfrutar verdaderamente del amor en todas sus facetas, mejor que le quitemos la máscara edulcorada que le han puesto, y lo miremos a los ojos tal y como es, sin mitos, sin cuentos de hadas, sin príncipes azules.

Ese es el legado de nuestro tiempo. El cuento de hadas de antaño que hablaba de un príncipe azul que venía a rescatarnos en un caballo blanco se ha convertido en el príncipe de las finanzas que va a rescatar a la pobre prostituta de Pretty Woman, o el pomposo abogado que rescata a Bridget Jones de su triste mediocridad como persona. En ningún caso se planteó la posibilidad de que ellas se salvaran por sí mismas, que se autorredimieran de sus pecados. No, eso era inviable. Tenía que venir un hombre a mostrarles cuál es el sentido de su vida. Y ese es el cuento de hadas del que yo y mis amigas, todas las mujeres de mi generación, hemos mamado. El mismo cuento con diferente título. ¿Acaso, digo yo, no sería mucho más lógico que yo me planteara mi vida, la causa de mi infelicidad, mis miserias y mis desdichas, e hiciera algo yo misma por resolver mis problemas, en vez de esperar cruzada de brazos que venga alguien a salvarme? ¿Esperar a que venga un caballero andante en brioso corcel y me rescate de este torreón en que estoy encerrada? Así, si consigo ser feliz por mi propio esfuerzo, cuando al fin comparta mi vida con una pareja, podré ofrecerle mi felicidad, no mi tristeza. Podré compartir con esa persona mi verdadero yo, y no mis inseguridades, mis frustraciones y mis miedos. Podré darle lo mejor de mí misma, y no lo peor. Eso sería lo lógico. Pero cierto es que el ser humano, en líneas generales, tiende a no ser lógico.

A veces pienso que mis padres eran unos cachondos: me pusieron por nombre Eva. Comparto el nombre con la primera mujer, y como ella estoy destinada a nacer de la costilla de un hombre. Sigo viendo pasar los días, viviendo sin vivir, esperando a que llegue mi Adán y se arranque una costilla del pecho para que yo pueda nacer a la vida. Hasta que él no llegue, yo estaré como muerta, o mejor dicho, como no nacida.

Sigo viendo películas de Hollywood en las que las protagonistas, ya sean abogadas de prestigio o actrices ricas y famosas, son desdichadas porque no tienen un hombre a su lado. Sigo viendo a mis amigas, que han cumplido su inconfesable y secreto sueño de ser como sus madres y sus abuelas. Y así, ¿cómo podré llegar a ver la vida de otro modo? No hay día en que me reúna con ellas para salir y tomar unas copas, en que no salga la consabida y tan temida conversación de – a ti lo que te hace falta es un novio. – No hay día en que alguien no me repita eso. No hay día en que me acueste yo sola en la cama y me lo repita a mí misma, mientras la cama se hace más y más grande, y yo me hago más pequeña, y más pequeña, y más hasta que casi vuelvo a ser una niña pequeñita, con pecas y con coletas, jugando a las muñecas. Y cojo a mi linda muñequita, y le digo: – No te preocupes, Eva, cuando seas mayor, y seas una mujer importante, vendrá un hombre y querrá casarse contigo, y tú estarás feliz de casarte con él. – Por supuesto, la muñeca no me contesta – ¿Y si realmente no quiero casarme con él ni con nadie? – Eso sería imposible, porque es sólo una muñeca, y las muñecas no hablan, ni piensan, sólo hacen aquello para lo que fueron creadas.

Comentarios

  1. Mabel

    7 abril, 2016

    Muy bueno. Un abrazo Alfredo y mi voto desde Andalucía

    • El.Gólem

      8 abril, 2016

      Muchas gracias, Lluvia. Me alegro mucho de que te haya gustado. Un fuerte abrazo para ti también.

  2. VIMON

    7 abril, 2016

    Una muy interesante reflexión sobre el pensamiento femenino. Saludos.

  3. Bheltane

    7 abril, 2016

    ¿Sabes? He visto cada una de tus palabras reflejadas en alguien que conozco, incluso en mí misma, porque esa es la pura verdad ¿no? las amigas que tengo solteras y que por supuesto presumen de seguir así porque lo han decidido, porque son mujeres valientes, perfectamente capacitadas y autosuficientes, en el fondo se lamentan cada vez que ven al hijo/a de alguien o a la pareja de fulanita. Las que estamos casadas y anunciamos a los cuatro vientos que por supuesto felizmente, nos lamentamos de ver a las solteras llevando la vida que nosotras quisiéramos. Quizá si sea todo un estereotipo que ya está cifrado y que por mas que lo esquivemos no podamos salir de su círculo. Gran relato amigo, enhorabuena y perdona por lo que me he enrrollado. Un abrazo.

    • El.Gólem

      8 abril, 2016

      Para nada, Bheltane. para nada te has enrollado. Te digo más: esa reacción tuya era justa la que andaba buscando. Sólo por haberla conseguido valió la pena escribir el relato.

      Muchísimas gracias por tus palabras, y un gran abrazo.

  4. Llamas.J.M.

    7 abril, 2016

    Esa idea del amor tan… irreal, y que tantas vidas destroza. Realmente, el amor es otra cosa. Muy buena historia. ¡Un saludo!

    • El.Gólem

      8 abril, 2016

      Es que, amigo Llamas, el amor, como la poesía, como la vida, está más allá de los estereotipos, de los cliches, de los moldes preestablecidos y de todas esas demás zarandajas.

      Me alegro mucho de que te gustara. Un saludo.

  5. Jose_Lobo

    11 abril, 2016

    Tan real y fácil de comprobar como la vida misma para cualquiera que la viva desde el exterior y no desde vulgarismos y conformismos establecidos. Me fascinan estas verdades sin hipocresías. Sucumbo ante el relato. Abrazos

    • El.Gólem

      12 abril, 2016

      Muchas gracias por tus palabras, amigo José. Me alegra mucho que te haya gustado. Un saludo.

  6. Alice

    14 junio, 2016

    Buen monólogo, al principio creía que realmente lo escribía una mujer, pues me he sentido identificada en algunos aspectos, con la diferencia de que yo no jugaba con muñecas, sino con el escalextric y los indios y vaqueros de mi hermano; y que desde niña me dije que no quería tener hijos, y mis relaciones han sido tan dolorosas que ni creo en el amor ni quiero casarme ni pienso que un hombre me complementará para nada… Puesto que lo que he sufrido, y el amor no correspondido, me ha hecho formarme una mala opinión del sexo opuesto. Pero también tuve mi primera etapa de relaciones estables y la siguiente de sexo esporádico, y la siguiente de soledad resignada… O no tan resignada. Pero todo el mundo sabe que esta vida es una mierda.
    Ahora mi motivación está en dedicarme a la escritura más seriamente que hasta ahora. Lo de ser inteligente y culta creo que es un hándicap en las mujeres, por cierto… En los hombres es todo lo contrario. Qué bonita igualdad…

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