Trekker Eldwin se va de viaje

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Trekker Eldwin paró el motor de su viejo tractor «Robert». Bajó y fue a la pequeña caravana que le había acoplado. Miró el horizonte y calculó que quedaban cien kilómetros para cruzar la frontera. Sacó una silla plegable y se sentó mirando la cumbre de las montañas, encarando el sol y sintiendo su santidad en sus párpados. Había sido un invierno duro. Sus huesos se habían quejado más de lo acostumbrado y sus manos dejaban caer cosas cada vez más a menudo. Recordó las galletas de avena que Anna, su mujer, horneaba siempre antes de empezar sus vacaciones de verano. Las guardaba en cajas de lata dentro de su caravana. Las comían en los descansos cuando paraban a hacer café en cualquier merendero de la ruta. Duraban hasta que llegaban a España.

El móvil interrumpió el momento de melancolía. Era su viejo amigo Albert. Eldwin, gritó el pobre Albert, al fin y al cabo estaba sordo como una tapia y creía que los demás también lo estaban. Eldwin, amigo, ha venido un periodista a preguntarme por qué diablos has decidido ir desde la Baja Sajonia hasta Mallorca en tu viejo tractor. Eldwin sonrió y bebió un trago de café de su termo, sorprendido ante el revuelo de la prensa y preocupado por la reacción que iban a tener sus hijos, al fin y al cabo no les había contado nada, demasiado ocupados estaban ya con sus vidas. Espero que le dijeras al periodista la verdad y que no te hayas inventado una de tus historias, respondió Eldwin riéndose. No te preocupes, no he contado nada, pero te llamarán hoy para preguntártelo ellos mismos , dijo Albert y a continuación se despidió porque tenía que ir a la sesión de petanca en su residencia de ancianos.

Eldwin miró el horizonte y pensó en cuánto echaba de menos a Anna. En lo mucho que habían disfrutado con su viejo coche y su caravana pequeña y destartalada en todos los viajes que habían hecho a Mallorca. En lo feliz que era ella cuando por fin podía bañarse en el mar cálido y amable del sur después de esos duros inviernos norteños. Eran ya cuatro años sin ella y cada vez la echaba más de menos. En ese instante sonó el móvil otra vez. Al otro lado una voz joven y estresada le preguntaba por las razones de su largo viaje en un viejo y lento trasto desde Alemania hasta España. ¿Por qué no haber ido en avión o en coche?, preguntó el periodista.

-Porque así puedo recordar lentamente todos los momentos, las paradas, los merenderos, los campings, los bares de carretera, los horizontes, los atardeceres y los amaneceres de los viajes con el amor de mi vida.

Comentarios

  1. Mabel

    9 abril, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo Eva y mi voto desde Andalucía

  2. veteporlasombra

    11 abril, 2016

    Qué entrañable y nostálgico relato… Aunque me repita: me encantan tus historias mulliditas. Un saludo…

  3. JoaquinGede

    12 abril, 2016

    Maravilloso el cuento. Mi enhorabuena y mi voto para el diez. Saludos

  4. VIMON

    13 abril, 2016

    Excelente relato, Eva. Lleno de melancolía.

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